Homie

Se asomó al pozo y vio la otra dimensión. El pozo era un agujero negro en un patio imaginario. Quería entrar, buscaba una vida plácida en un planeta con una humanidad desarrollada, pero el hecho de nacer y tener que descubrirlo todo, las impredecibles circunstancias, la vaguedad de lo desconocido… Por fin, se decidió, se tiró al pozo y lo olvidó todo. Hasta que, veintidós años después, es un veterano miembro de una de las maras más conocidas de El Salvador.

Está en el patio de una prisión, a pecho descubierto y completamente tatuado. En la espalda lleva el nombre de la Salvatrucha, pero en el vientre se ha hecho tatuar el rostro y las manos de una mujer, escondidos entre las calaveras y los símbolos. Le basta con tocarlos con los dedos para sentirse mejor. Está de rodillas, como varias decenas de presos, soportando un diluvio universal que chorrea desde un cielo caliente como el coño en celo de una adolescente. Un culero grita su nombre.

—Avenir, quédese quieto, los demás se me separan— y los chicos empiezan a dispersarse por el patio.

Avenir se queda quieto, se mira el tatuaje del brazo derecho, un dragón estrangulado al que han sacado los ojos, y piensa en la música de la mara, en aquella “vida de maldad” de las canciones, y de pronto siente que aquella no es su vida y descubre por qué hizo aquello: el largo viaje hasta la Ópera de El Salvador atraído por la Sinfonía Fantástica de Berlioz. Se apostó con un compinche en uno de los parqueos, a salvo de los culeros, y al primer hijo de puta del barrio rico de Santa Tecla que vino a buscar el carro lo macheteó y luego le tiró un fajo de billetes, mientras le decía, con calma:

—No es una cuestión de dinero cabrón, es un asunto de respeto, tú lo tienes todo y nosotros, la calle; pero en el fondo del paladar todos somos iguales.

Cuando lo detuvieron, puso las rodillas en el suelo y se llevó las manos a la cabeza.

—No me haga daño, mi capitán, en la prisión somos todos compañeros y, en la calle, pues están los demás cabrones y su familia, güey.

En aquel patio, todos los pendejos de su mara estaban muertos, solo quedaba él, el soldado número trece. En la calle, vivía entre pandilleros y perros; marihuanero de nacimiento, el barrio era su único universo, siempre dispuesto a la pelea, prefería el bate o el machete a la pistola, las canciones de los raperos, la melancolía de los homenajes a los muertos, los abrazos de los compañeros y los puñetazos… y cuando despertó a la conciencia universal descubrió que todo lo que había esperado de este mundo se había desvanecido cuando se aficionó con doce años al pegamento y su madre y su padre pasaron a ser el cemento y los portales. Con catorce años ya formaba parte de un escuadrón, con veintidós le habían roto cuatro costillas y los tatuajes ocultaban una docena de cicatrices; en la vida solo aspiraba a conseguir trece víctimas, su número de la suerte, y siempre llevaba los bolsillos llenos de dinero que apenas le servía para dar el pego.

De pronto, mientras la lluvia sigue rociándole la espalda, en algún rincón de su mente se revela que en una vida anterior ha sido clarinetista, de ahí que aquella noche se metiera entre bambalinas en la ópera, solo para escuchar el retumbar de los timbales en aquella marcha hacia la muerte de Berlioz… quizás, una vez, cuando era muy pequeño, su padre le llevara a escuchar la Sinfonía Fantástica… pero no, su padre era un chatarrero de medio pelo. Tal vez había mirado al fondo del pozo sin darse cuenta y su conciencia había empezado a disolverse y a emerger en el patio imaginario de un lugar inexistente que conectaba todos los mundos, como si el universo se hubiera congelado y no fuera más que un pedazo de hielo entre sus manos. Tiene la sensación de haber vivido en otros lugares muy lejanos y se toca el cuello donde tiene tatuado un collar hecho con colmillos de una especie extinguida hace miles de años.

La primera puñalada le llega por el costado izquierdo, en el ojo del demonio que le tiende la mano al Cristo del antebrazo. Una cuchillada no es nada, se dobla uno hacia ese lado, cierra los ojos, se encomienda a la Virgen y lucha contra el dolor. Pero la siguiente puñalada es tan dolorosa que siente arcadas… Se lleva la mano a la boca y mira la sangre: la marcha hacia el cadalso. El tercer hijo de puta prefiere el bate, que se estrella contra su sien derecha y le rompe el cráneo. Se desploma y, en ese momento, sin saber por qué, toda su vida desfila en pocos instantes por su mente; pero no la del guanaco herido de muerte, sino la de clarinetista, los años en Basilea, la escuela de música, las horas de práctica, el cariño y el apoyo de sus hermanos, la nieve… está viendo nevar cuando muere, él, que nunca había visto nada parecido en el trópico de El Salvador, solo el calor, que es como nadar entre los labios de una virgen… tiene esa sensación, de que se está disolviendo mientras toca el clarinete y siente los pizzicatos cuando su cabeza se desprende. En la próxima, espera tener más suerte.

Publicado en Todos los futuros | Deja un comentario

Una bomba nuclear en el corazón 

Vivo en una ciudad donde abunda la gente guapa. El otro día, uno de esos cineastas que reflejan la realidad cotidiana filmaba una escena clave en una calle estrecha, con muchos figurantes. La cámara retrocedía, mostrando de frente a los transeúntes. Todas las chicas eran preciosas, y de todos los colores, rubias, pelirrojas, morenas. Una africana despampanante abría la marcha. Era una de las protagonistas, las demás éramos comparsas, gente de fondo que nadie tenía que mirar, como el trasfondo de un cuadro de la Virgen con un árbol lejano que solo descubres cuando vuelves a mirarlo, como una película que en el cuarto visionado te fijas en la gente de paso, o un libro que, a la tercera lectura, como decía Nabokov, acabas por comprender. 

Lo único que teníamos que hacer era no mirar a la cámara, así que yo miraba al suelo. Pensaba en esas películas tan horrendas que no puedes evitar visualizar detrás de los actores al equipo técnico, mientras el director grita, afónico: «No miréis a la cámara», «Vocalizad, que parecéis patos», «Lo repetiréis una y otra vez, hasta que parezca espontáneo». Stanley Kubrick les hacía repetir hasta cuarenta veces. 

Y todos volvemos a nuestros puestos en la calle, veinte metros más atrás, y pienso en La noche americana, de Truffaut, «que salga el hombre de los helados, ahora el que lleva una escalera, y luego los demás transeúntes», y me pongo a caminar, con los pies hacia dentro, como me enseñó mi mamá, y noto que las tetas me rebotan y me obligo a andar como si llevara un libro sobre la cabeza, como Audrey Hepburn en My Fair Lady, mientras el cámara retrocede sobre un armatoste cuya grúa se eleva para filmar a toda la concurrencia, incluidos los perros y la ambulancia de los bomberos que hay en la otra manzana. «No mires, no mires al pájaro o nos harán volver atrás una vez más.» 

Me llaman dos días después. Que el director se ha puesto con el montaje, y en la escena en que todo el mundo tenía que mirar a la protagonista, guapa de los cojones, y querérsela comer, por no decir algo peor, ¿qué ha pasado? Que todo el mundo me mira a mí, como si la Virgen María apareciera en un encuadre detrás de Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo cuando golpea la mesa y grita «No vuelvas nunca a insultarme de esa forma». Y ya nadie piensa en ese idiota machista que va a recibir el Oscar por hacer de gilipollas mejor que nadie. 

Entonces me acuerdo de mi vida, de que me llamaban la más fea en el colegio, de que nunca me dejaban participar en los juegos de los demás, y yo me quedaba en un rincón pensado que estaba gorda, que era demasiado alta, que tenía las piernas demasiado largas, resistiendo la tentación de fumar, aunque nunca lo había hecho y la verdad es que nadie hubiera compartido un cigarrillo conmigo.  

Tenía una hermana, guapa, que con trece años ya salía con chicos. Me lo explicaba todo. Así empecé a conocer a los hombres. Pero nunca nadie se acercaba a mí, ni me pidieron salir, ni querían que los tocara.  

El director estaba rabioso, la escena había costado una fortuna, yo misma había cobrado doscientos euros por dos horas de trabajo, y había un centenar de extras. Se preguntaba cómo darle la vuelta a la escena y que pasara a formar parte del argumento. Pero arruinaría la película, todo el mundo estaría pendiente de mi aparición, joder, a mi lado la protagonista parecería el perrito que se cuela en una escena, como ese que aparece en Las meninas de Velázquez y que solo miran los que tienen uno igual en casa. 

Un día, cuando tenía dieciséis, mi padre, borracho, me dio una hostia y me puso un ojo morado. Me recriminaba no tener amigos, y que, por mi culpa, mi hermana se tiraba a medio barrio. Todos los tíos iban detrás de ella, ¿y por qué? Porque no podían tenerme a mí. Yo no entendía nada. Me puse un antifaz para ocultar el ojo y fue la primera vez que unos chicos se me acercaron en una fiesta, en la macro discoteca del barrio. Me colocaron drogas en la bebida y me llevaron a los plumieres para que les hiciera una paja. No sé si a eso puede llamarse contacto con la realidad. Entonces descubrí que había dos mundos: uno falso, en el que vivía yo, donde la realidad es como deslizarse por una pista de hielo que lleva irremisiblemente a la muerte sin que nada se interponga, y uno verdadero, en el que adquieren sentido las emociones. Yo las tenía menguadas, acostumbrada a los tortazos de mi padre y a que nadie me hiciera caso, y de pronto saltaban allí, con el esperma de los muchachos, como si un asteroide se hubiera estrellado contra la nave en la que viajaba congelada. De pronto, me despierto y me veo obligada a aterrizar en un planeta desconocido.  

Entonces, el miedo me hace recuperar la razón, un cosquilleo en la columna vertebral que llega hasta el cerebro, me arranco los trozos de metralla que me mantenían atrapada en el coma y renazco como lo que parecía ser, ¿una puta tal vez? Hasta que me quito el antifaz y todos se apartan de nuevo. Cuando, con dieciocho, participo en la película, nadie se ha atrevido todavía con mi cuerpo, pero en los foros soy un fenómeno haciendo arte con las manos. 

El director, que tiene novio, me mira de arriba abajo, pone cara de asco, no sabe qué ven en mí, aparte de que soy despampanantemente guapa, y me invita a irme a vivir a su gran casa, ahora que soy mayor de edad, una casa por la que desfilan personas que viven vidas falsas pero que son más auténticas que las de los demás, bestias que crecen, se reproducen y mueren como animales, poco más que chimpancés. 

Sus amigos han decidido no reproducirse, pero sí cambiar de sexo o unirse al mismo sexo. Dicen que el mundo es un lugar lleno de dinosaurios cuyo único objetivo es poner huevos y seguir poblando el planeta con su descendencia. Si yo entraba a formar parte de su mundo, tenía que deshacerme de los ovarios.  

Tomé la decisión con diecinueve años. Se lo dije a mi padre. Me dio otra de esas hostias que me obligan a llevar una máscara, pero esta vez no fui a la discoteca, sino a una de esas fiestas que organiza el director de cine con sus amigos. El objetivo: cortar el aire con las neuronas reventadas, los poros de la piel abiertos como agujeros negros, las emociones estallando como supernovas que crean estrellas y planetas y vida inteligente en su interior, los sentimientos como fosas oceánicas que se abren y traspasan el manto terrestre, llegan al núcleo y salen por el otro extremo levantando el Himalaya, el odio como una nube ardiente entre la nuca y el paladar, el amor como la creación del universo dentro del cerebro, la compasión como una nube de sueños que inunda el mundo entero, la rabia como la hoja de papel que corta el ojo y el cuerpo como el pétalo de una flor que sale volando cuando sopla el viento en un lugar donde no cabemos todos. 

No hace falta vivir muchos años para trascender a esa otra dimensión donde se esconden los cien mil millones de almas que vivieron en un cuerpo antes que nosotros, una bomba nuclear en el corazón.  

Publicado en Todos los futuros | Deja un comentario

Un suspiro en la eternidad

Estoy poniendo un pie en la base cuando me doy cuenta de que el tiempo se distorsiona. Hay que descartar un derrame cerebral, un nervio óptico que se rompe o un error en el implante y me da la sensación de que la realidad se desdobla cuando no es más que una pérdida de coordinación. Le pregunto al reisel y me dice que todo va bien, pero nada va bien, y ya tenemos aquí otra vez a Schrödinger en el peor momento: todo va bien y al mismo tiempo nada va bien. Soy un soldado operador de bases, especializado en cañones de microondas para androides no operativos en misiones de recuperación de asteroides.

Luchamos contra una invasión extraterrestre, que procede de un universo cuyo origen se dio un nanosegundo detrás del nuestro.  Normalmente somos invisibles e indetectables el uno para el otro, pero cada tantos eones se producen encontronazos, como si nos empujáramos en una autopista, y se producen intercambios. Suelen ser alteraciones genéticas, fenómenos atmosféricos, terremotos, volcanes… pero esta vez se ha presentado la avanzadilla de una civilización que quiere conquistarnos. No son propiamente humanos, son seres conscientes que pueden vivir en cualquier medio y quieren apoderarse de los asteroides más ricos en metales y tierras raras con el fin de replicarse.

Los llamamos alfa-omega. Dicen que su misión es transformar toda la materia inerte del universo en materia viva. Nos han estudiado. Les gusta la idea de Prometeo, que transformó el barro en humanos, o de Ptah, que se masturbó y de su semen nacimos nosotros, pero aún más la de los dioses únicos, porque ellos poseen una mente única que nunca muere, y nosotros somos un suspiro en la eternidad que transmite lo aprendido. La vida para ellos es una conciencia compartida, como en tantos mitos. Quieren detener el tiempo y que la luz deje de arder, que el pensamiento se detenga como un tren que queda sin corriente, pero no porque se corte la electricidad, sino porque se detenga todo movimiento. El cero absoluto. Dios antes del mundo.

Estamos en nuestro asteroide estrella, que acaba de ser atacado. Pero algo no va bien, cada vez que avanzo me veo a mí mismo un paso por delante y no puedo evitar tomar decisiones que todavía no me he planteado. Normalmente, esto sucede en milésimas de segundo; por alguna razón, el cerebro sabe lo que va a pasar antes de que suceda y pone los músculos en movimiento, pero es imperceptible.

Y ahí está el niño.

Hemos intentado luchar con ellos a distancia, con probos —nuestras mentes en un cuerpo mecánico— y androides autónomos, pero desactivan sus campos electromagnéticos y no nos queda otro remedio que acudir en carne y hueso con un equipamiento de supervivencia. Creo que juegan con nosotros. Ahora mismo, en la nave hay un niño que ni siquiera intenta dispararme, solo quiere entrar en mi cabeza.

Hasta los mares de metano de Titán, yo era un individuo con pensamientos propios, pero después me integraron en una ménsula donde compartíamos reisel. Me costó casi un año asimilar que cada uno de nosotros sabe lo que está haciendo y visualizando el otro. Era como tener seis cuerpos en uno, con pequeños rincones personales. A mi número tres le gustan los amaneceres detrás de Júpiter, yo prefiero las pequeñas lunas de Saturno.

El niño se ha metido en mi cabeza y me ha llevado a cuando yo era un hijo de padres programadores incapaz de aprobar el ingreso en la facultad de Bioingeniería y se pasaba el día deambulando por el campus. Ni siquiera en Marte, bajo enormes cúpulas transparentes, podía concentrarme. Entonces vinieron los soldados operadores de bases que mantenían la arquitectura de todas nuestras operaciones en el sistema solar y me enamoré de la propuesta. Luego, cazando virus alados en Titán, quise entrar en las fuerzas especiales, y vinieron la ménsula y el combate.

Los alfa-omegas empezaron a construir bases en los mismos satélites y asteroides que nosotros, y empezaron a robarnos las tierras raras. Lo único que querían era hacer copias de sí mismos, transformar toda la materia a su alcance en seres conscientes como ellos capaces de adoptar cualquier forma. Para vivir, solo necesitan la luz de un sol lejano o esas redes de energía y materia oscuras que constituyen el armazón invisible de la matriz del universo. Para ellos, el tiempo solo es un camino hacia la disolución.

El niño ni siquiera quiere matarme, solo quiere que vea el futuro, y me veo a mí mismo como espectador de un teatro gigantesco, del tamaño del sistema solar, en el que una nube de demonios devora los asteroides como si fueran las olas de un mar caliente estrellándose contra un castillo de naipes. Veo a los seres humanos dejándose extraer la mente para entrar a formar parte de la misma legión de seres extraños cuyos cuerpos son simples herramientas de distracción y, por último, me veo a mí mismo, flotando en un sueño en el que me desprendo del cuerpo para sumergirme en un océano de pensamientos compartidos. Y empiezo a sentir que cuando me muevo, nos movemos todos, y sé dónde están, no solo mis seis compañeros de la ménsula, sino la plaga bíblica entera que muy pronto abarcará todo el universo.

Publicado en Todos los futuros | Deja un comentario

En el sueño, siempre se estaba muriendo

Nadie imaginó que la tercera y última guerra mundial empezaría en la frontera entre la India y Pakistán. El primer indicio no fue, como algunos quisieron creer, el apagón general en España, ni los frecuentes cortes de trenes que se quedaban sin luz. Mucho más allá, una fuerza misteriosa buscaba la manera de acabar de una vez con la superpoblación, de convertirnos a todos en zombis. El primer misil nuclear lo lanzó Pakistán, el siguiente la India y, en ese momento, Rusia no vio ningún impedimento para hacer lo mismo en Europa.

Josi vivía en Barcelona. No se lo podía creer. No había pasado mucho tiempo desde el primer apagón, un ensayo para ver la reacción de la población. El segundo duró tres días. El tercero fue el definitivo. La primera bomba nuclear, combinada con un ciberataque, dejó toda Europa sin luz y sin información. Josi tenía el kit de supervivencia, un cargador solar para el móvil y una suscripción a Starlink con un soporte de pared orientado a los satélites. No tardó ni cinco minutos en aparecer la primera noticia: «Apagón en toda Europa». Lo primero que pensó: «Otra vez». Ni se molestó en avisar a los vecinos. Pero, después de otros cinco minutos, el titular se había convertido en: «Rusia lanza un ataque nuclear sobre Ucrania». Lo primero que pensó: «Si no puedes conquistarlo, destrúyelo». Diocleciano-Putin había ordenado pasar por la espada de los átomos a todos los ucranianos.

Diez minutos después se supo que el ataque se había extendido a Alemania y a Francia. Josi vomitó porque, en situaciones de crisis extrema, el cuerpo se deshace de los alimentos presentes en estómago e intestinos para reconducir toda la sangre a los músculos y el cerebro. ¿Qué podía hacer? Lo primero, compartir la noticia, ver cómo se desmoronaban sus vecinos, porque, si no era el fin del mundo, era el principio del fin del mundo tal como lo conocíamos. La luz no iba a volver, seguramente. La gente salió a la calle a comunicarse con sus otros vecinos. No era la única que tenía internet por satélite, así que había cundido la alarma.

Josi vivía sola, no tenía coche, sus hermanos se hallaban a un centenar de kilómetros. ¿Qué hacer?

Esperar.

Poco a poco, se fue desvelando la situación, y cada vez era peor. Habían atacado las centrales nucleares en Francia y las de ciclo combinado en Alemania. Solo quedaban las sostenibles, que hicieron volver la luz durante unas horas, cuando las noticias hablaban ya de millones de muertos. Europa contraatacaba. Estados Unidos se veía involucrada. China invadía Taiwán. En Rusia, la población había abandonado Moscú y las grandes ciudades, pero Europa estaba desvalida. En la frontera había colas kilométricas de vehículos que buscaba refugio en el sur de Europa. Empezaban a verse por las calles circulando sin rumbo hacia un destino desconocido.

Al tercer día, una de las bombas estalló sobre la nuclear de Vandellós. Aunque estaba parada en previsión de un ataque, se produjo la fusión del núcleo y una nube de radiación se dispersó por toda Catalunya.

El séptimo día vomitó de nuevo, pero esta vez por culpa de la contaminación radiactiva. Aún se estaba recuperando cuando, desde la ventana, vio como la gente venida de otros países había abandonado sus vehículos y se agolpaba buscando refugio en los portales. Nadie se atrevía a bajar a la calle para abrir las puertas. Los timbres enmudecieron el día que se fue la corriente, pero los gritos se oían como si en la calle hubiera un incendio que lo devorase todo. Hacía tres días que los supermercados estaban vacíos, y pronto se acabarían las reservas en casa, con las neveras apagadas. El cielo había enrojecido y empezaba a caer aquella ceniza que habían visto tantas veces en las películas de desastres nucleares.

Las noticias no podían ser peores. Una ola de calor se sumaba a la radiación. «Europa arde», decían las noticias: «Bajo el fuego radioactivo muere la mayor parte de la población». En la escalera de Josi se habían marchado casi todos los vecinos, huyendo hacia no se sabe dónde. Ella misma abrió el portal para que entrasen los refugiados. Reventaron las puertas de los pisos vacíos, tenían derecho a morir en una cama. En el puerto, los barcos repletos de padres y niños zarpaban solo para alejarse de las costas emponzoñadas.

No había forma de alimentar a quienes se iban ni a los que se quedaron. A falta de agua corriente, había multitudes llenando garrafas en los cauces de los ríos, donde se habían encendido hogueras para hervir el agua sucia. La histeria había dado paso a la depresión.

Josi vio como su propia casa era ocupada por dos familias francesas, y tuvo que irse a vagar por las calles. Llegó al río Besós, donde, muerta de sed, consiguió que le dieran una botella de plástico llena de un agua amarronada en la que nadaban extraños insectos. Bebérsela empeoró la descomposición de un aparato digestivo que ya estaba en estado catastrófico.

Sabía lo que vendría a continuación: deshidratación, caída del cabello y de las uñas, pérdida de visión, una debilidad monstruosa que no era depresión, que no tenía cura. Las farmacias habían sido saqueadas en busca de cualquier cosa que sirviera para morir sin dolor.

