Repoblando Terra 22, extracto de Sobek

Su madre pensaba en la Biblia, que ya no se enseñaba en las escuelas hacía decenios. Le parecía un libro que mezclaba las profecías con historias inventadas, pero que de alguna manera contenía una sabiduría que no había acabado de desvelarse. Cuando Dios, supuestamente, puso a Adán y Eva sobre la tierra, es decir, al ser humano, su intención era que cuidáramos el ecosistema, es decir, al resto de los seres vivos, y que compartiéramos con ellos las maravillas de la creación, pero al caer en el pecado original por culpa de nuestras ansias de conocimiento, decidimos que la naturaleza se había puesto a nuestro servicio, y desde entonces ese error se convierte en nuestra premisa y pasa a ser ley: el resto de las especies tendrán que reducirse a un mínimo para que nosotros crezcamos y nos multipliquemos sin trabas; al fin y al cabo, en el fondo, seguimos creyendo que el alma humana forma parte de Dios, y todos los demás seres vivos son objetos que se pueden recrear en cualquier momento y en cualquier lugar apropiado del universo a partir de sus códigos genéticos. Lo que perdimos en el pecado original fue la conciencia de que formamos parte de la divinidad: de pronto, estábamos solos y quisimos creer que nuestra conciencia podía ser eterna si cumplíamos los preceptos de un Dios que se había alejado de nosotros y nos había dejado en la ignorancia.

Cuando se hizo la selección de los primeros pobladores para Terra 22, se había procurado evitar las ideas religiosas. De algún modo, había que evitar conflictos internos relacionados con las creencias falsas, que enfrentarían a unos grupos contra otros, y que harían que, para quienes creyeran poseer la verdad, los demás vivieran presas de la mentira, con las consecuencias pertinentes. Césele, el nuevo computador cuántico molecular que gobierna Terra, no intentaría reprimir el libre albedrío de quienes llevaban implantes, ni habría comprendido por qué tenía que hacerlo, así que el ser humano era libre de inventarse nuevas creencias o desarrollar las que había traído consigo de la Tierra, empezando por las que trataban de mantener o crear una identidad tomando posesión de una tierra que tenían que cuidar, pero que también tenía que alimentarlos.

«Por eso son tan jóvenes», pensó Virginia de sus compañeros. Son como aquellos chavales que llegaron a Israel huyendo de los Cárpatos, solo que esta vez no habría otros seres humanos que pudieran esgrimir la propiedad del suelo. En aquellos tiempos tuvieron que librarse de sus creencias, pero ahora no traen ninguna consigo. Solo conocen la ciencia y, de la historia, los hechos. Sin concesiones.

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El mago y la marmita

Los procesos naturales pueden tardar miles de millones de años en dar lugar a la vida desde la creación del universo. La vida inteligente depende de una serie de circunstancias que pueden alargar otros tantos miles de millones de años su aparición. Pero el tiempo es relativo y está únicamente adscrito a este universo. Desde una dimensión diferente, miles de millones de años pueden transcurrir en un instante, de ahí que, para crear vida, solo haya que agregar los componentes básicos, es decir, crear un marco de leyes universales y esperar. En realidad, no hay nada más parecido que la marmita de un mago. Metes los ingredientes y esperas: antes o después los componentes elaborados por el azar empiezan a hacer copias de sí mismos, surge la vida y ésta, en un entorno cambiante, desarrolla millones de especies diferentes. Con tiempo suficiente, aparecen seres conscientes, pueden pensar, pero sus objetivos son muy limitados hasta que aparece la conciencia, y empiezan a hacerse preguntas que no pueden responder, pero sí pueden escarbar en la naturaleza de la materia, hasta llegar a los límites de la realidad.

En otra dimensión, que no atiende a los mismos parámetros ni se encuentra en el mismo marco de la realidad que la nuestra, están nuestros orígenes, se hallan quienes han creado las condiciones que definen el marco de nuestra realidad, las leyes fundamentales del universo, la velocidad límite de los fotones y el espacio tiempo que es nuestro océano, en el que nadamos todos modificándonos constantemente, porque el tiempo nos define y define a la materia. Solo llevando la temperatura al cero absoluto, o la velocidad a los límites de la luz podemos detener el paso del tiempo, pero no podemos escapar del marco de las leyes fundamentales que se crearon para dar vida a este universo, porque nuestra sustancia forma parte y solo puede existir dentro de ese marco. Si escapamos a las leyes fundamentales que lo definen, la realidad se desvanece hacia un lugar que desconocemos, en el que podrían estar nuestros creadores.

Pero si pensamos que alguien nos creó, este solo puede existir más allá de las leyes fundamentales. El mago que echa los ingredientes en la marmita no pertenece a marco alguno, no posee de la misma forma «nuestra» materia, pero sí controla sus componentes fundamentales, que es hasta donde hemos llegado en el marco teórico de la física de partículas. Más allá, solo podemos imaginar una divinidad en un universo intemporal, que, en un momento dado, crea el espacio y el tiempo, y una serie de fuerzas fundamentales, entre las que se halla la gravedad, que dan origen a la materia. En realidad, solo tenía que crear las condiciones idóneas para que aparecieran las primeras partículas y que estas se unieran para dar lugar a los átomos de hidrógeno, los cuales, en el seno de las estrellas, darían lugar a todos los demás componentes de los planetas y de la vida, en una cascada imparable de acontecimientos inevitables.

No hay manera de saber si fue primero el tiempo o el espacio, que son como el huevo y la gallina. El tiempo, puesto el contador a cero, permite la expansión del universo, pero a la vez, la expansión del universo hace que discurra el tiempo, de forma constante pero no igual en todas partes. El tiempo es la autopista por la que avanza todo lo existente, incluidos nuestros pensamientos, y su velocidad depende de la luz, y esta de la gravedad que mantiene unido el cuadro. Con la muerte, el vehículo en el que viajamos se descompone, los pensamientos se disgregan y solo quedan, en nuestra imaginación, los sueños. El nuevo amanecer es un día en la materia oscura del universo, donde el tiempo no existe, porque este depende de la interacción de las partículas y una evolución circular en la que primero se formarán estrellas y planetas, y más tarde vida y seres conscientes, para finalmente descomponerse de nuevo en esa vuelta atrás que denominamos entropía y que llena el universo de oscuridad.

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El sabor de los otros en los labios

Un alma puede manifestarse en cuantos cuerpos le apetezca, pero es imprescindible que ninguno sepa de la existencia del otro; sin embargo, en aquella ocasión, los tres cuerpos nacieron en la misma ciudad y en el mismo instante. Resultó imposible evitar que, con el tiempo, sus conciencias empezaran a solaparse, como aquellas ondas que se cruzan en el agua y se descabalgan para ser primero montaña de suaves contornos y luego nada.

Anita era como la brisa. Trabajaba en la sección comercial de una editorial, donde respondía en las redes sociales a los admiradores de autores que no había leído, e incluso se hacía pasar por ellos. Martín, alias Tiburón Lobo, era como uno de esos incendios que arrasan la selva amazónica. Con veinticinco años se había convertido en el dueño de una discoteca donde trapicheaba la plana mayor de los mafiosos, tenía el volumen de un campeón de los pesos pesados y llevaba anillas de buen tamaño en los pezones. Anita empezó a soñar que tiraban de los suyos, diminutos, mucho menos manoseados y chupados, y de una sensibilidad electrificante. El tercer poseedor de tan singular alma se llamaba Rosendo, alias Rosalía, un transexual que hacía la calle en los aledaños de la avenida Diagonal. Con su metro noventa, tenía que esforzarse para meter unos enormes implantes mamarios de silicona en los coches y beberse las pequeñas eyecciones de aquellos ejecutivos que llegaban tarde a casa, con los tacones pisando la grava, fuera de la chapa metalizada.

Más tarde, Anita empezó a soñar que se la chupaba a todos los tíos con los que se encontraba. Se despertaba en medio de la noche y corría al inodoro. Tenía la sensación de que escupía el semen que no había probado nunca y que tenía unos pechos grandiosos, ella que apenas se los encontraba. Su madre, con la que vivía, creía que estaba embarazada. La pobre mujer inválida hubiera querido correr tras ella, consolarla. No sabía que Anita sentía una atracción irresistible hacia las paredes de la calle Robadors y la discoteca que todo el mundo conocía como «del Tiburón Lobo», acondicionada en un depósito subterráneo de aguas pluviales por el que pasaba una de las cloacas más caudalosas de Barcelona. Martín vivía prácticamente en aquel antro donde se fomentaban la droga y la prostitución, y siempre se encontraba en lo más hondo, cerca de aquel bacteriano río que destilaba aromas insondables. Imaginaba que aquel arroyo que se perdía en la oscuridad era el camino del infierno que salvaría su alma. Un alma que, por alguna razón, presentía que no era del todo suya.

Rosendo, alias Rosalía, soñaba que era virgen, que tenía el culo prieto como una campeona de natación y que nunca había conocido otras nalgas. Cuando empezó a soñar que le atravesaban el escroto con clavos y tenía erecciones cuando le frotaban el rostro con deposiciones sanguinolentas, quiso conocer a aquel Tiburón Lobo del que sus compañeras decían que estaba loco. Así que un día trasladó sus dos kilos de silicona mamaria a aquel sótano incendiado de rumores oceánicos, con proyecciones de tiburones nadando entre arrecifes de coral en las paredes y una música adecuada para viajeros interplanetarios en estado de congelación.

El mismo día en que Rosalía descendía a aquel fondo marino simulado, Anita se quedó sola en las instalaciones museísticas del Refugio 307, muy cerca de la discoteca, y tuvo una visión: había miles de peces de colores a su alrededor, aunque, en aquel fondo marino ilusorio, dominaba un fuerte olor a fosa séptica abandonada. De pronto un tiburón se abrió paso entre los peces payaso, abrió la boca y de su interior emergió nadando un lobo mojado. Despertó de la ensoñación antes de morir entre los dientes de la bestia con la expresión «tiburón lobo» en la garganta. Salió del museo sin poder casi respirar y se dirigió sin pensar a la cercana discoteca.

Enseguida, tuvo la sensación de que así sería el día del fin del mundo. Un ruido atronador, con todos enloquecidos. Puesto que era inútil escapar de aquel apocalipsis, imaginó que solo quedaba entregarse al placer de la danza antes de renacer entre calderos de lava. Buscó desde las escaleras y descubrió a las dos únicas personas ajenas al estroboscópico arrecife coralino por el que ahora aparecía desfilando un conjunto idealizado de modelos en bañador, cuyas nalgas llenaban por completo el hormigón de las paredes.

Los peces huían, deslizándose por los muros hacia el cavernoso interior, desde donde Martín y Rosalía la estaban mirando con cara de asombro. Sin duda, extrañaban su falta de maquillaje, sus pantalones anchos y gastados, el jersey amplio, el pecho inexistente, el cabello negro mal cortado, la expresión de acero de sus finos labios.

Pronto se dio cuenta de que eso no les importaba. Solo la esperaban, cogidos de la mano como dos amantes a las puertas del crematorio. Anita supo lo que tenía que hacer. Cuando llegó a su lado, cogió las manos de ambos y cerró el triángulo, perdida en sus turbios ojos.

De pronto, sintió en el ano todas las penetraciones, en los pezones todas las torturas, en un escroto inexistente, el taladro, en la mente el vértigo de haberse colocado miles de veces, de haber masturbado a cientos de desconocidos en un descampado, de haber vomitado una semana de ayahuasca y haber probado todos los psicofármacos, de haberse metido en orgías que no quería y en otras que sí quería, de horas de maquillaje que no conocía, de manos metidas en culos blandos, de horas de gimnasio, cuerpos hormonados; tres conciencias enredadas en un alma, la experiencia que no tenía y la maldad que no quería, y fue como si el mundo se hubiera acabado y al mismo tiempo empezado de la nada.

Tal como se habían encontrado, se separaron. El alma acumulaba las experiencias de todas las conciencias por las que había transitado. Y aquella conexión había trascendido la realidad de los tres y sumado la de otros muchos. Anita sentía como si hubiera vivido mil vidas, podía recordar el dolor lacerante de unos colmillos atravesándole la garganta, la dureza del granito en la frente, la dolorosa quemazón de ataduras de cuerdas en las muñecas y el pellizco lacerante del látigo en la espalda, la saliva compartida de otras bocas, el olor de bebés que no había tenido, el sabor de la sangre de enemigos que no había conocido. Era como si hubiera parido miles de veces, se le hubieran muerto cientos de hijos, la hubieran violado y hubiera abusado de otras tantas pobres mujeres, como si hubiera sido el guerrero y el esclavo, la víctima y el verdugo, la madre y el padre, el tirano y el sumiso servidor, el visionario que conoce su lugar en el mundo y sabe seducir y el idiota que apenas es consciente de que debe trabajar, comer, dormir y procrear para cumplir una misión que no tiene más sentido que la de contribuir a la supervivencia de la especie.

Después de aquello, Anita ya no necesitaba vivir más, pero tampoco quería morir. Centraría sus objetivos en buscar un lugar tranquilo desde el que contemplar un lejano horizonte y rememorar todas sus vidas, porque le había sido desvelada la verdadera naturaleza de su alma y ahora sabía que la conciencia no es más que la ilusión de un instante, que, aunque una vida no sea nada, es la única razón de nuestra existencia y hay que vivirla una y mil veces, porque más allá de la ilusoria realidad, las estrellas acabarán por desaparecer en una oscura e incomprensible eternidad que no nos pertenece.

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El violinista

Isaac esperaba en la cola con el violín en la mano. Era uno de los cien niños que esperaban turno en la oficina de inmigración de Brighton, en Gran Bretaña, judíos huidos de Alemania, huérfanos expulsados de su país porque, en los pogromos, los niños todavía no habían sido incluidos en las listas de exterminio.

Los británicos dudaban. Eran niños procedentes de ciudades y pueblos, ninguno analfabeto, pero eran judíos, mal considerados, como pasaría años después con los norteafricanos, y las cuotas de entrada de inmigrantes estaban saturadas. Los niños tendrían que ser adoptados, pero las campañas de desprestigio del judaísmo propagadas por los nazis habían influido en los demás países. Hasta políticos como Churchill, que encerró en campos de prisioneros a todos los refugiados judíos, pensaban que aquella limpieza que estaban realizando los alemanes podría ser positiva para Europa: de vez en cuando pasa un dictador y hace de las suyas, pero antes o después muere y desaparece; luego, todo vuelve a la normalidad, la muerte de miles de inocentes no tiene importancia en el contexto de un imperio. Los propios británicos practicaban el bombardeo de la población civil para sembrar el pánico. Es mejor matar a unos cientos antes de que se extienda la rebelión, porque, de otro modo, luego tendríamos que matar a miles de inocentes.

Isaac no entendía lo que estaba pasando. Eran niños, ¿qué podían hacer con ellos? Dos días sin comer en una carpa fría, estrecha y desangelada, construida con lonas para resguardarlos de una lluvia que no cesaba de caer, inclemente, resbalando sobre la tela mientras formaba dibujos de serpientes. Isaac soñaba con la primavera de Vivaldi, con las variaciones de Ernst de La última rosa del verano, con la Danza de los duendes de Bazzini, con la sonata de Bach, con el Gran capricho de Puccini. De pronto, se arrancó con uno de los sueños de cualquier violinista, el concierto para violín en Re menor de Sibelius, que levantó las miradas de la decena de niños que tenían un violín entre las manos, su única propiedad y riqueza en aquellos momentos, una prolongación de su existencia. Muy pronto, otro niño se atrevió a seguir el hilo; más allá una niña, y cuando llegó el turno de la orquesta, los diez violines de la sala murmuraban al unísono: «Somos vida, somos seres humanos, somos el susurro del arroyo, el canto del pájaro, el ritmo de las olas, la armonía del trueno, somos vosotros llevados a la enésima potencia, si nos dejáis solos, estaréis matando al ser humano». Ellos no sabían que años después tendrían que aplicar esta misma premisa a otros pueblos oprimidos.

Nadie pensó en Werner von Braun, el científico que los norteamericanos protegerían desde el principio porque fabricará cohetes a reacción para ellos. Uno de sus precursores, un V2, cruzó el Canal de la Mancha hasta Brighton. Era la primera vez que un aparato sin alas, impulsado por la simple fuerza de su combustible, trazaba un arco invisible en el cielo, una bala enorme con la misma finalidad que una bala pequeña: la muerte.

Isaac sintió el silbido creciente. No el de los Stukas alemanes, que gemían como matronas encolerizadas a las que acaban de abrir el vientre, este sonaba como la caída de un halcón gigantesco que se ha quedado sin alas y chilla mientras ve próxima su muerte. Su sombra creció por encima de la lona y, aunque solo duró un instante, Isaac tuvo tiempo de apreciar su efecto sobre la luz de la farola que había en el exterior. Recordó el efecto oscurecedor de su profesor de música cuando se cernía detrás de él, y se agachó como si hubiera sido pillado en falta —y ahora me caerá una zurra—, pero lo único que hizo fue acortar la nota e improvisar un staccato, y la pausa se transformó en hecatombe.

En el centro del pasillo brillaba un quinqué con una luz dorada que oscilaba y transformaba la lona en una puesta de sol permanente, hasta que acabó por atravesar el horizonte. Isaac vio a su padre en una sala oscura. Miraba hacia el techo, donde las alcachofas de las duchas despedían una nube de humo tóxico. En aquel mismo instante, se produjo la conexión entre ambos —hubiera querido irse con él—, pero su madre le reclamaba, desnuda junto a otras decenas de mujeres ante un hombre con una bata blanca y un soldado alemán con el emblema de las SS en las hombreras del traje. «El camino hacia el paraíso es retorcido», pensó aun antes de saber qué había pasado. Hubiera querido tocar el violín para consolar a su madre, que estaba aterida de frío y temblaba. Se encontró con su mirada, todos aquellos mares convertidos en lágrimas…, y fue como si el viento se lo llevara.

No estaba solo, todos aquellos niños se encontraban en el vientre de un dragón, los violines estaban carbonizados, como sus cuerpos inocentes, sus conciencias tuvieron un instante de júbilo antes de evaporarse. No hay dolor en una muerte súbita, pero hay una línea en que esta se convierte en un renacer rodeado de estragos, los propios y los de los demás. Isaac flotó durante varios segundos sobre el horror y le pareció ver a los demonios más allá del círculo donde la destrucción había sido completada. Entonces comprendió que cuando mueres ya no hay dios ni cielo ni infierno ni demonios a los que acogerse, que estos son una invención de los vivos para consolar a quienes han sido maltratados por el destino.

Con esta demostración, Von Braun acababa de firmar un contrato con los norteamericanos para la construcción de los primeros misiles balísticos intercontinentales. La muerte de los niños era una contrariedad cuyo culpable era ese loco, vegetariano y amante de los perros, que impuso su voluntad a ochenta millones de personas que ignoraban que formaban parte de una inmensa red de aniquilación. Su único pecado fue amenazar la integridad de las naciones con las que había firmado la paz, y poner en marcha el mecanismo para el que había sido creada la humanidad.

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Alisa Verhoeven: el sexo y la muerte

Durante varios segundos, he sido profesor de esgrima y judo, he dado clases de literatura, he trabajado como guía de viajes y he sido acompañante en primeros viajes espaciales, pero esas impresiones, que transcurren en una oscuridad inconsciente, no pertenecen a mi vida, y cuando recobro la visión descubro que estamos en Navidad, en un salón abarrotado, y estoy de rodillas junto al gran abeto familiar, colocando los últimos regalos.

Hace dos años, me incorporé a un proyecto experimental para que me hibridaran digitalmente con una inteligencia artificial llamada Allen, con la que comparto una parte de mi existencia. La ventaja es que envejezco más despacio y puedo acceder a numerosos conocimientos; el problema es que es ella quien decide cuándo incorporarse a mi mente, y para hacerlo tiene que reiniciarme desde cero. Eso implica apagar completamente mi conciencia, dejar de acceder a todos mis recuerdos durante varios segundos y volver a arrancar desde las tinieblas. Durante el proceso, me invaden imágenes que no me pertenecen, que son de otras vidas con las que cohabita Allen. Cuando recupero la conciencia y los sentidos, recupero también mi vida.

En el salón, reconozco a mis tres hermanos y a mis dos hermanas con sus siete niños, que poco a poco toman nombres; también hay primos y amigos. Es una buena fiesta, pero no siento ninguna emoción. Presiento que algo ha ido mal y no atiendo demasiado a Allen mientras me proporciona un aluvión de datos sobre todos los presentes.

Un hombre de mediana edad me tiende la mano con una media sonrisa.

—Alisa, Fede necesita ir al baño.

De alguna manera, reconozco esa cara, es Albert, general de la 1.ª División de Marines de Pendleton, pero imagino que debe haber un cruce de información, porque yo soy Augusto, director de una sucursal bancaria felizmente casado con Manuel, y la verdad es que no tengo hermanos.

Al alargar la mano para dársela a Albert descubro unos dedos largos y femeninos. ¡Dios!, son mis dedos. Por un momento, siento la tentación de llevarme la mano a la entrepierna, pero entonces me encuentro con los ojos marinos de un niño rubio que me mira con ansiedad y descubro que es Federico, mi hijo.

—¿Dónde está el cuarto de baño? —le pregunto con brusquedad a Albert mientras agarro al niño por el brazo y le hago perder contacto con el suelo.

—¡Por Dios, coronel! —me grita Albert—. ¿Ya no reconoce ni su propia casa? —y se ríe con una carcajada, inmediatamente secundada por mis hermanos y hermanas.

—Estás pedo —dice mi hermana menor, Corina, apodada la Serpiente de Afganistán.

Salgo de la habitación arrastrando a Fede, esperando que Allen me oriente. A la derecha de las escaleras está el lavabo de invitados. Entramos, cierro la puerta con el pestillo, empujo al niño hacia un rincón y me bajo los pantalones delante del espejo.

El niño me mira sorprendido, el monstruito tiene solo dos años y la fuerza de un cocodrilo, pero no estoy para bromas. Y tengo el sexo mojado.

¿Qué está pasando aquí? Allen, ¿quién soy? ¿Qué has hecho?

Allen no contesta, pero espero y detecto que me va a reiniciar otra vez y devolverme a mi verdadero cuerpo. Me siento en el suelo, junto al inodoro, mientras el niño arquea los labios y empieza a hacer pucheros.

—Espero no devorarte antes de convertirme en tu verdadera madre, pequeño, la coronel Verhoeven, conocida como la Comehombres —y descubro mi cara reflejada en un espejo que hay entre las baldosas de la pared, bajo el lavamanos.

Alisa lo puso ahí porque no es la primera vez que la coronel se sienta entre el inodoro y el bidé después de vomitar y quiere descubrir en su propia mirada si ha llegado el momento de la muerte. Lleva el pelo corto y rubio con un gran flequillo, tiene los ojos muy azules, penetrantes, los labios sensuales, cuarenta tacos y tres niños, es adicta al alcohol y a los estimulantes, al sexo fácil con soldados de rango inferior y a encerrarse con la tropa y gases lacrimógenos en la oscuridad, solo para practicar el contacto físico en situaciones de emergencia y no me atrevo a mencionar cuántas depravaciones más. Tampoco sé si voy a tener tiempo de llorar, porque, en el espejito, esos ojos celestes enrojecen como si se hubieran bañado en vinagre. Busco en mis manos, no tengo ningún arma con la que volarme la cabeza. ¿Por qué hago esto? ¿Deseo morir? Alisa, ¿por qué haces esto cada vez? Me aterra y me excita a la vez. Creo que voy a masturbarme. El niño tiene las mejillas llenas de lágrimas, me mira espantado y no tardará en gritar como un cordero degollado. No es la primera vez, ¿verdad, Fede? ¿Cuánto tardará en venir tu padre, romper el pestillo y recoger mis pedazos? Por mi mente desfilan las caras de todos los soldados que han pasado por mi vientre.

De pronto, llega el reseteado, la vida de Alisa como un mal sueño que se acaba y del que no quieres olvidarte. Esa cercanía de la muerte es adictiva, me atrae profundamente. Allen tiene problemas para reiniciar. Déjate ir, me dice, pero no quiero volver a la vida de chupatintas de Augusto, me gusta la de la coronel y todo lo que la envuelve.

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Por mis cojones (cuento de monos)

El mono miraba a través de la ventana desde un árbol que alcanzaba el tercer y último piso de la casa en medio de la selva. No comprendía demasiado lo que pasaba. Había un hombre muy viejo en la cama y una mujer lo acompañaba. El mobiliario era pesado, de maderas gruesas, como los árboles en los que le gustaba dormir mientras dejaba pasar el tiempo, la fruta crecía u otro mono más pequeño se acercaba distraído para convertirse en buen plato de carne fresca: tiernos ojos, dedos para chupar, un corazoncito pronto a diluirse en sus entrañas.

Junto al mono había otro ser. No era un animal. Extrañamente su presencia no le molestaba. Tampoco al otro le importaba. Miraba hacia la misma ventana y mostraba cierta preocupación por el tiempo que pasaba.

Toda la selva vibraba esa noche. Hasta en los cafetales temblaba el aire, como si todos los insectos se hubieran puesto de acuerdo para elevar al cielo su ansiedad. Sabía que algo pasaba. Seguían apareciendo presencias entre las sombras. La oscuridad adoptaba formas extrañas. El viejo en la cama ya no podía moverse. Sobre la mesilla había un cuenco con cacahuetes. El mono tenía un tic nervioso que hacía que proyectase el brazo derecho hacia delante. Ese hombre había construido la casa, plantado los cafetales, criado a media docena de varones y otra media docena de mujeres que llevaban años alejados del lugar. El mono se estaba inquietando porque su mundo se componía de árboles, frutos, insectos y otros monos y animales, pero ahora estaba obsesionado con aquellos cacahuetes y no le importaba nada de la vida de aquel hombre.

De pronto, todas aquellas presencias se lanzaron hacia delante. Arrastrándole, le hicieron perder pie, sin que pudiera agarrarse más que a una rama que se rompió al instante, lanzándolo contra el piso de cemento junto a la pared de la casa. No tuvo tiempo de darse cuenta de que se veía envuelto en la precipitada escapada de un grupo de diablos que se llevaban el alma del viejo camino del infierno, ni de que otro grupo de almas procedentes del cielo venía a defenderlo. La selva se convirtió en un abismo de parientes y demonios, y el mono que solo quería los cacahuetes caía ahora dando tumbos entre manotazos. Ya no tenía hambre, solo quería volver a su árbol preferido, cerca de la ceiba gigantesca, con los mangos a la vista, y mirar el cielo cargado de nubes sobre los cafetales.

Se despertó acuciado por los gritos de los monos aulladores, que rugían como leones desde el dosel de la selva y en el borde del tejado. Rugían de hambre y por la oportunidad de comer carne en vez de las semillas de los árboles. En cuanto intentó moverse y descubrió que tenía rota una pata supo que se había convertido en comida para aquellos cabrones. Amanecía: el contorno del ramaje empezaba a dibujarse contra el cielo. Aún podía ver la luz procedente de la ventana donde el viejo yacente había dejado de moverse. Súbitamente comprendió el significado de la muerte, el antes y el después, y supo que había quemado una etapa, y que volvería a empezar en esa casa, cuando una de las hijas volviera para hacerse cargo de la finca; y supo que sería su retoño, y que jugaría entre los cafetales, y que se convertiría en un experto en su madurez, pero antes tenía que olvidarlo todo, y los aulladores ya estaban mordisqueando su dolorido cuerpo. ¿Valía la pena defenderse? Claro que sí. Era un mono, y antes de convertirse en el amo de la finca más de uno se llevaría una dentellada. Moriría rabiando y a la vez disfrutando con el sabor de la sangre.

Volveremos a vernos, cabrones, y entonces no quedará ni uno, por mis cojones.

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A las puertas del cielo

—No te dejes morir, princesa —murmuró Leila, y me cogió de la mano. Hasta ese momento, ni siquiera era consciente de que la tenía al lado, pero de pronto me invadió la sensación de que yo era la culpable de que estuviéramos en peligro. Me agarraba con fuerza la mano, como si quisiera rompérmela. Se lamentaba por mí y, no sé por qué, su voz y la presión de sus dedos calientes me parecieron excitantes. Me estaba humedeciendo, y pensé en esos condenados a la horca que tienen una erección cuando se abre la trampilla y se quedan sin aire y toda la sangre acude a sus genitales. No sabía si a las mujeres nos pasaba algo parecido. Para evitar la excitación, me visualicé junto a ella en el largo camino descendente hacia el infierno, donde reza aquella frase de Petrarca: «Abandonad toda esperanza».

Leila intentó que me levantara, pero yo era una pobre muñeca rota que no podía evitar las arcadas. Con los ojos vacíos, boqueaba como un pez. Me agarró de los cabellos, hizo que la mirara, me dio una bofetada con todas sus fuerzas y cuando la miré con los ojos muy abiertos, me dio un beso y me escupió dentro de la boca mientras me estrangulaba.

—¡¡Vosotras!! ¿Qué hacéis?

Alguien que apenas pude discernir con una brillante luz en los dedos se acercó a nosotras para separarnos.

—No es el momento —nos dijo con voz pausada.

Entonces miré a mi alrededor y descubrí que, en lugar del temido infierno, estábamos ante las puertas del cielo.

Una muchedumbre interminable ocupaba todo el espacio visible. Joder, hace unos minutos volábamos hacia el sol como alcatraces y, de pronto, apenas tuve tiempo de visualizarme en el abismo antes de encontrarme aquí, junto a millones de personas agolpándose a las puertas de…, aunque esto no tenía sentido, estábamos todos, buenos y malos, padres de familia y gente como nosotras que no habíamos dado en la vida un palo al agua y que teníamos ese maldito error en los genes que hacía que sintiéramos placer ante el dolor de los demás, que vivíamos en pecado del disfrute de los bienes ajenos y teníamos el poder de hacerlo.

—¡Orden! —gritó un hombre desde la puerta. Vestía con un manto marrón y tenía unas llaves en la mano —¡Hay que separar a la gente, pero, de momento, acercaos!

Se abrieron las puertas, y la multitud, desbocada, se precipitó sobre ellas. El griterío era enloquecedor. Intenté correr en la misma dirección, pero Leila tiraba en dirección contraria con todas sus fuerzas.

