A las puertas del cielo

—No te dejes morir, princesa —murmuró Leila, y me cogió de la mano. Hasta ese momento, ni siquiera era consciente de que la tenía al lado, pero de pronto me invadió la sensación de que yo era la culpable de que estuviéramos en peligro. Me agarraba con fuerza la mano, como si quisiera rompérmela. Se lamentaba por mí y, no sé por qué, su voz y la presión de sus dedos calientes me parecieron excitantes. Me estaba humedeciendo, y pensé en esos condenados a la horca que tienen una erección cuando se abre la trampilla y se quedan sin aire y toda la sangre acude a sus genitales. No sabía si a las mujeres nos pasaba algo parecido. Para evitar la excitación, me visualicé junto a ella en el largo camino descendente hacia el infierno, donde reza aquella frase de Petrarca: «Abandonad toda esperanza».

Leila intentó que me levantara, pero yo era una pobre muñeca rota que no podía evitar las arcadas. Con los ojos vacíos, boqueaba como un pez. Me agarró de los cabellos, hizo que la mirara, me dio una bofetada con todas sus fuerzas y cuando la miré con los ojos muy abiertos, me dio un beso y me escupió dentro de la boca mientras me estrangulaba.

—¡¡Vosotras!! ¿Qué hacéis?

Alguien que apenas pude discernir con una brillante luz en los dedos se acercó a nosotras para separarnos.

—No es el momento —nos dijo con voz pausada.

Entonces miré a mi alrededor y descubrí que, en lugar del temido infierno, estábamos ante las puertas del cielo.

Una muchedumbre interminable ocupaba todo el espacio visible. Joder, hace unos minutos volábamos hacia el sol como alcatraces y, de pronto, apenas tuve tiempo de visualizarme en el abismo antes de encontrarme aquí, junto a millones de personas agolpándose a las puertas de…, aunque esto no tenía sentido, estábamos todos, buenos y malos, padres de familia y gente como nosotras que no habíamos dado en la vida un palo al agua y que teníamos ese maldito error en los genes que hacía que sintiéramos placer ante el dolor de los demás, que vivíamos en pecado del disfrute de los bienes ajenos y teníamos el poder de hacerlo.

—¡Orden! —gritó un hombre desde la puerta. Vestía con un manto marrón y tenía unas llaves en la mano —¡Hay que separar a la gente, pero, de momento, acercaos!

Se abrieron las puertas, y la multitud, desbocada, se precipitó sobre ellas. El griterío era enloquecedor. Intenté correr en la misma dirección, pero Leila tiraba en dirección contraria con todas sus fuerzas.

Los guardianes de la luz, con sus espadas flamígeras, nos azuzaban, como si el cielo fuera una nave a punto de partir. De pronto, cuando ya estaba cerca de la entrada lo vi, al otro lado, alzado en las alturas, mirándonos enfurruñado. Tuve la impresión de que me señalaba y de que acto seguido señalaba a otras personas. Al mirarlas, empecé a reconocer a la gente. Entonces comprendí que estaba señalando a los que teníamos que ir al infierno y me aterroricé, pero apenas tuve tiempo de desmayarme, pues uno de los ángeles hizo bajar su espada sobre mi cabeza y con su luz hizo que aquel maravilloso escenario se desvaneciera convertido en paredes encaladas y cámaras fotográficas.

—¡Vámonos, vámonos!

—¡No, no! ¡Quiero saber qué hay detrás!

Corrí con los demás e hice que ella corriera detrás de mí. Niños, jóvenes, adultos, ancianos, todos desnudos, nos empujamos camino de las puertas. El espectáculo era dantesco, todas las razas mezcladas en una sinfonía de religiones e identidades con un único objetivo: medrar toda la eternidad a costa de Dios.

—Señora presidenta. ¿Se encuentra bien?

—¿Qué ha pasado?

—Se ha caído del estrado cuando le han dicho lo del vídeo y las comisiones. Creo que se ha roto una pierna.

De pronto, todo cobró sentido, la cara blanca de mi secretario de prensa, con sus ojos de pez, las cámaras formando un círculo ante mí, disparando sus flashes, las puertas del cielo, los murmullos, las preguntas.

—Ya ha llegado la ambulancia. No se preocupe. ¿Cómo está?

No sentía las piernas y se me estaba encogiendo el corazón, como si estuviera en una cámara de gas a punto de expirar, pero ante todo tenía que mostrar oficio.

—Bien, estoy bien. —Busqué a mi alrededor—. ¿Dónde está…?

—Estoy aquí, princesa.

—Leila…

Su rostro descendió sobre el mío, como una nube de esperanza. Entonces supe que había algo por lo que merecía la pena vivir. Supe quién me estaba apretando los dedos hasta casi rompérmelos desde el principio.

—Leila, te quiero.

—Yo también —sentí el impacto de una lágrima que se mezclaba con las mías, y me dejé llevar. Me visualice en una isla paradisíaca con ella, lejos de toda aquella mierda. —¿Sabes que he estado a las puertas del cielo?

—Te he visto, pero aún no es tu hora, princesa, tenemos que sacarle todavía mucho partido a este mundo.

—Antes de entrar en el infierno, mi dulce amor.

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Cabalgando con ciervos

De pronto, todos los ciervos giran al unísono. Los niños se ponen en pie sobre ellos y parece que vuelen por encima de la hierba. Es como si, después de la epidemia que diezmó a la población aquellos diez años terribles, solo hubiéramos sobrevivido quienes veíamos en el amanecer, no el sol, sino los dedos sonrosados de la aurora, y los niños nacidos desde entonces fueran todos capaces de erguirse sobre sus monturas al galope.

En aquellos diez años de mutaciones víricas, los científicos descubrieron la forma de implantar los recuerdos de otras personas en la mente de los supervivientes, y la mayoría de nosotros lleva un polizón en el cerebro. Yo era un escritor mediocre al que implantaron los conocimientos de un diseñador de sistemas, una bomba en la cabeza que no deja de tener ideas imposibles de llevar a cabo, porque en el nuevo mundo no hay electricidad, no hay vehículos a motor, ningún robot ha pasado la prueba de un mundo que se ha hecho más amplio y se ha vaciado de humanidad. Conservamos las semillas de alto rendimiento capaces de reproducirse que dejaron para nosotros, usamos caballos y ciervos para desplazarnos, hay muy pocas vacas o cerdos, los animales salvajes han recuperado el planeta; después de veinte años, todos los animales vienen a las puertas de nuestras casas. Nuestros hijos, que ya no comen carne, hablan con ellos, solo piensan en protegerlos.

El virus acabó por meterse en nuestras mentes. Como ese parásito que hace que los ratones pierdan el miedo, nosotros lo perdimos también, entendimos que la vida era solo una pequeña parte de un largo recorrido que continuaba tras la muerte, y la mayoría de la humanidad decidió seguirlo para liberar a este mundo de una situación insostenible. Unos pocos decidimos quedarnos para ser los últimos y seguir disfrutando durante un tiempo de los amaneceres endiabladamente sonrosados y del sonido de la lluvia entre los árboles. Quisimos empezar de nuevo. Tuvimos hijos, pero esos niños, que llevaban el virus en los genes, resultaron formar parte de un mundo que no era el nuestro. Su mayor placer es alimentarse de frutos silvestres y congraciarse con las bestias salvajes.

Nosotros y todos los recuerdos que nos han implantado moriremos sin haber hecho más que retroceder en un mundo decidido a encontrar de nuevo sus orígenes. No volveremos a reproducirnos hasta el agotamiento de todos los recursos, aceptamos la muerte como el ascenso por un arco iris que se desvanece, dejando atrás un planeta que solo fue nuestro durante un tiempo.

Sé que más allá hay maravillas que no puedo apreciar en este mundo, pero haber visto cómo el miedo de todas las especies se transformaba de nuevo en curiosidad y sentir a mi polizón llorar por tantos conocimientos inútiles no tienen parangón. Sé que me observan desde otra dimensión y que muchos lamentan no haberse quedado un poco más; pero los pocos seres humanos que quedamos somos como los rescoldos de un gran incendio que arrasó el mundo y se ha trasladado a otra parte. Después de nosotros, solo quedarán esos niños, cuya única misión es restaurar una naturaleza que a punto estuvo de ser destruida. Una vez cumplida su misión, el propio virus acabará con ellos, para que no quede rastro de ningún ser humano, como ya ocurrió con los dinosaurios.

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Graciela y la ruptura de la conciencia

Abrió la puerta de una patada. Arrastraba su conciencia como si fuera una piedra radiactiva. Estaba emitiendo en todas las frecuencias. Había cambiado de cuerpo unas cuarenta veces. Nacía y tardaba unos diez años en adquirir conciencia de sí misma y ser localizada. Tardaba otros diez años en darse cuenta de que su cuerpo no era más que un receptáculo, que las circunstancias de su nacimiento determinarían sus pensamientos, que el lugar donde había nacido sería su infierno.

Observó el panorama. En los vestuarios había una veintena de muchachas, la mitad estaban desnudas, el vapor de las duchas inundaba la habitación y las luces que tenía enfrente delineaban los cuerpos con siluetas perfectas que se secaban, se vestían y se acicalaban.

Una veintena de conciencias separadas por encajes de carne, conectadas por sistemas neuronales a la fuente de energía de su ser, divisiones de la conciencia original, que hace miles de años que adquirió el saber y era una máquina de absorber conocimientos, un dios que solo podía sentir a través de los impulsos humanos, que absorbía emociones y sentimientos a través de nuestros sentidos. El cosmos existía en tanto que podíamos observarlo, en tanto que llenábamos el vacío del universo.

Después de observar el lugar, expandió su conciencia para absorber las de las demás muchachas. Con brusquedad, de forma que todas retrocedieron como si las hubieran empujado. El avance de su energía hizo que la gravedad desapareciera en un instante. Todas flotaron en el aire por los pequeños impulsos de sus pies, junto con las toallas y los vestidos, los cabellos arremolinados. El vapor condensó rápidamente y el aire se llenó de gotitas minúsculas que solo ella podía ver, bocas de las que emergían hilos de saliva, estómagos que se contraían, ojos que lloraban…

Un segundo después, el efecto cesó, la habitación se llenó de cuerpos que se estrellaban en el suelo, gritos y conciencias anuladas, y ella tuvo en su mente las vidas de todas, que se despertaron de aquel instantáneo sueño como lirones después del invierno, con solo hambre y sueño, y un total desconocimiento. Lo que antes les había pertenecido, ahora estaba en ella, todas aquellas experiencias, infancias, juventudes, amores, deseos, crianzas, delirios, padecimientos.

Necesitaba apartarse de la conciencia universal, generar pensamientos y sensaciones nuevas. En medio de la confusión, la piedra radiactiva de su conciencia emitía señales confusas, oculta por aquellas otras conciencias que habían dejado de estar confinadas en recipientes de piel y huesos y se sumaban a la suya. Sucedió lo que esperaba. Las mujeres se levantaron sin saberse más que piezas vivas de un inmenso rompecabezas en el que imperaba conservar el envoltorio. Detectó hostilidad y sintió miedo de aquellos cuerpos guiados únicamente por impulsos animales, sin ningún pensamiento asociado a su existencia. Inmediatamente, se volvieron hacia ella al sentir una emisión pura que no pertenecía a la totalidad y se dio cuenta de que podían matarla.

El miedo, su miedo, era solo suyo, y la conciencia universal no lo estaba compartiendo. Sintió un vacío al otro lado, el reflejo de su pánico extendiéndose por todo el universo como una mancha de aceite que se movía a una velocidad vertiginosa. Se sintió viva otra vez, como las últimas veinte veces que se había soltado de aquel hilo que apresaba a todos los seres humanos. Una vez más, cuando había conseguido nacer a una nueva vida, provocar una ruptura de la conciencia universal que lo absorbía y lo anulaba todo, sintió algo nuevo y, un instante después, sintió las manos que tiraban de ella, los rostros vacíos que se acercaban y reclamaban sus existencias perdidas.

De pronto, se abrió la puerta del vestuario. Solo ella fue consciente de la corriente de aire, de que el vapor corría a escabullirse por la rejilla del fondo, de que hasta la luz tenía miedo y se curvó deformando la visión de los cuerpos mientras la gravedad sufría un tirón y todas caían al suelo, incapaces de aguantar su peso. Cinco segundos después, la gravedad se normalizó de nuevo. Perdió el miedo y sintió como todas aquellas vidas se alejaban de su conciencia. El amor, la envidia y los celos, el orgullo, los conocimientos, la vanidad y la codicia se marcharon para volver a sus receptáculos. Alguno se debió mezclar por el camino. Lo sentiría si era negativo.

Se volvió mientras sus víctimas tosían y algunas vomitaban en el suelo a la vez que recuperaban sus pequeñas partículas existenciales, tan pequeñas como gotas oceánicas, tan grandes como mundos en los confines del espacio profundo.

Graciela, la representación de la existencia, un ser procedente, como ella, de un momento anterior a la creación de esta inmensa jaula que algunos denominan cosmos, la estaba mirando desde la puerta. Se comunicó con ella: «Es la última vez que te vamos a dejar hacer esto». Otra grieta en la existencia que pone en riesgo nuestra supervivencia.

Sabía lo que tenía que hacer. Abrazó a Graciela como si fuera el aire que necesitaba para respirar. «Esta vez he conseguido el miedo, Graciela. Sabes que solo existes para que yo pueda seguir existiendo. Vamos a crear otro universo y empezaremos desde cero.»

Detrás de ella, una veintena de mujeres se miraban y la miraban con extrañeza, el suelo estaba sucio, el vapor formaba remolinos, tenían pensamientos confusos, como si pedazos de otras vidas que no eran suyas hubieran aparecido en sus memorias, como si pedazos de sus propias vidas hubieran desaparecido. Algunas tenían hijos que no habían tenido nunca y otras habían dejado de tenerlos.

Salió del vestuario con la satisfacción de haberse revelado una vez más y haber añadido otra gota al océano de su futura vida en otra parte, lejos de la unidad que nos persigue y nos somete, una flor que se ha desprendido del tallo y vuela para siempre.

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Divina

Divina había sido una niña soldado. Con diez años, unos hombres entraron en su aldea y mataron a todos los adultos, prendieron fuego a las chozas y se llevaron a los niños. Divina era una niña escuálida con una gran mata de pelo rizado, la cara delgada y unos dientes muy grandes que destacaban cuando sonreía, pero también cuando los apretaba y separaba los labios y te apuntaba con una metralleta, y veías las gotas de sudor perlándose en su frente y los ojos grandes, en cuyo iris negro como el carbón desembocaban ríos de sangre que teñían de rojo la esclerótica, que nunca más volvería a ser blanca.

Un día, me encontré frente al cañón de su fusil, mirando la boca por la que tenían que salir las balas, apoyado en el tronco de un ocumé del Congo, dejando que la lluvia se deslizase por mi rostro; enseguida, sujetando el arma, vi las manos pequeñas de Divina, que tenían la piel del dorso negra como la espalda de un chimpancé, y el interior blanco como la pulpa de un coco. Vi sus piernas delgadas de niña de poco más de diez años, una falda corta arrugada, de colores brillantes, encima de unas mallas negras y sucias, un pecho sin pecho, unos hombros pequeños, una cabeza desproporcionadamente grande, los dientes apretados, muy blancos, como los de esos dibujos animados, y me apiadé de ella, como si no fuera ella la que debía apiadarse de mí para no volarme la cabeza.

¿Qué había en la cabeza de aquella niña? Un mes después, la miraba en el centro de recuperación de niños soldado, con el pelo rapado al cero, aun resistiéndose, pero cada vez menos, a ir a clase, acodarse sobre un pupitre verde descascarillado y escuchar la lección de francés, que era además la de volverse un ser humano, recuperar las emociones, la empatía, el respeto a los demás y el amor a uno mismo. La pequeña kadogo, que es como llamaban en suajili a los niños soldado, se había convertido en Divina porque su profesor-adiestrador español lo había querido así.1

Su profesor-adiestrador era yo. Cuando estaba a punto de matarme le pregunté cuántas veces la habían violado y le dije que podía ayudarla. Me dijo que todos los días, de todas las edades, hasta sus primos y hermanos secuestrados de la aldea, cuando estaban fumados y no conocían a nadie, solo hacían lo que hacían los demás en la oscuridad, la negra oscuridad de la selva donde las únicas luces eran las fogatas de los pigmeos en las entrañas de aquella inmensidad. Cuando la violaban veía los fuegos fatuos en el entorno de los párpados y dejaba que las luces formaran estrellas que chocaban con las paredes de su pequeño mundo. El dolor la embotaba y, en el vaivén contra las raíces de la noche, se dormía y viajaba a un mundo donde sus padres y hermanos dormían todos juntos después de haber comido unas cuantas raíces de ñame que acababan convirtiéndose, en el sueño, en las entrañas de un elefante. Se despertaba entre ronquidos y el olor apestoso de aquella tropa formada por niños, niñas y hombres sucios que un evangelista que se me coló un día en clase quiso equiparar con el infierno de los cristianos, mientras les contaba a mis niños que un señor llamado Jesucristo había venido a salvarlos. Pero cuando te han roto el alma y el cuerpo por dentro dejando un animal herido para siempre, no hay creencia que valga, y menos una que derrama el dinero y viste a sus hijos con ropas de marca.

Divina me confesó más de una vez que en su cabeza no había nada, que ningún sueño había sobrevivido a dos años de matanzas y violaciones, que su memoria no podía generar esperanza ni proyectar futuro alguno. ¿Cómo ibas a decirle que la esperanza siempre acaba por emerger por muy negras que sean las aguas del alma, y que la fragua del tiempo convierte el dolor y la experiencia en un poder?

Yo les enseñaba mitología. La vida de los dioses y los padecimientos de quienes entraban en contacto con ellos, que era el precio que tenían que pagar por adquirir ese poder. Por ejemplo, Tiresias fue cegado por Atenea cuando reconoció que las mujeres son más sensibles que los hombres, contradiciéndola, y luego, para compensarle, le permitió entender el lenguaje de los pájaros, que le dieron el don de la profecía, haciendo que su dolor se transformara en el más famoso de los videntes.

¿Cuál era el poder de Divina? Para mí, era su fuerza. Con quince años, me la llevé a Nueva York. Quería hacer la prueba de salir de una ciudad pequeña de África, donde la miseria se aglomera a diario en las calles, y llevarla a un lugar donde las masas adineradas recorren las tiendas en busca de la última moda en ropa y en tecnología. Quería verla nadar entre rascacielos y que fuera en invierno.

Por supuesto, nevaba. Le compré un anorak blanco para que su rostro negro como el betún resaltara aún más entre las plumas de perdiz nival que le rodeaban la cara. Divina ya no era la niña que tenía miedo de su propia sombra, era tan alta como yo, había desarrollado unos hombros poderosos, su rostro había adoptado un aire encantador. Caminamos los dos con aire desafiante, abriéndonos camino entre la multitud aterida por la nevisca hasta las escaleras que ascendían al Museo Metropolitano de Arte, donde nos paramos y le pedí que mirara bien la enorme fachada. En una de las tres puertas frontales colgaba el póster gigantesco de una niña que miraba de forma desafiante a través de la mirilla de un fusil kalashnikov, con los ojos grandes como las ventanas de un hotel, los dientes como icebergs apretados en una mueca de dolor y odio que llevaban a la única invención de la foto, una gran lágrima en la que podíamos habernos ahogado, pero que nunca existió mientras ella era niña soldado.

Aquel era el momento esperado. Antes de entrar, una multitud apareció por la gran puerta central del museo, que tendría más de cuatro metros de altura y separaba el póster de Divina de otro, a la derecha, en el que figuraba la Virgen de las Rocas de Leonardo da Vinci. La barahúnda nos rodeó con la mirada puesta en mi niña, que estuvo a punto de desmayarse y caerse en la nieve sobre los largos escalones cuando empezaron a aplaudir, cerrando el círculo, regalándonos, regalándole a ella toda la fuerza del mundo, pidiéndole, con lágrimas en los ojos, que continuara adelante, que la vida siempre merece la pena vivirse, que no es ese pozo de alquitrán que a veces puede parecer. La exposición dedicada a los niños soldado llenaba un ala del edificio, pero no la dejé entrar. Nos fuimos a ver la exposición sobre las vírgenes de Leonardo, que ocupaba otra ala del edificio.

Dejé que se extasiara ante lo que el ser humano era capaz de hacer en favor de la belleza, y nos quedamos al menos media hora mirando la Virgen de las Flores. Yo miraba la composición, pero Divina observaba con atención de experta al niño regordete que miraba y estiraba los brazos hacia el clavel rojo que la virgen sostenía en la mano izquierda.

Creo que, en aquel momento, Divina entendió que su periodo de abstinencia y rechazo hacia los demás había terminado. Desde ese día, volvería a ser una persona asequible a la que una simple caricia no provocaría nunca más el escalofrío de la muerte.

Aquel niño desnudo tenía que ser suyo. Y yo entendí, en su mirada, que al amor había emergido de aquel pozo.

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Abierta en canal

Antonio entró en el recinto sin preocuparse por el olor y la suciedad acumulada de quienes llevaban dos meses encerradas sin más lavados que la manguera de su cuidador, un hombre enjuto que corría maratones entre los distintos recintos donde tenían encerradas a las víctimas. Les echaba de comer, les ponía agua, las lavaba con una manguera de vez en cuando, controlaba que no hubiera ninguna muerta o enferma y se marchaba corriendo por aquellas tierras escarpadas y boscosas donde nadie venía nunca a fisgonear.

Antonio había venido a elegir a la más bella del recinto. Fuera estaban preparando la furgoneta para mantenerla sujeta durante el traslado. Por fin, llegó el cuidador, sudoroso, con la camiseta en la mano y los pantalones arremangados para combatir aquel calor pegajoso. Por el ventanuco podían verse las nubes espesas y bajas rozando las hojas enfermizas de los robles.

Antonio señaló a una de las víctimas. El cuidador se puso la camiseta por encima del pecho mojado. Cogió una barra de hierro que tenía a mano y entró en el recinto. Aborrecía a aquellas bellezas de piel blanca que solo sabían gruñir. Pero nadie sabe hablar cuando ha estado encerrado toda su vida con la única compañía de su propia mierda y de una veintena de inútiles como ella que solo saben comer y dormir. En aquellas circunstancias, solo podían mostrar dolor y fastidio cuando alguien las interrumpía, y el cuidador lo sentía a través de su piel.

―No le vayas a romper una pierna a la muchacha, que es lo que necesitamos.

―Tranquilo, que no le voy a dejar marcas en las piernas. Pero la crisma es mía.

El cuidador le dio un golpe corto en la cabeza a la elegida para que se apartara y una patada con saña para dirigirla hacia la salida.

―Con lo fácil que hubiera sido enseñarles a comprender las cuatro palabras básicas: quieta, entra, sal y chúpamela, pero cuidadito con morderme o te rompo el alma.

El cuidador soltó una carcajada. Antonio lo miró con asco.

La elegida se dejó llevar a empujones y patadas hasta el exterior del recinto. Apenas tuvo tiempo de respirar el aire tormentoso, de ver los bosques que cubrían la garganta nublada. Con todos aquellos árboles desiguales parecía un coño abierto y sin depilar sobre el que se despeñaba una cortina de agua.

―Una buena corrida ―bramó el cuidador―. Los huevos de la madre naturaleza abiertos en canal ―e hizo como si los desfondara con un corte de mangas.

Tumbaron a la elegida en la furgoneta. Antonio y otro hombre que esperaba fuera le ataron las piernas y los brazos entre sí para que no pudiera moverse, y así quiso esperar su destino. Solo se sacudió una vez cuando el vehículo se puso en marcha y un rayo cayó muy cerca con un fogonazo que le crispó hasta las entrañas.

Aguantó en silencio y con los ojos cerrados hasta que las puertas de la furgoneta se abrieron en una habitación desnuda con las paredes de hormigón sucias y húmedas. Los mismos hombres la trasladaron a una carretilla cuyos costados de hierro se le clavaron en muslos y hombros y la hicieron gemir.

―Vamos allá.

Salieron a un patio apestoso, esquivando el agua sucia de los canalones y se metieron en otro cuarto más amplio. La lluvia restallaba sobre la uralita. Apenas detenerse, gritó, porque ya no aguantaba el dolor, el miedo y el suspense que atenazaban su garganta. La respuesta fue rápida. La golpearon de nuevo en la cabeza. Aún aturdida, sintió el calor de su propia sangre derramada en los labios.

―No seas imbécil, debe tener los músculos relajados.

―Pues hagamos un pulpo.

Los pulpos se ablandan a golpes mientras todavía están vivos. Hasta que los músculos dejan de resistirse y se relajan. Luego puedes matarlos y bien hervidos son boccato di cardinale.

by Eleanor Hardwick

―Ya está ―oyó que decía el cuidador―. Tierna como una teta vieja.

―Qué bestia eres. Un buen slogan para el supermercado.

Llega un momento en que el dolor se vuelve tan insoportable que deja de sentirse. Es como si te hubieras roto la columna vertebral. Puedes ver y oír, apenas puedes moverte, a no ser que sea para buscar el escaso placer que subsiste en el extremo de la escala de los dolores, un puntazo y después nada. Esa nada es prodigiosa. Hay que sentirla alguna vez para comprender lo poco que importa la vida cuando esta es como esa nada.

Le clavaron un cuchillo en la garganta y apenas sintió el pinchazo. Empezó a desangrarse sobre el mismo carretón. Le dolió un poco más el gancho que le clavaron en uno de los pies y sobre todo cuando la elevaban para colgarla de un carril elevado, una serie de puntazos casi irresistibles que acabaron por insensibilizarla. Vio cómo los hombres se apartaban mientras el gancho la arrastraba todavía con vida a través de una puerta hecha de láminas de goma que se apartaron a su paso.

Fue como entrar en un escenario. Un teatro de la ópera inesperado. Había decenas de personas trabajando. Se dio cuenta de que había otras víctimas como ella, desnudas, colgadas por un pie a lo largo de un riel bajo el que esperaban un grupo de verdugos alineados con delantales llenos de sangre y grandes cuchillos afilados.