Lo suyo era una lucha desesperada por llegar a alguna parte, por documentar en su mente lo que debieron ver los ojos de los indigentes drogados antes de la catástrofe: un mundo en descomposición frente al cual el alcohol y las drogas son la única solución, el prisma a través del cual observar una realidad que no acaba de desaparecer, en la que, cuando te duermes, vuelves a despertar en el mismo escenario. Tirada en un portal, junto a otros cientos de individuos, soñó que el mundo volvía a ser el de antes: niños y familias con perros paseando, haciendo la compra, tomando un refresco en cualquier terraza, felices e indiferentes.

Uno de ellos le dio una botella grande de algo, otro le dio dinero, unas pocas monedas, otro le dijo: «Aquí al lado hay un hipermercado con lavabo a la entrada, puedes asearte». Se vio a sí misma en el hueco de una fachada, rodeada de bolsas, con la misma ropa que llevaba hacía dos meses, con un trozo de papel de plata en la mano, una pizca de eso que llaman cocaína rosa y un mechero en la otra mano.

De pronto, fue consciente de que la única bomba atómica había caído en su cerebro, de que era una indigente, de que la había abandonado su marido, de que se había quedado sin trabajo y sin casa, de que había venido de otra ciudad y se había aposentado hacía dos meses en esa bancada donde nadie le hacía caso, aun cuando estaba extraordinariamente sucia y andrajosa. Si se hubiera mirado en el espejo, habría visto su rostro amarillento, aún no lo bastante ajado para que nadie la desease. Se había acostado con alguien que le había dado la droga, y otro el alcohol, y otro el dinero, y tenía un fuerte dolor de estómago. Supo entonces que aquella iluminación era el canto del cisne antes de la muerte y sonrió, porque pronto abandonaría este mundo y, no obstante, temió que todo fuera una pesadilla y que se despertaría en una casa con dos niños, un marido apremiante y un reloj marcando la hora de levantarse, ducharse, preparar a los críos, llevarlos al colegio, ir a trabajar, celebrar una docena de reuniones, correr al supermercado y luego a casa, estresada, y volver a empezar, sabiendo que solo podría vivir durante el sueño, y aun así, en el sueño siempre se estaba muriendo.

Publicado en Todos los futuros | Deja un comentario

La tormenta

Una corriente de aire algo más cálido y húmedo del habitual le habló de la selva junto a las mejillas y sintió cómo se arremolinaba entre sus labios, besándolo suavemente. La tormenta se acercaba, y cada ráfaga de viento lo aproximaba más al fragor del bosque. Finalmente, apretó los párpados y se sumergió en una espesura ficticia, cuyo modelo engrandecía cualquiera de los que había conocido hasta entonces. No tuvo más que empujarse a través de la cortina de hojas, abatida por el viento y la lluvia, y lo demás vino a él como el abatir de una sombra.

Screenshot

Una maraña de troncos, ramas, hojas, lianas y grandes flores brillantes y mojadas se apartaron de su camino. Buscó las ramas más grandes que le permitieran ascender y trepó, empapándose, hasta que la altura y la delgadez del bosque se lo permitieron. Había pájaros escondidos en los líquenes, roedores entre las epífitas, monos balanceándose bajo las hojas más grandes, hilos de agua serpenteando en torno a las ramas, aliándose y creando verdaderos torrentes sobre los troncos que se escondían bajo la hojarasca del suelo, lejos de los relámpagos. Sabía que allí abajo la lluvia no era más que un susurro y, para algunos, la habilidad de acercar la lengua a uno de los troncos y sorber la dulzura de aquel líquido acaramelado por la savia de los árboles.

Saltó una y otra vez tratando de hallar una rama que pudiera pertenecer a un gigante. Había carroñeros en los puestos más altos, depredadores en las encrucijadas, miríadas de insectos sobre los bejucos y otros tantos ocultos bajo las cortezas. Saltó, sujetándose con las uñas, hasta un árbol gigantesco, se elevó por encima del dosel y trepó a una rama desnuda que se agitaba, azotada por un viento enloquecido. Esperó a que los relámpagos le mostraran la selva, una formación boscosa que se extendía, intensamente verde, hasta donde la vista y la cortina de agua le permitían admirar.

Una chispa eléctrica lo deslumbró y, cuando apenas se había repuesto del fragor del trueno, otra lo obligó a retroceder, perder el equilibrio y caer…

Luisa lo abrazó y dejó que cayera suavemente sobre ella.

—Te estabas cayendo, señor soñador —le dijo, obligándolo a sonreír, mientras lo apretaba contra su regazo, dejando que sintiera el olor de su sexo a través de la lana de los pantalones. Ese aroma le hacía pensar que bastaba con haber nacido para que mereciera la pena la existencia, pero, siendo incapaces de percibirlo y disfrutar de esto en el momento del nacimiento, necesitamos vivir muchos años para que ese momento llegue a nuestra conciencia, que el pasado viaje al presente para ser conscientes de él. Si la muerte fuera algo parecido, tendrías que pasar mucho tiempo en un lugar oscuro, aislado, como presumían algunas creencias antiguas, para que la percepción de tu propia muerte se hiciera realidad, y solo entonces podrías volver a nacer, porque en los dos, el nacimiento y la muerte, reside la razón de nuestra existencia, todo lo demás es el camino que necesitamos para comprenderlo.

—Vámonos —Cécrope se levantó y la cogió de las manos. Luisa tenía un cuarto pequeño y una cama en la que era imposible dormir desligados—. Esta tormenta ya no me necesita.

Por la noche, Cécrope soñó con caminos de barro y laberintos de maíz, patios de alborozos y porches de telares con labios ansiosos de narraciones, escuchó historias de colibríes, de plumas, de pétalos, de raíces, de miel y de ángeles, llovieron colores, rosas y anhelos, se sumergió en el vidrio negro de los basaltos volcánicos, se acumularon entre sus dedos los espejuelos de mica de los granitos plateados y se alborotaron los peces que estaban durmiendo en el seno de los lapiaces calcáreos.

Por la mañana, no se despertó hasta que el sol no hubo disipado el humo de los desayunos y el pajón no se hubo secado. Cuando se asomó, el aroma de las tortitas de maíz y del café caliente, el calor de los niños y la campana de la escuela y los pesados pasos del ganado y los hatillos de leña y los sacos de manzanas ya habían pasado.

—Lo más precioso —decía siempre Cécrope— es lo silencioso de su ritual. Adoro este lugar.

Publicado en Todos los futuros | Deja un comentario

Tornado jacket

La empresa de mi padre se quedó en stand by. Las sapiencias más avanzadas pidieron no construir nada hasta conocer la tendencia, el trend weather, como lo llamaban en inglés, aunque los veteranos preferían tornado jacket desde que Yellowstone popularizó las cervezas Coors como yellow jackets.  En realidad, no tenían suficientes datos, así que el misterio estaba servido, solo sabían que cada vez había más tornados en la gran llanura y cada vez eran más destructivos, pero no podían predecir su formación hasta pocas horas antes ni su recorrido, como tampoco si un año desaparecerían, hasta que todas las nubes convectivas se unieron en un diluvio universal que habría de desbordar el río Misisipi y llevarse el delta y Nueva Orleans por delante. De momento, sugerían construcciones provisionales en zonas altas, y en llano sobre palafitos. Habría que esperar a ver si los grandes planes de reducción del CO2 de la atmósfera, como su conversión en fibras de celulosa mediante un proceso enzimático que mimetiza el trabajo de la vegetación sin tener que plantar grandes extensiones de árboles, funciona. Las nuevas construcciones utilizarán esta celulosa, pero nosotros no estamos todavía en esa onda. La mayor parte de nuestro país está en zonas altas, y las emigraciones desde la costa empezaron hace tiempo.

