La mente en una nube

He soñado que viajaba a una ciudad lejana, en el futuro. La ciudad estaba construida en gran parte sobre agua transparente. Eran las dos de la madrugada. Por todas partes, grupos de mujeres bailaban de forma sincronizada, en los portales, en las plazas que no estaban inundadas, con una luz azul, de luna bajo el agua, de escenario hecho de esmeraldas.

Han pasado cien años, se han superado muchas etapas y una nueva raza de seres humanos puebla el universo. Los niños nacen en una esfera. Los seres humanos no tienen más fecha de caducidad que la que su estado mental, condicionado por sus vivencias, pueda aguantar. En los planetas nido en que se nace, nadie sabe cuántos años va a vivir, porque cuando las personas alcanzan cierta edad siguen su camino en otro lugar del universo y las mareas del tiempo no permiten volver la vista atrás.

Al nacer, con el cerebro plenamente desarrollado y una serie de conocimientos instalados, se vive en una especie de santuario durante varios años y, a continuación, se realiza una importante ceremonia en la que se celebra la elección del sexo. Los andróginos eligen el género con el que van a enfrentarse a la vida en una serie de mundos protegidos en los que la muerte es un riesgo calculado. La mayoría se inclinan por un cuerpo femenino, pues en estas primeras etapas de la vida están más dotados para descubrir el placer y gozar de la belleza que van a descubrir. Después de un tiempo indeterminado, que depende de cada individuo, se realiza otra ceremonia en la que se cambia de sexo de nuevo y las mujeres se convierten en varones. De este modo, las mujeres de la primera etapa siempre se relacionan con hombres que han sido doncellas anteriormente.

Un tiempo después, la mayoría de los varones eligen los viajes espaciales de larga duración que incluyen la pérdida del género, como en las primeras etapas de la vida, a cambio de la conquista y el descubrimiento de nuevos mundos entre el infinito número de ellos que hay en el universo. La pérdida de género implica la asunción de nuevos cuerpos que estarían adaptados a las condiciones físicas de los nuevos planetas; las posibilidades son infinitas y la condición adquirida no es invariable ni inmutable; se adquieren nuevas perspectivas, nuevos deseos, nuevas formas de integrarse en la inteligencia única que no implica la pérdida de la conexión con la materia, como sucedía en la antigüedad, en que cualquier retorno a la vida significaba la pérdida de la memoria y un nuevo comenzar.

Los inicios de este largo camino se suelen fechar en 2035, cuando el centro de investigación Aurora, con sede en Barcelona, presentó un protocolo que permitía a una máquina muy sencilla interpretar cualquier pensamiento humano. Leviatán era el resultado de un largo camino; interpretaba a la perfección la descarga energética relacionada con la actividad neuronal del individuo. Después de realizar millones de resonancias magnéticas había obtenido un corpus del funcionamiento del cerebro que, una vez invertido, dotaba a una máquina de la misma capacidad de interpretación que un ser humano.

Gustavo Aliara fue el primer ser humano en ver su cerebro trasplantado a una máquina. La finlandesa Anita Rovaniemi fue la primera en integrar su mente en una máquina y demostrar que sus capacidades mejoraban notablemente. Los ordenadores conscientes empezaron a utilizarse para sustituir partes dañadas del cerebro de personas que habían sufrido embolias o accidentes. Primero, para activar elementos mecánicos añadidos al cuerpo y, desde el descubrimiento del neuromón Luria, para formar parte del propio sistema nervioso. En el año 2050, el 80 por ciento de los habitantes del planeta tenían sus capacidades aumentadas.

En el año 2125, el cuerpo dejó de ser una cárcel. El universo volvió a convertirse en un lugar prístino, después de la intensa modificación impuesta por el poder de la mente humana cuando esta llegó a controlar la materia.

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