Ni el dolor de los clavos ni los cuervos

Cuando descubráis que nada puede dañaros, ni el dolor de los clavos, ni los cuervos que os arrancan los ojos, sentiréis que nada puede derrotaros, que después de haber perdido todo cuanto os ata a este mundo estaréis más cerca de comprenderlo todo. El segundo día, os arrancaré la piel, que el mundo entre en vosotras a través de la carne viva. El tercer día, os descarnaré el rostro, puesto que nada será necesario en vuestra nueva vida y en cada etapa del dolor alcanzaréis un umbral de placer mayor. El cuarto día, os arrancaré la mandíbula y la entregaré a las hienas; sentiréis sus risas mientras merodean y los crujidos mientras devoran vuestros dientes. El quinto día nada volverá a ser relevante, os arrancaré los músculos de los brazos, las piernas, el abdomen, lo que quede del rostro, con delicadeza, para evitar el colapso, respetando los pulmones y el corazón, pues la sangre y el aire tienen que seguir bombeando para que sigáis vivas y conscientes. Os acercaréis al límite del placer. El sexto día, eliminaré los apéndices menos vitales, los dedos de manos y pies, y vuestros intestinos quedarán al descubierto, vacíos y del revés, pues ya no habrá nada que esconder, aunque se habrá perdido el placer de extraer las tripas por el ano en los primeros momentos, una de las debilidades de Apollinaire. El séptimo día, alcanzaréis el éxtasis de los santos, será como cruzar las puertas del paraíso, os convertiréis en seres de luz sin ninguna preocupación, con la felicidad como única opción, otorgada por el propio Dios y para toda la eternidad.

El octavo día se habrá invertido la creación, volveréis a estar enteras, os tocaréis el cuerpo buscando todo aquello que creíais haber perdido; podréis ver el permanente cielo lluvioso de vuestro desencanto, tendréis piel sobre la cara,  mandíbula, dientes y dedos, el abdomen, plano, contendrá vuestros intestinos; el sexo arderá un instante y quedará humeante, pero estará prohibido apagar el fuego porque después de viajar más allá del sol, de Tannhäuser y de la realidad, y haber vuelto sanas y salvas del corazón de alguna estrella en erupción, os quiero enteras y ardiendo de deseo. Habréis perdido unos siete kilos cada una, estaréis demacradas porque solo os habré alimentado con suero fisiológico. Tardaréis un día entero en recuperar la movilidad.

Así es como preparo yo a mis modelos. En una semana, estaréis bordando pasarela en la Semana de la Moda de Nueva York. Estaréis perfectas, los huesos de la cara dispuestos a romper una piel tan fina como el primer minuto del rocío, los ojos tristes y hundidos, escondiendo la llama de una inminente ignición, las piernas menos musculadas, más delgadas y más femeninas que nunca, como si os acabaran de diseñar para reventar almas de cipote, los huesos de las caderas prominentes como si a través de ellas se pudiera tocar en vuestro yo interior. Os quiero esqueletos recubiertos por la ceniza más fina y lejana de un volcán en erupción.

Iréis descalzas, quiero que las miradas se centren en vuestras piernas de cigüeña y en la tela ajustada a los labios vaginales. Os voy a drogar, y drogaré a todos los asistentes con los cócteles.  Ampliaré la potencia de los focos, quiero que la transpiración cubra vuestros cuerpos, que los vestidos se peguen a la piel, que las gotas de sudor emerjan a través de las telas. Quiero el aire lleno de feromonas, os quiero apestando a sobaco y a coño.

Después de una hora de desfile, cuando hayáis cruzado la pasarela cuarenta veces, con el público extasiado y embotado por los olores sexuales, cuando resulte imposible entrar en la sala desde el exterior sin desmayarse, pareceréis princesas de una obra de fantasía. Las caderas, los hombros, los brazos y las piernas desnudas y ardientes como si os hubieran metido un hierro al rojo vivo por el ano, las nalgas frías como el hielo, apenas cubiertas por sedas de coral marino. Llevaréis diademas en la frente, diamantes, ópalos y rubíes que harán que las mujeres no puedan apartar la mirada. Quiero que cada vez vayáis más deprisa, que se cree una sensación de vértigo en el escenario. La música que simulaba un bosque de brujas psicodélico se amansará, y, entonces, cuando estéis empezando a  tropezar, mis tiradores os dispararán en puntos claves. No tendréis que simular un desmayo, el estampido se proyectará en vuestros estómagos con una explosión de sangre. En Diana y Norma les reventará la cara, será el punto de partida para su nuevo rostro, borrar esas narices aguileñas, reducir esas mandíbulas de mandril, apenas sentiréis dolor y os despertaréis en un lugar precioso con un rostro nuevo, tal vez un riñón menos, una pequeña cicatriz con un implante que os servirá para elevar vuestra inexistente conciencia de heroinómanas.

La droga hará que nadie se inmute entre el público, parecerá una jugada, parte del desfile, las modelos que no estaban fuera saldrán a ayudar con las caídas, con los vestidos que yo quiero que todas esas señoras me compren. Vestidos de piel que se rasgaran al agacharse mostrando piernas y sombras en una coreografía diseñada para que cualquiera de ellas quiera que le pasase lo mismo en una de esas fiestas de postín para orgullosos y caritativos donantes. Una tormenta de pétalos blancos pondrá fin al desfile, y con ella una lluvia del antídoto, quiero que todos se despierten mientras las chicas gritan tendidas en el suelo y sus grandes caderas huesudas parecen frágiles pétalos de las mismas orquídeas que lloverán desde el techo acompañadas del mejor vino de Francia.

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