Ser o no tener en Sloane Square

La primera vez que Lorina vio una bata de seda de Olivia von Halle quedó deslumbrada. La bata blanca, con rayas doradas verticales deslizándose por todo su cuerpo, costaba setecientos euros. Todavía se sorprendió más cuando Bárbara la llamó para que se uniera a ella en la ducha, tan grande como su habitación en Brixton, y se quitó la bata. Debajo llevaba un pijama de ochocientos euros de seda azul metálico, repleto de flores en cuyos pétalos de brillante color fucsia estallaban fogonazos mágicos.

Lorina se encogió en su desnudez de ébano, pero en cuanto pasaron ante el espejo de cuerpo entero del cuarto de baño se dio cuenta de que ella no lo necesitaba frente a la delgadez de Bárbara, que aún con el pijama parecía una estatua de alabastro extremadamente estilizada, mientras ella parecía una fuerza de la naturaleza, una leona frente a aquella blanca paloma de pechos desmochados y nalgas fortalecidas por el gimnasio, pero, sin duda, cuarentonas. Acababa de pasar la noche con ella después de bailar hasta el éxtasis, hasta que sus labios se encontraron en una discoteca de moda en Londres, donde las negras altas, si vestían de escarlata, entraban gratis.

Así que, en lugar de volver a su piso compartido en Brixton, acabó la noche en Sloane Square.

¿Pero qué había visto en Bárbara? ¿La mirada penetrante de un leopardo enfurecido, realzada por las luces estroboscópicas? ¿La lengua, electrizante y larga como la de una serpiente, siguiendo el ritmo de aquella canción de la película de Alita? ¿Pero qué podía haber en ella de la magia de aquel personaje de ojos grandes, si hasta las esmeraldas de sus ojos se escondían tras unos párpados caídos, estrechos y orientales?

No importaba. Estaba rodeada de mármoles y la ducha prometía una lluvia cálida que, si cerraba los ojos e ignoraba la nube de vapor, iba a recordarle inmediatamente que era una ikwere, nacida en Nigeria, en una zona pobre del delta del Níger, donde los chaparrones nocturnos, como podía ser el que estaba sintiendo en aquellos momentos procedente de la ducha, mientras Bárbara le acariciaba los pechos y le besaba el cuello, eran parte de su vida.

Lorina se había escapado de su miserable casa de los pantanos cuando tenía trece años y había sido atrapada por una familia hausa que la utilizó como criada durante dos años. Vivió en una choza con dos habitaciones, rodeada de otras chozas de la misma familia en una zona pantanosa. Su nueva familia cultivaba arroz, mijo y maíz, pescaba en medio de los plásticos y los hidrocarburos y criaba búfalos en las charcas. Muy cerca, demasiado cerca, se desarrollaban los conflictos que minaban el delta. Las tribus estaban enfrentadas por una riqueza que no les correspondía, el petróleo. Este santo grial, que pertenecía a una empresa angloholandesa en connivencia con el gobierno, era reclamado por innumerables grupos de rebeldes, puesto que quienes habían vivido siempre encima de los hidrocarburos enterrados en aquel inmenso delta apenas se beneficiaban y en cambio padecían los vertidos y la presencia omnipresente de las canalizaciones. Desgraciadamente, los señores de la guerra que lo reclamaban no habían construido las enormes tuberías que serpenteaban camino de los pantanales desde los pozos de extracción y las gigantescas refinerías. No les daban nada, y la única manera que conocían de apoderarse de aquella riqueza que fluía entre la pobreza era reventar las tuberías, y muchas de ellas ardían. Por la noche, los incendios iluminaban el horizonte. De vez en cuando, entre las sombras, aparecían unos hombres con las ropas teñidas de negro, un negro más intenso que el de sus propios rostros; procedían del albañal en que se había convertido la mayor parte de aquella selva que antaño estuvo repleta de manglares y animales salvajes.

El padre hausa de Lorina, el uba que capitaneaba su familia de acogida, era un hombre fuerte que había sido capaz de proteger su pequeño territorio y tenía las tierras limpias y un lago tranquilo en el que todavía se podía pescar y por el que se paseaban los búfalos tranquilamente. En el extremo de la finca, había una tubería en la que habían abierto un grifo gestionado por una especie de consejo de mayores de las casas vecinas. Lo protegían entre todos y se repartían el combustible a un precio muy razonable. Con el dinero recaudado, ayudaban a pagar las medicinas y otros asuntos menores.

Durante un par de años, los días transcurrieron bíblicamente, como si nada fuera a cambiar, incluso recibían las visitas semanales de un párroco evangelista que se ocupaba de recordarles la existencia de un solo dios por encima de todos los espíritus de la tierra. En la oscuridad de la cabaña, una cruz y la imagen de un Cristo con un gran corazón compartían una esquina con las figuras de los antepasados que, cuando venía el pastor, reposaban en el fondo de un arcón. Hasta que un día, los Vengadores del Delta del Níger, un grupo terrorista que se hizo famoso atacando las instalaciones de Chevron, decidió invadir su territorio. Varios hombres armados aparecieron en su patio, precedidos por el aroma del petróleo derramado. Llevaban fusiles anticuados y lanzagranadas. El jefe llevaba la cara tapada, pero sus ojos brillaban en la oscuridad anunciando un hombre que no bromeaba. Fue una rendición. Aquella noche, se incendió la tubería. Desde la casa, podían verse las llamas; el humo, negro como la pez, se confundía con el cielo, ocultando las estrellas. Las mariposas volaban por millones alrededor del brillante espectáculo. Era grandioso, porque se les quemaban las alas y caían sobre la gente como si fueran espíritus que morían por miríadas. Solo los búfalos se mostraban indiferentes y seguían ramoneando con sus grandes cuernos iluminados a orillas del pantano. Para Lorina, fue el fin de las moliendas de mijo y maíz, las interminables sesiones de cocina con la mamá y las hermanas, la uwa y las yanuwas. La policía detuvo al uba, las cosechas se perdieron y el lago quedó infectado.

La familia, disuelta, se unió a un grupo de desheredados camino de la capital de la región, Benín City, donde una tía lejana los acogió en su casa.

Aquel fue uno de los malos momentos de su vida, y ha habido muchos, recuerda mientras se abraza a Bárbara con los ojos cerrados, sorbe el agua de sus hombros y saborea el aroma de su piel blanca, que no es ni de lejos el de una mujer negra; una mujer blanca es como el café aguado, pero es café, al fin y al cabo, aunque algunos dejen un regusto a demonios.

En Benín City, se encerraron en una habitación desde la que se oía el ruido de un local con muchos gritos, risas y a veces peleas, pero al menos era un lugar en el que escapar de unas calles atestadas a las que las cuatro hermanas no estaban acostumbradas. Estuvieron una semana viendo la televisión, series americanas y documentales en los que podía verse el modo de vida occidental. Luego, les dijeron que podían llevarlas a Europa, porque en Nigeria no había nada para ellas. En Europa les proporcionarían un trabajo y una casa, podrían pasear por París o Londres, visitar las tiendas de moda y relacionarse con la gente importante. Para eso necesitaban un dinero que ellos estaban dispuestos a prestarles, pero la única forma de hacerlo era celebrar un ritual vudú yuyu que las encadenaría a los espíritus de sus antepasados hasta que devolvieran el préstamo.

Lorina si siquiera había oído hablar de Europa, pero cuando vio aquellas películas y aquellos documentales, con aquellos desfiles de moda parisinos en los que se tiraban cohetes y todo el mundo se abrazaba y bebía champán, no tuvo ninguna duda. El dinero podía devolverse en poco tiempo, le dijeron. La emborracharon, como a sus hermanas, la desnudaron, le afeitaron el vello público y guardaron una parte en un frasco de vidrio. Las hicieron beber y danzar hasta que el agotamiento y el alcohol transformaron su visión de la realidad. Entonces, trajeron un bebé, juraría que estaba vivo, pero nunca se atrevió a comentarlo con sus tres hermanas; ninguna protestó cuando el brujo le tapó la boca al niño; no recuerda si era de carne y hueso o un muñeco, si dejó de moverse o nunca se movió, el caso es que lo puso dentro de una olla cuarteada y negra sobre el fuego. Les hicieron a todas las chicas un corte en el brazo y dejaron que su sangre cayera sobre el niño cuando ya estaba medio carbonizado, luego las hicieron seguir bailando, mientras el mago certificaba la conversión en cenizas del bebé, aplastando los supuestos huesos con un mazo. Por último, metió las cenizas en una botella de vidrio de boca ancha y les hizo decir una serie de palabras mágicas cuyo significado ignoraban. Estaba claro que aquellas cenizas las unían para siempre a su poseedor, que podía causarles un gran mal si no cumplían lo que les ordenaba.

Al día siguiente, las subieron a la caja trasera de un camión para llevarlas a Níger y luego a Libia, país que tenían que atravesar antes de cruzar el Mediterráneo rumbo a Italia. Viajaron rodeadas de bártulos, mientras el paisaje se volvía cada vez más árido. Cruzaron la frontera y entraron en Níger sin problemas cuando caía la noche. Se durmieron y, cuando despertaron, el lienzo polvoriento del cielo parecía haber caído sobre ellas. Se hallaban en medio de una planicie sembrada de piedras. Conscientes de la belleza del entorno y de que por fin estaban haciendo el viaje de su vida, Lorina y sus hermanas rompieron a reír, puesto que estaban tan rebozadas de tierra que parecían figuras de barro con ojos y dientes relucientes, como aquellos dibujos animados de las películas, atravesando a toda velocidad un escenario que bien podía ser irreal e interminable, de aquellos en que cuando llegas al final vuelves a empezar. Creían que lo peor que podía pasarles era quedar convertidas en vasijas de cerámica, que era como si se detuviese el tiempo. Solo faltaba que alguien las llenara de agua fresca en lugar de la que llevaban en las botellas y que apenas les sirvió para emborronar sus rostros mientras intentaban lavarse y el fango se mezclaba con el ébano de su piel.

La entrada en Libia estuvo presidida por grandes discusiones con soldados y guerrilleros que las hicieron encogerse y temblar de miedo durante un rato interminable. Diez horas de marcha continuada más tarde, el tiempo que tardan las estrellas en recorrer todo el cielo londinense, llegaron a la ciudad de Sabha. El desierto quedó interrumpido bruscamente por el asfalto y una sucesión de edificios amarillentos que iban juntándose y convirtiendo la ciudad en algo cada vez más estrecho y apretado. Había carteles con la imagen de Gadafi por el suelo, rotos y pisoteados. Recuerda que su hermana mayor, de veintitrés años, hablaba sin parar. Llevaba así ocho horas. En aquel momento la odiaba, pero ahora daría cualquier cosa por volverla a ver. Lorina tenía la impresión de que su vida ya no le pertenecía. Eran como verse envuelta en el fin del mundo y arrastrada por unas circunstancias que la superaban; lo único que podía hacer era dejarse llevar por la corriente. Si lo que la esperaba era la muerte, pronto dejaría de preocuparse; si era dolor, hacía tiempo que había aprendido a vivir muy lejos de este mundo, desde que sus padres estuvieron a punto de venderla a un comerciante viejo y negro como los pantanos en la noche cuando tenía doce años. No se imaginaba haberse quedado allí, en aquella choza, en las ciénagas del bosque de Ulasi. De su infancia solo recuerda que el hombre que quería casarse con ella tenía un mono pequeño, con una cola muy larga, un colobo rojo que la miraba con odio, celoso y malévolo. También por eso escapó.

Vieron un gran castillo o fortaleza sobre una loma pelada; les dijeron que allí había una ciudad romana en ruinas que atraía a muchos turistas, lo cual era mentira, pero no le dijeron que en Sabha había un mercado de esclavos como en aquella antigüedad romana de la que sí quedaban unos restos que nadie podía visitar. De pronto, la ciudad por donde hormigueaban miles de personas, dificultando el paso del camión, se abrió a una plaza muy grande donde había cientos de hombres negros sentados en el suelo. Desde lo alto del camión, vio que las mujeres estaban contra la pared. Alrededor, había hombres blancos, árabes con turbantes que discutían y señalaban a los que estaban sentados. Era como un gran bazar donde la mercancía eran aquellos hombres inmóviles, que miraban al suelo sin atreverse a levantar la cabeza. Nunca hubiera creído que tantos hombres pudieran mostrarse sumisos ante tan pocos, pero cuando bajaron del camión vio las armas que sobresalían de las túnicas y se dejó conducir sin apenas levantar los ojos. Aquellos guardianes de rostros embozados gritaban en árabe y gesticulaban amenazadoramente cuando alguien se atrevía a mirarlos a los ojos. No quería aceptar la realidad, pero el miedo se empeñaba en mantenerla muy despierta.

Lorina era guapa y joven; no tardaron en acercarse a ella unos hombres que la señalaban sin recato alguno. No entendía el árabe. No sabía todavía que la estaban vendiendo como esclava sexual, como vendían como esclavos a todos aquellos hombres.

En los próximos días, se sentiría transportada a otro mundo, donde las costumbres y el idioma eran diferentes, como los olores, el paisaje y las personas. La separaron de sus hermanastras a empujones y la llevaron a otro camión, donde la ataron con una cadena en la parte posterior, y la condujeron a través del desierto varias horas, hasta un pueblo en que los edificios, bajos, cuadrados, se confundían con un paisaje en el que la belleza de las dunas se prolongaba en un oasis que apenas despuntaba tras las casas.

Necesitaba hacer el amor con Bárbara y no le costó mucho convencerla. Le dio un beso apasionado, le retorció los pezones, le puso la mano en el sexo con fuerza mientras la atravesaba con la mirada, y cuando Bárbara la cogió de la mano y la llevó de nuevo a la cama, todavía mojadas, se acordó de cuando la bajaron de nuevo del camión y la entregaron a las mujeres. La hicieron entrar en una habitación oscura a la que llamaban hammam, donde había una gran bañera en el suelo con agua caliente, la desnudaron y la lavaron en silencio, la untaron de aceite y la dejaron dormir. Necesitaba dormir, y cuando se despertó, dos de aquellas mujeres, tan jóvenes como ella, empezaron a besarla y la masturbaron tan deliciosamente que su descubrimiento del amor fue como el vuelo y la caricia de una paloma. Y siguieron haciéndolo durante varios días, hasta convertirlo en un vicio y su necesidad.

Un día, aquella preparación se dio por concluida. Había venido uno al que llamaban príncipe, en realidad, el señor de aquella milicia. Pero fue como si hubiera venido un verdadero adalid, pues todo eran prisas para mejorar el aspecto de la casa. Se mataron dos corderos y se celebró un gran banquete. Lo vio a lo lejos, dueño de la situación, mientras levantaba la cabeza del animal, le sacaba los ojos y los devoraba con gran satisfacción. La barba bien recortada, el turbante blanco, los gestos delataban la presencia imponente de un líder. Por la noche, la condujeron a la habitación del príncipe y entonces vio sus ojos, los ojos del color azul metálico de la maldad que tenían que robarle la virginidad.

Se dejó masturbar por Bárbara. Aquella mujer era incansable. Le permitía tener los ojos cerrados, le bastaba con sus gañidos de perro pequeño y sus ligeras contracciones para saborear su propio placer. El príncipe, aquel señor de la guerra, las quería vírgenes cuando volvía de una campaña por los pozos de petróleo. Lorina lo era en aquellos momentos, en todos los sentidos. Nunca se había atrevido a tocarse, a pesar de ser consciente de que aquello podía pasar, viviendo en una casa pequeña, cerca de sus padres adoptivos, con sus hermanas mayores, pero había sido educada en el cristianismo y ahora vivía rodeada de musulmanes.

La dejaron subir a la terraza por primera vez después de perder la virginidad. Las demás mujeres la esperaban para celebrarlo. Tomaron el té, le anunciaron el cese del placer con ellas, pues desde aquel momento solo podía tenerlo con el príncipe, y también le anunciaron su conversión al islam. La mujer y el hombre tienen los mismos derechos en el islam, y el primero es la educación. Solo los extremistas consideran que la mujer no debe ser educada, pero aquel señor de la guerra moderno, el de los ojos metálicos, la obligó a ir a la escuela donde una veintena de muchachas como ella, cubiertas con el imprescindible velo islámico, aprendían a leer y a escribir en árabe y estudiaban el Corán.

Pasaron meses, estudiaba, colaboraba en la cocina con las demás mujeres, hacía lo que le ordenaban sin cuestionarse nada, incluso aprendió a bailar la danza del vientre, que ejecutaba para el príncipe y sus amigos. Algunas mañanas salían a recoger dátiles y se acercaban al lago que había detrás de las dunas, una inmensa piedra de aguamarina rodeada de un mar tempestuoso cuyas olas congeladas parecían de oro. Por las tardes, subían a la terraza a tomar el té hasta que se ponía el sol, cuando el viento levantaba el polvo dorado de las dunas y el cielo se llenaba de tantas estrellas que casi parecía un mar de diamantes. En aquellos momentos, ignoraba si en cada una de las estrellas vivía el espíritu de uno de sus antepasados, si era la bóveda del paraíso que el único dios existente había creado para nosotros, separando el cielo y la tierra, o si era el vasto vacío que parecía ser, poblado de soles como el nuestro. Mientras miraba aquel vació generoso, esperaba ansiosamente la llamada de su amo, el tiempo del amor, con toda la fuerza y la inocencia de sus dieciséis años.

Hasta que un día, el príncipe se convirtió en otro hombre. El azul metálico de la maldad se había transformado en el verde brillante de un hombre mucho más joven, con el pelo de color del fuego, que hablaba una variante retorcida del inglés que ella había aprendido cuando era muy pequeña con sus desaparecidos padres. La música del príncipe árabe se convirtió en el tableteo inglés de un soldado venido de Occidente que dormía con el fusil a los pies de la cama. Le dijo que era un guerrero del islam y que había venido de Irlanda, la esmeralda de Europa. Se resistió dos minutos, esperando que apareciera alguien para defenderla, pero aquel hombre tenía las manos de hierro y la violó sin que pudiera defenderse.

Volvió al harén, lo contó a las demás y la entendieron, le dijeron que ellas también habían pasado por eso, que se había acabado el periodo del amor, pues el príncipe había marchado y pronto vendría otra, y que había dejado de ser el único que podía darle placer. Si lo deseaba, en el harén estaban ellas, la música suave y callada del eunuco y otras formas de alcanzar el éxtasis. Lloró durante la noche entera, luego la dejaron sola durante varios días, y finalmente volvió las labores de cocina. El desierto nunca volvería a ser el mismo desde la terraza.

Al cabo de una semana, la llamaron de nuevo. Esperaba encontrar al príncipe, exponerle sus quejas, pero se encontró con un hausa como ella que hablaba un dialecto del norte de Nigeria. Dijo que venía de las tierras pantanosas del río Yobe, inundadas por las lluvias estacionales. Dejó caer que formaba parte de las milicias de Boko Haram. Cuando Lorina vio sus cicatrices y le preguntó por ellas, dijo haber hecho cosas muy malas. En ese momento, ella calló, hasta se compadeció de él, pero cuando estaban haciendo el amor, el hombre empezó a lanzar soflamas contra los cristianos, como si lo necesitara para justificar las raíces del mal que habían hecho presa en su corazón, y ella, que vio sus lágrimas y sintió la fuerza de la adrenalina que tensaba sus músculos, se le ocurrió decir, como para domesticarlo, que había sido educada en la fe de Cristo por sus padres ikwere, que su padre hausa era animista, que había conocido el islam en esta casa, y que todas las religiones le parecían válidas. Fue algo instantáneo, el hombre, que dijo llamarse Alí Nuhu, como un conocido actor hausa nigeriano, demudó el rostro; en sus ojos negros, vio emerger el petróleo. Lorina siempre miraba a los ojos, en ellos podía leerlo todo, y vio lo que iba a pasar.

Alí se apartó y empezó a golpearla mientras vociferaba palabras que no entendía. Primero calló, porque era fuerte y de algún modo quería castigarse a sí misma por ser tan irreflexiva y tener tan mala suerte; uno siempre cree que se merece las desgracias que le suceden, porque ha hecho algo mal, como podría ser abandonar a sus padres o dejarse engañar por las promesas de un viaje fácil a Europa. Soportó el dolor en los brazos, ya se le pasaría, pero cuando uno de los golpes le dio en el ojo izquierdo y perdió momentáneamente la visión se asustó y empezó a gritar. Enseguida entraron en la habitación dos hombres que sujetaron al nigeriano. Los llevaron a ambos ante el lugarteniente del príncipe. Alí no se arredró, cambió de discurso, dijo que quería llevársela a los pantanales del Nguru, en Nigeria, y educarla como a las demás mujeres. No entendía por qué a aquella mujer cristiana de dieciséis años no la habían vendido a los pastores fulani, que hubieran sabido qué hacer con ella, por el profeta que, si se la vendían como esclava, la reeducaría y la vendería a los árabes para que hicieran lo que quisieran con ella.

Lorina no podía ser reeducada, era uno de esos espíritus libres inmunes a cualquier creencia, pero que al mismo tiempo pueden adoptarlas todas, porque cuando no se puede demostrar que algo es mentira, siempre cabe la posibilidad de que sea verdad. Puede que haya dios y puede que no, puede que todos nuestros antepasados estén mirándonos o puede que se hayan convertido en polvo.

Aquel hombre fue expulsado, pero para Lorina nada volvió a ser igual. Las mujeres la respetaron y mimaron durante los pocos días que siguió allí, tal vez porque de alguna manera sabían lo que iba a pasar, y finalmente fue entregada a un grupo guerrillero como esclava. Le dijeron que su viaje a Europa continuaba, pero que sería largo y doloroso, y aun así no debía preocuparse, pues llegaría joven y hermosa, con apenas veinte años y un futuro por delante. Lo único que tenía que hacer era pagar la deuda contraída en Benín City, la deuda contraída con el príncipe, la deuda contraída con los soldados que la llevarían a la costa y la deuda contraída con aquellos que la ayudarían a cruzar el mar. Después, en un futuro no muy lejano, aún siendo una mujer joven, sería libre.

Salió de aquel oasis en una caravana de vehículos armados. Recuerda atravesar el desierto a gran velocidad en medio de una extraordinaria nube de polvo, con el rostro completamente oculto por un velo. En otro tiempo, la única manera de orientarse en aquella planicie interminable eran las estrellas, pero ahora eran los satélites que indicaban el camino en las luminosas pantallas de los móviles. Se durmió y, cuando la despertaron, había oscurecido. No tardaron en llegar a un campamento, donde la introdujeron en una tienda con otras chicas jóvenes procedentes de Nigeria, Mali, Níger y Chad. Les explicaron, en un árabe sencillo para que lo entendieran, que desde ese momento y hasta su embarque se habían convertido en esclavas sexuales, que era una manera de empezar a pagar la deuda, aunque solo cuando llegaran a Europa podrían acabar de devolver los miles de euros que costaba aquel viaje. Mientras tanto, su espíritu seguía en manos del brujo que les había robado una parte de sí mismas con el vello púbico. Lorina sabía que, en cuanto fuera libre, la magia no podría nada contra ella.

Bárbara la llamó desde la cocina, quería compartir con ella un champán que guardaba en la nevera que costaba doscientos euros la botella, un Krug muy generoso. Mientras acudía a la llamada, saboreando los aromas frutales, el mazapán, las almendras, los cítricos, se acordaba de su primera noche en aquel campamento. No la llamaron desde una cocina brillantemente iluminada, con limpias mesas de cuarcita en las que el vidrio de las copas Stölze resonaba como si con cada impacto acabara de amanecer. Al salir de la tienda en pleno desierto del Sahara, emergió a la noche. Había tantas estrellas como siempre, pero esta vez sintió vértigo. Era como si el suelo estuviera en el cielo y se pudiera caminar por aquella Vía Láctea que había empezado a conocer tan bien en casa del príncipe. Había un grupo de hombres en torno a una hoguera. Le pidieron que sirviera el té que habían preparado. Eran árabes, algunos vestían el tagelmust tuareg que protege el rostro de los djins del desierto. Se dio cuenta enseguida de que seguían su mirada, porque ella también seguía la suya, escrutadora e intuyó que lasciva. Pensó en el fuego y en el agua mirando aquellas pupilas, que no eran otra cosa que la esencia de la vida. La exploraban como un grupo de perros salvajes que está decidiendo por donde empezar a devorar aquella presa que ya no puede escapar. Después de servir el té, le pidieron que entrara a otra de las tiendas.

Lorina levantó la copa de champán, bebió, se besaron los labios con suavidad, para no estropear aquel gusto místico del buen champán. Se fue hacia la puerta de la terraza y salió. Estaban en Londres, el cielo era inexistente, una lámina negra a la que no se podía acceder ni con el cuerpo ni con la mente. Una vez los vio, vio a los perros salvajes atacar a una gacela. El uba no la dejó acercarse. La gacela se escapó, pero tenía las tripas colgando, era como uno de esos cuadros de la Tate Gallery en que los colores proceden del interior de los objetos y emborronan el aire. Lorina tenía muy buena vista con catorce años, pero en su memoria, el sol rojo de los intestinos era como un borrón, como aquella noche en que todos los hombres entraron en la tienda, uno detrás de otro. Solo el primero la hizo sentir un mínimo de placer.

Le perdonaron la vida porque, aunque era una transacción, también era un préstamo, tenía que devolver a sus amos el dinero que costaba aquel viaje, y a ellos lo que habían pagado por ella, y tenían que traspasarla todavía a otras milicias, de entre el millar largo que campaban por aquel infame desierto. Estuvo dos meses sin salir de aquellas profundidades áridas, desplazándose continuamente. Un día, llegaron a los restos de una ciudad donde los suyos, fueran quienes fueran los que la encerraban en aquella tienda y entraban por turnos para divertirse con ella, se enzarzaron en una batalla que acabó mal. Aunque ella solo podía oír las explosiones y el tableteo de las ametralladoras, porque las chicas se ocultaban en uno de los vehículos, supo que quienes se acercaban no eran quienes la habían poseído como si fuera la muñeca de trapo de una jaula de leones. Había sufrido mucho, pero en su fuero interno sentía que era joven y le quedaba mucha vida por delante, y era imposible que aquel caos durara para siempre.

Lo primero que hicieron los nuevos amos cuando abrieron la lona del camión y vieron a las chicas fue pelearse; demasiada belleza a la vez, un grupo de niñas-mujeres con la piel de ébano, brillante por el sudor, como muñecas con los ojos muy abiertos, esperando la salvación, mientras aquellos salvajes gritaban presas de la excitación por alguna sustancia que les robaba el miedo. Por último, decidieron que allí mismo. Entraron en el camión como una horda de hienas, se hubieran matado, desgarrado entre ellos, si hubieran tenido uñas, pero lo único que tenían eran pollas y una excitación por la que no alcanzaban siquiera la categoría de primates, sino seres acabados de salir de las profundidades marinas con el único objetivo de reproducirse antes de morir.

Al día siguiente estaban todas exhaustas, deshidratadas. Les tiraron unas cuantas botellas de agua en cuyo violento reparto gastaron las pocas fuerzas que les quedaban.

El camión llevaba varias horas de viaje cuando detectó un cambio en el pavimento y se produjeron parones, acompañados de las voces típicas de los controles, Lorina se levantó y se atrevió a mirar por el borde de la lona: una calle ancha rodeada de edificios bajos, del mismo color arena del desierto, hombres armados por todas partes, un pick up con media docena de dromedarios que le recordó las veces que lo había comido mezclado con verduras y cuscús. Tenía hambre.

Cuando descorrieron la lona, les llegó una bocanada de aire cálido y marino que hizo que rompieran a sudar el escaso liquido que les quedaba en el cuerpo. Las hicieron saltar y las llevaron a través de una serie de callejones estrechos por los que se cruzaron con mujeres y niños vestidos a la manera árabe, casas abandonadas, paredes de chapa que se habían derrumbado ante el peso de la basura acumulada. Se oían los chillidos de las ratas. Las escoltaban dos soldados armados con cara de pocos amigos, ropas amplias, de color caqui, cinturón de balas, barbas pobladas, pelo rapado, miradas hostiles, hasta lo que parecía un almacén, pero donde en lugar de mercancías había muchos hombres y mujeres sentados en la semioscuridad. Fue como volver al mercado de esclavos de Sabha, como si el tiempo se hubiera escindido y haciendo una aliteración volviera a explicar la misma historia. Tenían un lugar asignado, de nuevo, en el rincón de las mujeres. Esperaron, ocultas en sus ropajes, acuclilladas. Muy pronto se hizo de noche, se oían disparos a lo lejos. Aun así, durmieron, presas del cansancio. De pronto, alguien repartió agua y, como por arte magia, los niños más pequeños empezaron a llorar, despertados por sus madres. ¿Estaban esperando que se abriera un agujero en el suelo para poder descender al infierno?

Cuando se despertó al día siguiente, creyó que la escisión temporal se había completado, pues, el mismo brujo que había metido las cenizas del bebé y su vello púbico en un frasco, estaba en el galpón, hablando con las chicas procedentes de Nigeria. Tuvo que pellizcarse para saber que estaba viva. Hacía más de un año que no oía hablar en hausa, y lo último que deseaba era que le recordaran otra vez que tenía una deuda en Nigeria y que tenía que pagarla. Los gritos de una de las chicas que había cerca de ella la hicieron reaccionar. Otro brujo estaba con ella. Los llantos y gritos se extendieron, pero muy pronto fueron vencidos por el miedo, se convirtieron en sollozos y por fin en sumisión. Irían a Europa, sí, pero tenían una deuda por pagar.

El viaje no se produciría inmediatamente. Tal como habían llegado, fueron separadas. Ni siquiera se miraron a los ojos cuando Lorina fue metida con otras chicas en un jeep y sus amigas en la caja de una camioneta artillada. Al llegar a la calle principal, cada vehículo se fue en una dirección diferente. El suyo recorrió una larga avenida donde había hoteles tomados por soldados, y vio por primera vez el mar, una extensión azul con pequeños rizos blancos que aparecían y desaparecían, cada vez más pequeños a medida que se alejaban en el horizonte. Sonrió en su interior, pero no se atrevió a mover los labios, aunque sopesó en su interior que había cubierto una etapa, la más larga. Estaban siguiendo una especie de malecón lleno de hombres negros sentados sobre pilones de hormigón, que debían esperar algún milagro que nunca llegaría a producirse, cuando el vehículo giró hacia el interior y le robó la imagen de la esperanza que sentía tan cercana, atravesaron la puerta de un muro fuertemente custodiado y entraron en un palacete que había pertenecido al líder de aquel desastrado país.

Pasó a formar parte de otro harén, aunque este no pertenecía a ningún príncipe, sino a una de las milicias gubernamentales. Enseguida, les explicaron que allí vivían una serie de héroes de guerra, restos humanos que no podían esperar a llegar al cielo para disfrutar de las huríes y que tampoco podían servirse de vírgenes, pero sí de buenas chicas venidas del interior del continente. Otra parte del pago por el viaje que no era más que un peaje.

Aquel mismo día conoció a Fashei, el hombre sin párpados. Atrapado por una milicia rival, le habían cortado los párpados y no podía cerrar los ojos, de manera que llevaba una máscara que apenas dejaba una ranura para que entrara la luz. Hicieron el amor y Fashei le dijo que la máscara, perfectamente adaptada a su rostro, estaba hecha con la piel del verdugo que le había cortado los párpados. ¿Quería ver cómo era su rostro bajo la piel? La segunda vez que yacieron vio sus ojos grandes, tristes, que no dejaban de llorar. Supo que sí, que estaba en aquel infierno del que había creído escapar. ¿Podría hacerle un favor? Como si ella pudiera negarse, le envió a un amigo suyo al que un disparo había atravesado la cara. Le faltaba una parte de la mejilla y la mitad izquierda de la cara carecía de labios. Los dientes parecían verse en su totalidad desde la raíz; era difícil dirigir la mirada hacia sus ojos infernales, que parecían querer atravesar la mirada del oponente como si pudiera ver el funcionamiento de sus redes neuronales.

En aquel palacio, en el que, según contaban, el dictador tenía un ejército de concubinas, vivió experiencias que podían llenar varias vidas. Conoció a un hombre a quien habían arrancado la piel a tiras y que, al sobrevivir, le había crecido la piel de una serpiente, rugosa y fría, para quien las sensaciones más fuertes estaban en los pies y en sus interioridades, en la tibieza de amapola de sus intestinos. Se bañó e hizo el amor en una piscina con paredes de vidrio con muchachas traídas de otros mundos, seleccionadas por su perfección solo para que un artista de la fotografía japonés hiciera las fotos de sus prístinos rostros y sus pieles maravillosas entrelazadas con aquellos hombres mutilados y deformes. Fue seleccionada junto a una pelirroja de larguísimos cabellos que tenía el cuerpo como la nieve para posar en su negritud de ébano, con la cabeza rapada y brillante, junto a un hombre que había perdido los brazos y las piernas, y les pidieron que hicieran con él cuanto quisieran, pues todavía podía defenderse como hombre y aquellas imágenes estaban destinadas a un público elitista que no tenía más contemplaciones que pagar para que lo innombrable tuviera nombre en este planeta del que antes o después tendrían que marcharse.

Pero todo llega a su fin. Una noche vinieron a buscarla porque salía una lancha neumática hacia Europa. Durante el viaje hacia el lugar de salida su mente se negó a reconocer los hechos, el atropellado viaje a un puerto a decenas de kilómetros, los empujones, los gritos, el hacinamiento en una lancha neumática con unas cincuenta personas a bordo, hombres desesperados, mujeres con bebés en los brazos, niños aplastados. La colocaron en uno de los extremos, junto al piloto, y se aferró a la cuerda que recorría el contorno. Nunca había imaginado que el miedo tuviera olor, y en su vida había pasado mucho miedo, pero aquella gente que iba con ella, a ninguno de los cuales reconocía, olía a miedo. Hablaban, hablaban sin parar en múltiples dialectos y lenguas de Nigeria, de Chad, probablemente de Senegal, pero dejaron de hablar en cuanto la lancha salió a mar abierto y se encontró con las primeras olas de un mar embravecido. En cuando ascendieron la primera ola y cayeron violentamente del otro lado, alzándose de sus asientos, todos gritaron al unísono y enmudecieron. Aquel mar incansable volvería a intentar una y otra vez darles la vuelta y, en cuanto lo consiguiera, todos acabarían en el agua. Esa sola idea les impedía destinar la menor energía a vocalizar cualquier palabra, pero al mismo tiempo estaban tan cargados de adrenalina ante lo imposible de sus circunstancias y una necesidad de sobrevivir tan intensa, que se sentían inundados de valor. Lorina pensaba que era afortunada por tener la cuerda a la que agarrarse, como los demás que estaban en el borde de la lancha, pero para los que se elevaban en el centro de la lancha con cada golpe de mar y solo podían sujetarse a sus compañeros, sobrevivir era una cuestión de suerte.

Y tuvieron suerte hasta que el amanecer se empeñó en mostrarles un horizonte que subía y bajaba constantemente. Ya no pensaban en morir ahogados si no venía nadie a rescatarlos, porque el miedo impedía cualquier pensamiento que no fuera la necesidad de mantenerse a salvo. Era como si estuvieran viviendo en otra dimensión, una en la que el sufrimiento absorbe todo el tiempo del mundo y las horas se convierten en ese instante que nunca acaba de suceder. No hay mañana, solo hay presente cuando cualquier distracción puede acarrear la muerte.

Entonces, el piloto hizo una llamada de socorro con un móvil de grandes dimensiones. Lo que nunca esperaba Lorina es que detrás de las olas surgiera una lancha semirrígida ―una sea rider―, se amorrara al espejo de popa, levantara el motor y antes de que nadie en la balsa pudiera reaccionar, el motor y el piloto desaparecieran. Solo tuvo tiempo de ver a otro individuo, alto y delgado, que tiraba de él; inmediatamente, otro golpe de mar los ocultó tras las olas.

Se habían quedado solos. El mar no tuvo contemplaciones. Las masas de agua se desplazaban de un lado a otro impulsadas por alguna fuerza de la naturaleza cuya comprensión estaba más allá de su alcance; al fin y al cabo, nadie les había llamado a vivir en su superficie. Lorina vio como caían al agua hombres y mujeres, uno detrás de otro, a medida que la lancha se alzaba hacia el cielo, como si fuera a volar, y caía en picado dispuesta a llevarlos directamente al infierno. Una docena aguantaron, como ella, desangrándose las manos mientras se aferraban al cabo sujeto a los agarraderos que rodeaban la balsa. A su lado, una chica joven, como ella, se sujetaba con una sola mano a la cuerda mientras con la otra aguantaba a un bebé cuya cabecita se retorcía de forma inhumana. No había manera de saber si lloraban por la propia desesperación o era el agua salada lo que recorría sus caras. En un momento dado, la lancha se ladeó. En lugar de afrontar las olas empezó a recibirlas de costado. La chica del niño desapareció. Era cuestión de tiempo que volcaran. De pronto, sintió que volaba, pero cometió el error de no soltarse y, cuando sucedió, la balsa cayó encima de ella y quedó debajo de la quilla, una plancha de madera semirrígida formada por tableros y una lona que apenas transparentaba la luz del cielo. Estaba en el lado equivocado de la realidad, el aire que necesitaba para respirar se había quedado al otro lado del tablero y no había manera de atravesarlo.

En aquel momento, creyó morir, o tal vez era una criatura marina y no le hacía falta respirar, aunque también podía había muerto y estar en el espacio exterior, a punto de convertirse en una de aquellas estrellas que tapizaban el firmamento. Se dejó abandonar durante un minuto, moviéndose al compás de las olas. Por fin, comprendió que el vacío y la oscuridad estaban bajo sus pies. No estaba orbitando la tierra, sino dentro del agua. Visualizó su situación con una calma asombrosa y se desplazó empujándose con las manos hasta el borde de la lancha. Salió a la superficie sorprendida de su propia tranquilidad. Supo que, por alguna razón, no estaba destinada a morir todavía. Cogió aire, encontró una de las anillas que rodeaban la balsa y se agarró con las pocas fuerzas que le quedaban. Se dejó acompasar en aquella danza con el agua y el aire hasta que un compañero que había conseguido subirse al suelo de la lancha le tendió una mano, cuando ya el mar se apaciguaba, y la ayudó a subir sin fuerzas siquiera para darle las gracias.

Quedaban seis.  Al cabo de cierto tiempo, una semirrígida de unos diez metros pasó a su lado con dos personas y se alejó a toda velocidad. Otra hora más tarde, apareció un barco gris de mediano tamaño que se puso a su costado y los hizo subir. Estaban tan helados, temblaban tanto que apenas eran conscientes de lo que pasaba, únicamente de que era el fin de algo y un comienzo en el que de momento tenían muy pocas esperanzas. Su corazón apenas tenía fuerzas para celebrarlo, aunque sus mentes querían llenarse de victoria. Habían visto morir a mucha gente, en esas condiciones no te quedan ganas de hablar, has perdido la fe, si es que la tuviste algún día, y ahora ya sabes que no eres más que un animal que sí, puede moverse, pero no hablas ni te relacionas con los demás, sobrevives como puedes y un día mueres, dejas de moverte, el mar entra en tu interior y pasas a formar parte de ese universo al que siempre has pertenecido y que te reclama. Lorina no creía en los espíritus, pero los conocía a todos, y tuvo ocasión de saludarlos cuando fue rescatada. Les dio las gracias uno a uno.

Hubo problemas para desembarcarlos, pero dos días en el suelo de un barco seguro no fue nada. Esperaban adormecidos, como si les hubieran dado algo para sedarlos. Una mañana se encontraron los seis en una especie de almacén de la costa italiana. ¿Solo seis? Les interrogaron, les dieron de comer, les pusieron inyecciones, les entregaron ropa limpia y los metieron en un autobús. Todo sucedió muy deprisa para Lorina, que veinticuatro horas después se encontraba en Francia, recorriendo a toda velocidad una campiña que no podía reconocer. Para ella era como otro mundo: los campos cuadriculados, aquellos pueblos increíbles con los tejados de tejas rojas que poco a poco se convertían en tejados de pizarra, los bosques de pinos y luego de robles, los colores mediterráneos, intensos, que se iban diluyendo, los contornos cada vez más suaves.

Ni siquiera se detuvieron en el campamento que había antes del túnel del canal de la Mancha, que estaba en proceso de desmantelamiento. Lorina sintió entonces que era una privilegiada, ya que serían probablemente los últimos en entrar en una Inglaterra que se separaba de Europa. Fue entonces, recorriendo a toda velocidad el túnel de la Mancha en el TGV, cuando se fijó en sus acompañantes. Tenía que haber algún noble entre ellos para que hubieran atravesado Italia y Francia sin trabas. Encontró rostros serios e imperturbables. Había otra chica que parecía tan sorprendida como ella, ni siquiera se atrevía a parpadear para que al hacerlo no volviera encontrarse en África. Entonces lo vio, un hombre alto, que parecía un rey, al que agasajaban y con el que venían a hablar frecuentemente otros hombres trajeados. Hablaba inglés perfectamente, un inglés demasiado perfecto, el acento espigado y saltarín de los británicos educados en buenos colegios.

Cuando llegaron a Londres entendió por qué siempre habían estado rodeados de cámaras y periodistas. Aquel hombre se llamaba Neil, tuvo que mirarlo dos veces para comprender que era nigeriano y que tenía el color del ébano, porque entonces supo que era un miembro electo de la Cámara de los Comunes del Reino Unido. El hombre que se había prestado a hacer el viaje desde la costa de Libia hasta su país en las mismas condiciones que los demás, según esuchó. Aunque, por más que hacía memoria no recordó haberlo visto en la lancha, entre los supervivientes. Del autobús se bajaron diez africanos y cinco policías, o eso creía, europeos. Supo que le había tocado la lotería y se prometió a sí misma no decir nunca nada de aquello, una decisión que se vio reforzada cuando se acabó el circo y la llevaron a un aparte para preguntarle si le gustaban los niños.

Le ofrecieron vivir en un piso compartido con otras cinco chicas en Brixton y le dieron trabajo en una guardería donde había niños de padres nigerianos y de otros países del golfo de Guinea. Todos los críos habían nacido en Inglaterra, tenían de dos a cuatro años y chapurreaban el inglés. Sus compañeras de piso eran de Ghana, Sierra Leona, Togo y dos yorubas de Nigeria. Todas tenían sus propios templos en algún rincón de la casa, estudiaban inglés y trabajaban cuidando niños o en supermercados. Se vestían bien y se iban a las discotecas de las zonas altas, donde hombres pudientes buscaban compañía de color, con el sexo caliente, los ojos de la noche y esa piel de rango superior que parecía traída del vacío exterior.

Aquella semana, las chicas negras que llevaran un vestido escarlata entraban gratis. Aunque siempre entraban gratis, ella y sus amigas se fueron a Ghost de compras dispuestas a celebrarlo a lo grande. El vestido, ya usado, estaba sobre una butaca a los pies de la cama. Recorrió con la vista la habitación y se encontró a sí misma en un espejo grande en el que no se había fijado, junto a una cómoda de caoba. Estaba desnuda, sentada sobre las sábanas arrugadas, tenía el pelo corto, muy negro, su nariz era chata pero muy pequeña, los labios gruesos, la mirada de una niña, el cuerpo del color del caramelo. Oyó una risa corta, cambió el enfoque y vio a Bárbara detrás de ella, recostada sobre un brazo, mirándola a través del espejo. Muy rubia y blanca de piel, tenía la nariz pronunciada y estrecha, la boca pequeña, aunque de labios carnosos. Entre ambas componían un cuadro perfecto. Podían haberse quedado inmóviles y plasmadas para siempre en ese momento de la eternidad, pero el tiempo es implacable y nada es para siempre.

 

 

 

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