El último libro

El último libro de papel se imprimió en Malmö en 2043. Desde entonces, únicamente se han hecho impresiones para coleccionistas. Este texto no es más que una impresión de mis pensamientos y una vuelta atrás en el tiempo para que mis antepasados puedan leerlo.

Después de 2025, sólo los románticos se atrevían a abrir un libro encuadernado en papel, a sujetar las páginas con los dedos, a buscar con el tacto los poros del papel, el relieve apenas existente de las letras, tratando de absorber el contenido de los textos, el color de las puestas de sol, el paso de los caballos, la sangre tras la mordedura del león, el calor de la pasión y el frío del desengaño.

En 2020, la mayoría de los libros eran electrónicos. Ya no había que aguantar encuadernaciones apretadas con las manos. Las palabras bailaban sobre un cristal que podía hacerse transparente a voluntad. Durante un tiempo, los libros hablaron. Como las computadoras, respondían a las palabras, leían con voces maravillosas o dejaban leer en silencio los huecos de las letras, sus trazos vibrantes. Podías preguntarle al libro cualquier cosa, y él te la mostraba o respondía en voz suave y confidencial para no distraer la continuidad de la lectura.

En 2022, Adamsberg escribió el primer libro que podía leerse con los ojos cerrados. Discurrió una corta etapa en que las palabras se movían al hilo de la lectura y el libro proporcionaba referencias  e información si el lector dudaba o tenía un interés determinado; por ejemplo, si la memoria no recordaba un personaje, no necesitabas preguntárselo al libro. Durante un año se estuvo abriendo un pequeño bocadillo, uno de esos letreros que mostraban información con una flecha indicando el personaje; luego, una vocecita vino a recordar tal o cual hecho anterior o una peculiaridad de la persona, y por último, cuando empezaron a realizarse implantes en el cerebro, la idea nacía con naturalidad, el paisaje se formaba solo en la mente, el mueble, el pariente, el sabor del vino, el olor de la flor, el tacto de la piel o la madera, el cuero, hasta que, con el tiempo, llegó a sentirse la ferocidad de una mirada, la seducción, la indiferencia, y las rosas estallaban en la boca del lector, como la moras o la sangre.

Pero el libro no dejó de existir,  se hizo aire, y las palabras fluyeron directamente hacia la conciencia del lector. Bastaba con cerrar los ojos para que un río de conversaciones, un torrente de palabras se superpusiera a los lugares, el libro hecho teatro, hecho cine, hecho realidad pero con palabras, letras que se resistían a desaparecer, como las notas musicales que el entendido ve escritas en su mente cuando escucha una sinfonía. La pureza de las letras para unos y, para otros, las imágenes descarnadas, pero siempre las letras metidas en una máquina dispuestas a invadir la conciencia con expresiones tan difíciles de ilustrar como la curiosidad.

Hasta que, en 2040, la curiosidad pudo encerrarse en una botella y destaparse en la conciencia sin las letras que la acompañaban. Hacía tiempo que escribir un libro era un proceso compulsivo, que obligaba a sentir todas las emociones, a ver todos los colores y sentir todos los sabores. Ser escritor en la tercera década del siglo veintiuno no tenía nada que ver con serlo en el siglo veinte o a principios del veintinuo, en que los autores podían tenderle trampas al lector con el simple uso de las palabras, pero sin implicarse.

En 2045, el autor entregaba una parte de sí mismo, como habían hecho antes los grandes escritores. Los libros creados de este modo empezaron a distribuirse en pastillas de memoria que viajaban por las redes y que se trasladaban al cerebro con una sola mirada. Durante un corto periodo de tiempo, la publicidad utilizó esta estratagema para invadir las mentes de sus posibles clientes. Bastaba con mirar a un punto determinado para que un torrente de ideas invadiera tu espacio privado. En un instante pasmoso, sentías el olor de un perfume, el sonido de un motor, el paso del viento, el polvo en la cresta de una duna o la brisa de antes de la lluvia, detenido en el andén de un tren o en un ingrávido vagón, mientras los demás a tu alrededor parecían escuchar una sonata de piano o entrecerraban los ojos molestados por el mismo viento o sonreían ante la visión del mar y sus manos temblaban porque en la punta de sus dedos habían sentido la piel áspera de un melocotón o el frescor de una colonia.

En 2055, la literatura se había convertido en un océano tempestuoso y los libros en los restos de una infinidad de naufragios. Apenas podían captarse fragmentos, esbozos de conversaciones, historias deshilvanadas, sueños interrumpidos que no iban a ninguna parte. Las historias de amor no concluían, los asesinatos no se resolvían; sin movernos, estábamos todos en todas partes, viviendo mil vidas y ninguna a la vez, luchando contra la marea inviolable del tiempo que nos atrapaba en este mundo y en tan escaso periodo de tiempo.

Hasta que, en 2060, Greenwood descubrió la manera de dejar atrás la materia y viajar a otros mundos y, por primera vez, todos los libros que se habían escrito hasta ese momento trascendieron este mundo para hacerse dueños y maestros del universo.

Avatar de Desconocido

About cruzandoloslimites

Es lo que vemos, es lo que somos.
Esta entrada fue publicada en Todos los futuros. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario