Rumanía, 20 millones de habitantes, con una renta dos veces y media inferior a la española, aunque siempre ha formado parte de Europa y por ello tiene un índice de desarrollo humano muy alto, ha permanecido demasiados años bajo el yugo de un dictador que modificó el país a su antojo e impidió su desarrollo.
Nicolae Ceausescu se fue demasiado tarde, y el país, situado en una esquina castigada por la pobreza, no ha podido beneficiarse apenas de su integración en la comunidad económica europea. En su patio trasero se acumulan los trastos góticos, barrocos, rococós y neoclásicos del continente, junto con el particular estilo moldavo de los monasterios, como si la enorme caja de resonancia de los Cárpatos se hubiera roto y esparcido su contenido parisino por detrás, donde se vierte el contenido del instrumento de música más grande del mundo, transformado en el arrullo del agua y el canto de los pájaros en el delta del Danubio, con sus innumerables canales y lagunas donde descansan cisnes, pelícanos y cormoranes.
En este viaje atravesaremos las regiones históricas más importantes del país, los viejos principados: la amplia y meridional Muntenia; la meseta de Transilvania y los Cárpatos; Moldavia, abierta a los aires de Ucrania, y Dobrudja, encerrada entre el Danubio y el mar Negro, el último reducto otomano, con capital en Constanza.
Bucarest, lugar de inicio de nuestro viaje, se halla en Valaquia, donde se encuentran las ciudades más grandes y la agricultura más avanzada. Este histórico principado, que ocupa una pequeña parte de los Cárpatos, estuvo gobernado, en el siglo XV, por Vlad el Empalador, que inspiró el personaje de Drácula. Más tarde, Miguel el Valiente, en el siglo XVI, unificó los tres principados, Valaquia, Transilvania y Moldavia. Los dos primeros tuvieron que enfrentarse a los turcos y finalmente acabaron siendo dominados por ellos, hasta que, alcanzado el siglo XVIII, los turcos permitieron la existencia de príncipes, aunque los nombraban ellos, preferentemente entre los griegos ortodoxos, Esto provocó una rebelión en el siglo XIX que acabó con la creación del nuevo estado de Rumanía.
Nuestro recorrido empieza llevándonos hacia el norte, a Sinaia, donde el primer rey de Rumanía, Carlos I, mandó construir su palacio de veraneo. Llegó al poder después de un golpe militar que expulso al anterior gobernante, Alejandro Juan Cuza, moldavo y primer príncipe de Rumanía, que le había hecho el favor de expropiar los dos tercios de las tierras a los monasterios y promover una reforma agraria que favorecía a los campesinos pobres. Los nobles prefirieron a Carlos I, de origen alemán, como el nuevo príncipe, apoyado por el monarca francés Napoleón III en contra de la opinión de los otomanos. Su apoyo consiguiente a los rusos en la guerra contra los turcos de 1877, que fueron derrotados, le permitió declarar ese mismo año la independencia de Rumanía y convertirse en el primer rey del país. El país fue reconocido internacionalmente y adoptó entonces el modelo parlamentario británico, aunque siguió gobernando una nobleza ya establecida muy alejada de las clases campesinas.
Rusia había aprovechado la guerra con los turcos para apoderarse de una parte del país, Besarabia. En represalia, Carlos, de origen germánico, se alió con los imperios centrales europeos, Alemania y el Imperio austro-húngaro. Sin embargo, cuando estalla la primera guerra mundial, el parlamento rumano se declara neutral, negándole el placer de la guerra. El rey, decepcionado, se retira al palacio de Peles, donde fallece poco después, sin descendencia. Carlos se había hecho construir este palacio-castillo en el que residía la mitad del año en un lugar tranquilo, en una aldea de las montañas, rodeado de extensos bosques. Aquí se celebraron importantes reuniones, como la que decidió mantener neutral a Rumania en 1914. El castillo había sido reformado. En el siglo XIX ya tenía ascensor, calefacción y electricidad, y el techo de cristal del salón de honor podía abrirse con un pequeño motor para que el rey mirara las estrellas.
Está repleto de pasadizos secretos y salones de estilo oriental o neo renacentistas, y posee siete terrazas decoradas con estatuas y una fuente de mármol de Carrara. El rey ya no lo abandonaría hasta su muerte ese mismo año. Le sucedió su sobrino, Fernando I, que siguió utilizando el castillo durante los veranos. Su hijo, Carlos II de Rumanía, nació en Peles. Sería el primer rey de Rumania en nacer en el país y el primero en ser bautizado en la religión ortodoxa. Fue un rey corrupto que gobernó entre dos reinados de Miguel I de Rumanía, su hijo. Carlos había huido del país con su amante y su padre Fernando le había obligado a abdicar, hasta que se apoderó del trono en 1930, pero sus métodos le obligaron a abdicar de nuevo en 1940. Su hijo Miguel, de nuevo en el trono y con solo 19 años, cedió el gobierno a Ion Antonescu, que se alió con Hitler y Mussolini, mientras la Guardia de Hierro eliminaba a todos los rivales políticos. Ante la previsible caída de Alemania, Rumanía cambió de bando, pero finalmente fue ocupada por los rusos, que impusieron el régimen comunista.
Impresionados por la historia, atravesamos los Cárpatos meridionales, donde se halla el castillo-palacio, rodeado de grandes bosques de hayas y abetos, y tras pasar noche en el complejo turístico de esquí de Poiana Brasov, rodeado de montañas que superan los 2.000 m, con las pistas todavía nevadas en abril, nos dirigimos a la cerca ciudad de Brasov.
La ciudad histórica de Brasov se encuentra al pie de los Cárpatos, ya en Transilvania. Nos detenemos en la Turnul Alb, la Torre Blanca, en la ladera de la montaña, a contemplar su armonía dieciochesca. Esta vieja ciudad rebelde, que ya se había enfrentado a los Habsburgo, se quemó por completo en 1689 y en el siglo XVIII se reconstruyó prohibiendo las casas de madera. En 1989 recibió el nombre de ciudad mártir por rebelarse, por última vez, contra el régimen de Ceaucescu. No en vano es una ciudad culta, llena de librerías, centrada en la extensa plaza Stafului. Su monumento más conocido es la Iglesia Negra, del siglo XV, de estilo gótico y consagrada a la Virgen María.
En la zona más antigua nació Johannes Hunterus, humanista y teólogo renacentista, más conocido por su actividad geográfica y cartográfica, y por implementar la reforma luterana en Transilvania. En Brasov, instaló una imprenta en 1533 donde se imprimieron numerosos libros y un manual de cosmografía que se reeditó no menos de 39 veces. Aquí imprimió Coresi el primer libro en lengua rumana, un catecismo de 1561. En la parte nueva de Brasov, que se extiende hacia la depresión de su mismo nombre, se instaló una fábrica de aeroplanos que fueron usados contra los soviéticos durante la guerra mundial. El comunismo construyó una fábrica de camiones y aún hoy se puede encontrar en las cercanías una fábrica de helicópteros.
Desde Brasov, nos desplazamos a Prejmer, una de las siete ciudades fortificadas construidas los siglos XII y XIII, cuando los reyes de Hungría dominaban la región. La de Prejmer fue construida por los caballeros Teutónicos en el siglo XIII, inicialmente católica y enseguida reformista. Consiste en una muralla circular con viviendas adosadas en cuyo interior hay una iglesia. Todo el conjunto está encalado y es de uso turístico únicamente, la escuela recuerda de forma entrañable algunas escuelas rurales de la meseta castellana, con sus pupitres marrones, pero el entorno es de encierro y al mismo tiempo ofrece seguridad frente a los elementos. Esta planicie del sur de Transilvania fue una región amenazada por las invasiones tártaras y otomanas.
En dirección contraria se halla el castillo de Bran, un enclave turístico de gran belleza al borde de la depresión de Brasov, entre las fronteras de Valaquia y Transilvania. Se ha vinculado a Drácula, aunque Vlad el Empalador nunca vivió aquí, sino en el castillo de Poenari, en una zona mucho más abrupta.
El de Bran lo mandó construir Luis I de Hungría en 1377 para defenderse de Valaquia y como enclave comercial. Tras la primera guerra mundial, en 1920, Transilvania, que se había unido a Hungría en 1848, es castillo fue cedido a Rumanía y este país decidió convertirlo en residencia de la princesa María de Rumanía, hija de Fernando I y hermana de Carlos II. Se reformó, dándole aires centroeuropeos para convertirlo en residencia de verano, pero la reina solo lo utilizó tres años. El castillo sigue en manos de los Habsburgo, aunque Dominico de Habsburgo intentó venderlo al millonario ruso Abramovich, debido a su potencial turístico, pero la venta no se llevó a cabo y se prohibió su uso como castillo de Drácula. Desde sus alturas se domina la planicie, su interior recuerda los verdaderos castillos de la época, llenos de tejados inclinados, pasadizos tortuosos y habitaciones escondidas.
Nuestra próxima visita es Sighisoara, en una zona montañosa en el centro de Transilvania. La ciudad sigue el curso del río Tarnava Mare y conserva una importante zona medieval patrimonio de la humanidad y una ciudadela sobre una colina en la que destacan la impresionante Torre del Reloj y la iglesia Monasterio, ambos del siglo XIII. Al otro lado del río, la iglesia ortodoxa de la Trinidad de Sighisoara, es un bello ejemplo de arquitectura del siglo XX. El conjunto de construcciones medievales de la ciudadela ofrece una de las mejores vistas del país de una ciudad histórica. A esta región, bajo dominio húngaro desde el siglo X, se trajo una colonia de sajones alemanes en el siglo XII, la mayoría artesanos y comerciantes.

Seguimos camino hacia el nordeste, atravesamos las onduladas colinas de la meseta transilvana y cruzamos los Cárpatos Orientales en dirección a Piatra Neamt, en la región nororiental de Moldavia. A lo largo del camino, junto a la carretera, las viviendas de madera, con muchos techos rehabilitados con zinc, recuerdan el país que fue, con todas las tierras cultivables repartidas entre la iglesia y la aristocracia, hasta que se produjo la expropiación en el siglo XIX y les tocó un
pedazo de tierra a cada familia. Alineadas junto a los principales caminos del país, las parcelas, que se han ido dividiendo entre la numerosa descendencia y son cada vez más largas y estrechas, pronto resultan insuficientes ante el crecimiento de la población. Muchos han tenido que marchar, otros se han quedado aquí, en sus casas transilvanas de una planta, con el pozo en el patio, el corral para las vacas, un pequeño huerto y los prados ascendiedo las laderas, hasta el bosque. La revolución comunista tenderá a concentrar las industrias y a hacerlas mastodónticas, y luego se volverán obsoletas, pero en los campos de la Transilvania interior se respira todavía el aire húmedo de las casas de madera con las ventanas y los alerones de las casas decorados a la manera barroca de las historias de vampiros. Solo vemos un poblado de gitanos asentado en una hondonada. Son los marginados.
Cruzamos una alta meseta y llegamos a la ciudad de Gheorgheni, parte de Hungría hasta 1968 y poblada casi en un 90 por ciento de húngaros, entramos en los contrafuertes de los Cárpatos Orientales y a mil metros nos detenemos en el lago Rojo o Rosu, formado en un estrecho paso por un derrumbe antes del desfiladero de Bicaz y centro de excursionismo rodeado de bosques y montañas, en la entrada de Moldavia.
El pequeño lago se llama Roçu por el óxido de hierro de algunos afluentes y por la eutrofización de los árboles atrapados tras el derrumbe, que aun permanecen fosilizados bajo el agua. Inmediatamente después, tras una zona turística bien acondicionada se encuentra la estrecha garganta de Bicaz, de paredes calcáreas, que se abre paso a través de los Cárpatos camino de la ciudad de Bicaz y Pietra Neamt.
Piatra Neamt es una ciudad moderna, cuya baza turística más importante es la plaza de Esteban el Grande, donde se encuentran los museos de Arte y Etnografía, la iglesia de San Juan el Bautista y la torre de San Esteban, del siglo XV, de la época del príncipe de Moldavia, que resistió a los otomanos con el apoyo de Vlad el Empalador, de Valaquia. Estamos en Pascua, y para alegría de los niños se han colocado algunos payasos y conejitos de cartón piedra en las paredes. Un poco más abajo, en la parroquia de los Tres Jerarcas, vivimos un momento emocionante con la celebración de una misa en la que abundan las clases populares. La iglesia en Rumanía fue permitida durante la dictadura de Ceaucescu, incluso se la acusa de cierta colaboración con el Estado.
Tras la caída del comunismo se produce un fuerte renacer, empiezan a construirse iglesias, a un ritmo de una cada tres días en 2011, amplían su jurisdicción a Bucovina y a Besarabía, pasan de nueve mil en 1997 a más de dieciocho mil en 2015; en 2016 se permiten prohibir el matrimonio entre un ortodoxo y una persona que no profese la misma religión, su poder crece al mismo ritmo que desciende la confianza de la juventud en la iglesia y en las zonas urbanas disminuye el número de creyentes. En la actualidad, la mitad de la población es practicante, aunque el porcentaje es mayor en las zonas rurales.
Piatra Neamt es conocida como la perla de Moldavia, está en la zona habitada más antigua de Rumanía, hay asentamientos del paleolítico, de hace 100.000 años y las ruinas de una ciudad dacia, Petrodrava, mencionada por Ptolomeo en el siglo II. Su momento de esplendor se dio en el siglo XV, cuando se produjo su refundación.
En la actualidad, es una ciudad industrial moderna desde la que iniciamos la ruta de varios de los monasterios más destacables del país.
Para ello, tenemos que adentrarnos en la cercana región histórica de Bucovina, al norte. Hoy es parte de Moldavia y lo fue desde el siglo XIV, pero entre 1774 y 1918 formó parte del Imperio Austro-Húngaro. Tras la primera guerra mundial pasó a formar parte de Rumanía, y durante la segunda guerra, su mitad norte pasó a formar parte de la Unión Soviética. Hoy, la vieja Bucovina contiene uno de los tesoros de Rumanía, las iglesias pintadas del norte de Moldavia. Y otro no menos apreciable, sus riquezas naturales.
Esta región, con un clima propio de la Europa Oriental y muy ondulada, está llena de valles escondidos y otros que sirven de grandes vías de comunicación. En las montañas que separan unos de otros, la gran riqueza forestal de Rumanía ha propiciado la creación de numerosas áreas protegidas, entre ellas, más de una docena de parques nacionales, todos de reciente creación, además de otros tantos parques naturales y reservas naturales.
En el parque de Vanatori Neamt se ha creado una reserva de bisontes europeos. Los animales se crían en un recinto y se dejan a su libre albedrío en una amplia zona protegida de 300 km2. Hacemos un pequeño recorrido por un bosque mixto de coníferas y árboles caducos, que nos conduce a un pequeño zoológico donde podemos ver bisontes, ciervos y corzos, propios de la región. En la recepción, se da una charla sobre el estado de la conservación en Rumanía. En general, el gobierno de Ceaucescu no dejaba explotar indiscriminadamente los bosques, que eran, de hecho, propiedad del Estado. Una vez que las familias y los pueblos recuperan el control de la madera, y sin otra riqueza a la vista, estos la venden. En Rumania se han abierto muchos claros en los bosques que ahora son praderas en las zonas altas y frías donde no es posible el cultivo de cereales.
Desde el parque, descendemos a uno de los monasterios cercanos, el de Neamt, del siglo XV, con un precioso batisterio del siglo XIX convertido en librería al otro lado de la carretera, y ya dentro del recinto amurallado, una iglesia del siglo XIV, bellísima, una biblioteca que tiene al menos 600 años y un museo donde se pueden ver maravillosos manuscritos realizados en el propio monasterio y donde se muestra una de las viejas imprentas que funcionaban aquí desde 1807.
Por todos lados, monjes barbudos vestidos de negro haciendo su vida habitual, un simpático guía y, en el interior de la iglesia, la magia. En otro tiempo, los laicos solo podían permanecer en el nártex, la sala que conecta el mundo exterior con la iglesia, pero hoy día se penetra en la nave, donde antes solo entraban monjes y monjas, y se accede al frente del iconostasio, la pared que separa la nave del santuario, recubierta de iconos. La puerta del medio, la puerta Hermosa, solo puede ser utilizada por el clero. A los lados, las puertas de los Diáconos o de los Ángeles, sobre las que se representan los arcángeles Miguel o Gabriel. El suelo cubierto de alfombras, las paredes repletas de iconos, el iconostasio dorado, la luz que penetra por los ventanucos, la impresión de estar en otro mundo, el diácono que enciende las velas de los altares. La luz y el incienso juegan un papel muy importante.
Pernoctamos en Suceava, antigua capital del principado de Moldavia, integrada en Rumanía después de la primera guerra mundial e industrializada más tarde. Visitamos la iglesia de San Jorge, donde se puede apreciar la espiritualidad de los rumanos. Desde aquí, iniciamos al día siguiente la ruta de los monasterios y las iglesias pintadas, que es también la de los valles montanos de la Bucovina. En 1997, había en Rumanía unos 300 monasterios, 123 de ellos femeninos. Todos contienen iglesias; de estas, ocho, situadas en el norte de Moldavia, en el distrito de Suceava, construidas entre 1487 y 1583, son patrimonio de la Humanidad.
Visitamos tres de ellas dispuestos a realizar un viaje en el tiempo por esta región montañosa, cubierta de bosques y prados alpinos. El monasterio de Voronet fue construido por Esteban el Grande en 1488 en 3 meses y 2 semanas para conmemorar su victoria en la batalla de Vaslui contra los otomanos.
Su iglesia principal o katholikón, dedicada a san Jorge, se conoce como la capilla Sixtina del este, sus frescos tienen un color azul intenso, su forma es alargada, tiene tres ábsides (triconte), seguidos del santuario (o presbiterio), la naos o nave, con una torre encima conocida como linterna, con 16 hornacinas y cuatro ventanas coronadas por una aguja, y por último, en la parte delantera, una pronaos o nártex, con un exonártex abierto en el que hay un fresco prodigioso sobre el Juicio Final. El monasterio se pintó por fuera en 1547, se hizo famoso como escuela de caligrafía, se abandonó en 1775, cuando los Habsburgo se apoderaron de esta parte de Rumanía y se recuperó en 1991, construyendo viviendas para las monjas y restaurando las pinturas de la fachada sur, las mejor conservadas.
El monasterio de Humor fue construido en 1530 por Petru Rares. Fue restaurado y reabierto en 1990 después de permanecer más de un siglo cerrado. Es un monasterio femenino y, con Voronet, tiene los frescos mejor conservados del país. Como los demás de esta región, se caracteriza por el tejado en forma de caperuza alargada que protege las paredes del estrecho edificio de la lluvia. Las paredes, que se redondean en el ábside, están completamente pintadas con frescos que relatan historias de la Biblia y de la iglesia.
Destacan, como en todas las iglesias, el Sitio de Constantinopla y el gran fresco del Juicio Final, que aparece en la fachada opuesta al ábside, con todas las personalidades de la iglesia y el mundo evangélico dispuestos a ser tragados por el fuego del infierno o aceptados en el cielo, junto a Jesucristo. El interior, al que se accede por una puerta lateral, es una orgía de viñetas que podrían contemplarse durante horas. El nártex, la nave y el iconostasio tienen las paredes llenas de santos que parecen bendecir el paso de los fieles que vienen aquí a rezar, siempre de pie, o a participar en una de las interminables ceremonias realizadas por los popes.
Aquí también hay una vieja torre medieval y un pequeño mercadillo. El paisaje es cada vez más bucólico, más centroeuropeo, de praderas onduladas y herbazales salpicados de casas de madera separados por cercas. En las gasolineras, un toque de modernidad, máquinas de café donde se ofrece Irish Capuccino, con el sabor del licor de crema irlandesa, un avance que aun no hemos alcanzado en el otro extremo del continente.
El monasterio de Moldovita fue construido por Petru Rares, el hijo ilegítimo de esteban el Grande, en 1532, como barrera contra el islamismo invasor de los otomanos orientales. Como en las demás iglesias, a la forma rectangular del nártex y la nave, que aquí añade una cámara funeraria, se añade por detrás la forma triconque del ábside con tres cilindros, aunque los dos laterales parezcan poco relevantes. Sobre la nave y emergiendo del tejado en forma de caperuza con un gran saledizo de madera, una torre-linterna de forma octogonal con cuatro ventanas y techo en forma de aguja. Los ciclos religiosos aquí representados son excepcionales.
Bajo los aleros hay 105 nichos, cada uno con un ángel representado; en el pilar occidental, a la izquierda de la entrada, tres santos militares con su caballo y su lanza o una espada: san Jorge, san Demetrio y san Mercurio. En la fachada sur, la mejor conservada, doce estrofas que cuentan todo lo relacionado con el nacimiento de Cristo. No pueden faltar el Juicio Final y, en todo oriente, el sitio de Constantinopla. En el interior, destaca, en la nave, la Crucifixión, pero todas las pinturas son impresionantes y maravillosas. Aquí destaca el color amarillo, como en Honor destacaba el azul. Las celdas de las monjas se hallan a un lado del recinto amurallado en cuyo interior se encierra la iglesia.
La monja Tatiana convierte la visita en excepcional, con su aspecto de ángel negro, una aliada perfecta a la que no resulta difícil someterse.
Desde Moldovita nos dirigimos hacia el norte, cruzamos el paso de montaña de Ciumarna, base de senderismo por los bosques de hayas y abetos que predominan en la región y donde hay un pequeño quiosco que vende bebidas y un curioso monumento con la forma de la palma de una mano. Tras el descenso, orientado al norte y muy cerca de la frontera con Ucrania, entramos en tierras del monasterio de Sucevita, situado en un bucólico entorno, cada vez más alpino. Su arquitectura mezcla, como en los demás, el arte gótico con el bizantino y es uno de los ocho con pinturas murales exteriores sobre el Viejo y el Nuevo Testamento, a los que se añaden escenas de la vida cotidiana en el siglo XVI.
Sucevita, construido en 1585 por tres hermanos, fue uno de los últimos en ser pintado, en 1601. La iglesia es algo más grande y se encuentra en el centro de un patio amurallado, un cuadrado de cien metros de lado con torres en cada esquina que convierte el conjunto en una resistente fortaleza cercana a la frontera. Este monasterio de monjas posee un museo junto a uno de los muros que muestra su importancia en la creación de manuscritos.
Desde aquí, nos acercamos a la República de Moldavia, el paisaje se abre, desaparece el bosque y los campos estrechos y alargados muestran la división de las tierras que hace imposible la modernización de la agricultura en estas regiones donde un tractor apenas puede dar la vuelta para reseguir el mismo campo. Las casas se alinean al lado de la carretera, cada una con su campo detrás y las innumerables subdivisiones como lápices que se adivinan en el horizonte de las colinas desnudas.
Cruzamos las ciudades de Falticeni y de Bacau, abiertas a todas las invasiones, en las que se han producido frecuentes movimientos de población. Hoy, esta llanura es una región industrial que se percibe enseguida cuando se atraviesan las enormes tuberías que cruzan la carretera. Hay industria química y petrolera, metalúrgica, textil, papelera, de alimentación y aeronáutica. La industrialización se produjo en época comunista, con dos refinerías en las cercanías. El río Siret, que cruza la ciudad, nace en los Cárpatos de Bukovina, en la vecina Ucrania y desciende hasta Rumanía camino del Danubio después de recibir al Moldova. Son ríos fuertemente domesticados en los que es mejor no preguntarse por la contaminación.
Seguimos el río Siret hacia el sur a su paso por Adjud y finalmente Galati, donde cruzamos el Danubio. El Danubio es un gran río con 300 afluentes de los que 60 son navegables. Nace en la Selva Negra, bordea los Alpes y los Balcanes por el norte y se cuela por las Puertas de Hierro entre Serbia y Rumanía para entrar en Valaquia, al sur de los Cárpatos, atraviesa la llanura formando la frontera con Bulgaria y en el último momento deriva hacia el norte hasta Galati y luego al este, hasta Tulcea, en la rama meridional del inmenso delta que separa Rumanía de Ucrania. Cruzamos el río en una gran barcaza transbordador en la que viajan grandes camiones para seguir la carretera que lleva a Tulcea, donde nos apostamos.
Desde el hotel de Tulcea, en la boca del delta, vemos pasar los barcos de turismo y de carga que se adentran en los canales de ese enorme conglomerado de marismas, bosques de ribera y lagunas donde se esconden pelícanos, garzas y nutrias. Hay más de cien especies de peces en el delta, entre ellas el esturión. Hay unas dieciocho zonas protegidas que suman unos 2.700 km2. Cañaverales, carrizales, saucedas, robles, olmos, chopos y fresnos. Como todos los deltas, no ha dejado de cambiar con los años, y crece unos 40 m anuales debido a los sedimentos.