Los israelitas tuvieron el valor de prever la velocidad del viento en sus montañas hasta 2070, verdadera ciencia ficción, antes de que el mundo se viera abocado a la última gran guerra. De la que no quiero hablar aquí. A mí me tocó seguir ejerciendo de abogado del diablo en la comisaría, en un momento en que la sociedad se estaba desquiciando, porque, por muy avanzada que sea una sociedad, los primeros días impera la solidaridad, pero luego la mera supervivencia, y había demasiada gente a la que los demás no importaban. En realidad, el abogado del diablo buscaba fallos en la canonización de los santos, más comúnmente, llevar la contraria a la opinión generalizada, demostrar que los milagros no eran tales, y en mi caso, era al revés, demostrar que había dudas razonables, apoyando a los verdaderos abogados defensores, cuando se acusaba a alguien sin suficientes pruebas de sus crímenes.

Hasta cierto punto, sembrar la duda razonable era relativamente fácil cuando no había testigos directos, y aun cuando estos tenían motivos para hacer daño o habían sido contratados, como cuando en los juicios sobre accidentes de tráfico aparecían testigos que nunca estuvieron en el lugar, al menos antes de la instalación de cámaras y de poder conocer la localización de cada individuo. Hacía años que las sapiencias podían identificar a la mayor parte de la población por los rasgos faciales, incluso por la manera de moverse.

Zoran debió notar mi desasosiego, porque ya no sonreía cuando ponía los dedos sobre su rostro como si estuviera tocando el piano con cada uno de sus músculos, tal vez porque lo hacía con más desgana que de costumbre. Y ya no tenía ganas de llevar mis conciertos de piano más lejos, es decir, más abajo, en un glissando descendente.

Publicado en Todos los futuros | Deja un comentario

Una bomba nuclear en el corazón

Vivo en una ciudad donde abunda la gente guapa. Hace unos meses, un premiado cineasta filmaba en una calle de Barcelona, con muchos figurantes. La cámara retrocedía por la acera, mostrando de frente a los transeúntes. Todas las chicas eran preciosas, y de todos los colores, rubias, pelirrojas, morenas. Una africana despampanante abría la marcha. Era una de las protagonistas, los demás éramos comparsas, gente de fondo que nadie tenía que mirar, como el trasfondo de un cuadro de la Virgen con un árbol lejano que no pertenece a ese paisaje o como una película de romanos en la que, hasta el cuarto visionado, no te fijas en el reloj de pulsera que lleva uno de los soldados.

Lo único que teníamos que hacer era no mirar a la cámara, así que yo miraba al suelo. Pensaba en esas películas tan valoradas en las que no puedes evitar imaginar al equipo técnico, mientras el director grita, afónico: «No miréis a la cámara», «Lo repetiréis una y otra vez, hasta que parezca espontáneo», hasta las ciento veintisiete veces que hicieron llorar de verdad a Shelley Duval en El resplandor, de Kubrick, o el centenar de veces que Toni Curtis tuvo que besar a Marilyn Monroe en Con faldas y a lo loco para contentar a Billy Wilder.

Y todos volvemos a nuestros puestos en la calle, veinte metros más atrás, y pienso en La noche americana, de Truffaut: «Que salga el hombre de los helados, ahora el que lleva una escalera, y luego los demás transeúntes», y me pongo a caminar, con los pies hacia dentro, como me enseñó mi mamá, y noto que las tetas andan sueltas, así que, me obligo a caminar como si llevara un libro sobre la cabeza, a la manera de Audrey Hepburn, mientras el cámara retrocede sobre un armatoste con ruedas cuya grúa se eleva para filmar a toda la concurrencia, incluidos los perros y la ambulancia de los bomberos que hay en la otra manzana. «No mires, no mires al pájaro o nos harán volver atrás una vez más.»

Me llaman dos días después. Que el director se ha puesto con el montaje, y en la escena en que todo el mundo tenía que mirar a la protagonista, guapa de los cojones, y querérsela comer, ¿qué ha pasado? Que todo el mundo me mira a mí, como si la Virgen María apareciera en un encuadre detrás de Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo, cuando golpea la mesa y grita: «No vuelvas nunca a insultarme de esa forma». Y ya nadie piensa en ese idiota machista que va a recibir el Óscar por hacer de gilipollas mejor que nadie.

Entonces me acuerdo de mi vida, de que me llamaban la más fea en el colegio, de que nunca me dejaban participar en los juegos de los demás, y yo me quedaba en un rincón pensando que estaba gorda, que era demasiado alta, que tenía las piernas demasiado largas, y me deprimía, porque no sabía cómo poner fin a aquella decepción.

Tenía una hermana, guapa, que con trece años ya salía con chicos. Me lo explicaba todo. Así empecé a conocer a los hombres y sus necesidades. Pero nunca nadie se acercaba a mí, ni me pidieron salir, ni querían que los tocara.

El director estaba rabioso, la escena había costado una fortuna, yo misma había cobrado doscientos euros por dos horas de trabajo, y había un centenar de extras. Se preguntaba cómo darle la vuelta a la escena y que pasara a formar parte del argumento. Pero arruinaría la película, todo el mundo estaría pendiente de mi aparición, joder, a mi lado la protagonista parecería el perrito que se cuela en una escena, como ese que aparece en Las meninas de Velázquez y que solo lo miran los que tienen uno igual.

Un día, cuando tenía dieciséis, mi padre, borracho, me dio una hostia y me puso un ojo morado. Me recriminaba no tener amigos y que, por mi culpa, mi hermana se tiraba a medio barrio. Todos los tíos iban detrás de ella, ¿y por qué? Porque no podían tenerme a mí. Yo no entendía nada. Me puse un antifaz para ocultar el ojo y fue la primera vez que unos chicos me cortejaron en la discoteca. Me colocaron drogas en la bebida y me llevaron a los lavabos para que les hiciera una paja. No sé si eso puede llamarse contacto con la realidad. Entonces descubrí que había dos mundos: uno falso, en el que vivía yo, donde la realidad es como deslizarse por una pista de hielo que lleva irremisiblemente a un gélido agujero negro, y otro verdadero, más cálido, en el que adquieren sentido las emociones. Yo las tenía menguadas, acostumbrada a los tortazos de mi padre y a que nadie me hiciera caso, y de pronto saltaban allí, con el esperma de los muchachos, como si un asteroide se hubiera estrellado contra la nave en la que viajaba congelada. De pronto, me despierto y me veo obligada a aterrizar en un planeta desconocido, el miedo me hace recuperar la razón, me arranco los trozos de metralla que me mantenían atrapada en el coma y renazco como lo que parecía ser, ¿una puta tal vez? Hasta que me quito el antifaz y todos se apartan de nuevo. Cuando, con dieciocho, participo en la película, nadie se ha atrevido todavía con mi cuerpo, pero en los foros mis manos se han viralizado.

El director, que tiene novio, me mira de arriba abajo, pone cara de asco, no sabe qué ven en mí, aparte de que soy abrumadoramente guapa, y me invita a irme a vivir a su gran casa, ahora que soy mayor de edad, una casa por la que desfilan personas que viven vidas extrañas, que han decidido no reproducirse, pero sí cambiar de sexo o unirse al mismo sexo. Dicen que el mundo es un lugar lleno de dinosaurios cuyo único objetivo es poner huevos y seguir poblando el planeta con su descendencia. Si yo entraba a formar parte de su mundo, tenía que deshacerme de los ovarios.

