El jilguero se posó en el ventanal. Tenía patas adhesivas, similares a las de los geckos, en lugar de garras, puesto que todas las superficies de la nave estaban diseñadas como las alas de una cigarra. Su cerebro era un pequeño alfiler cuántico que le permitía tener el nivel de conciencia suficiente para mantenerse dentro de su zona de confort en la sala de espera de la Reina Roja, la gigantesca estación de paso donde una multitud se preparaba para el viaje.
Joana miró a través del vidrio los chorros de vapor que emergían del polo sur de Encélado, el satélite de Saturno, luego centró la vista en el cristal y vio su propia imagen, la nariz aplastada, los ojos caídos, los labios estrechos y surcados de arrugas. Estaba orgullosa, sin embargo, del tatuaje de Mara, el dios budista de los demonios y la destrucción, que emergía por encima de unos pechos escuálidos, apenas cubiertos por una blusa de lino que dejaba entrever unos pezones que parecían caños de tanto haber sido chupados. Serpientes rojas y negras cubrían unos brazos flacos y huesudos. Tosió con voz ronca, como si hubiera fumado un cigarrillo tras otro durante toda su vida y bebido alcohol como un cosaco, y allí estaba, elegida para un viaje al más allá, a través del agujero de gusano que flotaba junto a Saturno, por el que desaparecían las naves llenas de los colonos hacia mundos desconocidos y lejanos.
Una voz etérea conminó a los pasajeros a embarcar. Sintió un escalofrío, y, en un último atisbo, vio su propio pánico, porque cuando desembarcara lo haría con un cuerpo diferente, adaptado a un mundo nuevo, con otra gravedad y otra atmósfera, y a los desheredados como ella no les decían dónde iban ni el aspecto que tendrían. Solo era una paria desalojada de un planeta que ya no la soportaba.
La nave se dirigió rápidamente hacia el Hades, la boca del infierno que se los tragaría para siempre. La mente de Joana se disgregó al acercarse al agujero negro, mientras sus características más importantes eran introducidas en un núcleo de pensamiento cuántico. En un instante, se liberó de todas las emociones, dejó de ser el río y el mar para convertirse en el agua. Era como haber alcanzado la iluminación, inmune a todos los padecimientos y alegrías, pero también a punto de perder su identidad en un silencio absoluto donde nadie podía moverse.
Le habían dicho que recordara los rasgos esenciales de su vida para mantener la identidad, pero no había mucho en qué pensar. Cuando tenía trece años se había hecho esterilizar para no verse encadenada. Se ganaba la vida en la calle y había dormido más de una vez en un contenedor. Había vivido los últimos veinte años en una comuna. Y ahora, había sido elegida para empezar de nuevo, y no había podido negarse. Le dijeron que sería joven otra vez, que podría reproducirse, que volvería a vivir.
Lo primero que vio cuando se hizo de nuevo la luz fueron unas manos peludas con unos dedos largos, acabados en unas uñas fuertes y curvadas. El olor era tan intenso que sintió la necesidad de cavar y comer aquellos bulbos blancos que emergían entre unos hierbajos muy altos. Intentó hablar, pero le surgió un chillido y se dio cuenta de que estaba frotando los dientes para advertir del peligro a sus congéneres. Una sombra recorría la pradera llena de ratas, una especie de monstruo que las abocaba a todas a lanzarse cuesta abajo. Joana corrió junto a las demás y saltó por el cercano talud, pero fue atrapada en el aire por el murciélago gigante. Apenas tuvo tiempo para reconocer su nuevo cuerpo y darse cuenta de que había sido enviada allí como alimento de otros llegados antes.
Nadie me conoce, soy como uno de aquellos lagartos secos y transparentes que clavaba en la pared cuando era niño en casa de mis abuelos, pensé, mientras me llevaban a bordo de un Toyota a través de la sabana, a toda la velocidad posible por aquellos caminos erizados de trampas. ¿Quién era yo? Tal vez era el polvillo negro que destilaba de los lagartos y que convertía en tinta para escribir en un lenguaje inventado que nadie pudiera leer. Nada de eso, era peor, era un turista anónimo que había querido llamar la atención y había resultado herido porque su destino era no ser nadie, que nadie conociera su nombre, ni su rostro, ni su función en este mundo. En mi ciudad, era ese vecino desconocido que no habla con nadie, encerrado en casa, y del que nadie sabe lo que hace. La verdad es que escribía libros de autoayuda para un conocido autor, cuyo único mérito era dejarse ver en fiestas y presentaciones, divirtiendo a la concurrencia y haciendo creer a todos que era capaz de escribir él solo todas aquellas estupideces sobre olvidar el pasado, vivir el momento y modificar el futuro con una sonrisa. Aquel individuo, que figuraba en las portadas y en los créditos, se enriquecía rodeado de admiración, mientras quien vertía sobre la página todas aquellas sandeces destinadas a elevar la autoestima del lector languidecía.