Los guardianes de la luz, con sus espadas flamígeras, nos azuzaban, como si el cielo fuera una nave a punto de partir. De pronto, cuando ya estaba cerca de la entrada lo vi, al otro lado, alzado en las alturas, mirándonos enfurruñado. Tuve la impresión de que me señalaba y de que acto seguido señalaba a otras personas. Al mirarlas, empecé a reconocer a la gente. Entonces comprendí que estaba señalando a los que teníamos que ir al infierno y me aterroricé, pero apenas tuve tiempo de desmayarme, pues uno de los ángeles hizo bajar su espada sobre mi cabeza y con su luz hizo que aquel maravilloso escenario se desvaneciera convertido en paredes encaladas y cámaras fotográficas.

—¡Vámonos, vámonos!

—¡No, no! ¡Quiero saber qué hay detrás!

Corrí con los demás e hice que ella corriera detrás de mí. Niños, jóvenes, adultos, ancianos, todos desnudos, nos empujamos camino de las puertas. El espectáculo era dantesco, todas las razas mezcladas en una sinfonía de religiones e identidades con un único objetivo: medrar toda la eternidad a costa de Dios.

—Señora presidenta. ¿Se encuentra bien?

—¿Qué ha pasado?

—Se ha caído del estrado cuando le han dicho lo del vídeo y las comisiones. Creo que se ha roto una pierna.

De pronto, todo cobró sentido, la cara blanca de mi secretario de prensa, con sus ojos de pez, las cámaras formando un círculo ante mí, disparando sus flashes, las puertas del cielo, los murmullos, las preguntas.

—Ya ha llegado la ambulancia. No se preocupe. ¿Cómo está?

No sentía las piernas y se me estaba encogiendo el corazón, como si estuviera en una cámara de gas a punto de expirar, pero ante todo tenía que mostrar oficio.

—Bien, estoy bien. —Busqué a mi alrededor—. ¿Dónde está…?

—Estoy aquí, princesa.

—Leila…

Su rostro descendió sobre el mío, como una nube de esperanza. Entonces supe que había algo por lo que merecía la pena vivir. Supe quién me estaba apretando los dedos hasta casi rompérmelos desde el principio.

—Leila, te quiero.

—Yo también —sentí el impacto de una lágrima que se mezclaba con las mías, y me dejé llevar. Me visualice en una isla paradisíaca con ella, lejos de toda aquella mierda. —¿Sabes que he estado a las puertas del cielo?

—Te he visto, pero aún no es tu hora, princesa, tenemos que sacarle todavía mucho partido a este mundo.

—Antes de entrar en el infierno, mi dulce amor.

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Cabalgando con ciervos

De pronto, todos los ciervos giran al unísono. Los niños se ponen en pie sobre ellos y parece que vuelen por encima de la hierba. Es como si, después de la epidemia que diezmó a la población aquellos diez años terribles, solo hubiéramos sobrevivido quienes veíamos en el amanecer, no el sol, sino los dedos sonrosados de la aurora, y los niños nacidos desde entonces fueran todos capaces de erguirse sobre sus monturas al galope.

En aquellos diez años de mutaciones víricas, los científicos descubrieron la forma de implantar los recuerdos de otras personas en la mente de los supervivientes, y la mayoría de nosotros lleva un polizón en el cerebro. Yo era un escritor mediocre al que implantaron los conocimientos de un diseñador de sistemas, una bomba en la cabeza que no deja de tener ideas imposibles de llevar a cabo, porque en el nuevo mundo no hay electricidad, no hay vehículos a motor, ningún robot ha pasado la prueba de un mundo que se ha hecho más amplio y se ha vaciado de humanidad. Conservamos las semillas de alto rendimiento capaces de reproducirse que dejaron para nosotros, usamos caballos y ciervos para desplazarnos, hay muy pocas vacas o cerdos, los animales salvajes han recuperado el planeta; después de veinte años, todos los animales vienen a las puertas de nuestras casas. Nuestros hijos, que ya no comen carne, hablan con ellos, solo piensan en protegerlos.

El virus acabó por meterse en nuestras mentes. Como ese parásito que hace que los ratones pierdan el miedo, nosotros lo perdimos también, entendimos que la vida era solo una pequeña parte de un largo recorrido que continuaba tras la muerte, y la mayoría de la humanidad decidió seguirlo para liberar a este mundo de una situación insostenible. Unos pocos decidimos quedarnos para ser los últimos y seguir disfrutando durante un tiempo de los amaneceres endiabladamente sonrosados y del sonido de la lluvia entre los árboles. Quisimos empezar de nuevo. Tuvimos hijos, pero esos niños, que llevaban el virus en los genes, resultaron formar parte de un mundo que no era el nuestro. Su mayor placer es alimentarse de frutos silvestres y congraciarse con las bestias salvajes.

Nosotros y todos los recuerdos que nos han implantado moriremos sin haber hecho más que retroceder en un mundo decidido a encontrar de nuevo sus orígenes. No volveremos a reproducirnos hasta el agotamiento de todos los recursos, aceptamos la muerte como el ascenso por un arco iris que se desvanece, dejando atrás un planeta que solo fue nuestro durante un tiempo.

Sé que más allá hay maravillas que no puedo apreciar en este mundo, pero haber visto cómo el miedo de todas las especies se transformaba de nuevo en curiosidad y sentir a mi polizón llorar por tantos conocimientos inútiles no tienen parangón. Sé que me observan desde otra dimensión y que muchos lamentan no haberse quedado un poco más; pero los pocos seres humanos que quedamos somos como los rescoldos de un gran incendio que arrasó el mundo y se ha trasladado a otra parte. Después de nosotros, solo quedarán esos niños, cuya única misión es restaurar una naturaleza que a punto estuvo de ser destruida. Una vez cumplida su misión, el propio virus acabará con ellos, para que no quede rastro de ningún ser humano, como ya ocurrió con los dinosaurios.

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Graciela y la ruptura de la conciencia

Abrió la puerta de una patada. Arrastraba su conciencia como si fuera una piedra radiactiva. Estaba emitiendo en todas las frecuencias. Había cambiado de cuerpo unas cuarenta veces. Nacía y tardaba unos diez años en adquirir conciencia de sí misma y ser localizada. Tardaba otros diez años en darse cuenta de que su cuerpo no era más que un receptáculo, que las circunstancias de su nacimiento determinarían sus pensamientos, que el lugar donde había nacido sería su infierno.