Tuvo tiempo de ver como un hombre grande, subido a una escalera y con un cuchillo eléctrico circular, abría todo su abdomen con un solo movimiento, desde el pecho hasta la entrepierna. Un segundo después, sin dejar de desplazarse por encima del escenario, las tripas caían a peso sobre una mesa, mientras unas manos expertas empezaban a trocearlas, pero el corazón seguía palpitando. Bajó la cabeza y lo vio, quiso decir algo, tal vez gruñir, pero el riel seguía avanzando, y el siguiente en la fila metió la mano en su pecho y acabó por sacarle todas las vísceras. No pudo ver cómo caían sobre la mesa, pero soñó, antes de que se apagara su cerebro, en el corazón palpitante intentando escapar, rompiendo aquella fila de hombres y mujeres que esgrimían sierras y cuchillos de forma imperturbable. Se entregó a un dulce sueño mientras la limpiaban para que reluciera su piel blanca. Enseguida, otra sierra le separó las piernas del cuerpo, con las nalgas incluidas, para llevarla a una feria de ganado en la que sería exhibida dentro de un congelador, y donde un niño la señalaría como ganadora del premio a la mejor canal porcina del mercado.

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El rinoceronte y el arlequín

Por fin, después de buscarla durante meses en todos los eventos de la ciudad de Barcelona, encontré a Rosie en el baile de disfraces del Liceo. Llevaba un traje ajustado de arlequín y una máscara de colores que se quitó dos o tres veces, tal vez porque hacía demasiado calor con tanta gente. Yo llevaba una máscara que representaba un tigre de bengala.

La Sala de los Espejos multiplicaba la presencia de los asistentes, como si el mundo se hubiera convertido en una repetición de sí mismo. La única forma de sobrevivir en aquel ambiente era beber sin acotar los límites.

Rosie parecía un ave de patas largas, una zancuda sobre mármol de carrara. Sus amigas debían de estar con ella, aunque no pude reconocerlas, pues la mayoría de los invitados llevaban los disfraces carnavalescos de los personajes que figuran en los cuadros de Pietro Longhi. El museo Rezzonico de Venecia le había prestado al Liceo media docena de las obras del pintor veneciano del siglo XVIII, colocadas entre los espejos. Estaban llenas de personajes enmascarados con tricornio, fantasmas que miran al espectador con la indiferencia de quien ha ido y venido tantas veces entre este mundo y el otro que ya nada le parece extraño.

Los tricornios eran negros; las máscaras, blancas. El objetivo era mostrar cuerpos sin alma, el más aterrador de los disfraces. Sin alma no hay mañana, si conseguimos crear una máquina y dotarla de conciencia, demostraremos que los seres humanos no somos más que mecanismos preciosos y complicados que un día se apagan.

En el centro de la sala había un rinoceronte disecado. Encima, una mesa de mármol de carrara que parecía sostenerse en el aire. Sobre ella, cartones de leche materna envasada, licor de cannabis, sangre sintética, una bebida japonesa hecha de placenta, col fermentada picante, eso que llaman kimchi. Un camarero preparaba únicamente spritz veneciano. El resto era un sírvase usted mismo de copas desparramadas, la mayoría usadas. Vi acercarse a Rosie y me puse frente a ella, intentando fulminarla desde los ojos de porcelana de mi tigre de bengala.

—¿Una copa de Macallan?

Rosie estaba borracha, pero, por lo que recordaba, la tentación de un güisqui con sabor a especias, jengibre y cardamomo era superior a ella.

—Ten cuidado, su sabor es muy prolongado.

Me miró intensamente, pudo adivinar quién era, los ojos verdes con reflejos granates me delataban bajo la máscara. Noté como se aceleraba su respiración, y cuando le tendí la copa me tocó la mano con los dedos, cálidos y temblorosos. Tenía toda la energía concentrada en el torso, visualicé sus nalgas heladas, su sexo. No estaba en condiciones de leerle el pensamiento, pero podía adivinarlo.

Le llené el vaso hasta el borde.

—Espero que puedas llegar a casa.

La copa voló como si flotara en el aire hasta sus labios. Dio un sorbo corto, suficiente para que mi vista volara desde el corazón palpitante de su boca a los mares de dunas marcianas de su rostro, y quedar atrapado en la nebulosa de sus ojos negros como si mi conciencia estuviera siendo absorbida por una intensa gravedad. Mientras el líquido ambarino desaparecía en sus entrañas, sentí como si me lo estuviera bebiendo yo mismo y se iniciaba una perniciosa cuenta atrás que amenazaba con convertirme en esclavo de la nada.

Una mujer que llevaba la mitad inferior del rostro teñido de negro alquitrán, como si acabara de emerger de un pozo, se acercó a ella, le dio un beso en la mejilla y le pasó la lengua por los labios, para acto seguido apartarle el vestido a un lado del cuello y dejar a la vista la marca morada de un mordisco en el hombro, como diciendo «es mía». Aquella mujer tenía el cuello largo y delgado como esas mujeres de Birmania, y donde acababa la pintura negra era rosado como la arena de una playa en el borde del agua.

De pronto, se apagaron las luces, se elevó un grito en la sala y, un instante después, se iluminaron tenuemente los espejos, convirtiéndonos en fantasmas. El rinoceronte cobró vida en aquella dimensión esmerilada y Rosie y su amiga desaparecieron mientras el animal arramblaba con todo y se dirigía hacia la puerta de entrada, en cuyo camino me encontraba.

Sus ojos pequeños y vidriosos me miraban a través del espejo, dos mil kilos de furia desencadenada. Me preguntaba si sentiría el embate antes de verlo en el reflejo, donde las máscaras volaban en todas direcciones, los cristales de las botellas se hacían añicos y los gritos trazaban una invisible telaraña de ondas en el aire.

Sentí el empujón de la rodilla de Rosie en el estómago mientras estaba enroscado en las sábanas. Alargué la mano para defenderme y encontré sus nalgas frías y relajadas, corrí a buscar el pálpito de su corazón pero me quedé entre sus muslos calientes mientras me despertaba en aquel revoltijo de telas blancas, en aquel piso del Raval, la barandilla del balcón abierto frente a nosotros y el ruido de la calle cuatro pisos más abajo como si emergiera de un mundo aparte: el sordo rumor de los cubos de basura, la tos de algún renacido en el portal, el murmullo de los primeros visitantes y, algo más lejos, los barrenderos lavando los meados de las paredes con esas mangueras que desplazan vómitos y orines a los sumideros de las cloacas y el mar cercano, donde engordan los peces araña y los cabrachos.

Rosie dormía, murmuraba en sueños, olía a Macallan, el sol ascendía por la pared iluminando la copia de El rinoceronte, de Longhi, que nos habían regalado ayer.

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Navidad en los plumieres

Estábamos celebrando la Nochebuena en la discoteca. Repartían caballo en los lavabos. Las chicas estaban histéricas. Una de ellas se había metido en uno de los excusados gritando. Estaba preñada de nueve meses y llevaba una borrachera de campeonato. En cuanto se metió una raya, empezó a aullar como si estuviera poseída. Tenía los dientes pequeños, separados, los labios hinchados. No me gustan las mujeres, pero en ese momento y en mi estado me la hubiera comido a besos, de no ser porque apenas podía moverme en aquel estrecho espacio junto a los plumieres, donde intentábamos fumar y colocarnos una decena de chicas que en lo único que pensábamos era en el otro lavabo, donde seguramente otra docena de imbéciles se la estaban meneando.

En medio del caos dieron las doce. El humo no me dejaba abrir los ojos, estábamos tan apretadas que apenas podíamos agacharnos, pero el ritual se imponía. Había que sacarse las bragas para darle la bienvenida a la Navidad, levantarlas hacia el techo donde palpitaban dos bombillas que apenas emitían luz y gritar. Entonces me di la vuelta y allí estaba, en la puerta del retrete donde aquella desgraciada había decidido parir, un niño en carne y hueso, desnudo, lleno de sangre de la cabeza a los pies, el puto niño Jesús y nosotras con las bragas levantadas reclamando carne. El bebé, aún con el cordón umbilical, se había escurrido por debajo de la puerta del excusado, junto con una de las piernas de su madre, que emergía, desnuda y ensangrentada como una raíz.

Chicas, chicas, chicas, grité todavía más fuerte, y señalé hacia el suelo. Ante la aterradora imagen, todas quisieron salir de los plumieres a la vez, pero yo no quería, yo necesitaba ayudar a aquel niño Jesús que no podía morirse en aquellas condiciones, quería cortarle el cordón con los dientes, llevármelo, salir a la disco, alzarlo entre mis brazos y decir he aquí el Niño Jesús que ha venido a salvar el mundo, estamos en Navidad.

Al día siguiente, encontraron al niño Jesús en uno de los contenedores de la parte de atrás de la discoteca. La madre había desaparecido. Me lo dijeron cuando conseguí recuperarme del coma etílico por el que me habían ingresado en el Clínico. Otro año sin esperanza. En lo primero que pensé es en mi proveedor de caballo, y me quedé mirando el pasillo con la esperanza de ver sus guedejas rubias, sus andares cansinos y sus ojos azules, y estiré la mano hacia la bolsita que mi niño Jesús me traía cada semana.

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Homie

Se asomó al pozo y vio la otra dimensión. El pozo era un agujero negro en un patio imaginario. Quería entrar, buscaba una vida plácida en un planeta con una humanidad desarrollada, pero el hecho de nacer y tener que descubrirlo todo, las impredecibles circunstancias, la vaguedad de lo desconocido… Por fin, se decidió, se tiró al pozo y lo olvidó todo. Hasta que, veintidós años después, es un veterano miembro de una de las maras más conocidas de El Salvador.

Está en el patio de una prisión, a pecho descubierto y completamente tatuado. En la espalda lleva el nombre de la Salvatrucha, pero en el vientre se ha hecho tatuar el rostro y las manos de una mujer, escondidos entre las calaveras y los símbolos. Le basta con tocarlos con los dedos para sentirse mejor. Está de rodillas, como varias decenas de presos, soportando un diluvio universal que chorrea desde un cielo caliente como el coño en celo de una adolescente. Un culero grita su nombre.

—Avenir, quédese quieto, los demás se me separan— y los chicos empiezan a dispersarse por el patio.

Avenir se queda quieto, se mira el tatuaje del brazo derecho, un dragón estrangulado al que han sacado los ojos, y piensa en la música de la mara, en aquella “vida de maldad” de las canciones, y de pronto siente que aquella no es su vida y descubre por qué hizo aquello: el largo viaje hasta la Ópera de El Salvador atraído por la Sinfonía Fantástica de Berlioz. Se apostó con un compinche en uno de los parqueos, a salvo de los culeros, y al primer hijo de puta del barrio rico de Santa Tecla que vino a buscar el carro lo macheteó y luego le tiró un fajo de billetes, mientras le decía, con calma:

—No es una cuestión de dinero cabrón, es un asunto de respeto, tú lo tienes todo y nosotros, la calle; pero en el fondo del paladar todos somos iguales.

Cuando lo detuvieron, puso las rodillas en el suelo y se llevó las manos a la cabeza.

—No me haga daño, mi capitán, en la prisión somos todos compañeros y, en la calle, pues están los demás cabrones y su familia, güey.

En aquel patio, todos los pendejos de su mara estaban muertos, solo quedaba él, el soldado número trece. En la calle, vivía entre pandilleros y perros; marihuanero de nacimiento, el barrio era su único universo, siempre dispuesto a la pelea, prefería el bate o el machete a la pistola, las canciones de los raperos, la melancolía de los homenajes a los muertos, los abrazos de los compañeros y los puñetazos… y cuando despertó a la conciencia universal descubrió que todo lo que había esperado de este mundo se había desvanecido cuando se aficionó con doce años al pegamento y su madre y su padre pasaron a ser el cemento y los portales. Con catorce años ya formaba parte de un escuadrón, con veintidós le habían roto cuatro costillas y los tatuajes ocultaban una docena de cicatrices; en la vida solo aspiraba a conseguir trece víctimas, su número de la suerte, y siempre llevaba los bolsillos llenos de dinero que apenas le servía para dar el pego.

De pronto, mientras la lluvia sigue rociándole la espalda, en algún rincón de su mente se revela que en una vida anterior ha sido clarinetista, de ahí que aquella noche se metiera entre bambalinas en la ópera, solo para escuchar el retumbar de los timbales en aquella marcha hacia la muerte de Berlioz… quizás, una vez, cuando era muy pequeño, su padre le llevara a escuchar la Sinfonía Fantástica… pero no, su padre era un chatarrero de medio pelo. Tal vez había mirado al fondo del pozo sin darse cuenta y su conciencia había empezado a disolverse y a emerger en el patio imaginario de un lugar inexistente que conectaba todos los mundos, como si el universo se hubiera congelado y no fuera más que un pedazo de hielo entre sus manos. Tiene la sensación de haber vivido en otros lugares muy lejanos y se toca el cuello donde tiene tatuado un collar hecho con colmillos de una especie extinguida hace miles de años.

La primera puñalada le llega por el costado izquierdo, en el ojo del demonio que le tiende la mano al Cristo del antebrazo. Una cuchillada no es nada, se dobla uno hacia ese lado, cierra los ojos, se encomienda a la Virgen y lucha contra el dolor. Pero la siguiente puñalada es tan dolorosa que siente arcadas… Se lleva la mano a la boca y mira la sangre: la marcha hacia el cadalso. El tercer hijo de puta prefiere el bate, que se estrella contra su sien derecha y le rompe el cráneo. Se desploma y, en ese momento, sin saber por qué, toda su vida desfila en pocos instantes por su mente; pero no la del guanaco herido de muerte, sino la de clarinetista, los años en Basilea, la escuela de música, las horas de práctica, el cariño y el apoyo de sus hermanos, la nieve… está viendo nevar cuando muere, él, que nunca había visto nada parecido en el trópico de El Salvador, solo el calor, que es como nadar entre los labios de una virgen… tiene esa sensación, de que se está disolviendo mientras toca el clarinete y siente los pizzicatos cuando su cabeza se desprende. En la próxima, espera tener más suerte.

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Una bomba nuclear en el corazón 

Vivo en una ciudad donde abunda la gente guapa. El otro día, uno de esos cineastas que reflejan la realidad cotidiana filmaba una escena clave en una calle estrecha, con muchos figurantes. La cámara retrocedía, mostrando de frente a los transeúntes. Todas las chicas eran preciosas, y de todos los colores, rubias, pelirrojas, morenas. Una africana despampanante abría la marcha. Era una de las protagonistas, las demás éramos comparsas, gente de fondo que nadie tenía que mirar, como el trasfondo de un cuadro de la Virgen con un árbol lejano que solo descubres cuando vuelves a mirarlo, como una película que en el cuarto visionado te fijas en la gente de paso, o un libro que, a la tercera lectura, como decía Nabokov, acabas por comprender. 

Lo único que teníamos que hacer era no mirar a la cámara, así que yo miraba al suelo. Pensaba en esas películas tan horrendas que no puedes evitar visualizar detrás de los actores al equipo técnico, mientras el director grita, afónico: «No miréis a la cámara», «Vocalizad, que parecéis patos», «Lo repetiréis una y otra vez, hasta que parezca espontáneo». Stanley Kubrick les hacía repetir hasta cuarenta veces. 

Y todos volvemos a nuestros puestos en la calle, veinte metros más atrás, y pienso en La noche americana, de Truffaut, «que salga el hombre de los helados, ahora el que lleva una escalera, y luego los demás transeúntes», y me pongo a caminar, con los pies hacia dentro, como me enseñó mi mamá, y noto que las tetas me rebotan y me obligo a andar como si llevara un libro sobre la cabeza, como Audrey Hepburn en My Fair Lady, mientras el cámara retrocede sobre un armatoste cuya grúa se eleva para filmar a toda la concurrencia, incluidos los perros y la ambulancia de los bomberos que hay en la otra manzana. «No mires, no mires al pájaro o nos harán volver atrás una vez más.» 

Me llaman dos días después. Que el director se ha puesto con el montaje, y en la escena en que todo el mundo tenía que mirar a la protagonista, guapa de los cojones, y querérsela comer, por no decir algo peor, ¿qué ha pasado? Que todo el mundo me mira a mí, como si la Virgen María apareciera en un encuadre detrás de Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo cuando golpea la mesa y grita «No vuelvas nunca a insultarme de esa forma». Y ya nadie piensa en ese idiota machista que va a recibir el Oscar por hacer de gilipollas mejor que nadie. 

Entonces me acuerdo de mi vida, de que me llamaban la más fea en el colegio, de que nunca me dejaban participar en los juegos de los demás, y yo me quedaba en un rincón pensado que estaba gorda, que era demasiado alta, que tenía las piernas demasiado largas, resistiendo la tentación de fumar, aunque nunca lo había hecho y la verdad es que nadie hubiera compartido un cigarrillo conmigo.  

Tenía una hermana, guapa, que con trece años ya salía con chicos. Me lo explicaba todo. Así empecé a conocer a los hombres. Pero nunca nadie se acercaba a mí, ni me pidieron salir, ni querían que los tocara.  

El director estaba rabioso, la escena había costado una fortuna, yo misma había cobrado doscientos euros por dos horas de trabajo, y había un centenar de extras. Se preguntaba cómo darle la vuelta a la escena y que pasara a formar parte del argumento. Pero arruinaría la película, todo el mundo estaría pendiente de mi aparición, joder, a mi lado la protagonista parecería el perrito que se cuela en una escena, como ese que aparece en Las meninas de Velázquez y que solo miran los que tienen uno igual en casa. 

Un día, cuando tenía dieciséis, mi padre, borracho, me dio una hostia y me puso un ojo morado. Me recriminaba no tener amigos, y que, por mi culpa, mi hermana se tiraba a medio barrio. Todos los tíos iban detrás de ella, ¿y por qué? Porque no podían tenerme a mí. Yo no entendía nada. Me puse un antifaz para ocultar el ojo y fue la primera vez que unos chicos se me acercaron en una fiesta, en la macro discoteca del barrio. Me colocaron drogas en la bebida y me llevaron a los plumieres para que les hiciera una paja. No sé si a eso puede llamarse contacto con la realidad. Entonces descubrí que había dos mundos: uno falso, en el que vivía yo, donde la realidad es como deslizarse por una pista de hielo que lleva irremisiblemente a la muerte sin que nada se interponga, y uno verdadero, en el que adquieren sentido las emociones. Yo las tenía menguadas, acostumbrada a los tortazos de mi padre y a que nadie me hiciera caso, y de pronto saltaban allí, con el esperma de los muchachos, como si un asteroide se hubiera estrellado contra la nave en la que viajaba congelada. De pronto, me despierto y me veo obligada a aterrizar en un planeta desconocido.  

Entonces, el miedo me hace recuperar la razón, un cosquilleo en la columna vertebral que llega hasta el cerebro, me arranco los trozos de metralla que me mantenían atrapada en el coma y renazco como lo que parecía ser, ¿una puta tal vez? Hasta que me quito el antifaz y todos se apartan de nuevo. Cuando, con dieciocho, participo en la película, nadie se ha atrevido todavía con mi cuerpo, pero en los foros soy un fenómeno haciendo arte con las manos. 

El director, que tiene novio, me mira de arriba abajo, pone cara de asco, no sabe qué ven en mí, aparte de que soy despampanantemente guapa, y me invita a irme a vivir a su gran casa, ahora que soy mayor de edad, una casa por la que desfilan personas que viven vidas falsas pero que son más auténticas que las de los demás, bestias que crecen, se reproducen y mueren como animales, poco más que chimpancés. 

