El vigilante bajo el brazo

La vida es como el asta de un toro que te pasa lamiendo el corazón.

Afortunadamente, mi vigilante es de cuarta generación; es capaz de segregar las sustancias que necesito para sobrevivir durante varias horas. Si es necesario, reducirá las funciones vitales de mi cuerpo en un ochenta por ciento mientras avisa a un centro médico.

Naciones Unidas reguló el uso del vigilante hace un decenio en todas las entidades políticas existentes en el mundo. El envejecimiento de la población hizo que a finales del primer cuarto de siglo empezara a implantarse como norma en los ancianos con riesgo de padecer una afección cardíaca. Hacía veinte años que se aplicaba un sistema parecido en las personas que llevaban un marcapasos, a los que se realizaba un seguimiento a distancia desde el hospital.

En la segunda mitad del siglo, el vigilante empezó a implantarse por diferentes causas en enfermos de cualquier edad y a todas las personas con más de setenta años que lo solicitaran. Su objetivo era proteger de alteraciones que pusieran en peligro la vida de sus portadores. El avance definitivo se produjo cuando una empresa americana derivada del imperio Apple, denominada Vitruvio Systems, empezó a ofrecer vigilantes conectados a un superordenador que controlaría exhaustivamente todas las constantes vitales de sus clientes. La información obtenida se entregaría a la red médica en que estuviera inscrito el individuo para que tomara las medidas pertinentes en beneficio de su salud.

Vitruvio Systems no tardó en ofrecer centros médicos propios en las grandes ciudades, y otras empresas, como Sony o Samsung empezaron a proveer de vigilantes cada vez más avanzados. Los primeros se implantaron en la parte interior de los brazos, pero la tercera generación ya se instalaba en la nuca y tenía una conexión directa con la médula espinal. En esos momentos, no sólo se rastreaban todos los indicadores conocidos de cáncer y de las enfermedades genéticas a las que estuviera expuesto el paciente, sino que el vigilante podía estimular la segregación de hormonas defensivas, dándole órdenes programadas al cerebro del paciente.

This Afghan girl lives near Tora Bora, High in the mountain

El vigilante que yo llevo, un Vitruvio de cuarta generación conocido como Julio César, tiene la capacidad de fabricar medicamentos a partir de las sustancias
que hay en mi propio cuerpo, además de cumplir con todas las funciones anteriores. Lo mejor de todo, en cualquier caso, es que yo mismo puedo hacer, con un simple ejercicio mental, que elimine cualquier dolor de mi cuerpo; puedo hacer que me excite o que me adormezca como si estuviera en brazos de un amante complaciente después de una noche de placer.

La regulación del vigilante hizo que a todos los niños del mundo se le implantara uno al nacer. La evidencia de que llevar uno de estos aparatos reducía el riesgo de padecer enfermedades y alargaba la vida hizo que muy pronto se considerara un derecho de todo ser humano. El que yo tengo me proporciona una identidad universal que me hace único en el mundo. Naturalmente, hubo una serie de individuos que se negaron a llevarlo y a implantarlo en sus hijos, pero no pudieron evitar verse marginados, puesto que sin un vigilante nadie te daba trabajo ni podías desplazarte.

No todo son ventajas, claro, hace mucho tiempo que la ingeniería genética ha descubierto que en todo código genético hay una infinidad de indicadores que determinan el futuro de cada individuo. La mayoría se mueven en porcentajes de poca fiabilidad, pero aun así los vigilantes están programados para buscarlos en los recién nacidos y, a pesar de la supuesta confidencialidad de los datos, las grandes corporaciones siempre se las arreglan para averiguarlos.

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1 Response to El vigilante bajo el brazo

  1. Avatar de Nuria Viver Nuria Viver dice:

    Me gustan tus relatos, Teo, a ver si escribes más.
    Nuria

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