Antes de abrir los ojos, un viaje por Armenia

El avión atraviesa el mar Negro de norte a sur, sobrevuela una pequeña parte del nordeste de Turquía y aterriza en Armenia, ese misterioso e increíble país situado en una zona interior entre los mares Negro y Caspio, a caballo de la imponente mole del Cáucaso meridional.

Armenia es un país en desarrollo, en el que unos pocos han hecho fortuna, como en todos los que estuvieron bajo la órbita del Imperio soviético. Media docena de personas (dicen que cinco) poseen la mayor parte de la riqueza del país y controlan la política, el resto depende en gran parte del dinero procedente de los expatriados o de sus descendientes. Se calcula que de los 12 millones de armenios existentes, solo 3,3 millones viven aquí, en un país con una forma y tamaño similares a Cataluña.

Las migraciones de este asombroso pueblo se iniciaron en el siglo XIV, cuando los mamelucos, convertidos al islamismo, conquistaron la región cristiana al sur de Anatolia, que pertenecía a los armenios, conocida entonces como Cilicia.

Fedayines armenias en 1895, en lucha contra el Imperio otomano.

Después de soportar la amenaza turca durante varios cientos de años, Armenia pasó a formar parte del Imperio otomano en el siglo XVI. A finales del siglo XIX se produjeron las llamadas masacres hamidianas, provocadas por el sultán Hamid, “el sultán sangriento”, que se propuso su eliminación durante el auge de los nacionalismos en la región. Los armenios sobrevivieron y se convirtieron en un “pueblo leal” dentro de Turquía, hasta que el gobierno de los Jóvenes Turcos, durante la primera guerra mundial, decidió deportar a todos los armenios que vivían en Turquía. Esto provocó una rebelión y dieron una excusa al gobierno turco para su exterminio. Con la derrota del Imperio otomano, a los supervivientes armenios se les entregó un nuevo país que llegaba hasta el mar Negro, pero la guerra de Independencia turca, en que estos derrotaron a armenios y griegos, volvió a restarles territorio, y les quedó únicamente el ocupado por la Unión Soviética, que corresponde a la actual Armenia.

Tras la primera diáspora provocada por el genocidio turco, los conflictos de Oriente Medio y la guerra civil del Líbano, donde había más de un millón de armenios refugiados, provocaron una segunda diáspora que repartió a los armenios por todo el mundo. La mayor parte se estableció en lo que ahora son Rusia, EE UU, Francia, Georgia, Ucrania, Siria, Líbano, Alto Karabaj, Argentina, Polonia, y cerca de cien mil en diversos países, entre ellos España, Jordania, Uzbekistán, Grecia, Canadá, Australia, Alemania, Brasil y Turquía.

La Armenia actual es independiente desde 1991, tras la caída de la URSS. Desde entonces es un país orgulloso con una historia terrible, que conserva uno de los tres lagos que formaban su reino, el lago Sevan, los altos valles donde se refugiaban durante las guerras antiguas y una parte del altiplano que les perteneció.

Situada entre los mares Negro y Caspio, pero lejos de sus orillas, Armenia se encuentra en Asia Menor, rodeada por Georgia, Turquía, Azerbaiyán e Irán.
Una ruta lógica de viaje nos llevaría desde la antigüedad, que se inicia hace más de diez mil años en los yacimientos megalíticos repartidos por todo el país, hasta el presente, atravesando el rico patrimonio artístico heredado de los primeros siglos del cristianismo, pero el viajero no tiene más remedio que empezar por la capital, Ereván, a diez kilómetros del moderno aeropuerto de Zvartnots, regentado por un argentino de origen armenio, Eduardo Eurnekian, cuyo padre hizo fortuna después de emigrar a ese país.

Como en todos los países en desarrollo, la ciudad está llena de contrastes: modernos edificios y amplias avenidas se abren paso entre las edificaciones de una o dos plantas. Mirando la ciudad desde lo alto, se observan una serie de barrios reticulados a la manera soviética, algunos bloques de pisos y una inmensidad de casas de poca entidad con tejado de chapa arracimadas en manzanas. Podría decirse que en el barrio principal, de forma circular, se abre una nueva ciudad que parece deshacerse de su vieja piel como una serpiente. Ereván o Yereván, como gustan de llamar aquí, quiere parecerse a sus hermanas de Asia central, donde todas las capitales disfrutan de un centro ultramoderno que contrasta enormemente con los barrios populares. Este centro dispone de amplias avenidas, repletas de gente que viene por las noches a disfrutar de las modernas tiendas y los cafés, las heladerías, los restaurantes, la música y, en verano, el espectáculo de luz y sonido que se representa cada noche en la plaza de la República, el gran centro de la Armenia moderna.

Hay varios lugares históricos destacables en torno a la ciudad. Nosotros, para empezar, visitaremos el museo de Historia y la fortaleza que representó la fundación de la capital.

Armenia es uno de los lugares habitados más antiguos del mundo donde se crearon civilizaciones. Durante la edad del Bronce, estuvo asediada por los imperios hitita, de Hayasa y de Mitani, pero el primero en ocupar el territorio armenio fue el reino de Urartu, que se extendía entre los lagos de Van y Sevan, y que tuvo su apogeo en la edad del Hierro, entre los siglos IX y VIII a.C.

En 728 a. C., el rey Argishti I de Urartu fundó Ereván, en una colina desde la que se puede ver una parte de la urbe moderna. De aquel periodo han sobrevivido los restos de la fortaleza y ciudadela de Erebuni, que se encuentra sobre el museo de Historia. La ciudadela conserva las murallas ciclópeas de basalto y poco más. En el atrio, se ha reconstruido una parte del templo de Jaldi, una de las tres deidades principales de Urartu, con algunas pinturas murales en mal estado.

Desde el año 600 a. C., la región estuvo dominada por la dinastía oróntida, que había tomado el relevo de Urartu durante la edad del Hierro, hasta que el paso de Alejandro Magno dejó la región en manos del Imperio seléucida en 428 a. C. Este era mucho más extenso, pues se extendía desde el interior de Turquía hasta la India. En 190 a. C. la región pasó a manos del Imperio romano. Poco después, Armenia consiguió cierta independencia y se fundó la dinastía Artáxida. Su máximo exponente, Tigranes el Grande, gobernaba un reino que se extendía entre el mar Caspio y el Mediterráneo.

Pero Armenia estaba atrapada entre el Imperio romano y el Imperio parto, y acabó dividida en reinos separados por las montañas en una lucha de tronos que acabó dominada por la dinastía arsácida, instaurada por Tiridates I, procedente de Partia, quien no tuvo más remedio que pactar con los romanos. Durante el gobierno de esta dinastía, un cuarto de siglo después y de cambiar varias veces de bando, se produjo la conversión al cristianismo del país en el año 301, la primera del mundo conocido.

Por la tarde, aparcamos momentáneamente nuestro seguimiento de la historia y, en lucha contra el calor de agosto, descendemos por un momento de los muros de basalto y los relieves del museo y nos damos una vuelta por el Vernissage. En este mercadillo al aire libre de antigüedades se pueden encontrar música, iconos, herramientas, pinchos de brocheta largos como espetones para asar el tradicional cordero, tocadiscos antiguos, relojes, cámaras de fotos, camisetas y todo tipo de curiosidades. Sobre una mesa con mapas antiguos, vemos uno a color que indica los lugares y contabiliza los muertos en cada una de las masacres cometidas durante el periodo negro de finales del siglo XIX y principios del XX. Paralelamente, se exponen cuadros de pintores locales, muy coloridos y realistas, que rivalizan con la intensidad de la luz. Las fuentes situadas entra las paradas son visita obligada para refrescarse.

A la mañana siguiente, continuamos con nuestro relato de la historia donde lo dejamos y nos dirigimos hacia un lugar clave en la conversión del país al cristianismo, el monasterio de Khor Virap. Se encuentra en una pequeña elevación en pleno altiplano armenio, en el amplio valle del río Aras, que marca la frontera con Turquía, vigilada por soldados rusos. Al otro lado se encuentra el monte Ararat. En esta colina, en los siglos III y IV, había un pozo excavado en la roca donde estaba encerrado un enemigo político e ideológico de Tirídates III; un cristiano que había decidido evangelizar el país en contra del zoroastrismo vigente, y que luego se convertiría en santo, Gregorio el Iluminador.

Gregorio había heredado la misión de evangelizar el país de los dos primeros santos que vinieron con ese propósito, San Bartolomé el Apóstol, que fue torturado y muerto en Armenia en el siglo I, y san Judas Tadeo, el apóstol de Cristo, cuya muerte es más confusa. En ese mismo periodo, huyendo de Roma, habían llegado a Armenia la que sería santa Hripsime y sus compañeras de congregación, pues el emperador Diocleciano había decidido casarse con la mujer más bella de la ciudad, y resultó ser ella, pero esta pertenecía a una congregación entregada a Cristo que había jurado virginidad. Era tan hermosa, sin embargo, que, al llegar a Armenia, el rey Tirídates III se enamoró perdidamente. Rechazado e incapaz de convencerla, ordenó que torturaran a la madre superiora, la futura santa Gayane, por negarse a interceder, pero sus celosos guardianes se confundieron y torturaron y dieron muerte a Hripsime. Según la leyenda, el rey, enloquecido, se vio afectado de licantropía, y se dice que se convertía en un jabalí sediento de sangre por las noches. Sus asesores le informaron de que solo una persona podía curarlo, Gregorio, que llevaba catorce años encerrado en aquella colina. El futuro santo fue sacado del pozo y se produjo el milagro. El rey, agradecido, se convirtió al cristianismo en 301 y ordenó que lo hiciera el país entero, en una época en que Roma vivía todavía un periodo de persecuciones. Tres siglos más tarde se construiría el monasterio de Khor Virap en el lugar donde estuvo encerrado Gregorio el Iluminador, y en la misma explanada en lo alto de la elevación se construyó la iglesia de Santa Gayane.

Desde aquí se obtiene la mejor vista del monte Ararat, al otro lado de la amplia llanura, en un lugar que perteneció al reino de Armenia y que ahora es, en su mitad occidental, de Turquía. Un campo de viñas separa el monasterio de una franja de tierra de nadie por la que transcurre el río. En la distancia, se alza el coloso volcánico que asciende por encima de los cinco mil metros, coronado por una capa menguante de nieves permanentes. El arca de Noé debería haber quedado varada en una de sus estribaciones, a más de cuatro mil metros de altitud, pero nunca se ha encontrado.

La iglesia apostólica armenia rompió con el Vaticano después del Concilio de Calcedonia, en 451, por una cuestión dogmática. Los armenios, monofisitas, consideran que en Cristo solo existe la naturaleza divina, y no la humana. Sus iglesias están construidas para poner énfasis en la verticalidad, por lo que muchas veces son más altas que largas, y están coronadas en su centro por un tambor cilíndrico con ventanas que permiten la entrada del sol en cualquier posición, cubierto a su vez por un cono puntiagudo. Las iglesias son enteramente de piedra, incluso el techo y la cúpula están construidos con láminas de toba volcánica. A veces se añade una especie de nártex exterior, el gavit, también coronado por una cúpula, como sucede en la iglesia de Santa Gayane.

El pozo donde estuvo encerrado Gregorio el Grande se puede visitar en la iglesia de su nombre; se entra por una pequeña cavidad en la pared del presbiterio y se desciende por una escalera de hierro adosada al muro; su interior tiene la forma de un silo de unos diez metros de profundidad. En la pared, hay un retrato del rey licántropo.

Desde Khor Virap viajamos hacia el sur siguiendo la frontera con Turquía, que pronto se convierte en la frontera con la República autónoma de Najicheván, que pertenece a Azerbaiyán, país que en su mayor parte se halla al otro lado de Armenia. La mayoría de su población es azerí y los armenios que había en ella fueron expulsados después de la independencia de las repúblicas soviéticas. Una guerra con Azerbaiyán por otro territorio conflictivo, Nagorno Karabaj, una región armenia imbricada en Azerbaiyán, acabó en 1994. Seguir la línea fronteriza, puntuada por taludes antitanques, nos obliga a dejar la llanura e internarnos en las montañas caucásicas.

El zapato de cuero más antiguo del mundo, hallado en la cueva de Areni-1.

La bodega más antigua del mundo se encuentra en Areni-1, en el valle del río Arpa.

Zigzagueamos ascendiendo una cadena de montañas cubierta de secos herbazales y nos internamos en la región de Vayots Dzor, cuyas desérticas montañas abundan en monasterios. Descendemos por el otro lado hasta el valle del río Arpa, cruzamos la ciudad de Areni y antes de internarnos en el cañón de Zangezur pasamos junto a la cueva de Areni-1. Aquí se encontró un zapato de cuero con una antigüedad de 5.500 años y una bodega de vino que podría ser la más antigua del mundo, con una prensa, una cuba, restos de uva prensada y tazones de hace 6.100 años de antigüedad. En esta región, que produce vino desde hace tantos años, la viña solo puede crecer en el lecho de los ríos, donde hay agua en el subsuelo, pues la aridez de las montañas es notoria. La razón de la falta de árboles podría tener que ver con el periodo en que Armenia consiguió la independencia, cuando se echó a perder la instalación del gas, que llegaba a todas partes, y sus habitantes se lanzaron a talar los bosques en busca de madera para calentarse durante el largo invierno. Afortunadamente, la omnipresente instalación del gas se ha repuesto y pueden verse tubos al aire libre funcionales por todas partes.

Junto a la cueva de Areni-1 se abre una profunda garganta, el cañón de Zangezur. Al fondo de este cañón se encuentra el monasterio de Noravank, situado a cierta altura en una pequeña planicie. En este lugar excepcional, hay tres iglesias, San Juan el Precursor, San Gregorio y la Santa Madre de Dios. Las tres iglesias están construidas con las mismas piedras que dan forma al maravilloso escenario que nos envuelve, como si ellas mismas hubieran allanado el mirador desde el que uno cree asomarse al inicio de un mundo geológicamente muy joven.

 

Las iglesias se comenzaron en el siglo IX, se terminaron en el XIV y estuvieron activas hasta el XIX. Actualmente son ruinas, pequeñas joyas en un escenario grandioso. Destaca, en solitario, Astvatsatsin, la Santa Madre de Dios, estrecha y con tres pisos, como si quisiera tocar el cielo, con una curiosa y única escalera cruciforme exterior para ascender al segundo piso, coronado por un domo cónico soportado por doce columnas.

Estos templos armenios, de planta cuadrada, más altos que anchos, poseen una energía procedente de la tierra que perciben las personas sensibles, en el vacío dorado de sus habitaciones, en los relieves de las piedras, las cruces, los retratos, los frisos, como si la montaña se hubiera reorganizado para dar forma a las piedras, como si una fuerza superior tirara de ellas hacia el cielo. El espacio que nos rodea es tan inmenso y despoblado que podríamos estar en Marte; bajo el suelo hay espacios huecos donde probablemente se encerraba a los impíos, una especie de conexión energética entre las tres iglesias y el escenario que las envuelve, los enormes escarpes como testigos mudos de los acontecimientos.

Pero el turista es más pragmático que todo esto, y después de percibir las energías acumuladas en las piedras, positivas o negativas según el lugar donde uno se coloque (hay que tener cuidado con los demonios de la historia) se refugia del calor en un restaurante inmediato, de cuyo largo dintel se desprende vapor de agua para humedecer el ambiente y refrescarlo. Esto de pulverizar agua en el aire es una costumbre común en Armenia, en cafés y restaurantes al aire libre, sobre todo en la capital, para combatir el intenso calor y la sequedad de los veranos.

De vuelta al valle, y tras visitar una bodega donde se venden los numerosos vinos del país, volvemos a recorrer el cañón de Zangezur hasta el río Arpa y seguimos su curso hasta cruzar otra cadena montañosa y entrar en la región de Syunik, dominada por el valle del río Vorotán, que la recorre de norte a sur en busca del río Aras.

En la zona alta del río Vorotán, entre las cadenas montañosas de Zagezur y Garabag, se encuentra el embalse de Spandarian, rodeado de amplios páramos herbáceos. Atravesamos una extensa meseta cubierta de cereales y seguimos bordeando las montañas de Garabag hasta el yacimiento megalítico de Zorats Karer, también llamado Karahunj, a unos cuatro kilómetros por encima de la ciudad de Sisian, invisible desde este lugar despoblado.

Karahunj, las “piedras habladoras” en armenio, está situado en un altiplano herbáceo a casi 1.800 m de altitud, y resulta ser un impresionante alineamiento de menhires que se extiende a ambos lados de un crómlech. Con una antigüedad que supera los 7.500 años, estar aquí es como realizar un viaje en el tiempo. En realidad, nadie sabe lo que había en esta pradera rodeada de montañas con la única frontera del lejano cielo. Hacia poniente, una serie de túmulos de enterramiento descienden por la ladera. De las 223 piedras de basalto puestas en pie y alineadas a lo largo de aproximadamente 1 km, que oscilan entre los 50 cm y los 3 m de altura, unas 80 poseen un agujero perfecto de unos 10 cm a través del cual se puede mirar el cielo. Cuando sopla el viento, habla a través de ellas. Dicen algunos estudiosos, entre los que se encuentra Paul Herouni, que podría ser uno de los observatorios astronómicos más antiguos del mundo, pues algunos de los orificios parecen relacionarse con los solsticios y equinoccios. Otros creen que podría ser el frente de una muralla de piedras más pequeñas que han desaparecido, protegiendo la ciudadela que se encontraría en este lugar, un paso casi obligado para los pastores procedentes de los desiertos iraníes hacia las verdes praderas del Cáucaso. Podría haber sido un lugar de caza durante las lejanas épocas en que los grandes rebaños salvajes subían desde los desiertos iraníes a las altas y verdes laderas caucásicas, tal vez un lugar de paso hacia las minas de cobre de Metsamor o el lago Sevan, un buen lugar para quedarse o para morir o ser enterrado. En cualquier caso, un lugar sagrado.

Hoy dormimos en Goris, a unos 35 km del yacimiento. Es una ciudad de 20.000 habitantes, encajada en el valle del río Goris, que desemboca por una garganta en el río Vorotán. Estamos cerca de la frontera con Azerbaiyán y en el paso más corto hacia la República de Nagorno Karabaj, el territorio armenio por el que se produjo la última guerra con el país vecino. Si, en lugar de hacia el este, siguiéramos hacia el sur, en dirección a la frontera iraní, encontraríamos la rica zona minera del extremo meridional de Armenia.

La ciudad de Goris forma una retícula de calles arboladas en el amplio centro del valle, con algunas mansiones de finales del siglo XIX construidas con piedra volcánica, como la mayoría de los edificios de poca altura. A principios del siglo XX fue capital de la llamada República de la Armenia Montañosa, no reconocida, tuvo su auge durante la época soviética, y ahora pierde habitantes, tal vez porque hace dos décadas, sufrió los embates de la guerra con Nagorno Karabaj y sigue siendo ciudad fronteriza.

Esta región extraordinariamente agreste entre Goris y Kapan, la ciudad minera del sur, es más húmeda que el centro del país, recibe unos 500 mm anuales de precipitación y posee abundantes bosques encerrados en los valles y en las empinadas vertientes. Precisamente, en los días que realizamos este viaje, un incendio en tierra de nadie, en los confines cercanos a Najicheván, estuvo ardiendo varios días sin que presuntamente se intentara apagarlo.

La naturaleza del suelo que forma esta región, de toba volcánica, propicia la formación de cuevas y cavidades, que ya se vislumbran en las cercanías de Goris. A unos diez kilómetros en dirección a Nagorno Karabaj, en la carretera de Stepanakert, se encuentra la ciudad troglodítica de Khndzoresk. Estuvo habitada hasta que, durante la época soviética, se hizo vaciar, pues ningún habitante de la URSS podía vivir en una cueva.

Puesto que el pueblo nuevo se encuentra al otro lado del estrecho valle y algunas cuevas todavía se usan, uno de sus habitantes, enriquecido, hizo construir un moderno puente colgante para peatones de 160 m de longitud, que es la principal atracción del lugar. Para llegar a él hay que bajar una escalera de madera construida en la ladera, con miradores a intervalos que permiten observar la belleza del paisaje y los orificios de la montaña. Una vez al otro lado, apenas se puede visitar una de las cuevas, de la que dicen que todavía se usa como corral para el ganado.

Nuestro guía espiritual, Juan Sáez, nos muestra las fuerzas ocultas de la naturaleza.

No se puede entrar en el peligroso entramado en el interior de la montaña, así que seguimos el camino que bordea el río entre una abundante vegetación hasta la vieja iglesia de Santa Hripsime, del siglo XVII. Está abandonada, pero posee un gran encanto, un extraño equilibrio que convierte la belleza de las piedras en un armonioso reflejo del pasado. El eco de las voces proporciona brillantes momentos musicales a capella frente a los iconos de la santa y de Cristo, mientras los rayos de luz trenzan lluvias de diamantes desde las pequeñas ventanas. A un lado, en el fondo de la garganta, gime el arrollo que pronto se convertirá en río.

Nuestro próximo destino es el monasterio de Tatev, al sur de Goris, por encima de la garganta del río Vorotán. Para superar el desfiladero, los suizos han construido un moderno teleférico que parece un desencuentro con el resto del país, una burbuja de modernidad en un país que lucha por salir del atraso. El cable de ‘Las alas del Tatev’supera los 5.000 m de longitud y es uno de los más largos del mundo. Muy cerca del punto de salida, reposan unas cosechadoras de oruga de los primeros días de la mecanización de la agricultura.

El monasterio de Tatev, en el borde del acantilado, fue en su día una importante universidad. Hoy es un lugar en ruinas lleno del encanto de la luz que juega con sus arcadas en salas vacías, en templos oscuros de basalto iluminados por mesas repletas de pequeñas velas temblorosas. Se visitan las iglesias de los santos Pedro y Pablo, la de Santa María, la de San Gregorio, el mausoleo, el museo y la columna pendular de ocho metros conocida como pilar de Gazaván, dedicada a la Santísima Trinidad, que oscila antes de que se produzca un terremoto. También se pueden ver las salas vacías del antiguo monasterio. Desde alguna de las habitaciones, la vista de las montañas es magnífica. Son lugares de reposo y meditación sin igual.

Tras la visita, descendemos hasta el puente sobre el río Vorotán, el antiguo paso hacia el monasterio antes de la construcción del teleférico. Es el lugar más estrecho del valle; aquí, el agua se esconde entre rocas inmensas desprendidas de la montaña. De la pared surgen unas fuentes que han dado lugar a balsas convertidas en lavaderos. Entrar en la superficie gris, asombrosamente turbia, mojarse los pies y luego el cuerpo, en como bautizarse para unos y como una comunión para otros con la naturaleza del país.

Detrás del monasterio, se encuentra la región montañosa que se prolonga hasta Irán y Azerbaiyán, y que encierra importantes minas de cobre y molibdeno, y un centro industrial alimentado con la energía eléctrica del complejo en cascada de las tres centrales hidroeléctricas del río Vorotán. Los descendientes del Imperio persa están muy interesados en proporcionar gas natural a esta industria de la que obtienen sutanciosos productos minerales.

Nuestra estupenda guía, Naira, haciendo una foto de grupo.

Al día siguiente, nos desplazamos de nuevo hacia el norte, dejamos al oeste los alineamientos megalíticos y seguimos la ruta de los antiguos pastores, subiendo a las redondeadas montañas de Ughtasar. En los valles, se cultivan cereales casi hasta los dos mil metros de altitud, luego solo hay prados y volcanes. Ascendemos hasta una loma a 3.300 m de altitud con un grupo de todoterrenos. El aire es tan puro y el sol tan limpio que el uno podría beberse y el otro es como si te tocara la piel con sus dedos astrales. Es un buen lugar para abrazarse.

Cerca de la frontera con Azerbaiyán encontramos las primeras piedras de basalto con dibujos grabados. En la mayoría hay cabras de largos cuernos, no es de extrañar que este lenguaje se llamara ‘caprino’ y que la lengua armenia estuviera inspirada en los cuernos de las cabras, pero también aparecen muflones, caballos, lobos, osos, leopardos y tigres. Parece la obra de gentes que tenían mucho tiempo mientras contemplaban el apacentar de sus rebaños en estos horizontes volcánicos. Hay cientos de rocas esculpidas en las montañas. Los dibujos son tan esbeltos que han sido reproducidos en objetos de arte y en las paredes de algunos locales como representativos de la cultura del país.

No somos más que unos intrusos en el tiempo, como si nos hubiéramos introducido en un cuadro que no es el nuestro, mientras el pastor a caballo, curtido por la altitud, y sus ovejas, pasan y tratan de ignorarnos. El lago se ha formado a causa de una morrena que hace frente a un largo valle. Un grupo de valientes de nuestro grupo ha decidido darse un baño en sus aguas inmóviles, no tan frías como sería de esperar a esta altitud.

Al día siguiente, de vuelta hacia el norte del país, recorremos de nuevo las estepas cerealistas. La Armenia de oro, que cubrirá todo al país en otoño, incorporando los bosques de norte y sur, ya es perceptible en el centro. Los apicultores venden la miel recogida en las colmenas que se distribuyen junto a la carretera, al lado del carromato que las acogerá cuando empiece el frío. Dejamos atrás gasolineras sesenteras, pueblos con edificaciones de una o dos plantas y el tejado de chapa, apilamientos de balas de paja con forma de zigurats, viejas cosechadoras de la época soviética, gasolineras que podrían pertenecer a cualquier lugar de hace treinta o cuarenta años. Las montañas desnudas, de tonos cobre y bronce, se extienden por todas partes como la piel de un dinosaurio gigantesco, crestas y más crestas doradas se suceden mientras ascendemos en curvas cerradas a las montañas de Geghama.

Ante estos paisajes que se agrandan a nuestros pies, es preciso volver a la historia. Cien años después de la conversión al cristianismo de Armenia, en el año 405, se crea el alfabeto armenio, y en el 428, el país cae bajo el dominio del Imperio sasánida, es decir que pasa a formar parte de Persia. En los años que siguen, se produce un intento de convertir a la nobleza al zoroastrismo, pero una rebelión popular encabezada por el héroe Vartan Mamikoian, aunque fue aplacada, permitió la continuidad de cristianismo. Armenia conservaría su religión, pero el poder cambiaría de manos continuamente al encontrarse entre dos imperios, Persia y Turquía. En 640 cae bajo el dominio del califato árabe, en 884 recupera la independencia con la dinastía Bagrátida; en 1045 es sometida por el imperio binzantino y muy pronto por los turcos selyúcidas, pero en ambos casos sus centros de poder están tan alejados que comparten el gobierno con la familia cristiana de los Orbelian.