Tomé la decisión con diecinueve años. Se lo dije a mi padre. Me dio otra de esas hostias que me obligan a llevar una máscara, pero esta vez no fui a la discoteca, sino a una de esas fiestas que organizaba el director de cine con sus amigos, donde me estrené con una de esas sustancias prohibidas que llaman ‘El Espíritu de Dios’. Por la noche, fue como si me hubieran arrancado toda la piel y me la hubieran vuelto a colocar después de dejar un rastro de sangre interminable, como si después de tomar aquella poción una bomba nuclear hubiera estallado en mi corazón, me hubiera reventado las neuronas, provocando emociones como supernovas que crean estrellas y planetas, tan profundas que atraviesan la tierra y salen por el otro extremo levantando el Himalaya, un amor tan hiriente y delicado como la hoja de papel que corta el ojo y la sensación de que mi cuerpo se había desmembrado como una flor cuyos pétalos salen volando cuando sopla el viento en un lugar maravilloso.

Publicado en Todos los futuros | Deja un comentario

SEGUNDO PRÓLOGO CUÁNTICO

Segundo prólogo de Los caminos de la conciencia, el libro en el que hago un viaje a través de la conciencia de la humanidad, siguiendo a los guías espirituales más importantes, no solo de la historia sino también en la actualidad. Todos han tenido multitud de seguidores a partir de unas ideas que trataban de explicar la realidad. Mi propósito es construir una superficie sobre la que todos esos caminos se unan, como también que, después de leer este libro, tu percepción sea distinta y, a la vez, más amplia.

En este prólogo, antes de adentrarme en las diferentes creencias espirituales, muestro, en un parpadeo que luego ampliaré, los mecanismos que podrían esconderse detrás de nuestra realidad. No importa si alguien los ha creado o han surgido de una nada poco plausible, se trata de mostrar el armazón que hace que todo sea posible.

CON UNA CANCIÓN DE AMOR

El mundo cuántico se encuentra a una escala muy pequeña en relación con el nuestro. Es como si nos acercáramos tanto a la televisión que pudiéramos mirar a través de los píxeles para descubrir que hay una realidad que no tiene nada que ver con lo que estábamos observando.

Imaginemos que vivimos en un mundo que funciona de la misma forma, encendiendo y apagando los píxeles para dar sensación de realidad, y que nosotros somos esas luces de colores que se iluminan y desplazan de un lado a otro de la pantalla. Dado que una pantalla tiene solo dos dimensiones, la televisión en la que estamos metidos tendría que ser una superestructura tridimensional formada por diminutos tetraedros encajados unos con otros que se extenderían en todas direcciones hasta los límites del universo. La dimensión de cada uno de los lados de estos pequeños píxeles con forma de pirámide triangular sería el cuanto de Planck (cerca de 1,6 x 10-35 metros), la unidad más pequeña que se puede medir sin abandonar la realidad y meternos de lleno en el universo cuántico, donde las leyes no son las mismas que en el nuestro.

Estos poliedros de cuatro caras se encenderían y apagarían a gran velocidad, como ese océano de pixeles por el que nos movemos, dando la sensación de movimiento. Si siguiéramos profundizando y nos metiéramos en los píxeles, el mundo cambiaría y se volvería cuántico, ya no sería nuestro mundo ni respetaría nuestras leyes. Eso es algo que no queremos hacer, porque perderíamos nuestra identidad. El intervalo temporal de cada imagen, es decir, la rapidez con que se encienden y apagan los píxeles ―en una película, se sustituye un fotograma por otro cada 0,04 segundos para dar sensación de fluidez―, sería el tiempo de Planck, la unidad de tiempo más pequeña que se puede medir dentro de nuestro universo, 5,39 x 10-44 segundos. Esto nos da la imagen de fluidez sin fisuras que conocemos y permite que se produzcan todos los fenómenos naturales con una cadencia perfectamente reconocible.

A una escala más pequeña que la del píxel, aparece otro mundo donde una multitud de partículas y entidades energéticas no están sometidas a las mismas leyes que nosotros, pueden existir en diferentes estados a la vez, estar aquí y allí al mismo tiempo y comportarse como una onda y una partícula a la vez. Quienes defienden que la conciencia tiene el poder de cambiar la realidad piensan que se puede incidir en esa dimensión o que la conciencia se encuentra todavía más allá de este estado, en una escala aún más pequeña en la que no existen dimensiones, y que de esta conciencia emerge todo lo demás, un aparente caos energético que empieza a tomar forma a medida que adquirimos una cierta distancia y la perspectiva necesaria.

Cuando nos elevamos hasta el mundo de las macrodimensiones, descubrimos que, de aquel caos, surge el ala de una mariposa de brillantes colores donde antes no podíamos siquiera discernir dónde estaban las partículas y en qué dirección se movían. La verdad es que, por muy quieta que se encuentre el ala de la mariposa en una mañana sin viento, en su diminuto interior, la movilidad supera nuestra capacidad de percepción y, a la vez, si lográramos introducirnos en su interior, nos sentiríamos como en el vacío entre las estrellas, solo que esas estrellas serían partículas cuya naturaleza todavía no hemos acabado de comprender. Por otro lado, muchas de esas partículas se moverían a nuestro alrededor como si fueran a la vez viento y arena, y la arena pudiera tener formas de moverse que no podemos percibir. El ala de la mariposa se habría convertido en un pequeño y a la vez inmenso universo consciente o, todo lo contrario, una entidad carente de lo que nosotros, con nuestras limitadas capacidades, entendemos por conciencia.

Los físicos han descubierto que esa parte del universo con tanto espacio vacío y unas leyes físicas diferentes puede reproducirse a muy bajas temperaturas en nuestra parte newtoniana de la realidad, cuando, teóricamente, detenemos el movimiento, y han creado superconductores por los que los electrones se desplazan sin perder energía a temperaturas cercanas al cero absoluto. Este es el primer problema para creer que la conciencia existe en esa dimensión, porque, aparentemente, se necesita cierta temperatura para que el cerebro dé lugar a la conciencia, y no es posible en el frío absoluto. Por esta y otras razones, los científicos explican la conciencia como el resultado de la actividad eléctrica del cerebro y los procesos bioquímicos asociados, que funcionan creando gigantescas bases de datos gestionadas mediante redes neuronales que actúan por grupos y permiten el intercambio de ideas, dando lugar al pensamiento.

En el laboratorio, podemos crear neuronas sintéticas ―encendido/apagado―, pero no podemos hacer todavía que cien mil millones de neuronas, ni siquiera unos pocos millones, actúen de forma sincronizada compartiendo datos y debatiendo cuál es la mejor respuesta ante un problema a partir de la experiencia, con la capacidad de crear y equivocarse. El futuro ordenador cuántico tendrá el tamaño de una caja de cerillas y podrá hacer trillones de operaciones en un microsegundo, y aun así, no se parecerá a la mente humana.

Lo que parece cierto es que el cerebro tiene prisa, y eso nos viene de vivir en un mundo competitivo en el que, quien no se mueve lo bastante deprisa, sirve de alimento. Aun antes de que acabemos de recibir de forma consciente la información que necesitaríamos para poder tomar una decisión, el cerebro ya se ha formado una idea, ha reconstruido la realidad y nos ha dado la oportunidad de actuar en consecuencia: eludir el ataque del depredador o el enemigo humano y correr sorteando todos los obstáculos que apenas percibimos a nuestro alrededor, pero que adivinamos y construimos mentalmente a partir de la memoria y la experiencia.

Heredamos un cerebro desarrollado en la lucha por la supervivencia. Somos conscientes de que existimos porque asignamos significados y valores a los diferentes estímulos procedentes del medio en que nos movemos ―a través de un espacio y en un tiempo determinados― merced a las distintas experiencias perceptivas.

