La tormenta

Una corriente de aire algo más cálido y húmedo del habitual le habló de la selva junto a las mejillas y sintió cómo se arremolinaba entre sus labios, besándolo suavemente. La tormenta se acercaba, y cada ráfaga de viento lo aproximaba más al fragor del bosque. Finalmente, apretó los párpados y se sumergió en una espesura ficticia, cuyo modelo engrandecía cualquiera de los que había conocido hasta entonces. No tuvo más que empujarse a través de la cortina de hojas, abatida por el viento y la lluvia, y lo demás vino a él como el abatir de una sombra.

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Una maraña de troncos, ramas, hojas, lianas y grandes flores brillantes y mojadas se apartaron de su camino. Buscó las ramas más grandes que le permitieran ascender y trepó, empapándose, hasta que la altura y la delgadez del bosque se lo permitieron. Había pájaros escondidos en los líquenes, roedores entre las epífitas, monos balanceándose bajo las hojas más grandes, hilos de agua serpenteando en torno a las ramas, aliándose y creando verdaderos torrentes sobre los troncos que se escondían bajo la hojarasca del suelo, lejos de los relámpagos. Sabía que allí abajo la lluvia no era más que un susurro y, para algunos, la habilidad de acercar la lengua a uno de los troncos y sorber la dulzura de aquel líquido acaramelado por la savia de los árboles.

Saltó una y otra vez tratando de hallar una rama que pudiera pertenecer a un gigante. Había carroñeros en los puestos más altos, depredadores en las encrucijadas, miríadas de insectos sobre los bejucos y otros tantos ocultos bajo las cortezas. Saltó, sujetándose con las uñas, hasta un árbol gigantesco, se elevó por encima del dosel y trepó a una rama desnuda que se agitaba, azotada por un viento enloquecido. Esperó a que los relámpagos le mostraran la selva, una formación boscosa que se extendía, intensamente verde, hasta donde la vista y la cortina de agua le permitían admirar.

Una chispa eléctrica lo deslumbró y, cuando apenas se había repuesto del fragor del trueno, otra lo obligó a retroceder, perder el equilibrio y caer…

Luisa lo abrazó y dejó que cayera suavemente sobre ella.

—Te estabas cayendo, señor soñador —le dijo, obligándolo a sonreír, mientras lo apretaba contra su regazo, dejando que sintiera el olor de su sexo a través de la lana de los pantalones. Ese aroma le hacía pensar que bastaba con haber nacido para que mereciera la pena la existencia, pero, siendo incapaces de percibirlo y disfrutar de esto en el momento del nacimiento, necesitamos vivir muchos años para que ese momento llegue a nuestra conciencia, que el pasado viaje al presente para ser conscientes de él. Si la muerte fuera algo parecido, tendrías que pasar mucho tiempo en un lugar oscuro, aislado, como presumían algunas creencias antiguas, para que la percepción de tu propia muerte se hiciera realidad, y solo entonces podrías volver a nacer, porque en los dos, el nacimiento y la muerte, reside la razón de nuestra existencia, todo lo demás es el camino que necesitamos para comprenderlo.

—Vámonos —Cécrope se levantó y la cogió de las manos. Luisa tenía un cuarto pequeño y una cama en la que era imposible dormir desligados—. Esta tormenta ya no me necesita.

Por la noche, Cécrope soñó con caminos de barro y laberintos de maíz, patios de alborozos y porches de telares con labios ansiosos de narraciones, escuchó historias de colibríes, de plumas, de pétalos, de raíces, de miel y de ángeles, llovieron colores, rosas y anhelos, se sumergió en el vidrio negro de los basaltos volcánicos, se acumularon entre sus dedos los espejuelos de mica de los granitos plateados y se alborotaron los peces que estaban durmiendo en el seno de los lapiaces calcáreos.

Por la mañana, no se despertó hasta que el sol no hubo disipado el humo de los desayunos y el pajón no se hubo secado. Cuando se asomó, el aroma de las tortitas de maíz y del café caliente el calor de los niños y la campana de la escuela y los pesados pasos del ganado y los hatillos de leña y los sacos de manzanas ya habían pasado.

—Lo más precioso —decía siempre Cécrope— es lo silencioso de su ritual. Adoro este lugar.

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Tornado jacket

La empresa de mi padre se quedó en stand by. Las sapiencias más avanzadas pidieron no construir nada hasta conocer la tendencia, el trend weather, como lo llamaban en inglés, aunque los veteranos preferían tornado jacket desde que Yellowstone popularizó las cervezas Coors como yellow jackets.  En realidad, no tenían suficientes datos, así que el misterio estaba servido, solo sabían que cada vez había más tornados en la gran llanura y cada vez eran más destructivos, pero no podían predecir su formación hasta pocas horas antes ni su recorrido, como tampoco si un año desaparecerían, hasta que todas las nubes convectivas se unieron en un diluvio universal que habría de desbordar el río Misisipi y llevarse el delta y Nueva Orleans por delante. De momento, sugerían construcciones provisionales en zonas altas, y en llano sobre palafitos. Habría que esperar a ver si los grandes planes de reducción del CO2 de la atmósfera, como su conversión en fibras de celulosa mediante un proceso enzimático que mimetiza el trabajo de la vegetación sin tener que plantar grandes extensiones de árboles, funciona. Las nuevas construcciones utilizarán esta celulosa, pero nosotros no estamos todavía en esa onda. La mayor parte de nuestro país está en zonas altas, y las emigraciones desde la costa empezaron hace tiempo.

Los israelitas tuvieron el valor de prever la velocidad del viento en sus montañas hasta 2070, verdadera ciencia ficción, antes de que el mundo se viera abocado a la última gran guerra. De la que no quiero hablar aquí. A mí me tocó seguir ejerciendo de abogado del diablo en la comisaría, en un momento en que la sociedad se estaba desquiciando, porque, por muy avanzada que sea una sociedad, los primeros días impera la solidaridad, pero luego la mera supervivencia, y había demasiada gente a la que los demás no importaban. En realidad, el abogado del diablo buscaba fallos en la canonización de los santos, más comúnmente, llevar la contraria a la opinión generalizada, demostrar que los milagros no eran tales, y en mi caso, era al revés, demostrar que había dudas razonables, apoyando a los verdaderos abogados defensores, cuando se acusaba a alguien sin suficientes pruebas de sus crímenes.

Hasta cierto punto, sembrar la duda razonable era relativamente fácil cuando no había testigos directos, y aun cuando estos tenían motivos para hacer daño o habían sido contratados, como cuando en los juicios sobre accidentes de tráfico aparecían testigos que nunca estuvieron en el lugar, al menos antes de la instalación de cámaras y de poder conocer la localización de cada individuo. Hacía años que las sapiencias podían identificar a la mayor parte de la población por los rasgos faciales, incluso por la manera de moverse.

Zoran debió notar mi desasosiego, porque ya no sonreía cuando ponía los dedos sobre su rostro como si estuviera tocando el piano con cada uno de sus músculos, tal vez porque lo hacía con más desgana que de costumbre. Y ya no tenía ganas de llevar mis conciertos de piano más lejos, es decir, más abajo, en un glissando descendente.

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Una bomba nuclear en el corazón

Vivo en una ciudad donde abunda la gente guapa. Hace unos meses, un premiado cineasta filmaba en una calle de Barcelona, con muchos figurantes. La cámara retrocedía por la acera, mostrando de frente a los transeúntes. Todas las chicas eran preciosas, y de todos los colores, rubias, pelirrojas, morenas. Una africana despampanante abría la marcha. Era una de las protagonistas, los demás éramos comparsas, gente de fondo que nadie tenía que mirar, como el trasfondo de un cuadro de la Virgen con un árbol lejano que no pertenece a ese paisaje o como una película de romanos en la que, hasta el cuarto visionado, no te fijas en el reloj de pulsera que lleva uno de los soldados.

Lo único que teníamos que hacer era no mirar a la cámara, así que yo miraba al suelo. Pensaba en esas películas tan valoradas en las que no puedes evitar imaginar al equipo técnico, mientras el director grita, afónico: «No miréis a la cámara», «Lo repetiréis una y otra vez, hasta que parezca espontáneo», hasta las ciento veintisiete veces que hicieron llorar de verdad a Shelley Duval en El resplandor, de Kubrick, o el centenar de veces que Toni Curtis tuvo que besar a Marilyn Monroe en Con faldas y a lo loco para contentar a Billy Wilder.

Y todos volvemos a nuestros puestos en la calle, veinte metros más atrás, y pienso en La noche americana, de Truffaut: «Que salga el hombre de los helados, ahora el que lleva una escalera, y luego los demás transeúntes», y me pongo a caminar, con los pies hacia dentro, como me enseñó mi mamá, y noto que las tetas andan sueltas, así que, me obligo a caminar como si llevara un libro sobre la cabeza, a la manera de Audrey Hepburn, mientras el cámara retrocede sobre un armatoste con ruedas cuya grúa se eleva para filmar a toda la concurrencia, incluidos los perros y la ambulancia de los bomberos que hay en la otra manzana. «No mires, no mires al pájaro o nos harán volver atrás una vez más.»

Me llaman dos días después. Que el director se ha puesto con el montaje, y en la escena en que todo el mundo tenía que mirar a la protagonista, guapa de los cojones, y querérsela comer, ¿qué ha pasado? Que todo el mundo me mira a mí, como si la Virgen María apareciera en un encuadre detrás de Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo, cuando golpea la mesa y grita: «No vuelvas nunca a insultarme de esa forma». Y ya nadie piensa en ese idiota machista que va a recibir el Óscar por hacer de gilipollas mejor que nadie.

Entonces me acuerdo de mi vida, de que me llamaban la más fea en el colegio, de que nunca me dejaban participar en los juegos de los demás, y yo me quedaba en un rincón pensando que estaba gorda, que era demasiado alta, que tenía las piernas demasiado largas, y me deprimía, porque no sabía cómo poner fin a aquella decepción.

Tenía una hermana, guapa, que con trece años ya salía con chicos. Me lo explicaba todo. Así empecé a conocer a los hombres y sus necesidades. Pero nunca nadie se acercaba a mí, ni me pidieron salir, ni querían que los tocara.

El director estaba rabioso, la escena había costado una fortuna, yo misma había cobrado doscientos euros por dos horas de trabajo, y había un centenar de extras. Se preguntaba cómo darle la vuelta a la escena y que pasara a formar parte del argumento. Pero arruinaría la película, todo el mundo estaría pendiente de mi aparición, joder, a mi lado la protagonista parecería el perrito que se cuela en una escena, como ese que aparece en Las meninas de Velázquez y que solo lo miran los que tienen uno igual.

Un día, cuando tenía dieciséis, mi padre, borracho, me dio una hostia y me puso un ojo morado. Me recriminaba no tener amigos y que, por mi culpa, mi hermana se tiraba a medio barrio. Todos los tíos iban detrás de ella, ¿y por qué? Porque no podían tenerme a mí. Yo no entendía nada. Me puse un antifaz para ocultar el ojo y fue la primera vez que unos chicos me cortejaron en la discoteca. Me colocaron drogas en la bebida y me llevaron a los lavabos para que les hiciera una paja. No sé si eso puede llamarse contacto con la realidad. Entonces descubrí que había dos mundos: uno falso, en el que vivía yo, donde la realidad es como deslizarse por una pista de hielo que lleva irremisiblemente a un gélido agujero negro, y otro verdadero, más cálido, en el que adquieren sentido las emociones. Yo las tenía menguadas, acostumbrada a los tortazos de mi padre y a que nadie me hiciera caso, y de pronto saltaban allí, con el esperma de los muchachos, como si un asteroide se hubiera estrellado contra la nave en la que viajaba congelada. De pronto, me despierto y me veo obligada a aterrizar en un planeta desconocido, el miedo me hace recuperar la razón, me arranco los trozos de metralla que me mantenían atrapada en el coma y renazco como lo que parecía ser, ¿una puta tal vez? Hasta que me quito el antifaz y todos se apartan de nuevo. Cuando, con dieciocho, participo en la película, nadie se ha atrevido todavía con mi cuerpo, pero en los foros mis manos se han viralizado.

El director, que tiene novio, me mira de arriba abajo, pone cara de asco, no sabe qué ven en mí, aparte de que soy abrumadoramente guapa, y me invita a irme a vivir a su gran casa, ahora que soy mayor de edad, una casa por la que desfilan personas que viven vidas extrañas, que han decidido no reproducirse, pero sí cambiar de sexo o unirse al mismo sexo. Dicen que el mundo es un lugar lleno de dinosaurios cuyo único objetivo es poner huevos y seguir poblando el planeta con su descendencia. Si yo entraba a formar parte de su mundo, tenía que deshacerme de los ovarios.

Tomé la decisión con diecinueve años. Se lo dije a mi padre. Me dio otra de esas hostias que me obligan a llevar una máscara, pero esta vez no fui a la discoteca, sino a una de esas fiestas que organizaba el director de cine con sus amigos, donde me estrené con una de esas sustancias prohibidas que llaman ‘El Espíritu de Dios’. Por la noche, fue como si me hubieran arrancado toda la piel y me la hubieran vuelto a colocar después de dejar un rastro de sangre interminable, como si después de tomar aquella poción una bomba nuclear hubiera estallado en mi corazón, me hubiera reventado las neuronas, provocando emociones como supernovas que crean estrellas y planetas, tan profundas que atraviesan la tierra y salen por el otro extremo levantando el Himalaya, un amor tan hiriente y delicado como la hoja de papel que corta el ojo y la sensación de que mi cuerpo se había desmembrado como una flor cuyos pétalos salen volando cuando sopla el viento en un lugar maravilloso.

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SEGUNDO PRÓLOGO CUÁNTICO

Segundo prólogo de Los caminos de la conciencia, el libro en el que hago un viaje a través de la conciencia de la humanidad, siguiendo a los guías espirituales más importantes, no solo de la historia sino también en la actualidad. Todos han tenido multitud de seguidores a partir de unas ideas que trataban de explicar la realidad. Mi propósito es construir una superficie sobre la que todos esos caminos se unan, como también que, después de leer este libro, tu percepción sea distinta y, a la vez, más amplia.

En este prólogo, antes de adentrarme en las diferentes creencias espirituales, muestro, en un parpadeo que luego ampliaré, los mecanismos que podrían esconderse detrás de nuestra realidad. No importa si alguien los ha creado o han surgido de una nada poco plausible, se trata de mostrar el armazón que hace que todo sea posible.

CON UNA CANCIÓN DE AMOR

El mundo cuántico se encuentra a una escala muy pequeña en relación con el nuestro. Es como si nos acercáramos tanto a la televisión que pudiéramos mirar a través de los píxeles para descubrir que hay una realidad que no tiene nada que ver con lo que estábamos observando.

Imaginemos que vivimos en un mundo que funciona de la misma forma, encendiendo y apagando los píxeles para dar sensación de realidad, y que nosotros somos esas luces de colores que se iluminan y desplazan de un lado a otro de la pantalla. Dado que una pantalla tiene solo dos dimensiones, la televisión en la que estamos metidos tendría que ser una superestructura tridimensional formada por diminutos tetraedros encajados unos con otros que se extenderían en todas direcciones hasta los límites del universo. La dimensión de cada uno de los lados de estos pequeños píxeles con forma de pirámide triangular sería el cuanto de Planck (cerca de 1,6 x 10-35 metros), la unidad más pequeña que se puede medir sin abandonar la realidad y meternos de lleno en el universo cuántico, donde las leyes no son las mismas que en el nuestro.

Estos poliedros de cuatro caras se encenderían y apagarían a gran velocidad, como ese océano de pixeles por el que nos movemos, dando la sensación de movimiento. Si siguiéramos profundizando y nos metiéramos en los píxeles, el mundo cambiaría y se volvería cuántico, ya no sería nuestro mundo ni respetaría nuestras leyes. Eso es algo que no queremos hacer, porque perderíamos nuestra identidad. El intervalo temporal de cada imagen, es decir, la rapidez con que se encienden y apagan los píxeles ―en una película, se sustituye un fotograma por otro cada 0,04 segundos para dar sensación de fluidez―, sería el tiempo de Planck, la unidad de tiempo más pequeña que se puede medir dentro de nuestro universo, 5,39 x 10-44 segundos. Esto nos da la imagen de fluidez sin fisuras que conocemos y permite que se produzcan todos los fenómenos naturales con una cadencia perfectamente reconocible.

A una escala más pequeña que la del píxel, aparece otro mundo donde una multitud de partículas y entidades energéticas no están sometidas a las mismas leyes que nosotros, pueden existir en diferentes estados a la vez, estar aquí y allí al mismo tiempo y comportarse como una onda y una partícula a la vez. Quienes defienden que la conciencia tiene el poder de cambiar la realidad piensan que se puede incidir en esa dimensión o que la conciencia se encuentra todavía más allá de este estado, en una escala aún más pequeña en la que no existen dimensiones, y que de esta conciencia emerge todo lo demás, un aparente caos energético que empieza a tomar forma a medida que adquirimos una cierta distancia y la perspectiva necesaria.

Cuando nos elevamos hasta el mundo de las macrodimensiones, descubrimos que, de aquel caos, surge el ala de una mariposa de brillantes colores donde antes no podíamos siquiera discernir dónde estaban las partículas y en qué dirección se movían. La verdad es que, por muy quieta que se encuentre el ala de la mariposa en una mañana sin viento, en su diminuto interior, la movilidad supera nuestra capacidad de percepción y, a la vez, si lográramos introducirnos en su interior, nos sentiríamos como en el vacío entre las estrellas, solo que esas estrellas serían partículas cuya naturaleza todavía no hemos acabado de comprender. Por otro lado, muchas de esas partículas se moverían a nuestro alrededor como si fueran a la vez viento y arena, y la arena pudiera tener formas de moverse que no podemos percibir. El ala de la mariposa se habría convertido en un pequeño y a la vez inmenso universo consciente o, todo lo contrario, una entidad carente de lo que nosotros, con nuestras limitadas capacidades, entendemos por conciencia.

Los físicos han descubierto que esa parte del universo con tanto espacio vacío y unas leyes físicas diferentes puede reproducirse a muy bajas temperaturas en nuestra parte newtoniana de la realidad, cuando, teóricamente, detenemos el movimiento, y han creado superconductores por los que los electrones se desplazan sin perder energía a temperaturas cercanas al cero absoluto. Este es el primer problema para creer que la conciencia existe en esa dimensión, porque, aparentemente, se necesita cierta temperatura para que el cerebro dé lugar a la conciencia, y no es posible en el frío absoluto. Por esta y otras razones, los científicos explican la conciencia como el resultado de la actividad eléctrica del cerebro y los procesos bioquímicos asociados, que funcionan creando gigantescas bases de datos gestionadas mediante redes neuronales que actúan por grupos y permiten el intercambio de ideas, dando lugar al pensamiento.

En el laboratorio, podemos crear neuronas sintéticas ―encendido/apagado―, pero no podemos hacer todavía que cien mil millones de neuronas, ni siquiera unos pocos millones, actúen de forma sincronizada compartiendo datos y debatiendo cuál es la mejor respuesta ante un problema a partir de la experiencia, con la capacidad de crear y equivocarse. El futuro ordenador cuántico tendrá el tamaño de una caja de cerillas y podrá hacer trillones de operaciones en un microsegundo, y aun así, no se parecerá a la mente humana.

Lo que parece cierto es que el cerebro tiene prisa, y eso nos viene de vivir en un mundo competitivo en el que, quien no se mueve lo bastante deprisa, sirve de alimento. Aun antes de que acabemos de recibir de forma consciente la información que necesitaríamos para poder tomar una decisión, el cerebro ya se ha formado una idea, ha reconstruido la realidad y nos ha dado la oportunidad de actuar en consecuencia: eludir el ataque del depredador o el enemigo humano y correr sorteando todos los obstáculos que apenas percibimos a nuestro alrededor, pero que adivinamos y construimos mentalmente a partir de la memoria y la experiencia.

Heredamos un cerebro desarrollado en la lucha por la supervivencia. Somos conscientes de que existimos porque asignamos significados y valores a los diferentes estímulos procedentes del medio en que nos movemos ―a través de un espacio y en un tiempo determinados― merced a las distintas experiencias perceptivas.

Los neurólogos no saben muy bien cómo crea el cerebro esas imágenes, aunque pueden ver como se encienden y se apagan las neuronas en las tomografías, y cómo algunas zonas del cerebro se iluminan cuando sienten emociones o cuando sueñan o resuelven una ecuación matemática. Los neurólogos son deterministas y están fuertemente aferrados al mundo newtoniano; para ellos, no hay ideas en el universo cuántico, no hay nada más que una dimensión dentro de otra dimensión inmersa a su vez en otra dimensión que no nos pertenece y en la que no podemos existir, como la pantalla del televisor vista con un microscopio. ¿Dónde se ha ido nuestra serie favorita si nos quedamos mirando el contenido de un solo píxel?

La neurología cuántica sugiere que la mente humana funciona de una forma tan eficiente que no puede valerse únicamente de las leyes físicas clásicas, que tiene que haber algo más allá, como lo que se quiere obtener de un ordenador cuántico, en el que ya no hay ceros y unos, sino la superposición de distintos estados que se van a manifestar de una forma u otra cuándo y cómo sean requeridos por su entorno.

Hay quien piensa que el cerebro funciona como una serie de ordenadores en paralelo, no en modo cuántico. Sin embargo, yo he visto un supercomputador funcionando como tres mil ordenadores en paralelo y puedo decir que no hay nada más lejos de la conciencia en el hecho de que cada uno de ellos ejecute una operación y otro de ellos unifique el resultado, es como esperar que una batidora adquiera conciencia del hummus que está produciendo al triturar garbanzos con aceite, ajos, sésamo y zumo de limón. Una batidora jamás sabrá lo que está haciendo.

 

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Anna y sus hermanas

Querido papá: No sabes cuánto echo de menos nuestra casa, con el oro negro de aquel suelo, el chernozem, donde puedes hundir un palo hasta el mango sin esfuerzo. La tierra que los rusos quieren quitarnos. Pero yo no nací para vivir en el campo, y soy fuerte, así que me dejé llevar por Mijaíl, el cazatalentos, a Barcelona, donde —ambos sabemos cuáles eran las condiciones— sin apenas hablar el idioma me puso a trabajar como acompañante en uno de los mejores hoteles de la ciudad. Aprendí castellano y catalán enseguida porque muchos de los clientes eran godos o carolingios de lo que fue la vieja Marca Hispánica, surgidos de los profundos valles pirenaicos. Ya te explicaré en otra ocasión lo de esos neandertales adinerados.

En ese periodo, me vendieron seis veces como si fuera la Venus de Botticelli. Tú no sabes lo fácil que es recuperar la virginidad en esta ciudad. Hay unos médicos formidables y la administración pone todos los medios a su alcance para que ciertos siervos del diablo se crean dioses mesopotámicos.

Al cabo de un año, el nivel alto, el de los ejecutivos que vienen a los grandes hoteles, ya no pudo ser, se notaba demasiado que la fruta había madurado, así que pasé me llevaron a los yates, donde íbamos en grupo ucranianas, rusas y bielorrusas. Lo de las rusas tenía mucho morbo, porque a muchos hombres les gusta enfrentarse al mal desde una posición de fuerza, así que, cada vez que había un bombardeo con muchas víctimas en Ucrania, las rusas eran las preferidas, para dejarse vencer en las pequeñas batallas antes de la victoria final. Yo he pasado por rusa muchas veces, porque los catalanes no ven la diferencia mientras hables una lengua eslava y luzcas piernas largas y blancas.

En los barcos, también grabábamos unas películas de sexo duro para las que tomábamos drogas y anestésicos locales que no nos dejaban sentir nada, mientras nos gritaban: «No pongáis esa cara, por favor, quiero un poco de pasión, da igual que sea de placer o de dolor». En tres meses, hicimos unas cien películas, entre fiestas y sueños húmedos, curas y trances hipnóticos, hasta que el desgaste aconsejó un descanso en uno de esos balnearios donde te rejuvenecen.

A la vuelta, me metieron en el primero de una cadena de burdeles que llaman Paraíso, y que están numerados. Cuando se enteraron de que tenía veintidós años arrugaron el ceño, porque en los vericuetos más recónditos había chicas rumanas de dieciséis, que me contaron que no hace muchos años en Barcelona se exponían con bata de estar por casa, sin maquillaje y sin nada debajo, en la Ronda de San Antonio, para un polvo rápido. 

Pasé un año en el Paraíso Uno. Cuatro barras, media docena de niñas perreando todo el día en los barrotes de las jaulas. Allí, los clientes se sentaban a las mesas y tenías que abordarlos con educación. Eran gente adinerada y bien educada, de esos que quieren que les des tu opinión sobre la liberación sexual durante la Revolución francesa, o que les expliques eso que decía Wittgenstein de que la realidad es como es, pero podría ser otra, cuando esa otra es lo que les interesa. En definitiva, papá, gente con poder que lo que quiere es sentirse humillada. Estos últimos buscaban esas que llaman amantes crueles, ya sabes, tortura refinada, clavos en el escroto y demás delicatessen que gustan a quienes tienen poder, que durante el día ven cómo sus empleados obedecen sin rechistar y por la noche quieren ser humillados por un superior imaginario que los encierre en una jaula o los cuelgue del cuello hasta el desmayo. Me hubiera gustado saber qué harían encerrados en una casa durante un bombardeo, como lo hemos padecido nosotros, imaginando que una bomba les arranca una pierna o un brazo.

El caso es que hace diez meses conocí a un policía —aquí los llaman mossos— que frecuentaba el local por los contactos. De la brigada de información, de esos que espían al Estado para acusarlo después de espiar a los políticos locales; bueno, el caso es que le gusté, un día en que no había esnifado porque tenía en carne viva la nariz, me temblaban las piernas y se me quebraba la voz. Ya me conoces, tengo esa cara triste que gusta a muchos hombres, los párpados caídos, los ojos de color caramelo, el cabello revuelto y oscuro, la piel muy blanca. Me ve delgada y languideciente, le miro como si fuera el hombre de mi vida, y va y me promete sacarme de allí, porque aquella gente le debe muchos favores.

Yo me habría acostado con cientos de hombres a los veintitrés, y aun así tenía una deuda descomunal con Mijaíl: el alquiler, las comidas, la droga, los vestidos, la protección y no sé cuántas cosas más que me recitaba cuando intentaba encontrar una razón para irme del burdel. Así que no me importaba querer o no al hombre que me librara de aquellas obligaciones.

Unos meses después, cuando yo ya estaba en el Paraíso Dos —chicas con ADN incorporado de más de quinientos donantes de semen—, Albert me lleva a cenar a uno de esos restaurantes donde los policías no pagan y los propietarios se desviven por servir los mejores platos y el mejor vino, aunque para mí, que llevaba tiempo bebiendo a sorbos cava de diez euros con patatas fritas de bolsa con los clientes, cualquier cosa me supiera a néctar de las mejores flores.

El caso es que Albert me pidió en matrimonio, porque le acababan de nombrar comisario, tenía un buen sueldo y muchos apaños, y se estaba comprando una casa en la Costa Brava para celebrarlo, así que acepté con la condición de que nos casáramos inmediatamente. Por eso no te invité a la boda, papá. La buena noticia es que me instalé en la casa de la playa, en un acantilado precioso, con una cala sensacional debajo, cerca de Playa de Aro, y, aprovechando que Albert estaba en un congreso de policías en Seattle, con maderos de todo el mundo, organicé una fiesta con los viejos amigos, Mijaíl, Nikolái, Teddy, Terek y demás morralla. Todos tenían casas por allí, y necesitaban una grande, como la mía, para encerrar e iniciar a las nuevas partidas que estaban llegando de países donde había conflictos. Así que organizamos la muerte de Albert.

A cosa hecha —los suicidios de policías no figuran en los medios—, heredé la casa y la cedí a la organización a cambio de controlar las entradas y salidas de las nuevas. Solo había que pagar un tanto a los políticos locales y poner a su servicio a unas cuantas vírgenes de vez en cuando.

Ahora, papá, ya puedes venir a Barcelona. Te he comprado una casa en el Paseo de Gracia, muy cerca de uno de esos monumentos modernistas que tanto gustan a los turistas. Puedes traer a mamá y a mis hermanas. Ellas no tienen que pasar por lo que yo he pasado. Quiero que tengan una buena educación y trabajen en lo que quieran.  A estas alturas, tengo tantos contactos que puedo conseguir lo que me apetezca, lo que queramos, papá.

A estas alturas, papá, te lo repito, somos los amos del mundo. 

Te quiere, tu hija Anna.

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Es imposible morir en el Himalaya

Me sentía mentalmente desahuciado, pero no pensaba morir en la cama, envenenado como Stefan Zweig, por un mundo que había enloquecido. El planeta entero estaba a punto de convertirse en un caos, sin comida, sin luz, sin agua ni redes sociales a causa de una terrorífica guerra nuclear, pero nadie parecía saberlo todavía. Quería morir como Oliver Reed en Mujeres enamoradas, alejándome por un glaciar en el blanco infinito, o entre los hielos del polo norte, como en La tienda roja, una muerte dulce, un agradable sueño, como cuando te anestesian y es como si Morfeo te cerrara los ojos y te adentrases sin quererlo en un infinito de negritud sin pensamientos.

Quería morir a lo grande, y decidí hacerlo ascendiendo al Everest. ¿Qué mejor lugar que a ocho mil metros de altura, sin apenas oxígeno, caminando entre ventisqueros en los límites de la atmósfera? Podía haber saltado desde un avión y haberme desprendido del paracaídas. Pero quería que lo último que vieran mis ojos fuera una pared helada, la encarnación de un lugar inhabitable, como podían haber sido las arenas del Sahara o las profundidades oceánicas.

Me llevaron en helicóptero hasta el campo base, tiempo durante el cual cerré los ojos para recordar momentos agradables y no tan agradables de mi vida. Había sido siempre un académico, profesor de historia contemporánea, especializado en la revolución rusa y la segunda guerra mundial. Había dirigido varias tesis sobre Hitler y Stalin, y en todas se desvelaba la realidad del ser humano. Estábamos a punto de volver a cometer los mismos errores, pero no eran errores, era nuestra naturaleza manifestándose en todo su esplendor. El mundo está lleno de asesinos y de héroes. En el momento de alcanzar los siete mil millones de habitantes, la victoria parece ser de los héroes, pero ahora se equivocan y abocan el mundo al desastre. Y no quería, no deseaba vivir esa experiencia.

Debido a mi avanzada edad, en el campo base me asignaron dos sherpas. Me ataron a uno por delante y a otro por detrás, me dieron una bombona de oxígeno y me colocaron en una cola de quinientas personas que empezó a movilizarse antes del amanecer. Puesto que ante mí solo podía ver las botas de mi predecesor, su vestimenta encarnada y un suelo blanco que abarcaba todo el entorno, tuve tiempo de pensar en mis alumnos. Uno de ellos llegó a director del Centro Nacional de Inteligencia; otro, se convirtió en mi mujer y me dio dos hijos. De estos, uno de ellos trabaja en una ONG en la Amazonia, tiene seis hijos que no conozco. El otro es astronauta, se ha ido a vivir a la base permanente de la Agencia Espacial Europea en la Luna. Mi mujer murió hace dos años en un viaje a Nueva Zelanda, en un accidente de tráfico. Entonces, dejé la enseñanza, muy cerca de jubilarme. Escribí un libro sobre la conciencia humana sin poderme quitar de la cabeza las hordas de cosacos que luchaban por la libertad en las estepas de Ucrania y violaban a todas las mujeres de las localidades que liberaban. Una vez publicado, empecé a buscar formas de matarme, pero siempre encontraba una razón para esperar: una alteración climática que pusiera el mundo patas arriba, la primera bomba nuclear que nos sentenciara a todos a convertirnos en polvo. Y empecé a gastar disparatadamente: una botella de Macallan de cinco mil euros, dos prostitutas rusas para que me acompañaran en un crucero por el Ártico a las que me gustaba ver cómo se besaban y bebían una botella tras otra de Dom Perignon. Cuando solo me quedaban cien mil euros contraté este viaje al Everest.

En aquel ascenso interminable, el sherpa delantero tiraba de mí con una precisión matemática, unido a una larguísima cordada que marcaba la montaña como un hilo de sangre desde la cima hasta el campamento. El que tenía detrás me empujaba con las manos a la espalda. Yo trataba de escapar, de saltar al vacío en busca de aquellos bloques de hielo que veía brillar en la distancia, bramaba dentro de la máscara, me retorcía en aquel infierno en el que no había vuelta atrás porque me arrastraban como si formara parte de una cadena de condenados. En un momento dado, pensé que aquella línea que trazábamos era una grieta abierta en la montaña por la que emergían las llamas de un volcán. Dentro del traje, sudaba, pero habría bastado con quitármelo para morir a los pocos segundos. Me revolví contra las ataduras, pero ni siquiera podía desenvolverme con las manos enguantadas.

Fue entonces cuando miré al cielo y vi aquel azul profundo, meteórico, y me acordé de mi hijo lunar, que se había casado con una chica de Mongolia que también se había convertido en selenita, y descubrí, en aquel cielo que se oscurecía como las profundidades del mar, una razón para vivir. Aquel cielo no terminaba en las profundidades fangosas del océano, sino que era una puerta abierta a un universo interminable, y me di cuenta de que solo estaba ahí para nosotros, para que pudiéramos verlo y nos sintiéramos parte de él.

Tras dos horas de espera al final de la cordada, coronamos la montaña, me arranqué la mascarilla y las gafas y tardé pocos segundos en marearme, mientras sentía crecer en mí cierta sensación de pertenencia, no a un planeta, sino al universo. No podía dejar de mirar las estrellas, que brillaban en pleno día… “Señor —me dijo el sherpa que me empujaba, mientras me enseñaba el teléfono móvil que llevaba envuelto en plástico—. Es un mensaje de su hijo”.

“Te estoy viendo, padre, desde la Luna. Hemos enfocado nuestro telescopio a la cima del Everest cuando hemos sabido la hora de tu coronación. Bienvenido al universo. Te quiero”.

Se me doblaron las piernas de la emoción. Me coloqué la mascarilla y las gafas, apartando las lágrimas congeladas. Inicié el descenso con prisas porque tenía ganas de volver, y ya me imaginaba en la Amazonia, porque ahora quería conocer a mis seis nietos, dejarme acorralar por los mosquitos, navegar por un río donde los delfines de agua dulce me dieran la bienvenida y vivir en una cabaña. Me compraría una casita en la selva e iniciaría un proyecto sostenible con la gente, porque ahora, Hitler y Stalin se habían desvanecido en mi mente, como hizo el vapor de las lágrimas en cuanto me pude quitar las gafas en el campo base. El helicóptero ya se estaba llevando a Katmandú a los que habían coronado primero. Mi destino estaba en Manaos, y luego el infinito esmeralda desde el que contemplaría la Luna y la Vía Láctea.

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Cazadores en la ruta del samsara

Del galope al cruzar el río emerge un racimo de gotas tan grande que parece una flor, pero entre los pétalos también se percibe el vapor que surge de la boca de los caballos y, si el olor fuera visible, la mugre que arrastran los jinetes. Las partículas de polvo que levantan entre los rastrojos no son más que ascuas del infierno que van a provocar, porque van a poseer a las mujeres y luego a matarlas con la esperanza de chocar las manos con algún demonio.

Su objetivo es engañar al samsara, la rueda de la vida que los obliga a reencarnarse, así que, por tamaña maldad, lo harán en los cinco mil animales sin conciencia que, según Heródoto, precederán a su nueva existencia, y pasarán cincuenta mil años antes de que puedan convertirse otra vez en humanos, tiempo suficiente para que nuestra especie sea un estrato olvidado.

El pueblo pastún al que se dirigen en las cordilleras afganas, un brote de energía consciente en medio de las estériles vaguadas, una retícula simple en forma de adobe, es el típico asentamiento que se confunde con el paisaje. Todos los hombres murieron en la última escaramuza en el desfiladero con los trols que ahora los atacan, y solo quedan las mujeres para defenderlo.

Alaia es quien dirige la defensa, lleva una abaya de un azul tan profundo que es como si acabaran de arrancar un pedazo entero de lapislázuli del corazón de la montaña, las mangas en forma de alas de murciélago bordeadas de estrellas de plata, porque es en esencia el cielo lo que lleva puesto. Ha repartido a las mujeres por los tejados planos, como piezas de ajedrez sobre un gigantesco tablero de barro.

Cuando sujetan el kalashnikov de sus maridos muertos, es como si se abriera una puerta a su cielo, donde no hay hombres, sino ríos de agua fresca y miel en los recodos de una tierra fértil dispuesta a abrazarlas. Y no saben siquiera si aquellas armas viejas dispararán cuando una nube de polvo anuncia la llegada de Einar Skejeggete, el barbudo, porque, a este señor de la guerra, la barba le llega a la cintura, sobre un oropel de latón que le cubre el pecho. Podría ser el demonio, pero es solo un hombre de otro país que quiere el poder, con sus cuarenta assasin al galope, reventando el aire.

La única ventaja que tienen es que el barbudo no espera ese recibimiento, y lo que ve, al anochecer, son una treintena de luces sobre los tejados, una verdadera bienvenida hecha de luciérnagas. En el paraíso de su imaginación, esos quinqués que parpadean en el ocaso iluminan arroyos de hidromiel circundados de valquirias. En su Valhalla particular, cuando ellos mueran, tendrán el poder de transformar el agua en vino y el dolor en placer, y cada lágrima que salpique el aire se convertirá en un suspiro que absorber.

Una vez reunidos todos los jinetes en el centro del pueblo, se desata el infierno, la mitad de los kalashnikov no disparan, pero el resto cumple su función. Un trino potentísimo se une a los disparos, como si las balas del calibre 7.62 fueran jilgueros de plomo, tan huidizos y rápidos que resultan invisibles hasta que penetran en el cuerpo, sin cesar en su aleteo. El barbudo recibe una bala en el oropel, a través de la barba, y eso es suficiente para tirarlo del caballo, con una costilla rota. Tiene una visión momentánea del árbol, un granado, bajo el que va a renacer, pero enseguida se rehace y trata de alzar su arma, hasta que otro jilguero, cuyo trino se ha enrarecido en la súbita oscuridad, le atraviesa el ojo derecho y parte del cerebro, y siente como un lado del cuerpo deja de pertenecerle. Solo ve, a la izquierda, los cascos que están a punto de pisotearlo, hasta que, en su escaso ángulo de visión, donde el dolor crece sin control, aparece Alaia, con su abaya lapislázuli. ¡Dios, qué preciosa es esa mujer! En sus ojos negros lleva un pedazo de firmamento, pero ese que carece de estrellas, negro como materia oscura flotando en el seno de un planeta gaseoso, si las nubes de metano pudieran acariciarse con las manos.

Por eso, entran en las calles confiando en que esas luces sean para iluminar su llegada, y que las mujeres sean regalos que el destino les ha preparado, más allá de las puertas cerradas de madera de roble torcido, sabina y ciprés, aun cuando la negritud que se percibe a través de las ventanas no augura ningún amanecer.

Einar nació en Oslo, estudió astrofísica en California y comprendió el mundo, pero en su comprensión entendió que no hay nada más que la cultura, por bárbara y brutal que sea, y quiso recuperar el espíritu de sus antecesores vikingos en Afganistán, donde la ley pasa por las armas, y reclutó con dinero a cuarenta muyahidines locos. Alaia nació en Kandahar, estudió antropología en Londres, y volvió con su familia para defenderla de cafres como el barbudo, que creen que resucitarán bajo un árbol, junto a un río de vino, y que el universo girará a su alrededor.

Cuando el barbudo expira, Alaia le cierra el ojo sano, que se había quedado mirándola, porque quería llevarse ese ápice de belleza al gran salón donde poder explicárselo a los dioses, como si sus palabras fueran piedras preciosas que brotan donde debería prevalecer el valor de quien zanjó su locura asesina. No encontrará compasión en las valquirias, que se solidarizarán con la voluntad de hierro de una mujer que no encontró otra manera de seguir con vida.

Alaia se levanta y contempla el enorme trabajo que espera a las mujeres, mientras las moscas se abren camino desde el más allá en busca del bien preciado de la carne putrefacta.

Tal vez enterrados en la mina abandonada de cal encuentren esos hombres su destino, las once mil puertas que conducen a un río de vino rancio y amargo.

Cuando se quitan los cascos y vuelven a la realidad, Einar y Alaia se abrazan, satisfechos de haber comprado aquel juego de realidad virtual, Cazadores en la ruta del samsara. Desde que los ordenadores cuánticos se han hecho cargo de los videojuegos, es como vivir varias vidas, pero por mucho que la sangre y la nieve se introduzcan en el cerebro, tanto como el frío, el dolor, la pasión y la muerte, no hay nada como un buen abrazo al regresar, el tacto caliente de la piel, cerrar los ojos y sentir los labios, dejar que las lágrimas, las de verdad, se deslicen por las mejillas y lleven su salado océano al paladar, y compartir, sobre todo compartir, para superar los cien años sin enloquecer, convertirse un día en alcatraces, cruzar el océano, entrechocar las panzas, dejarse caer y morir arrastrados por un huracán para despertar riendo en el sofá.

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El eterno retorno

Eduard nació guapo. No le importaba ni lo entendía y nunca supo por qué le odiaban los demás niños en el colegio. Quizá porque, además, era el primero de una clase bastante numerosa. También era un gilipollas, como corresponde, así que, un día, en una absurda pelea, se cayó y se rompió los incisivos. Desde ese momento, se convirtió en «el desdentado», el atractor de todas las miradas que mostraban asco o desencanto. De guapo había pasado a monstruo. Las chicas se reían de él, tendría doce o trece años, ni siquiera se le había despertado la libido; de las niñas, solo sabía que siempre se burlaron o lo despreciaron, aun antes de quedar lisiado porque, siendo atractivo, nunca se planteó meterles mano ni besarlas en los lavabos, como hacían los demás. 

Un día se dio cuenta de que tenía memoria eidética, que solo tenía que leer, ver u oír las cosas una vez para recordarlas. Cuando cumplió los dieciséis, se arregló los dientes, ganó confianza y descubrió que los números se le daban bien. Cuando salió del instituto, estudió informática, física y astronomía. Después, durante un tiempo, se presentó voluntario para recorrer los peores escenarios causados por guerras y catástrofes naturales. Necesitaba conocer la mente humana en un momento en el que se iniciaba la era de los implantes neuronales, con el cerebro dominado por chips que alargaban la vida y que eran programables.

Con treinta y siete años, presentó su programa a los grandes de la tecnología, que lo consideraron fascinante, pues producía en quienes lo incorporaban a su mente un aumento de la conciencia. Ya no era solo cuestión de tener al alcance todos los conocimientos del mundo, sino la sensación de entenderlo todo, de ser consciente de todos los aspectos de la naturaleza como si fueran uno solo, de sus interrelaciones y su desplazamiento en el tiempo, desde el movimiento de los átomos hasta la carrera desenfrenada de un leopardo, de los esfuerzos de una planta trepadora por alcanzar una sujeción a la conciencia fluctuante de una tempestad que nace y muere con la esperanza de vida de un relámpago.

En la mayoría de los individuos, esto produjo un éxtasis paralizante, porque superaba su capacidad de entendimiento o porque creyeron comprender nuestro lugar en el universo, sin que nada de lo que imaginaban fuera cierto, porque los propósitos del ser humano y de la naturaleza siguen caminos diferentes, ya que esta no es libre de elegir su destino, como hacemos nosotros, por absurdo que este pueda ser. 

La inteligencia cuántica acababa de perforar el espacio-tiempo para posibilitar los viajes espaciales a otros lugares del universo, aunque era un viaje de ida sin retorno y no se sabía dónde terminaba. Empezaron a enviar naves a través de agujeros de gusano con la esperanza de que, fuese cual fuese la distancia, utilizasen el entrelazamiento cuántico para enviar un mensaje sin la deriva temporal. Una de cada ochocientas naves, todavía no tripuladas, envió información de su destino y, de estas, una de cada quinientas señaló un planeta habitable.

Había que arriesgarse, porque el mundo era un lugar superpoblado e inestable, así que empezaron a enviar individuos a través de los portales, en naves pequeñas. Al principio, solo una de cada cien enviaba una señal, indicando que había sobrevivido. De estas, solo una de cada cincuenta consiguió establecer las bases de una colonia y adaptar su organismo a las condiciones atmosféricas del nuevo planeta. Fue el instante en que se decidió enviar a miles de voluntarios, en un vano intento de aligerar el exceso de habitantes.

