Lo que sigue es el prólogo al libro Los caminos de la conciencia, publicado en Amazon, que he escrito como ampliación a otro anterior titulado Escenarios del futuro, en el que trataba de todos los temas, y decidí que necesitaba hacer uno centrado en cómo ha evolucionado nuestra percepción de la realidad desde todos los puntos de vista, lo que tenemos en común con las demás especies y lo que piensan los científicos y los guías espirituales sobre nuestra situación en el universo y nuestro futuro.
Es posible que, al empezar este libro, tengas la sensación de no entenderlo, pero serán solo unas pocas líneas; en lo demás, he intentado que el lector lo lea como quien escucha una sonata en un estuario, frente a las montañas nevadas, al pie de los glaciares en una isla del océano Ártico, pero podría ser una luminosa y templada playa mediterránea o la arena blanca de un trópico incandescente.
¿Por qué he preferido el Ártico? Porque desde sus playas de grava es más fácil contemplar a las yubartas, esos cetáceos que, como de hecho todas las ballenas y delfines, muchas aves e incluso algunos peces, tienen lo que podría llamarse una conciencia elemental que les permite desarrollar culturas diferentes según el grupo familiar y el lugar donde viven. Cada familia tiene una manera de comunicarse. Las belugas incluso tienen nombres personales por los que se llaman entre ellas, y su cultura es creativa; cuando un cetáceo descubre una manera nueva de cazar, los demás la aprenden enseguida; por ejemplo, golpear el agua con la aleta caudal para acorralar a los peces o colocarse una junto a la otra, como hacen las orcas, nadar a toda velocidad y sumergirse al unísono bajo los témpanos de hielo para provocar una ola que arroje al agua a las focas, dejándolas indefensas frente a la voracidad de sus cazadoras. Estamos aprendiendo a comprender que no somos los únicos seres con consciencia y que el planeta no es nuestro patio de recreo, que no lo podemos destruir para nuestro beneficio, como haría una especie que se comiera todo lo que vive sobre la tierra firme hasta que solo quedara vida en el océano y lo único que se le ocurriera es devastarlo.
Nos queda mucho por aprender sobre comportamiento animal, incluso sobre el nuestro. Hasta las golondrinas parecen llamarse por su nombre para reconocerse, y muchos pájaros lo hacen; además, el canto evoluciona. Antes de desarrollar nuestro sofisticado lenguaje, nos comunicábamos como los animales. Sabemos que los suricatas y los perritos de las praderas emiten distintos sonidos para definir el tipo de amenaza que se acerca, incluso el color. Así debimos de empezar nosotros, con gruñidos cada vez más elaborados; después, la evolución debió de favorecer a unos grupos sobre otros a medida que se desarrollaban las características físicas que nos iban a permitir no solo encadenar conceptos, sino pronunciar la gran diversidad de palabras que nos daban ventaja sobre otros grupos rivales menos avanzados. La historia del ser humano es o podría ser ―hay demasiadas cosas que todavía no sabemos— una historia de violencia, de restos de barcos más pequeños que nosotros mismos destruimos y con los que construimos otros más grandes.
También podría ser que hubiera una conciencia universal, un ser o entidad superior que lo englobara todo y hubiera creado el universo como una forma de percibirse a sí mismo. O que todo lo creado tuviera una conciencia, un alma y un espíritu independientes puestos a prueba, que la realidad que percibimos fuera una pequeña parte de lo que somos, una proyección temporal de algo mucho más grande, una sombra de nosotros mismos como parte de algo que todavía no podemos comprender.
Hablaremos de creencias, de descubrimientos, de lo que dicen los científicos y los guías espirituales, de religión y de ciencia, y trazaremos nuestro propio camino para descubrirnos y encontrar una guía en este complicado mapa de los caminos de la conciencia, que no es otra cosa que la búsqueda de una verdad que no podemos comprender. Solo vemos los muebles, no la habitación, tenemos consciencia y apenas algo de conciencia, pero no percibimos la gran conciencia que se halla por todas partes y que es, indudablemente, lo que andamos buscando y que abarca todo el universo.
Tal vez como seres humanos no podamos extinguirnos, ya que el universo no va a desperdiciar un elemento tan valioso como la inteligencia, ahora que ha encontrado la fórmula para interpretarse y descubrirse a sí mismo; en definitiva, ser consciente. No obstante, al universo le queda un largo camino, porque no hemos sido diseñados para ser conscientes más que de nosotros mismos y vamos a necesitar ampliar nuestra percepción muy pronto si queremos formar parte de ese organismo infinito que nos envuelve.