Los neurólogos no saben muy bien cómo crea el cerebro esas imágenes, aunque pueden ver como se encienden y se apagan las neuronas en las tomografías, y cómo algunas zonas del cerebro se iluminan cuando sienten emociones o cuando sueñan o resuelven una ecuación matemática. Los neurólogos son deterministas y están fuertemente aferrados al mundo newtoniano; para ellos, no hay ideas en el universo cuántico, no hay nada más que una dimensión dentro de otra dimensión inmersa a su vez en otra dimensión que no nos pertenece y en la que no podemos existir, como la pantalla del televisor vista con un microscopio. ¿Dónde se ha ido nuestra serie favorita si nos quedamos mirando el contenido de un solo píxel?

La neurología cuántica sugiere que la mente humana funciona de una forma tan eficiente que no puede valerse únicamente de las leyes físicas clásicas, que tiene que haber algo más allá, como lo que se quiere obtener de un ordenador cuántico, en el que ya no hay ceros y unos, sino la superposición de distintos estados que se van a manifestar de una forma u otra cuándo y cómo sean requeridos por su entorno.

Hay quien piensa que el cerebro funciona como una serie de ordenadores en paralelo, no en modo cuántico. Sin embargo, yo he visto un supercomputador funcionando como tres mil ordenadores en paralelo y puedo decir que no hay nada más lejos de la conciencia en el hecho de que cada uno de ellos ejecute una operación y otro de ellos unifique el resultado, es como esperar que una batidora adquiera conciencia del hummus que está produciendo al triturar garbanzos con aceite, ajos, sésamo y zumo de limón. Una batidora jamás sabrá lo que está haciendo.

 

Publicado en Todos los futuros | Deja un comentario

Anna y sus hermanas

Querido papá: No sabes cuánto echo de menos nuestra casa, con el oro negro de aquel suelo, el chernozem, donde puedes hundir un palo hasta el mango sin esfuerzo. La tierra que los rusos quieren quitarnos. Pero yo no nací para vivir en el campo, y soy fuerte, así que me dejé llevar por Mijaíl, el cazatalentos, a Barcelona, donde —ambos sabemos cuáles eran las condiciones— sin apenas hablar el idioma me puso a trabajar como acompañante en uno de los mejores hoteles de la ciudad. Aprendí castellano y catalán enseguida porque muchos de los clientes eran godos o carolingios de lo que fue la vieja Marca Hispánica, surgidos de los profundos valles pirenaicos. Ya te explicaré en otra ocasión lo de esos neandertales adinerados.

En ese periodo, me vendieron seis veces como si fuera la Venus de Botticelli. Tú no sabes lo fácil que es recuperar la virginidad en esta ciudad. Hay unos médicos formidables y la administración pone todos los medios a su alcance para que ciertos siervos del diablo se crean dioses mesopotámicos.

Al cabo de un año, el nivel alto, el de los ejecutivos que vienen a los grandes hoteles, ya no pudo ser, se notaba demasiado que la fruta había madurado, así que pasé me llevaron a los yates, donde íbamos en grupo ucranianas, rusas y bielorrusas. Lo de las rusas tenía mucho morbo, porque a muchos hombres les gusta enfrentarse al mal desde una posición de fuerza, así que, cada vez que había un bombardeo con muchas víctimas en Ucrania, las rusas eran las preferidas, para dejarse vencer en las pequeñas batallas antes de la victoria final. Yo he pasado por rusa muchas veces, porque los catalanes no ven la diferencia mientras hables una lengua eslava y luzcas piernas largas y blancas.

En los barcos, también grabábamos unas películas de sexo duro para las que tomábamos drogas y anestésicos locales que no nos dejaban sentir nada, mientras nos gritaban: «No pongáis esa cara, por favor, quiero un poco de pasión, da igual que sea de placer o de dolor». En tres meses, hicimos unas cien películas, entre fiestas y sueños húmedos, curas y trances hipnóticos, hasta que el desgaste aconsejó un descanso en uno de esos balnearios donde te rejuvenecen.

A la vuelta, me metieron en el primero de una cadena de burdeles que llaman Paraíso, y que están numerados. Cuando se enteraron de que tenía veintidós años arrugaron el ceño, porque en los vericuetos más recónditos había chicas rumanas de dieciséis, que me contaron que no hace muchos años en Barcelona se exponían con bata de estar por casa, sin maquillaje y sin nada debajo, en la Ronda de San Antonio, para un polvo rápido. 

Pasé un año en el Paraíso Uno. Cuatro barras, media docena de niñas perreando todo el día en los barrotes de las jaulas. Allí, los clientes se sentaban a las mesas y tenías que abordarlos con educación. Eran gente adinerada y bien educada, de esos que quieren que les des tu opinión sobre la liberación sexual durante la Revolución francesa, o que les expliques eso que decía Wittgenstein de que la realidad es como es, pero podría ser otra, cuando esa otra es lo que les interesa. En definitiva, papá, gente con poder que lo que quiere es sentirse humillada. Estos últimos buscaban esas que llaman amantes crueles, ya sabes, tortura refinada, clavos en el escroto y demás delicatessen que gustan a quienes tienen poder, que durante el día ven cómo sus empleados obedecen sin rechistar y por la noche quieren ser humillados por un superior imaginario que los encierre en una jaula o los cuelgue del cuello hasta el desmayo. Me hubiera gustado saber qué harían encerrados en una casa durante un bombardeo, como lo hemos padecido nosotros, imaginando que una bomba les arranca una pierna o un brazo.

El caso es que hace diez meses conocí a un policía —aquí los llaman mossos— que frecuentaba el local por los contactos. De la brigada de información, de esos que espían al Estado para acusarlo después de espiar a los políticos locales; bueno, el caso es que le gusté, un día en que no había esnifado porque tenía en carne viva la nariz, me temblaban las piernas y se me quebraba la voz. Ya me conoces, tengo esa cara triste que gusta a muchos hombres, los párpados caídos, los ojos de color caramelo, el cabello revuelto y oscuro, la piel muy blanca. Me ve delgada y languideciente, le miro como si fuera el hombre de mi vida, y va y me promete sacarme de allí, porque aquella gente le debe muchos favores.

Yo me habría acostado con cientos de hombres a los veintitrés, y aun así tenía una deuda descomunal con Mijaíl: el alquiler, las comidas, la droga, los vestidos, la protección y no sé cuántas cosas más que me recitaba cuando intentaba encontrar una razón para irme del burdel. Así que no me importaba querer o no al hombre que me librara de aquellas obligaciones.

Unos meses después, cuando yo ya estaba en el Paraíso Dos —chicas con ADN incorporado de más de quinientos donantes de semen—, Albert me lleva a cenar a uno de esos restaurantes donde los policías no pagan y los propietarios se desviven por servir los mejores platos y el mejor vino, aunque para mí, que llevaba tiempo bebiendo a sorbos cava de diez euros con patatas fritas de bolsa con los clientes, cualquier cosa me supiera a néctar de las mejores flores.

El caso es que Albert me pidió en matrimonio, porque le acababan de nombrar comisario, tenía un buen sueldo y muchos apaños, y se estaba comprando una casa en la Costa Brava para celebrarlo, así que acepté con la condición de que nos casáramos inmediatamente. Por eso no te invité a la boda, papá. La buena noticia es que me instalé en la casa de la playa, en un acantilado precioso, con una cala sensacional debajo, cerca de Playa de Aro, y, aprovechando que Albert estaba en un congreso de policías en Seattle, con maderos de todo el mundo, organicé una fiesta con los viejos amigos, Mijaíl, Nikolái, Teddy, Terek y demás morralla. Todos tenían casas por allí, y necesitaban una grande, como la mía, para encerrar e iniciar a las nuevas partidas que estaban llegando de países donde había conflictos. Así que organizamos la muerte de Albert.