Eduard consideró su trabajo concluido y se apuntó a uno de los viajes, la promesa de un planeta habitable, aunque nadie sabía con seguridad lo que se iba a encontrar, ya que las señales que retornaban eran simples códigos que se distorsionaban durante el viaje.

Cuando Eduard atravesó el portal, sintió que, a su alrededor, se desvanecía todo aquello que no formaba parte de su naturaleza. Se encontró desnudo en un patio de cemento, descalzo en el frío suelo, aunque algo a su alrededor le resultaba familiar, y no era producto de una pesadilla, era real. Los contenedores apilados uno encima de otro, con las ventanas enrejadas, denotaban una vieja escuela, su escuela. De pronto, al aspirar, se dio cuenta de que el labio superior penetraba dentro de su boca desdentada. Se alzó y descubrió que estaba rodeado de niños a los que conocía y que lo miraban en silencio, sorprendidos de su desnudez. Una de las chicas, que llevaba un velo sobre la cabeza, le acercó la mano a la cara. «Eduard, le dijo, ¿qué has hecho?». «Tonto y feo como siempre», dijo otra que llevaba una falda muy corta.

El señor Rodríguez apareció gritando que se apartaran todos y llamó de forma estentórea a Eduard. «¿Qué demonios haces desnudo en el patio de la escuela?». «Ya es bastante dramático tener a un niño desdentado que afea la clase y provoca todo tipo de burlas para que encima montes estos espectáculos».

Eduard se dio cuenta de que había vuelto a un momento de su infancia, en el patio, y sintió un escalofrío, porque a sus espaldas tenía cuarenta años de conocimientos, y un poder desmesurado, pero enseguida advirtió que su memoria era como un río que se aleja del mar mientras borra todos sus recuerdos, y no tardó ni cinco minutos en volver a ser aquel niño desvalido y desdentado del que se burlaban todos. 

Como Eduard, miles de viajeros volvían a momentos anteriores de su vida cuando cruzaban a través de los agujeros de gusano, porque, en realidad, lo que hacían era un viaje a través del tiempo para volver a ser lo que fueron. Los que desaparecían, simplemente viajaban a ninguna parte, cuando todavía no habían existido, y se desvanecían en la materia oscura del universo, que ocupaba el lugar dejado por los astros en su avance por el firmamento. Esta materia oscura estaba formada por las almas perdidas de muchas generaciones que vivieron en millones de planetas e innumerables burbujas temporales. En esa oscuridad inescrutable ardía sin llamas el deseo desesperado de volver a encarnarse y aprenderlo todo de nuevo. Lo que no sabían es que volverían a querer escapar de una existencia que no era lo que ellos esperaban, un cortísimo espacio de tiempo en el que no hay tiempo de descubrir un solo ápice de la realidad, y que la verdad no es sino la búsqueda de una verdad que no podemos encontrar.

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El beso

—Dame un beso, cariño.

El hombre volvió la cabeza hacia ella. Sin otra opción que obedecer, cerró los ojos y proyectó los labios, rodeados de una espesa barba blanquecina. Iba vestido como un señorito de otra época. Ella prolongó sus labios finos, arrugados, de boca desdentada, y picoteó la boca de él como si su avance fuera una tentativa de beso, carne contra carne, sin separar los labios, solo para no saberse sola, sin ánimo de obtener ya el mínimo placer.

Detrás de ellos, a través del ventanal, las estrellas parecían retirarse, compungidas. Bordeaban el agujero negro del centro de la galaxia, en un viaje hacia atrás en el tiempo que debía devolverlos a sus orígenes y a la muerte.

Al hombre ya no le quedaban ideas, solo quería que un día fuera igual a otro en aquella megalópolis de los últimos días, en una estación orbital con setenta millones de individuos, y quería poner punto final. Ella estaba locamente enamorada, era un desperdicio humano que había tenido todos los vicios, fue prostituta en los primeros tiempos de la estación, cuando solo había trabajadores desahuciados, y adicta a todo tipo de sustancias, y había conocido al señorito después de la iluminación, el día del bautismo generalizado, cuando todos tuvieron que aceptar que había un ser superior y tenían un destino que solo él podía conocer.

Fue él quien le explicó después, una y otra vez, que Dios sí juega a los dados, que los tira por cada uno de nosotros cada vez que tenemos que tomar una decisión.

—Pues los míos estaban marcados —respondía ella, que no había tenido suerte en su desgraciada y puta vida.

Y el hombre trataba de convencerla cada vez de que todas aquellas jugadas fallidas la habían conducido hasta él, que había sido la mejor partida de su vida, probablemente la última, que, si lo acompañaba, no cometería más errores.

Se durmieron mientras la nave aceleraba, superaba la velocidad de la luz y empezaba a viajar hacia atrás en el tiempo.

Soñaron que él no había sido un proxeneta y un traficante, que no había tenido una enfermedad coronaria provocada por el abuso de estupefacientes. ¿Cuántas mujeres en su vida? Que lo acabaron despreciando. Y por fin, la única que lo había cuidado, que había recogido sus babas y sus heces, generando una deuda sagrada de la que no podía librarse. Una que estaba tan acabada como él. 

Ella pensaba que él era un señor, con ese traje, la barba, el cabello íntegro, blanco y acaramelado, el sombrero de postín, y que ella no tenía remedio, sin dientes, arrugada, ocultando sus formas de anciana con un vestido amplio, negro; por eso se agarraba a él como si le fuera la vida, y le iba la vida, porque las drogas, el alcohol, los vicios estaban ahí, llamando a las puertas, en el alféizar de la ventana.

Soñaron que rejuvenecían; pero, en un viaje hacia atrás en el tiempo, los huevos rotos no se recomponen, siguen rotos y envejeciendo mientras todo lo demás desaparece como si no hubiera sucedido, en una oscuridad que solo podía detenerse con la vuelta a la normalidad.

Se despertaron alentados por un rugido atronador. Se encontraron en una cama con las sábanas arrugadas, en una habitación pintada de verde, pequeña. La típica habitación de burdel, pero en lugar de las paredes sintéticas de la estación, el yeso parecía desconcharse, la humedad dibujaba nubes por encima de ellos. 

¿Qué era lo que NO había pasado?

El hombre sintió el roce de la almohada en la nariz y la apartó de un empujón. Ella notó que la cama era muy grande. Ambos tuvieron la sensación de haber encogido, de haber adelgazado durante el viaje. 

Frente a ellos, había una ventana. El cielo estaba lleno de humo. Aviones antiguos, sostenidos en el aire por su propio impulso.

En el paquete de viaje se incluía una muerte rápida en aquel cementerio en el que habían nacido hacía un centenar de años. Nadie vivía ya en la Tierra, solo se iba a morir allí porque era la cuna de la humanidad. Los viajes al pasado eran una consecuencia de bordear el agujero negro del interior de la galaxia para adquirir velocidad. El descenso se producía en una época en que la tierra estaba despoblada, con suerte se apreciaban las auroras boreales, muy abundantes desde que el planeta había perdido el campo magnético que lo protegía de la radiación solar.

En el folleto del Último Viaje se veía una catarata, un prado en cuya turba debía haber los restos de cientos de miles de seres humanos enterrados. La promesa era que, hubiera lo que hubiese después de la muerte, no estarían solos. Se imaginaban un poco más viejos, y que el sueño eterno no sería más que una cabezada para despertar donde todas las almas esperaban, como en el andén de una estación, para iniciar un viaje por toda la galaxia, todos los mundos, todas las naturalezas. No sentirían el viento, pero se dejarían acompasar por el movimiento de los árboles, acompañarían a todas las especies vivas en su crecimiento y en su muerte, a los seres humanos en sus sentimientos, como en un río que se estrecha y se abre, se separa y acoge a todos los seres que han habitado alguna vez la Vía Láctea.

