SEGUNDO PRÓLOGO CUÁNTICO

Segundo prólogo de Los caminos de la conciencia, el libro en el que hago un viaje a través de la conciencia de la humanidad, siguiendo a los guías espirituales más importantes, no solo de la historia sino también en la actualidad. Todos han tenido multitud de seguidores a partir de unas ideas que trataban de explicar la realidad. Mi propósito es construir una superficie sobre la que todos esos caminos se unan, como también que, después de leer este libro, tu percepción sea distinta y, a la vez, más amplia.

En este prólogo, antes de adentrarme en las diferentes creencias espirituales, muestro, en un parpadeo que luego ampliaré, los mecanismos que podrían esconderse detrás de nuestra realidad. No importa si alguien los ha creado o han surgido de una nada poco plausible, se trata de mostrar el armazón que hace que todo sea posible.

CON UNA CANCIÓN DE AMOR

El mundo cuántico se encuentra a una escala muy pequeña en relación con el nuestro. Es como si nos acercáramos tanto a la televisión que pudiéramos mirar a través de los píxeles para descubrir que hay una realidad que no tiene nada que ver con lo que estábamos observando.

Imaginemos que vivimos en un mundo que funciona de la misma forma, encendiendo y apagando los píxeles para dar sensación de realidad, y que nosotros somos esas luces de colores que se iluminan y desplazan de un lado a otro de la pantalla. Dado que una pantalla tiene solo dos dimensiones, la televisión en la que estamos metidos tendría que ser una superestructura tridimensional formada por diminutos tetraedros encajados unos con otros que se extenderían en todas direcciones hasta los límites del universo. La dimensión de cada uno de los lados de estos pequeños píxeles con forma de pirámide triangular sería el cuanto de Planck (cerca de 1,6 x 10-35 metros), la unidad más pequeña que se puede medir sin abandonar la realidad y meternos de lleno en el universo cuántico, donde las leyes no son las mismas que en el nuestro.

Estos poliedros de cuatro caras se encenderían y apagarían a gran velocidad, como ese océano de pixeles por el que nos movemos, dando la sensación de movimiento. Si siguiéramos profundizando y nos metiéramos en los píxeles, el mundo cambiaría y se volvería cuántico, ya no sería nuestro mundo ni respetaría nuestras leyes. Eso es algo que no queremos hacer, porque perderíamos nuestra identidad. El intervalo temporal de cada imagen, es decir, la rapidez con que se encienden y apagan los píxeles ―en una película, se sustituye un fotograma por otro cada 0,04 segundos para dar sensación de fluidez―, sería el tiempo de Planck, la unidad de tiempo más pequeña que se puede medir dentro de nuestro universo, 5,39 x 10-44 segundos. Esto nos da la imagen de fluidez sin fisuras que conocemos y permite que se produzcan todos los fenómenos naturales con una cadencia perfectamente reconocible.

A una escala más pequeña que la del píxel, aparece otro mundo donde una multitud de partículas y entidades energéticas no están sometidas a las mismas leyes que nosotros, pueden existir en diferentes estados a la vez, estar aquí y allí al mismo tiempo y comportarse como una onda y una partícula a la vez. Quienes defienden que la conciencia tiene el poder de cambiar la realidad piensan que se puede incidir en esa dimensión o que la conciencia se encuentra todavía más allá de este estado, en una escala aún más pequeña en la que no existen dimensiones, y que de esta conciencia emerge todo lo demás, un aparente caos energético que empieza a tomar forma a medida que adquirimos una cierta distancia y la perspectiva necesaria.

Cuando nos elevamos hasta el mundo de las macrodimensiones, descubrimos que, de aquel caos, surge el ala de una mariposa de brillantes colores donde antes no podíamos siquiera discernir dónde estaban las partículas y en qué dirección se movían. La verdad es que, por muy quieta que se encuentre el ala de la mariposa en una mañana sin viento, en su diminuto interior, la movilidad supera nuestra capacidad de percepción y, a la vez, si lográramos introducirnos en su interior, nos sentiríamos como en el vacío entre las estrellas, solo que esas estrellas serían partículas cuya naturaleza todavía no hemos acabado de comprender. Por otro lado, muchas de esas partículas se moverían a nuestro alrededor como si fueran a la vez viento y arena, y la arena pudiera tener formas de moverse que no podemos percibir. El ala de la mariposa se habría convertido en un pequeño y a la vez inmenso universo consciente o, todo lo contrario, una entidad carente de lo que nosotros, con nuestras limitadas capacidades, entendemos por conciencia.