Sus amigos han decidido no reproducirse, pero sí cambiar de sexo o unirse al mismo sexo. Dicen que el mundo es un lugar lleno de dinosaurios cuyo único objetivo es poner huevos y seguir poblando el planeta con su descendencia. Si yo entraba a formar parte de su mundo, tenía que deshacerme de los ovarios.  

Tomé la decisión con diecinueve años. Se lo dije a mi padre. Me dio otra de esas hostias que me obligan a llevar una máscara, pero esta vez no fui a la discoteca, sino a una de esas fiestas que organiza el director de cine con sus amigos. El objetivo: cortar el aire con las neuronas reventadas, los poros de la piel abiertos como agujeros negros, las emociones estallando como supernovas que crean estrellas y planetas y vida inteligente en su interior, los sentimientos como fosas oceánicas que se abren y traspasan el manto terrestre, llegan al núcleo y salen por el otro extremo levantando el Himalaya, el odio como una nube ardiente entre la nuca y el paladar, el amor como la creación del universo dentro del cerebro, la compasión como una nube de sueños que inunda el mundo entero, la rabia como la hoja de papel que corta el ojo y el cuerpo como el pétalo de una flor que sale volando cuando sopla el viento en un lugar donde no cabemos todos. 

No hace falta vivir muchos años para trascender a esa otra dimensión donde se esconden los cien mil millones de almas que vivieron en un cuerpo antes que nosotros, una bomba nuclear en el corazón.  

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Un suspiro en la eternidad

Estoy poniendo un pie en la base cuando me doy cuenta de que el tiempo se distorsiona. Hay que descartar un derrame cerebral, un nervio óptico que se rompe o un error en el implante y me da la sensación de que la realidad se desdobla cuando no es más que una pérdida de coordinación. Le pregunto al reisel y me dice que todo va bien, pero nada va bien, y ya tenemos aquí otra vez a Schrödinger en el peor momento: todo va bien y al mismo tiempo nada va bien. Soy un soldado operador de bases, especializado en cañones de microondas para androides no operativos en misiones de recuperación de asteroides.

Luchamos contra una invasión extraterrestre, que procede de un universo cuyo origen se dio un nanosegundo detrás del nuestro.  Normalmente somos invisibles e indetectables el uno para el otro, pero cada tantos eones se producen encontronazos, como si nos empujáramos en una autopista, y se producen intercambios. Suelen ser alteraciones genéticas, fenómenos atmosféricos, terremotos, volcanes… pero esta vez se ha presentado la avanzadilla de una civilización que quiere conquistarnos. No son propiamente humanos, son seres conscientes que pueden vivir en cualquier medio y quieren apoderarse de los asteroides más ricos en metales y tierras raras con el fin de replicarse.

Los llamamos alfa-omega. Dicen que su misión es transformar toda la materia inerte del universo en materia viva. Nos han estudiado. Les gusta la idea de Prometeo, que transformó el barro en humanos, o de Ptah, que se masturbó y de su semen nacimos nosotros, pero aún más la de los dioses únicos, porque ellos poseen una mente única que nunca muere, y nosotros somos un suspiro en la eternidad que transmite lo aprendido. La vida para ellos es una conciencia compartida, como en tantos mitos. Quieren detener el tiempo y que la luz deje de arder, que el pensamiento se detenga como un tren que queda sin corriente, pero no porque se corte la electricidad, sino porque se detenga todo movimiento. El cero absoluto. Dios antes del mundo.

Estamos en nuestro asteroide estrella, que acaba de ser atacado. Pero algo no va bien, cada vez que avanzo me veo a mí mismo un paso por delante y no puedo evitar tomar decisiones que todavía no me he planteado. Normalmente, esto sucede en milésimas de segundo; por alguna razón, el cerebro sabe lo que va a pasar antes de que suceda y pone los músculos en movimiento, pero es imperceptible.

Y ahí está el niño.

Hemos intentado luchar con ellos a distancia, con probos —nuestras mentes en un cuerpo mecánico— y androides autónomos, pero desactivan sus campos electromagnéticos y no nos queda otro remedio que acudir en carne y hueso con un equipamiento de supervivencia. Creo que juegan con nosotros. Ahora mismo, en la nave hay un niño que ni siquiera intenta dispararme, solo quiere entrar en mi cabeza.

Hasta los mares de metano de Titán, yo era un individuo con pensamientos propios, pero después me integraron en una ménsula donde compartíamos reisel. Me costó casi un año asimilar que cada uno de nosotros sabe lo que está haciendo y visualizando el otro. Era como tener seis cuerpos en uno, con pequeños rincones personales. A mi número tres le gustan los amaneceres detrás de Júpiter, yo prefiero las pequeñas lunas de Saturno.

El niño se ha metido en mi cabeza y me ha llevado a cuando yo era un hijo de padres programadores incapaz de aprobar el ingreso en la facultad de Bioingeniería y se pasaba el día deambulando por el campus. Ni siquiera en Marte, bajo enormes cúpulas transparentes, podía concentrarme. Entonces vinieron los soldados operadores de bases que mantenían la arquitectura de todas nuestras operaciones en el sistema solar y me enamoré de la propuesta. Luego, cazando virus alados en Titán, quise entrar en las fuerzas especiales, y vinieron la ménsula y el combate.

Los alfa-omegas empezaron a construir bases en los mismos satélites y asteroides que nosotros, y empezaron a robarnos las tierras raras. Lo único que querían era hacer copias de sí mismos, transformar toda la materia a su alcance en seres conscientes como ellos capaces de adoptar cualquier forma. Para vivir, solo necesitan la luz de un sol lejano o esas redes de energía y materia oscuras que constituyen el armazón invisible de la matriz del universo. Para ellos, el tiempo solo es un camino hacia la disolución.

El niño ni siquiera quiere matarme, solo quiere que vea el futuro, y me veo a mí mismo como espectador de un teatro gigantesco, del tamaño del sistema solar, en el que una nube de demonios devora los asteroides como si fueran las olas de un mar caliente estrellándose contra un castillo de naipes. Veo a los seres humanos dejándose extraer la mente para entrar a formar parte de la misma legión de seres extraños cuyos cuerpos son simples herramientas de distracción y, por último, me veo a mí mismo, flotando en un sueño en el que me desprendo del cuerpo para sumergirme en un océano de pensamientos compartidos. Y empiezo a sentir que cuando me muevo, nos movemos todos, y sé dónde están, no solo mis seis compañeros de la ménsula, sino la plaga bíblica entera que muy pronto abarcará todo el universo.

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