El hombre, sin embargo, estaba sorprendido, porque por la ventana entraba un estruendo de explosiones y gritos humanos que no se correspondía con el viaje. No había ninguna cascada, ni auroras boreales.

Se volvió hacia su compañera y lo que vio le hizo saltar de la cama: ¡Era una niña!

—¡Violeta! —gritó, y descubrió que su voz era la de un niño—. ¡Somos niños, Violeta! ¡Hemos rejuvenecido! ¡Vamos a poder vivir otra vez, en nuestro propio planeta!

Violeta no se atrevía a hablar, tenía dientes, pequeños, y los estaba paladeando.

¿Cuántos años tenían? ¿Ocho? Se puso en pie, junto a él. Lo miró. Era guapo, como cuando tenía ciento veinte años, pero su piel de seda auguraba una vida larga y placentera. Se tocó la cara, suave como la piel de un bebé, la boca de hechuras gruesas, dispuesta para besar, la promesa de una larga vida llena de placer.

—Dame un beso, cariño —y extendió los labios, firmes, tiernos, en busca de esa felicidad eterna.

En ese momento, una bomba cayó sobre el edificio. Apenas tuvieron tiempo de darse las manos. Ninguno cerró los ojos mientras las paredes reventaban, el techo se hundía sobre ellos y se llevaba todo lo que aquel milagro había conseguido.

Habían vuelto a la Tierra, en una de aquellas épocas autodestructivas en las que los seres humanos se disputaban el poco espacio reinante. Si hubieran sabido lo grande que es la galaxia. Lo fácil que era escapar.

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Solo un año más, mi amor

Decidí crear mi propia banda cuando tenía doce años, por culpa de mi hermano Lobo, que tenía dieciséis y era rey de una manada. Conocía los peligros, pero podía relamer su orgullo como si llenara el aire con su saliva de colores brillantes e insistí en que me metiera en la banda como una más, como esas niñas que entran en las maras porque se sienten fuera de lugar, porque nadie las quiere lo bastante, ni en la casa ni en la calle. Suelen ser guapas y rebeldes, pero necesitan que las quieran, que les arranquen la rabia que llevan encerrada, sin tabúes ni cháchara moralizante.

En cuanto las niñas entran en el Empíreo, nuestro local, el guapo de turno las hace sentirse importantes. Se creen que las quieren, sienten que están en el mismo río, sin saber que en esa agua bendita que se bebe hay sangre. Como en un videojuego, naces y mueres cien veces, y vuelves con un cuerpo distinto de cada viaje. Todo lo que te pase es experiencia. Como hermana del rey, podría haberme librado del rito de entrada, pero quería vivir en mi cuerpo lo que sentirían las que vinieran más tarde. Me drogaron con una mierda que se llamaba tranquila, el objetivo era hacer conmigo lo que quisieran, no hacía falta romperme la ropa y dejarme hinchados los labios y amoratados los muslos, los brazos y el cuello, como si hubieran querido estrangularme, pero eso fue lo que pasó, ante la mirada de todos. Y me dejé hacer, no sin morder como gata preñada, porque tenía prisa por llegar a las entrañas de la banda. La ley me protegería hasta los dieciséis, luego sería otra vez una pringada.

En el barrio, nos desentendíamos de los padres desde que veíamos la primera sangre en el cuarto de baño, con esa edad teníamos el cerebro lleno de espacios en blanco, un pasado lo bastante escaso como para construir un presente aciago, de barco a la deriva, sin marcos de referencia, hasta que un día nos poníamos a bailar todas juntas con música de Los insurgentes, rap colombiano del bueno, engendros del pantano, drogadictos en serie, en la caverna del Empíreo, antes de perrear en los secreteres de los lavabos con la mente calentita por la tranquila, una soberbia mezcla de coca y fentanilo traída directamente de California. Nuestra superioridad estaba en la violencia que éramos capaces de ejercer frente a la debilidad de una sociedad corrupta que solo pensaba en cascársela jodiendo a la Tierra, una puta planetaria al servicio de unos cuantos cabrones que le sangran la teta al populacho. En la danza, nos sentíamos importantes, lanzando patadas y puñetazos al aire, cruzando los brazos, jurando en silencio, arrastrando los pies por el suelo sucio, mordiéndonos los labios, rajando la noche con verdades absolutas.

Llegué a reina en dos años; en ese tiempo, capté a una veintena de niñatas del colegio de la Inmaculada del barrio. Las que salían con más ganas, las que fumaban a escondidas bajo los puentes del Besós y todavía no conocían los placeres de la vida, pero empezaban a imaginárselos en los labios del qué asco, tío, pero dame saliva, perro, y esfúmate, porque para tocarme el negro tienes que haber matado a alguien.

¿Para qué perder el tiempo? Cuando entraban en el Empíreo y veían en la oscuridad la danza coordinada, los videos de la peña conspirando por la paz, cambiando monedas con Satanás, con las venas llenas de meta, se dejaban atrapar, los chicos las llevaban a beber y fumar; primero, maría y luego, la realidad dejaba de ser papás y mamás y se llenaba de compas, mendas y colegas, dedos manchados, sueños húmedos y placer extraído a cañonazos de un dolor innecesario.

Visto desde lejos y en la cama de la prisión, ahora que soy más leída, aquello era como una ruca piramidal: las chicas entraban con doce o trece años, bebían, se drogaban, eran violadas por todo el grupo y apaleadas como si fuera un aprendizaje del que saldrían curtidas para siempre: el placer bebe de las mismas fuentes que el dolor. Después venían los enfrentamientos con otras bandas, navajas y tráfico, sobre todo los chicos. Nosotras éramos los premios; pero, como entrabas, salías cuando cumplías los dieciséis. Y no podías elegir, o no volvías más o una paliza bajo el puente te dejaba inhabilitada durante un mes. Después, todo vedado, como si no te hubieran visto nunca. Te llevabas unos cuantos tatuajes, una historia de amor incondicional y hasta otra, dejabas de ser una niña con dieciséis, pero seguías siendo una niña frente al mundo exterior y sus normas.

Si todo iba bien, la vida empezaba después. Una se fue para empresaria, otra para maestra de escuela, otra se dedicó a ayudar a sus compadres procedentes de Colombia, yo seguí con el tráfico de drogas y acabé en el trullo con veintidós, oliendo el mar detrás de las paredes, pero no me achantaron esas viejas que se creen las dueñas de la cárcel. Sé cómo hacerlas sufrir y me tienen miedo. Saldré pronto y tendré a una niña de cuatro años esperando. Desde luego, no la dejaré entrar en las maras, una vez que has visto todo lo que hay que ver, la vida es una jaula sin otra perspectiva que envejecer mientras tus recuerdos se desvanecen como un salivazo en el asfalto.

Aquellos grandes tiempos me avergüenzan, pero son mi diamante en el negro que tengo entre las piernas de aquella comunión con la peña que le besaba el culo al innombrable y que nunca más volverá a repetirse. La etnia, el alambre que nos atravesaba el cerebro, ahora tiene alas y vuela tan alto que ya no puedo verla. Ni siquiera sé, si después de haberme vaciado, soy capaz de amar, con la gran excepción de mi chiquitina, que solo me han dejado tenerla hasta que cumplió los tres años, ya que la ley no permite más tiempo en la prisión, para que no se acuerde de dónde se ha criado.

Solo un año más, mi amor, y estaré contigo.

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