Los físicos han descubierto que esa parte del universo con tanto espacio vacío y unas leyes físicas diferentes puede reproducirse a muy bajas temperaturas en nuestra parte newtoniana de la realidad, cuando, teóricamente, detenemos el movimiento, y han creado superconductores por los que los electrones se desplazan sin perder energía a temperaturas cercanas al cero absoluto. Este es el primer problema para creer que la conciencia existe en esa dimensión, porque, aparentemente, se necesita cierta temperatura para que el cerebro dé lugar a la conciencia, y no es posible en el frío absoluto. Por esta y otras razones, los científicos explican la conciencia como el resultado de la actividad eléctrica del cerebro y los procesos bioquímicos asociados, que funcionan creando gigantescas bases de datos gestionadas mediante redes neuronales que actúan por grupos y permiten el intercambio de ideas, dando lugar al pensamiento.

En el laboratorio, podemos crear neuronas sintéticas ―encendido/apagado―, pero no podemos hacer todavía que cien mil millones de neuronas, ni siquiera unos pocos millones, actúen de forma sincronizada compartiendo datos y debatiendo cuál es la mejor respuesta ante un problema a partir de la experiencia, con la capacidad de crear y equivocarse. El futuro ordenador cuántico tendrá el tamaño de una caja de cerillas y podrá hacer trillones de operaciones en un microsegundo, y aun así, no se parecerá a la mente humana.

Lo que parece cierto es que el cerebro tiene prisa, y eso nos viene de vivir en un mundo competitivo en el que, quien no se mueve lo bastante deprisa, sirve de alimento. Aun antes de que acabemos de recibir de forma consciente la información que necesitaríamos para poder tomar una decisión, el cerebro ya se ha formado una idea, ha reconstruido la realidad y nos ha dado la oportunidad de actuar en consecuencia: eludir el ataque del depredador o el enemigo humano y correr sorteando todos los obstáculos que apenas percibimos a nuestro alrededor, pero que adivinamos y construimos mentalmente a partir de la memoria y la experiencia.

Heredamos un cerebro desarrollado en la lucha por la supervivencia. Somos conscientes de que existimos porque asignamos significados y valores a los diferentes estímulos procedentes del medio en que nos movemos ―a través de un espacio y en un tiempo determinados― merced a las distintas experiencias perceptivas.

Los neurólogos no saben muy bien cómo crea el cerebro esas imágenes, aunque pueden ver como se encienden y se apagan las neuronas en las tomografías, y cómo algunas zonas del cerebro se iluminan cuando sienten emociones o cuando sueñan o resuelven una ecuación matemática. Los neurólogos son deterministas y están fuertemente aferrados al mundo newtoniano; para ellos, no hay ideas en el universo cuántico, no hay nada más que una dimensión dentro de otra dimensión inmersa a su vez en otra dimensión que no nos pertenece y en la que no podemos existir, como la pantalla del televisor vista con un microscopio. ¿Dónde se ha ido nuestra serie favorita si nos quedamos mirando el contenido de un solo píxel?

La neurología cuántica sugiere que la mente humana funciona de una forma tan eficiente que no puede valerse únicamente de las leyes físicas clásicas, que tiene que haber algo más allá, como lo que se quiere obtener de un ordenador cuántico, en el que ya no hay ceros y unos, sino la superposición de distintos estados que se van a manifestar de una forma u otra cuándo y cómo sean requeridos por su entorno.

Hay quien piensa que el cerebro funciona como una serie de ordenadores en paralelo, no en modo cuántico. Sin embargo, yo he visto un supercomputador funcionando como tres mil ordenadores en paralelo y puedo decir que no hay nada más lejos de la conciencia en el hecho de que cada uno de ellos ejecute una operación y otro de ellos unifique el resultado, es como esperar que una batidora adquiera conciencia del hummus que está produciendo al triturar garbanzos con aceite, ajos, sésamo y zumo de limón. Una batidora jamás sabrá lo que está haciendo.

 

Avatar de Desconocido

About cruzandoloslimites

Es lo que vemos, es lo que somos.
Esta entrada fue publicada en Todos los futuros. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario