Por fin, después de buscarla durante meses en todos los eventos de la ciudad de Barcelona, encontré a Rosie en el baile de disfraces del Liceo. Llevaba un traje ajustado de arlequín y una máscara de colores que se quitó dos o tres veces, tal vez porque hacía demasiado calor con tanta gente. Yo llevaba una máscara que representaba un tigre de bengala.
Rosie estaba borracha, pero, por lo que recordaba, la tentación de un güisqui con sabor a especias, jengibre y cardamomo era superior a ella.
—Ten cuidado, su sabor es muy prolongado.
Me miró intensamente, pudo adivinar quién era, los ojos verdes con reflejos granates me delataban bajo la máscara. Noté como se aceleraba su respiración, y cuando le tendí la copa me tocó la mano con los dedos, cálidos y temblorosos. Tenía toda la energía concentrada en el torso, visualicé sus nalgas heladas, su sexo. No estaba en condiciones de leerle el pensamiento, pero podía adivinarlo.
Le llené el vaso hasta el borde.
—Espero que puedas llegar a casa.
La copa voló como si flotara en el aire hasta sus labios. Dio un sorbo corto, suficiente para que mi vista volara desde el corazón palpitante de su boca a los mares de dunas marcianas de su rostro, y quedar atrapado en la nebulosa de sus ojos negros como si mi conciencia estuviera siendo absorbida por una intensa gravedad. Mientras el líquido ambarino desaparecía en sus entrañas, sentí como si me lo estuviera bebiendo yo mismo y se iniciaba una perniciosa cuenta atrás que amenazaba con convertirme en esclavo de la nada.
Una mujer que llevaba la mitad inferior del rostro teñido de negro alquitrán, como si acabara de emerger de un pozo, se acercó a ella, le dio un beso en la mejilla y le pasó la lengua por los labios, para acto seguido apartarle el vestido a un lado del cuello y dejar a la vista la marca morada de un mordisco en el hombro, como diciendo «es mía». Aquella mujer tenía el cuello largo y delgado como esas mujeres de Birmania, y donde acababa la pintura negra era rosado como la arena de una playa en el borde del agua.
De pronto, se apagaron las luces, se elevó un grito en la sala y, un instante después, se iluminaron tenuemente los espejos, convirtiéndonos en fantasmas. El rinoceronte cobró vida en aquella dimensión esmerilada y Rosie y su amiga desaparecieron mientras el animal arramblaba con todo y se dirigía hacia la puerta de entrada, en cuyo camino me encontraba.
Sus ojos pequeños y vidriosos me miraban a través del espejo, dos mil kilos de furia desencadenada. Me preguntaba si sentiría el embate antes de verlo en el reflejo, donde las máscaras volaban en todas direcciones, los cristales de las botellas se hacían añicos y los gritos trazaban una invisible telaraña de ondas en el aire.
Sentí el empujón de la rodilla de Rosie en el estómago mientras estaba enroscado en las sábanas. Alargué la mano para defenderme y encontré sus nalgas frías y relajadas, corrí a buscar el pálpito de su corazón pero me quedé entre sus muslos calientes mientras me despertaba en aquel revoltijo de telas blancas, en aquel piso del Raval, la barandilla del balcón abierto frente a nosotros y el ruido de la calle cuatro pisos más abajo como si emergiera de un mundo aparte: el sordo rumor de los cubos de basura, la tos de algún renacido en el portal, el murmullo de los primeros visitantes y, algo más lejos, los barrenderos lavando los meados de las paredes con esas mangueras que desplazan vómitos y orines a los sumideros de las cloacas y el mar cercano, donde engordan los peces araña y los cabrachos.
Rosie dormía, murmuraba en sueños, olía a Macallan, el sol ascendía por la pared iluminando la copia de El rinoceronte, de Longhi, que nos habían regalado ayer.