Al día siguiente, nos internamos por la rama sur del río, llamada de San Jorge, de la que sale el brazo central del río, Sulina, que tiene más de 60 km de longitud, y luego seguimos una serie de brazos menores que nos muestran la vegetación de ribera, los árboles, los observatorios para espiar a cualquiera de las 320 especies de aves, las vides salvajes que cubren los arbustos, los asentamientos en los islotes arenosos…
Hay unas 15.000 personas viviendo en el delta, muchos de la pesca. Desde Tulcea, el viaje nos lleva hacia el sur, bordeando los montes que impidieron al Danubio desembocar en línea recta en el mar Negro. Este rincón, entre el río y el mar, fue dominio otomano durante más tiempo y, por la misma razón, perteneció más tiempo al Imperio romano, que fijaba sus fronteras en el río. El paisaje es más seco, menos centroeuropeo, y siguiendo la costa llegamos a una gran ciudad, Constanza, casi medio millón de habitantes en su área metropolitana. Es la ciudad habitada más antigua de Rumanía, fundada en el 600 a. C. Perteneció a los escitas hasta que los romanos la conquistaron en el 29 a. C. y la convirtieron en frontera. En el año 8, el gran poeta Ovidio fue desterrado aquí, donde vivió ocho años hasta su muerte. Se había atrevido con Augusto y acabó en los márgenes olvidados del Imperio. Hoy queda una estatua en recuerdo suyo, en la plaza de su nombre delante del Museo de Historia, en la zona que se está reconstruyendo de la ciudad, con su aire entre parisino y berlinés. Más allá, la zona nueva, las largas playas, el mar Negro y su romántico encanto. En las pastelerías, el cozonac, el pastel típico de Pascua.
Constanza fue recuperada a los otomanos en 1878, junto con el norte de la región de Dobruja. En 1910 se construyó el casino, imponente y desnudo, en desuso y aun así, símbolo de la ciudad. Durante la primera guerra mundial fue tomada por las potencias centrales, los imperios alemán y austro-húngaro, y durante la segunda guerra se alió con las potencias del Eje debido a la fuerte influencia de los alemanes en el país.
Constanza, unida a Bucarest por tren desde 1895 y por una nueva autovía, es el puerto más grande del mar Negro y uno de los más grandes de Europa. El puerto fue muy dañado por los bombardeos aliados durante la última guerra, y tuvo que ser reconstruido en los años 1950. La mezquita de Carlos I es el centro del islam de Rumanía, los 55.000 musulmanes que quedan en la región de Dobruja.
Desde Constanza, en Dobruja, hay poco más de dos horas por autovía casi en línea recta hasta Bucarest, en el centro de Valaquia, una llanura atravesada por ríos encajados y dividida en dos por el río Olt. La capital se halla en Muntenia, al este. El río Danubio marca la entrada en esta región, de gran aprovechamiento agrícola, suficiente para abastecer todo el país y exportar. En el centro es ligeramente montañoso y, por el norte abarca el sur de los Cárpatos, donde empezamos nuestro viaje antes de entrar en Transilvania hace siete días.
Hemos vuelto a los inicios, Bucarest, la pequeña París, una ciudad donde un europeo puede sentirse como en casa, sobre todo en sus grandes parques, recorriendo sus amplias avenidas o contemplando los grandes monumentos. Bucarest aparece en la historia como residencia de Vlad el Empalador, en 1459. Se convierte en la sede de la corte de Valaquia en 1698. En el siglo XVIII, los otomanos nombran a los griegos administradores de la ciudad, como hacen con gran parte del país, hasta que, en 1821, una revuelta libera la ciudad. Temporalmente, está bajo gobierno de los Habsburgo y del Imperio ruso. En 1847, un incendio destruye un tercio de la ciudad.