El caravasar de Selim, también llamado de Orbelian, que encontramos cerca del paso de montaña de Vardenyats, a 2.400 m de altitud, fue construido en 1332 por el príncipe Chesar Orbelian durante el largo gobierno de esta familia. Es una construcción de bloques de basalto de una planta que servía de parada y refugio a las caravanas que circulaban entre Persia y el lago Sevan. Aunque es cristiano, a los lados de la puerta se encuentran dos altorrelieves de un grifo y un toro. Dentro, en una atmósfera umbría apenas iluminada por dos óculos en lo alto de la bóveda curvada, descansaba el ganado, que se colocaba en galerías laterales separadas por un pesebre. A la entrada hay una pequeña capilla donde dar las gracias por poder descansar a resguardo de las noches invernales.

Tras el collado de Vardenyats, un suave y largo descenso nos conduce rápidamente hasta el Lago Sevan, que se encuentra a casi dos mil metros de altitud. Excepto por el lado oriental, sus orillas están relativamente pobladas y bastante cultivadas, a pesar de los fríos inviernos debidos a la altitud, pero también para evitar el intenso calor estival. El lago está rodeado de montañas que superan los 3.000 m. Nosotros lo bordearemos por el oeste en dirección norte, siguiendo la cadena volcánica de Geghama, que asciende suavemente hasta los 3.600 m de altitud y acoge una comunidad de pastores yazidíes en sus vertientes. Al este del lago, se extiende una cadena montañosa casi deshabitada que forma frontera con Azerbaiyán.

Sevan era uno de los tres lagos que formaban parte históricamente de Armenia. Se llamaban “los mares de Armenia”. A principios del siglo XX, el lago ocupaba 1360 km2 de extensión, y en la actualidad ocupa unos 960 km2, debido a la intervención humana durante la época soviética.

A finales del gobierno de la familia Orbelian, empiezan las invasiones mongolas, que duran hasta 1400. Como consecuencia, el país se debilita y los invasores se reparten el territorio constantemente. Entre 1513 y 1737, Ereván cambió de manos catorce veces en las guerras entre turcos y persas. En el siglo XIX, Armenia se divide entre el Imperio otomano y el Imperio ruso, que ocupa la Armenia oriental. En 1860, surge el Movimiento de Liberación Nacional de Armenia y poco después empiezan las masacres. Las hamidianas tuvieron lugar en 1894 y 1896, la de Adana en 1909 y finalmente el genocidio de 1915 con la expulsión de todos los turcos de lo que después de la primera guerra mundial sería Turquía. Con la derrota, el Imperio otomano es dividido y la Armenia oriental pasa a formar parte del Imperio soviético hasta 1991.

La Armenia rusa ocupaba una región muy parecida a la actual, aunque una parte de la llanura armenia pasaría a Turquía tras la primera guerra. En 1905 se produjeron una serie de movimientos revolucionarios en Rusia que provocaron fricciones y más tarde un intento de acercamiento por parte del zar Nicolás. Como consecuencia, en 1910, se plantea bajar el nivel del lago 45 m por la única salida al noroeste, por donde el río Hrazdan drena camino de Ereván y el río Aras. Las obras empiezan en la era de Stalin, y en 1933 se excava un túnel a 40 m por debajo del nivel del lago para alimentar una cadena de centrales hidroeléctricas instaladas en la cuenca del río Hrazdán.

El lago Sevan, visto desde el espacio. A la izquierda, las montañas de Geghama, coronadas por el volcán Azhdahak, de 3.597 m. A la derecha, las montañas que separan Armenia de Azerbaiyán.

El descenso del nivel del lago despejaría varios cientos de kilómetros cuadrados de tierras fértiles en las riberas del lago, que se plantarían de nogales. Sin embargo, los resultados no fueron los previstos y se produjo una catástrofe ecológica. Para detener el descenso irrefrenable del lago y el desastre ecológico consiguiente, en 1981 se construyó un túnel de 49 km desde el río Arpa, al otro lado de las montañas de Geghama, y otro de 22 km desde el río Vorotán, acabado en 2003. El lago descendió finalmente solo unos 20 m, hasta ocupar 940 km2.

Las carreteras que bordean el lago están surcadas a ambos lados por las tuberías del gas, que se elevan formando puentes sobre los cruces. Menudean los pueblos, con casas de una planta y tejados de chapa. En los patios o sobre los tejados planos de los graneros se suceden las pirámides truncadas hechas con balas de paja, destinadas a la exportación. Cerca del lago, la zona desocupada por el descenso del agua está plantada de árboles.

Hacia el centro del lago, que visto desde el aire tiene cierta forma alambicada, se produce un estrechamiento pronunciado por el descenso del agua. En esta zona, se encuentra el cementerio de Noraduz, o de Noratus, con unas 900 losas verticales del tipo de las cruces-piedra o jachkars, de las que quedan en el país unas 40.000. Algunas son bellísimas y se conservan en los museos. Hace unos años miles de ellas fueron destruidas en Najicheván, durante el dominio azerí de la zona. Algunas cruces-piedra han adquirido cierto tono de herrumbre muy atractivo gracias a los líquenes, en otras, en lugar de cruces, el relieve narra la vida cotidiana de los antiguos armenios. Junto a un pequeño templo de toba volcánica roja, unas mujeres con vestido típico posan mientras hacen ganchillo, muestra del recorrido turístico en alza de este lugar.

Finalmente, alcanzamos el noroeste del lago, por donde este desagua en el río Hrazdan, junto a la localidad de Sevan. Pero antes de iniciar el descenso hacia Ereván, cruzamos el río y nos dirigimos al monasterio de Sevanavank. Este se encuentra sobre una colina desde la que se divisa la parte norte, más estrecha, del lago, y las montañas lejanas, de un color azul potenciado por la altitud. Antes del descenso del nivel del lago estaba en una isla, pero ahora está conectado por un istmo en el que se desarrollan todo tipo de actividades turísticas. Hay barcos de recreo, bares musicales, tiendas y restaurantes.

Si siguiéramos hacia el norte, entraríamos en las provincias septentrionales, mucho más húmedas u boscosas. De carácter alpino, sus laderas descienden hacia Georgia por el valle del río Debed, otro afluente del Kurá. Nosotros volvemos por el valle del Hrazdar hasta Ereván. Un valle amplio y muy humanizado, con plantaciones de albaricoques y media docena de centrales hidroeléctricas alimentadas por las aguas subterráneas del lago. La mejor carretera del país es recorrida por los turistas de la capital que suben los fines de semana al lago, en busca del frescor que proporciona la altitud.

A la mañana siguiente, nos dirigimos a Garni saliendo por la parte oriental de la ciudad, formada, como toda la zona metropolitana, por barrios cuyas calles se adaptan perfectamente a los relieves. Las zonas comerciales suelen especializarse, y así como entre el aeropuerto y la plaza de la República, al oeste, abundan las tiendas de muebles, en la ruta del este proliferan las carnicerías. Grupos de corderos esperan en pequeños corrales antes de ser matados, desollados y colgados en ganchos. La falta de congeladores hace que el matarife realice su trabajo in situ, prácticamente a demanda del cliente.

Después de recorrer una región prácticamente desértica, llegamos a Garni, un hermoso pueblo de calles arboladas y muy verde, en la vertiente meridional de las montañas de Geghama, a 1.400 m de altitud. Posee siete mil habitantes y se halla junto a la garganta del río Azat, afluente del Aras. El acantilado sobre el que se halla el pueblo posee uno de los órganos basálticos más grandes y bellos del mundo, denominado la Sinfonía de Basalto, una pared de roca formada por columnas hexagonales negras como el asfalto, de hasta 100 m de altura, agrupadas como en un órgano gigantesco, ocupa cerca de 1 kilómetro de longitud. En algunos lugares, es posible colocarse bajo la pared de basalto, tocar el agua que rezuma entre las columnas y acariciar las plantas que buscan sobrevivir en este complicado entorno de rocas. Junto al río, zarzales con las moras más grandes que he visto en mi vida. Unos pocos árboles destacan sobre la ladera de enfrente, verdes contra el elevado horizonte herbáceo de tonos dorados.

Por encima, en un lugar visible junto al acantilado, se encuentra el templo de Garni, construido en el siglo I por el rey Tirídates I de Armenia, probablemente con dinero de Nerón y dedicado al dios Mitra. Tiene 24 columnas jónicas y está hecho completamente de basalto. Su situación constituye un formidable mirador sobre las montañas.
El templo, de moderadas dimensiones, formaba parte de una gran fortaleza destinada a proteger las principales ciudades del altiplano armenio. El interior es un rectángulo lo bastante amplio para acoger a un grupo de una decena de personas y proporcionarnos el extraordinario regalo de un concierto de duduk, la flauta propia de Armenia, nada menos que de la mano de Djivan Gasparyan, el maestro del duduk que colaboró con Hans Zimmer para escribir una pieza de la película Gladiator.

El duduk es un instrumento de viento hecho con madera de albaricoque, la fruta símbolo de Armenia, una flauta de doble boquilla que produce un sonido tranquilizador y hermético, suave y grave a la vez, que puede ser nasal y metálico si lo desea quien lo está tocando, muy adecuado para la introspección.

En la misma ruta, a unos siete kilómetros río arriba, se encuentra el monasterio de Geghard, en una ladera sobre la garganta del río Azat. Construido en el siglo IV en la zona de un manantial, fue ampliado y excavado en la roca de la montaña en el siglo XIII, es uno de los lugares más bellos del país. En la explanada de la entrada, el portal principal da paso a una nave cuadrangular, adosada a la montaña, donde se esconde un oscuro atrio enteramente de basalto, iluminado apenas por la luz de las velas, con columnas y bóvedas de medio punto.

En el mismo atrio, excavadas en la roca, se hallan las cámaras rupestres, con fantásticos relieves de animales que recuerdan otras religiones, entre ellos leones y águilas que representan las casas de los gobernantes aquí enterrados. Varias salas talladas en piedra incitan a la meditación. Aquí, se dice, se encontraba la lanza que hirió a Cristo, trasladada a Echmiadzin. En el exterior, hay diversas cuevas y durante años de abandono fue usado por los pastores locales, hasta su recuperación para el turismo.

Dibujo hecho con vordan karmir, cochinilla armenia, en el monasterio de Noravank.

En el camino de entrada del monasterio se encuentra un grupo de jachkars, cruces piedra, coloreados con un pigmento rojo obtenido de un insecto, la cochinilla armenia, que se usaba en esta parte del mundo mucho antes que los españoles importaran la cochinilla de América. Crecía en las llanuras de Metsamor y se usó para pintar las cruces piedra y las paredes de los monasterios.

De vuelta a la capital, volvemos a pellizcar esa pizca de modernidad de los nuevos tiempos. En esta ciudad sorprendente, uno puede sentarse en un inmenso cojín en el suelo de una plaza o asistir a una sesión de jazz en uno de los mejores clubs del mundo, el Malkhas Jazz Club. Las noches veraniegas son cálidas, En las avenidas se venden flores y helados, y las librerías y las tiendas de moda están abiertas hasta medianoche. Se puede asistir a una sesión de danza en el patio del hotel, en muchos locales abiertos hay música en vivo, en la plaza de la República se reúnen las multitudes para saborear esta época de paz, un bien precioso como una joya en un mundo y un país donde son escasos.

Nos queda la rica planicie al oeste de Ereván, lo único que ha quedado de la llanura que en tiempos perteneció a Armenia. Salimos por la mañana hacia el centro religioso del país, al oeste de la capital. En el recorrido se pueden ver en la planicie las cuatro torres de la central nuclear de Metsamor, una de las más viejas y peligrosas del mundo, que funciona desde 1976 en una zona proclive a los terremotos. Cerca de ella está el yacimiento de Metsamor y la ciudad soviética del mismo nombre.

Metsamor fue un importante centro productor de bronce que se convirtió en ciudadela y estuvo habitada desde el V milenio a. C. hasta el siglo XVIII. Quedan unos pocos restos de la vieja ciudad sobre una colina desde la que se aprecian las cercanas marismas y, entre la neblina, los montes de Ararat, al sur, y Aragats, al norte, cerrando la planicie de forma imponente. En la colina del yacimiento de Mertsamor se ha construido un interesante museo guardado por una serie de menhires de reducido tamaño. Algunos arañazos en la roca hacen suponer que pudo haber un observatorio astronómico en este lugar durante el séptimo milenio antes de Cristo. Una cavidad en la roca muestra dónde se fundían el cobre y el estaño.

Muy cerca, Echmiadzin es una ciudad moderna de 50.000 habitantes. Sede del catolicós, posee la catedral más importante del país, rodeada de bellos jardines. La presencia de un veterano cargado de medallas nos recuerda la cercana guerra contra Azerbaiyán y lo duro que ha sido ser armenio durante el pasado siglo…  El conductor de nuestro autocar luchó en esa misma guerra.

La catedral de Echmiadzin, la más vistosa del recinto, fue construida en 303, reconstruida en 484 y renovada en los siglos XVII y XVIII. Tiene forma cruciforme con una cúpula central, cuatro ábsides, tres de ellos poligonales, y el interior está dividido en nueve espacios cuadrados iguales. Un cubo macizo rematado por un cilindro evocador. En este lugar, profusamente decorado en su interior, se encuentran la lanza que travesó el pecho de Cristo, la mano de san Gregorio y un fragmento del arca de Noé.

La iglesia de Santa Gayane se encuentra muy cerca. Dicen que aquí sufrió martirio la santa que protegió a Hripsime, en los dominios del rey Tirídates, a unos 50 km de donde estaba encerrado Gregorio el Iluminador. Es una basílica de tambor octogonal dividida en su interior en tres naves que le dan un aspecto exterior cruciforme, dominado por el domo central.

A pocos kilómetros al este de Echmiadzin se encuentra la iglesia de Santa Hripsime, completada en 618. Es de planta rectangular, está coronada por una gran cúpula y tiene un gavit espectacular. En las catacumbas de la iglesia se encuentra la tumba de la santa. El conjunto rezuma armonía, la luz en su interior es prodigiosa, de forma que hoy se usa para celebrar bodas, y desde el exterior se domina el amplio valle que tiene vistas sobre el monte Ararat. Un poco más lejos, se encuentran las ruinas de la vieja catedral de Zvartnorts, del siglo VII, construida cuando el dominio bizantino estaba a punto de pasar a manos de los árabes.

Nos despedimos de Armenia, un país cuya economía consiste en la producción de productos agroalimentarios, especialmente en el altiplano armenio, al sur y oeste de la capital. Destacan los albaricoques y el vino, además del agua mineral. La minería produce principalmente cobre y molibdeno, aunque se obtienen también oro, zinc, plata y diamantes. La industria química y metalúrgica están muy localizadas. El gas que abastece la mayoría de los hogares procede de Rusia, y la electricidad para las ciudades y las industrias procede de la central nuclear de Metsamor y las centrales hidroeléctricas de los ríos Hrazdar y Vorotán. Finalmente, la renta per cápita es seis veces inferior a la de España y aunque es un país emergente, con facilidad para la inversión, controlado por unas pocas familias, tiene un largo camino que recorrer.

Los armenios tienen fama de longevos, como sus vecinos de Azerbaiyán, nadie sabe si por la naturaleza joven de las montañas o por la selección genética causada por la violencia sufrida durante tantos siglos viviendo entre agresivos imperios. La Armenia cristiana se mantuvo una gran parte de su historia a caballo entre Oriente y Occidente, hasta que esta línea se desplazó bruscamente hasta al Bósforo, dejándolos atrapados en Asia Occidental, una región eminentemente islámica. De ser una región estratégica pasó a ser prescindible, y solo la fuerte identidad de sus habitantes le ha permitido persistir y convertirse en un referente único y extraordinario por la belleza del paisaje y la riqueza de sus gentes.

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