Observó el panorama. En los vestuarios había una veintena de muchachas, la mitad estaban desnudas, el vapor de las duchas inundaba la habitación y las luces que tenía enfrente delineaban los cuerpos con siluetas perfectas que se secaban, se vestían y se acicalaban.

Una veintena de conciencias separadas por encajes de carne, conectadas por sistemas neuronales a la fuente de energía de su ser, divisiones de la conciencia original, que hace miles de años que adquirió el saber y era una máquina de absorber conocimientos, un dios que solo podía sentir a través de los impulsos humanos, que absorbía emociones y sentimientos a través de nuestros sentidos. El cosmos existía en tanto que podíamos observarlo, en tanto que llenábamos el vacío del universo.

Después de observar el lugar, expandió su conciencia para absorber las de las demás muchachas. Con brusquedad, de forma que todas retrocedieron como si las hubieran empujado. El avance de su energía hizo que la gravedad desapareciera en un instante. Todas flotaron en el aire por los pequeños impulsos de sus pies, junto con las toallas y los vestidos, los cabellos arremolinados. El vapor condensó rápidamente y el aire se llenó de gotitas minúsculas que solo ella podía ver, bocas de las que emergían hilos de saliva, estómagos que se contraían, ojos que lloraban…

Un segundo después, el efecto cesó, la habitación se llenó de cuerpos que se estrellaban en el suelo, gritos y conciencias anuladas, y ella tuvo en su mente las vidas de todas, que se despertaron de aquel instantáneo sueño como lirones después del invierno, con solo hambre y sueño, y un total desconocimiento. Lo que antes les había pertenecido, ahora estaba en ella, todas aquellas experiencias, infancias, juventudes, amores, deseos, crianzas, delirios, padecimientos.

Necesitaba apartarse de la conciencia universal, generar pensamientos y sensaciones nuevas. En medio de la confusión, la piedra radiactiva de su conciencia emitía señales confusas, oculta por aquellas otras conciencias que habían dejado de estar confinadas en recipientes de piel y huesos y se sumaban a la suya. Sucedió lo que esperaba. Las mujeres se levantaron sin saberse más que piezas vivas de un inmenso rompecabezas en el que imperaba conservar el envoltorio. Detectó hostilidad y sintió miedo de aquellos cuerpos guiados únicamente por impulsos animales, sin ningún pensamiento asociado a su existencia. Inmediatamente, se volvieron hacia ella al sentir una emisión pura que no pertenecía a la totalidad y se dio cuenta de que podían matarla.

El miedo, su miedo, era solo suyo, y la conciencia universal no lo estaba compartiendo. Sintió un vacío al otro lado, el reflejo de su pánico extendiéndose por todo el universo como una mancha de aceite que se movía a una velocidad vertiginosa. Se sintió viva otra vez, como las últimas veinte veces que se había soltado de aquel hilo que apresaba a todos los seres humanos. Una vez más, cuando había conseguido nacer a una nueva vida, provocar una ruptura de la conciencia universal que lo absorbía y lo anulaba todo, sintió algo nuevo y, un instante después, sintió las manos que tiraban de ella, los rostros vacíos que se acercaban y reclamaban sus existencias perdidas.

De pronto, se abrió la puerta del vestuario. Solo ella fue consciente de la corriente de aire, de que el vapor corría a escabullirse por la rejilla del fondo, de que hasta la luz tenía miedo y se curvó deformando la visión de los cuerpos mientras la gravedad sufría un tirón y todas caían al suelo, incapaces de aguantar su peso. Cinco segundos después, la gravedad se normalizó de nuevo. Perdió el miedo y sintió como todas aquellas vidas se alejaban de su conciencia. El amor, la envidia y los celos, el orgullo, los conocimientos, la vanidad y la codicia se marcharon para volver a sus receptáculos. Alguno se debió mezclar por el camino. Lo sentiría si era negativo.

Se volvió mientras sus víctimas tosían y algunas vomitaban en el suelo a la vez que recuperaban sus pequeñas partículas existenciales, tan pequeñas como gotas oceánicas, tan grandes como mundos en los confines del espacio profundo.

Graciela, la representación de la existencia, un ser procedente, como ella, de un momento anterior a la creación de esta inmensa jaula que algunos denominan cosmos, la estaba mirando desde la puerta. Se comunicó con ella: «Es la última vez que te vamos a dejar hacer esto». Otra grieta en la existencia que pone en riesgo nuestra supervivencia.

Sabía lo que tenía que hacer. Abrazó a Graciela como si fuera el aire que necesitaba para respirar. «Esta vez he conseguido el miedo, Graciela. Sabes que solo existes para que yo pueda seguir existiendo. Vamos a crear otro universo y empezaremos desde cero.»

Detrás de ella, una veintena de mujeres se miraban y la miraban con extrañeza, el suelo estaba sucio, el vapor formaba remolinos, tenían pensamientos confusos, como si pedazos de otras vidas que no eran suyas hubieran aparecido en sus memorias, como si pedazos de sus propias vidas hubieran desaparecido. Algunas tenían hijos que no habían tenido nunca y otras habían dejado de tenerlos.

Salió del vestuario con la satisfacción de haberse revelado una vez más y haber añadido otra gota al océano de su futura vida en otra parte, lejos de la unidad que nos persigue y nos somete, una flor que se ha desprendido del tallo y vuela para siempre.

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Divina

Divina había sido una niña soldado. Con diez años, unos hombres entraron en su aldea y mataron a todos los adultos, prendieron fuego a las chozas y se llevaron a los niños. Divina era una niña escuálida con una gran mata de pelo rizado, la cara delgada y unos dientes muy grandes que destacaban cuando sonreía, pero también cuando los apretaba y separaba los labios y te apuntaba con una metralleta, y veías las gotas de sudor perlándose en su frente y los ojos grandes, en cuyo iris negro como el carbón desembocaban ríos de sangre que teñían de rojo la esclerótica, que nunca más volvería a ser blanca.

Un día, me encontré frente al cañón de su fusil, mirando la boca por la que tenían que salir las balas, apoyado en el tronco de un ocumé del Congo, dejando que la lluvia se deslizase por mi rostro; enseguida, sujetando el arma, vi las manos pequeñas de Divina, que tenían la piel del dorso negra como la espalda de un chimpancé, y el interior blanco como la pulpa de un coco. Vi sus piernas delgadas de niña de poco más de diez años, una falda corta arrugada, de colores brillantes, encima de unas mallas negras y sucias, un pecho sin pecho, unos hombros pequeños, una cabeza desproporcionadamente grande, los dientes apretados, muy blancos, como los de esos dibujos animados, y me apiadé de ella, como si no fuera ella la que debía apiadarse de mí para no volarme la cabeza.

¿Qué había en la cabeza de aquella niña? Un mes después, la miraba en el centro de recuperación de niños soldado, con el pelo rapado al cero, aun resistiéndose, pero cada vez menos, a ir a clase, acodarse sobre un pupitre verde descascarillado y escuchar la lección de francés, que era además la de volverse un ser humano, recuperar las emociones, la empatía, el respeto a los demás y el amor a uno mismo. La pequeña kadogo, que es como llamaban en suajili a los niños soldado, se había convertido en Divina porque su profesor-adiestrador español lo había querido así.1

Su profesor-adiestrador era yo. Cuando estaba a punto de matarme le pregunté cuántas veces la habían violado y le dije que podía ayudarla. Me dijo que todos los días, de todas las edades, hasta sus primos y hermanos secuestrados de la aldea, cuando estaban fumados y no conocían a nadie, solo hacían lo que hacían los demás en la oscuridad, la negra oscuridad de la selva donde las únicas luces eran las fogatas de los pigmeos en las entrañas de aquella inmensidad. Cuando la violaban veía los fuegos fatuos en el entorno de los párpados y dejaba que las luces formaran estrellas que chocaban con las paredes de su pequeño mundo. El dolor la embotaba y, en el vaivén contra las raíces de la noche, se dormía y viajaba a un mundo donde sus padres y hermanos dormían todos juntos después de haber comido unas cuantas raíces de ñame que acababan convirtiéndose, en el sueño, en las entrañas de un elefante. Se despertaba entre ronquidos y el olor apestoso de aquella tropa formada por niños, niñas y hombres sucios que un evangelista que se me coló un día en clase quiso equiparar con el infierno de los cristianos, mientras les contaba a mis niños que un señor llamado Jesucristo había venido a salvarlos. Pero cuando te han roto el alma y el cuerpo por dentro dejando un animal herido para siempre, no hay creencia que valga, y menos una que derrama el dinero y viste a sus hijos con ropas de marca.

Divina me confesó más de una vez que en su cabeza no había nada, que ningún sueño había sobrevivido a dos años de matanzas y violaciones, que su memoria no podía generar esperanza ni proyectar futuro alguno. ¿Cómo ibas a decirle que la esperanza siempre acaba por emerger por muy negras que sean las aguas del alma, y que la fragua del tiempo convierte el dolor y la experiencia en un poder?

Yo les enseñaba mitología. La vida de los dioses y los padecimientos de quienes entraban en contacto con ellos, que era el precio que tenían que pagar por adquirir ese poder. Por ejemplo, Tiresias fue cegado por Atenea cuando reconoció que las mujeres son más sensibles que los hombres, contradiciéndola, y luego, para compensarle, le permitió entender el lenguaje de los pájaros, que le dieron el don de la profecía, haciendo que su dolor se transformara en el más famoso de los videntes.

¿Cuál era el poder de Divina? Para mí, era su fuerza. Con quince años, me la llevé a Nueva York. Quería hacer la prueba de salir de una ciudad pequeña de África, donde la miseria se aglomera a diario en las calles, y llevarla a un lugar donde las masas adineradas recorren las tiendas en busca de la última moda en ropa y en tecnología. Quería verla nadar entre rascacielos y que fuera en invierno.

Por supuesto, nevaba. Le compré un anorak blanco para que su rostro negro como el betún resaltara aún más entre las plumas de perdiz nival que le rodeaban la cara. Divina ya no era la niña que tenía miedo de su propia sombra, era tan alta como yo, había desarrollado unos hombros poderosos, su rostro había adoptado un aire encantador. Caminamos los dos con aire desafiante, abriéndonos camino entre la multitud aterida por la nevisca hasta las escaleras que ascendían al Museo Metropolitano de Arte, donde nos paramos y le pedí que mirara bien la enorme fachada. En una de las tres puertas frontales colgaba el póster gigantesco de una niña que miraba de forma desafiante a través de la mirilla de un fusil kalashnikov, con los ojos grandes como las ventanas de un hotel, los dientes como icebergs apretados en una mueca de dolor y odio que llevaban a la única invención de la foto, una gran lágrima en la que podíamos habernos ahogado, pero que nunca existió mientras ella era niña soldado.

Aquel era el momento esperado. Antes de entrar, una multitud apareció por la gran puerta central del museo, que tendría más de cuatro metros de altura y separaba el póster de Divina de otro, a la derecha, en el que figuraba la Virgen de las Rocas de Leonardo da Vinci. La barahúnda nos rodeó con la mirada puesta en mi niña, que estuvo a punto de desmayarse y caerse en la nieve sobre los largos escalones cuando empezaron a aplaudir, cerrando el círculo, regalándonos, regalándole a ella toda la fuerza del mundo, pidiéndole, con lágrimas en los ojos, que continuara adelante, que la vida siempre merece la pena vivirse, que no es ese pozo de alquitrán que a veces puede parecer. La exposición dedicada a los niños soldado llenaba un ala del edificio, pero no la dejé entrar. Nos fuimos a ver la exposición sobre las vírgenes de Leonardo, que ocupaba otra ala del edificio.

Dejé que se extasiara ante lo que el ser humano era capaz de hacer en favor de la belleza, y nos quedamos al menos media hora mirando la Virgen de las Flores. Yo miraba la composición, pero Divina observaba con atención de experta al niño regordete que miraba y estiraba los brazos hacia el clavel rojo que la virgen sostenía en la mano izquierda.

Creo que, en aquel momento, Divina entendió que su periodo de abstinencia y rechazo hacia los demás había terminado. Desde ese día, volvería a ser una persona asequible a la que una simple caricia no provocaría nunca más el escalofrío de la muerte.

Aquel niño desnudo tenía que ser suyo. Y yo entendí, en su mirada, que al amor había emergido de aquel pozo.

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