En 1881 se convierte en centro político del país tras la unión de Valaquia y Moldavia, con Carlos I. La ciudad crece, se instalan el gas, el tranvía, se electrifica y se copia el modelo de crecimiento de París con Calea Victoriei como los Campos Eliseos. Durante las guerras mundiales es ocupada por los nazis. Los aliados la bombardean hasta que, en 1944, un golpe de Estado la pone del lado de los aliados, pero al acabar la guerra cae en manos del comunismo, se demole parte del caso histórico y se construyen bloques de pisos y grandes edificios, como el mastodóntico Parlamento rumano o la nueva catedral ortodoxa, en obras. Tras la caída del tirano y desde 2000, la ciudad se moderniza, aparecen los centros comerciales, complejos residenciales, oficinas, permanecen los grandes parques.
De la ciudad, además de las grandes avenidas y estatuas, las iglesias que permanecen en recodos como muestra de que hay una población practicante, aquí pequeña, curiosa para los adolescentes que están a años luz y entran para ver curiosos al sacerdote asistido por el diácono, sus letanías y las aprobaciones. Pueden pasar horas mientras se afirma una y otra vez la presencia de Dios en los eventos. Cristo es la ofrenda y el oferente: Tú eres el que ofrece y el que es ofrecido. El incienso se usa para fumigar iconos, altar, utensilios de culto, se rinde honor y gloria a Dios. El sacerdote recorre la nave con el incensario mientras emite las letanías y los fieles, siempre en pie, se apartan a su paso, a ambos lados del pasillo.
En mis recuerdos, el parque Herastrau, recorrido por el río Grivita, que serpentea a través de la ciudad, creando hermosos lagos y zonas de ocio, la cena en el Caru’ cu Bere, en el barrio monumental, junto al Palacio CEC, el Museo de Historia nacional, el Banco Nacional, el monumento a Eugeniu Carada, la Cámara de Comercio, siempre en torno a la Calea Victoriei. La plaza de la Revolución, en la misma avenida, es el lugar más emblemático de la ciudad, con el neoclásico Museo Nacional de Arte, Palacio Real en 1815 y Palacio de la República durante la dictadura, la Biblioteca Central de la Universidad, la estatua ecuestre de Carlos I, el Memorial del Renacimiento, un obelisco que atraviesa una corona, en memoria de las docenas de personas abatidas en ese lugar por los francotiradores durante la navidad de 1989. En la plaza, el edificio del Comité Central del Partido Comunista de Rumania, desde uno de cuyos balcones Cecaucescu dio su último discurso, desde cuyo terrado huyó el dictador con su mujer Elena en un helicóptero, después de 22 años de dictadura.
Detrás de la avenida Victoriae, al norte del río Dambovita se encuentra, rodeado por los grandes edificios neoclásicos del siglo XIX, el barrio antiguo, con sus galerías comerciales y de arte, los clubs nocturnos, las cafeterías y los bares donde se reúnen los turistas.
Nos desplazamos al centro religioso de la ciudad, a la pequeña colina de Dealul Mitropoliei, sede del Patriarcado rumano y residencia del patriarca. La catedral fue construida en 1658 y elevada rango de patriarcado en 1925. Muy cerca están el palacio patriarcal y el enorme Palacio de la Cámara de Diputados. La foto de rigor en la corta avenida delante del campanario y la estatua de Joan Cuza.
En Bucarest, los tiempos cambian de forma sorprendente, la inmersión en los bosques, los campos y las casas de madera vinculadas al Imperio austro húngaro en el norte, los hoteles románticos con grandes piscinas, los castillos y monasterios, la amplia llanura del Danubio y sus afluentes, el oriente más cercano al imperio otomano, las playas y la luz son como si el cielo se hiciera más mediterráneo, y por último, la parisina Bucarest, sembrada de iglesias ortodoxas, barrocas y esa mezcla de mudada espiritualidad y modernidad que quisiera estar en otra parte.
Junto a la plaza del Renacimiento se encuentra una iglesia del siglo XVIII, la Kretzulescu, de 1722, restaurada tras el terremoto de 1940 y a su lado, la librería Humanitas, en el Carrusel de la Luz, rodeada de cafetería y bares, formando parte de un centro comercial que es lo más moderno de la ciudad, el Carturesti es como un retroceso (intencionado) al París del siglo veintinuo, una muestra de que la nueva arquitectura también ha llegado a Rumanía, un país que siempre pertenecerá a Europa.













