A cosa hecha —los suicidios de policías no figuran en los medios—, heredé la casa y la cedí a la organización a cambio de controlar las entradas y salidas de las nuevas. Solo había que pagar un tanto a los políticos locales y poner a su servicio a unas cuantas vírgenes de vez en cuando.

Ahora, papá, ya puedes venir a Barcelona. Te he comprado una casa en el Paseo de Gracia, muy cerca de uno de esos monumentos modernistas que tanto gustan a los turistas. Puedes traer a mamá y a mis hermanas. Ellas no tienen que pasar por lo que yo he pasado. Quiero que tengan una buena educación y trabajen en lo que quieran.  A estas alturas, tengo tantos contactos que puedo conseguir lo que me apetezca, lo que queramos, papá.

A estas alturas, papá, te lo repito, somos los amos del mundo. 

Te quiere, tu hija Anna.

Publicado en Todos los futuros | Deja un comentario

Es imposible morir en el Himalaya

Me sentía mentalmente desahuciado, pero no pensaba morir en la cama, envenenado como Stefan Zweig, por un mundo que había enloquecido. El planeta entero estaba a punto de convertirse en un caos, sin comida, sin luz, sin agua ni redes sociales a causa de una terrorífica guerra nuclear, pero nadie parecía saberlo todavía. Quería morir como Oliver Reed en Mujeres enamoradas, alejándome por un glaciar en el blanco infinito, o entre los hielos del polo norte, como en La tienda roja, una muerte dulce, un agradable sueño, como cuando te anestesian y es como si Morfeo te cerrara los ojos y te adentrases sin quererlo en un infinito de negritud sin pensamientos.

Quería morir a lo grande, y decidí hacerlo ascendiendo al Everest. ¿Qué mejor lugar que a ocho mil metros de altura, sin apenas oxígeno, caminando entre ventisqueros en los límites de la atmósfera? Podía haber saltado desde un avión y haberme desprendido del paracaídas. Pero quería que lo último que vieran mis ojos fuera una pared helada, la encarnación de un lugar inhabitable, como podían haber sido las arenas del Sahara o las profundidades oceánicas.

Me llevaron en helicóptero hasta el campo base, tiempo durante el cual cerré los ojos para recordar momentos agradables y no tan agradables de mi vida. Había sido siempre un académico, profesor de historia contemporánea, especializado en la revolución rusa y la segunda guerra mundial. Había dirigido varias tesis sobre Hitler y Stalin, y en todas se desvelaba la realidad del ser humano. Estábamos a punto de volver a cometer los mismos errores, pero no eran errores, era nuestra naturaleza manifestándose en todo su esplendor. El mundo está lleno de asesinos y de héroes. En el momento de alcanzar los siete mil millones de habitantes, la victoria parece ser de los héroes, pero ahora se equivocan y abocan el mundo al desastre. Y no quería, no deseaba vivir esa experiencia.

Debido a mi avanzada edad, en el campo base me asignaron dos sherpas. Me ataron a uno por delante y a otro por detrás, me dieron una bombona de oxígeno y me colocaron en una cola de quinientas personas que empezó a movilizarse antes del amanecer. Puesto que ante mí solo podía ver las botas de mi predecesor, su vestimenta encarnada y un suelo blanco que abarcaba todo el entorno, tuve tiempo de pensar en mis alumnos. Uno de ellos llegó a director del Centro Nacional de Inteligencia; otro, se convirtió en mi mujer y me dio dos hijos. De estos, uno de ellos trabaja en una ONG en la Amazonia, tiene seis hijos que no conozco. El otro es astronauta, se ha ido a vivir a la base permanente de la Agencia Espacial Europea en la Luna. Mi mujer murió hace dos años en un viaje a Nueva Zelanda, en un accidente de tráfico. Entonces, dejé la enseñanza, muy cerca de jubilarme. Escribí un libro sobre la conciencia humana sin poderme quitar de la cabeza las hordas de cosacos que luchaban por la libertad en las estepas de Ucrania y violaban a todas las mujeres de las localidades que liberaban. Una vez publicado, empecé a buscar formas de matarme, pero siempre encontraba una razón para esperar: una alteración climática que pusiera el mundo patas arriba, la primera bomba nuclear que nos sentenciara a todos a convertirnos en polvo. Y empecé a gastar disparatadamente: una botella de Macallan de cinco mil euros, dos prostitutas rusas para que me acompañaran en un crucero por el Ártico a las que me gustaba ver cómo se besaban y bebían una botella tras otra de Dom Perignon. Cuando solo me quedaban cien mil euros contraté este viaje al Everest.

En aquel ascenso interminable, el sherpa delantero tiraba de mí con una precisión matemática, unido a una larguísima cordada que marcaba la montaña como un hilo de sangre desde la cima hasta el campamento. El que tenía detrás me empujaba con las manos a la espalda. Yo trataba de escapar, de saltar al vacío en busca de aquellos bloques de hielo que veía brillar en la distancia, bramaba dentro de la máscara, me retorcía en aquel infierno en el que no había vuelta atrás porque me arrastraban como si formara parte de una cadena de condenados. En un momento dado, pensé que aquella línea que trazábamos era una grieta abierta en la montaña por la que emergían las llamas de un volcán. Dentro del traje, sudaba, pero habría bastado con quitármelo para morir a los pocos segundos. Me revolví contra las ataduras, pero ni siquiera podía desenvolverme con las manos enguantadas.

Fue entonces cuando miré al cielo y vi aquel azul profundo, meteórico, y me acordé de mi hijo lunar, que se había casado con una chica de Mongolia que también se había convertido en selenita, y descubrí, en aquel cielo que se oscurecía como las profundidades del mar, una razón para vivir. Aquel cielo no terminaba en las profundidades fangosas del océano, sino que era una puerta abierta a un universo interminable, y me di cuenta de que solo estaba ahí para nosotros, para que pudiéramos verlo y nos sintiéramos parte de él.

Tras dos horas de espera al final de la cordada, coronamos la montaña, me arranqué la mascarilla y las gafas y tardé pocos segundos en marearme, mientras sentía crecer en mí cierta sensación de pertenencia, no a un planeta, sino al universo. No podía dejar de mirar las estrellas, que brillaban en pleno día… “Señor —me dijo el sherpa que me empujaba, mientras me enseñaba el teléfono móvil que llevaba envuelto en plástico—. Es un mensaje de su hijo”.

“Te estoy viendo, padre, desde la Luna. Hemos enfocado nuestro telescopio a la cima del Everest cuando hemos sabido la hora de tu coronación. Bienvenido al universo. Te quiero”.

Se me doblaron las piernas de la emoción. Me coloqué la mascarilla y las gafas, apartando las lágrimas congeladas. Inicié el descenso con prisas porque tenía ganas de volver, y ya me imaginaba en la Amazonia, porque ahora quería conocer a mis seis nietos, dejarme acorralar por los mosquitos, navegar por un río donde los delfines de agua dulce me dieran la bienvenida y vivir en una cabaña. Me compraría una casita en la selva e iniciaría un proyecto sostenible con la gente, porque ahora, Hitler y Stalin se habían desvanecido en mi mente, como hizo el vapor de las lágrimas en cuanto me pude quitar las gafas en el campo base. El helicóptero ya se estaba llevando a Katmandú a los que habían coronado primero. Mi destino estaba en Manaos, y luego el infinito esmeralda desde el que contemplaría la Luna y la Vía Láctea.

Publicado en Todos los futuros | Deja un comentario