Por primera vez en muchos años, decidí salir de casa y viajar. Acababa de escribir el último libro sobre pensamiento positivo, pero no conseguía escapar de la historia de la inhumanidad. ¿No fue Nietzsche quien dijo que la crueldad era el trasfondo más antiguo de la cultura? Vine a África buscando el animal salvaje que se domesticó a sí mismo y se divinizó llevando en su seno el mismo espíritu que esos leones que me han roto la garganta. Si pudieran sonreír, esas bestias mostrarían el mismo placer ante el sufrimiento que los ochenta mil testigos de la ejecución de Luis XVI. Se habló de unos escolares batallando entre la multitud que quería tocar la sangre para relamerse los dedos y que luego fueron vistos pasándose de boca en boca la saliva enrojecida porque querían saborear, ¿por qué no?, las entrañas de un rey. Al fin y al cabo, la crueldad es una experiencia de poder que había pasado del rey a sus súbditos de forma elegante y a la vez terrorífica: hay que deshumanizar a una parte de la humanidad para volver a humanizarla si se quieren cambiar las cosas. El amor solo puede surgir del desamor.
Ni siquiera conozco al autor de mis libros. Su mujer, una veterana acostumbrada a los desvaríos de una pareja a la que solo une el dinero, adúlteros ambos y fornicadores de postín que predicaban la abstinencia entre sus ingenuos lectores, que eran los míos, me pasaba el esquema de la obra y yo la escribía. Mi nombre no aparecería en los créditos. Me pagaban como colaborador de algo que había escrito íntegramente y ni siquiera figuraba como corrector. Un día que me encontraba excepcionalmente animado, me uní, con mi desconocido nombre, a un grupo de viajeros que quería visitar las llanuras del Serengueti en la época de las migraciones. Cebras y ñus formaban una masa compacta de herbívoros que se desplazaba a través de los herbazales. Los leones, ocultos en la sabana, los seguían. Para ellos, solo eran algo que llevarse al estómago.
La primera noche, con el grupo de viajeros sentados a la luz de una hoguera, cada uno de nosotros tenía que explicar a qué se dedicaba, aunque a mí me interesaba más el cielo, que nos hacía tan pequeños.
—Yo no soy nadie —de hecho, no existo—. Una vez publiqué una novela con mi nombre en una plataforma de autoedición y vendí un ejemplar a mí mismo.
—Entonces, ¿cómo se gana usted la vida?
—Una herencia —mentí. No podía decir, por contrato, lo que hacía.
Tres días después, harto de que ni siquiera me miraran a la cara, me bajé del vehículo con el que perseguíamos a los depredadores y me dirigí en línea recta hacia un grupo de leones que estaban devorando una cría de antílope. Había una docena de todoterrenos rodeando la escena, que se desarrollaba a la desabrida sombra de una gran acacia. Un leopardo miraba desde lo alto de una rama, un grupo de babuinos esperaba a cierta distancia, las hienas se acercaban, los buitres sobrevolaban el escenario. Había oído que, si les hablas, los leones no te atacan, así que empecé con Osho, el gurú de la autoayuda que más mujeres de mediana edad había encandilado. Hablé en voz muy alta, para que quedara grabado en los vídeos de los turistas y para que me oyeran las fieras.
—En el momento en que no tienes miedo de la multitud, dejas de ser una oveja y te conviertes en un león. Un gran rugido surge de tu corazón, el rugido de la libertad. Yo soy un león. Hacedme sitio, compañeros.
Me agaché junto a ellos, como si quisiera compartir la presa, aunque supongo que entendieron que se la estaba disputando.
Cinco minutos después, me encontraba en el asiento trasero de uno de aquellos vehículos, con un imponente desgarro en el cuello. La sangre se derramaba por el asiento. Me acordé de Casanova, que describió un descuartizamiento horroroso en Francia ordenado por el mismo Luis XVI del que aquellos estudiantes probaban la sangre. El reo seguía gritando cuando los caballos ya le habían arrancado la mitad del cuerpo. Casanova se tapaba los oídos, pero no podía dejar de mirar. Maquiavelo consideraba la crueldad (a través del verdugo) el engranaje necesario entre el rey y su pueblo. Yo era más de Nietzsche: «La apariencia, desde el principio, casi siempre se convierte en esencia, y actúa como tal».
Una de las chicas de la expedición era médico y llevaba una mano puesta en mi cuello, donde faltaban las cuerdas vocales que me hubieran permitido pregonar mi nombre. Ni siquiera había valido para eso. Me recordarían como el desconocido que se enfrentó a los leones, que no tenía pasado y que vivía encerrado en su casa de hacer miserables trabajos para aquella editorial en la que trabajaba el conocido escritor que amaban todas las mujeres y envidiaban todos los escritores. En la próxima reencarnación, me pediría el cuerpo de un león.
Tal vez entonces consiga ser alguien, aunque solo sea en las cámaras de aquellos desabridos turistas que mezclaban el miedo con el placer, a la manera de Bond: «tres partes de Gordon’s, una de vodka, media medida de Kina Lillet, bien agitado con hielo y con una filigrana de limón», un poco de temor, otro de admiración, el corazón que se quiere mordiendo la muerte en las puertas del paraíso, y ese toque ácido que te dice que la vida hay que abandonarla suavemente y que todavía no es el momento.
El mundo cuántico se encuentra a una escala muy pequeña en relación con el nuestro. Es como si nos acercáramos tanto a la televisión que pudiéramos mirar a través de los píxeles para descubrir que hay una realidad que no tiene nada que ver con lo que estábamos observando. Imaginemos que vivimos en un mundo que funciona de la misma forma, encendiendo y apagando los píxeles para dar sensación de realidad, y que nosotros somos esas luces de colores que se iluminan y desplazan de un lado a otro de la pantalla. Dado que una pantalla tiene solo dos dimensiones, la televisión en la que estamos metidos tendría que ser una superestructura tridimensional formada por diminutos tetraedros encajados unos con otros que se extenderían en todas direcciones hasta los límites del universo. La dimensión de cada uno de los lados de estos pequeños píxeles con forma de pirámide triangular sería el cuanto de Planck (cerca de 1,6 x 10-35 metros), la unidad más pequeña que se puede medir sin abandonar la realidad y meternos de lleno en el universo cuántico, donde las leyes no son las mismas que en el nuestro.[1]
Estos poliedros de cuatro caras se encenderían y apagarían a gran velocidad, como ese océano de pixeles por el que nos movemos, dando la sensación de movimiento. Si siguiéramos profundizando y nos metiéramos en los píxeles, el mundo cambiaría y se volvería cuántico, ya no sería nuestro mundo ni respetaría nuestras leyes. Eso es algo que no queremos hacer, porque perderíamos nuestra identidad. El intervalo temporal de cada imagen, es decir, la rapidez con que se encienden y apagan los píxeles ―en una película, se sustituye un fotograma por otro cada 0,04 segundos para dar sensación de fluidez―, sería el tiempo de Planck, la unidad de tiempo más pequeña que se puede medir dentro de nuestro universo: 5,39 x 10-44 segundos. Esto nos da la imagen de fluidez sin fisuras que conocemos y permite que se produzcan todos los fenómenos naturales con una cadencia perfectamente reconocible.
A una escala más pequeña que la del píxel, aparece otro mundo donde una multitud de partículas y entidades energéticas no están sometidas a las mismas leyes que nosotros, pueden existir en diferentes estados a la vez, estar aquí y allí al mismo tiempo y comportarse como una onda y una partícula a la vez. Quienes defienden que la conciencia tiene el poder de cambiar la realidad piensan que puede incidir en esa dimensión o que la conciencia se encuentra todavía más allá de este estado, en una escala aún más pequeña en la que no existen dimensiones, y que de esta conciencia emerge todo lo demás, un aparente caos energético que empieza a tomar forma a medida que adquirimos una cierta distancia y la perspectiva necesaria.
Cuando nos elevamos hasta el mundo de las macrodimensiones, descubrimos que, de aquel caos, surge el ala de una mariposa de brillantes colores donde antes no podíamos siquiera discernir dónde estaban las partículas y en qué dirección se movían. La verdad es que, por muy quieta que se encuentre el ala de la mariposa en una mañana sin viento, en su diminuto interior la movilidad supera nuestra capacidad de percepción y, a la vez, si lográramos introducirnos en su interior, nos sentiríamos como en el vacío entre las estrellas, solo que esas estrellas serían partículas cuya naturaleza todavía no hemos acabado de comprender. Por otro lado, muchas de esas partículas se moverían a nuestro alrededor como si fueran a la vez viento y arena, y la arena pudiera tener formas de moverse que no podemos percibir. El ala de la mariposa se habría convertido en un pequeño y a la vez inmenso universo consciente o, todo lo contrario, una entidad carente de lo que nosotros, con nuestras limitadas capacidades, entendemos por conciencia.
Los físicos han descubierto que esa parte del universo con tanto espacio vacío y unas leyes físicas diferentes puede reproducirse a muy bajas temperaturas en nuestra parte newtoniana de la realidad, cuando, teóricamente, detenemos el movimiento, y han creado superconductores por los que los electrones se desplazan sin perder energía a temperaturas cercanas al cero absoluto. Este es el primer problema para creer que la conciencia existe en esa dimensión, porque, aparentemente, se necesita cierta temperatura para que el cerebro dé lugar a la conciencia, y no es posible en el frío absoluto. Por esta y otras razones, los científicos explican la conciencia como el resultado de la actividad eléctrica del cerebro y los procesos bioquímicos asociados, que funcionan creando gigantescas bases de datos gestionadas mediante redes neuronales que actúan por grupos y permiten el intercambio de ideas, dando lugar al pensamiento.
En el laboratorio, podemos crear neuronas sintéticas ―encendido/apagado―, pero no podemos hacer todavía que cien mil millones de neuronas, ni siquiera unos pocos millones, actúen de forma sincronizada compartiendo datos y debatiendo cuál es la mejor respuesta ante un problema a partir de la experiencia, con la capacidad de crear y equivocarse. El futuro ordenador cuántico tendrá el tamaño de una caja de cerillas y podrá hacer trillones de operaciones en un microsegundo, y aun así, no se parecerá a la mente humana.
Lo que parece cierto es que el cerebro tiene prisa, y eso nos viene de vivir en un mundo competitivo en el que, quien no se mueve lo bastante deprisa, sirve de alimento. Aun antes de que acabemos de recibir de forma consciente la información que necesitaríamos para poder tomar una decisión, el cerebro ya se ha formado una idea, ha reconstruido la realidad y nos ha dado la oportunidad de actuar en consecuencia: eludir el ataque del depredador o el enemigo humano y correr sorteando todos los obstáculos que apenas percibimos a nuestro alrededor, pero que adivinamos y construimos mentalmente a partir de la memoria y la experiencia.
Heredamos un cerebro desarrollado en la lucha por la supervivencia. Somos conscientes de que existimos porque asignamos significados y valores a los diferentes estímulos procedentes del medio en que nos movemos ―a través de un espacio y en un tiempo determinados― merced a las distintas experiencias perceptivas.
Los neurólogos no saben muy bien cómo crea el cerebro esas imágenes, aunque pueden ver como se encienden y se apagan las neuronas en las tomografías, y cómo algunas zonas del cerebro se iluminan cuando sienten emociones o cuando sueñan o resuelven una ecuación matemática. Los neurólogos son deterministas y están fuertemente aferrados al mundo newtoniano; para ellos, no hay ideas en el universo cuántico, no hay nada más que una dimensión dentro de otra dimensión inmersa a su vez en otra dimensión que no nos pertenece y en la que no podemos existir, como la pantalla del televisor vista con un microscopio. ¿Dónde se ha ido nuestra serie favorita si nos quedamos mirando el contenido de un solo píxel?
La neurología cuántica sugiere que la mente humana funciona de una forma tan eficiente que no puede valerse únicamente de las leyes físicas clásicas, que tiene que haber algo más allá, como lo que se quiere obtener de un ordenador cuántico, en el que ya no hay ceros y unos, sino la superposición de distintos estados que se van a manifestar de una forma u otra cuándo y cómo sean requeridos por su entorno. Hay quien piensa que el cerebro funciona como una serie de ordenadores en paralelo, no en modo cuántico. Sin embargo, yo he visto un supercomputador funcionando como tres mil ordenadores en paralelo y puedo decir que no hay nada más lejos de la conciencia en el hecho de que cada uno de ellos ejecute una operación y otro de ellos unifique el resultado, es como esperar que una batidora adquiera conciencia del hummus que está produciendo al triturar garbanzos con aceite, ajos, sésamo y zumo de limón. Una batidora jamás sabrá lo que está haciendo.
[1] El cuanto de Planck equivale a la distancia que recorre un fotón, a la velocidad de la luz, en el tiempo de Planck, que es el intervalo temporal más pequeño que puede ser medido, 5,39 x 10-44 segundos. No obstante, los recientes descubrimientos realizados en el universo mediante los telescopios espaciales podrían hacer tambalearse esta medida.
Lo que sigue es el prólogo al libro Los caminos de la conciencia, publicado en Amazon, que he escrito como ampliación a otro anterior titulado Escenarios del futuro, en el que trataba de todos los temas, y decidí que necesitaba hacer uno centrado en cómo ha evolucionado nuestra percepción de la realidad desde todos los puntos de vista, lo que tenemos en común con las demás especies y lo que piensan los científicos y los guías espirituales sobre nuestra situación en el universo y nuestro futuro.
Es posible que, al empezar este libro, tengas la sensación de no entenderlo, pero serán solo unas pocas líneas; en lo demás, he intentado que el lector lo lea como quien escucha una sonata en un estuario, frente a las montañas nevadas, al pie de los glaciares en una isla del océano Ártico, pero podría ser una luminosa y templada playa mediterránea o la arena blanca de un trópico incandescente.
¿Por qué he preferido el Ártico? Porque desde sus playas de grava es más fácil contemplar a las yubartas, esos cetáceos que, como de hecho todas las ballenas y delfines, muchas aves e incluso algunos peces, tienen lo que podría llamarse una conciencia elemental que les permite desarrollar culturas diferentes según el grupo familiar y el lugar donde viven. Cada familia tiene una manera de comunicarse. Las belugas incluso tienen nombres personales por los que se llaman entre ellas, y su cultura es creativa; cuando un cetáceo descubre una manera nueva de cazar, los demás la aprenden enseguida; por ejemplo, golpear el agua con la aleta caudal para acorralar a los peces o colocarse una junto a la otra, como hacen las orcas, nadar a toda velocidad y sumergirse al unísono bajo los témpanos de hielo para provocar una ola que arroje al agua a las focas, dejándolas indefensas frente a la voracidad de sus cazadoras. Estamos aprendiendo a comprender que no somos los únicos seres con consciencia y que el planeta no es nuestro patio de recreo, que no lo podemos destruir para nuestro beneficio, como haría una especie que se comiera todo lo que vive sobre la tierra firme hasta que solo quedara vida en el océano y lo único que se le ocurriera es devastarlo.
Nos queda mucho por aprender sobre comportamiento animal, incluso sobre el nuestro. Hasta las golondrinas parecen llamarse por su nombre para reconocerse, y muchos pájaros lo hacen; además, el canto evoluciona. Antes de desarrollar nuestro sofisticado lenguaje, nos comunicábamos como los animales. Sabemos que los suricatas y los perritos de las praderas emiten distintos sonidos para definir el tipo de amenaza que se acerca, incluso el color. Así debimos de empezar nosotros, con gruñidos cada vez más elaborados; después, la evolución debió de favorecer a unos grupos sobre otros a medida que se desarrollaban las características físicas que nos iban a permitir no solo encadenar conceptos, sino pronunciar la gran diversidad de palabras que nos daban ventaja sobre otros grupos rivales menos avanzados. La historia del ser humano es o podría ser ―hay demasiadas cosas que todavía no sabemos— una historia de violencia, de restos de barcos más pequeños que nosotros mismos destruimos y con los que construimos otros más grandes.
También podría ser que hubiera una conciencia universal, un ser o entidad superior que lo englobara todo y hubiera creado el universo como una forma de percibirse a sí mismo. O que todo lo creado tuviera una conciencia, un alma y un espíritu independientes puestos a prueba, que la realidad que percibimos fuera una pequeña parte de lo que somos, una proyección temporal de algo mucho más grande, una sombra de nosotros mismos como parte de algo que todavía no podemos comprender. Hablaremos de creencias, de descubrimientos, de lo que dicen los científicos y los guías espirituales, de religión y de ciencia, y trazaremos nuestro propio camino para descubrirnos y encontrar una guía en este complicado mapa de los caminos de la conciencia, que no es otra cosa que la búsqueda de una verdad que no podemos comprender. Solo vemos los muebles, no la habitación, tenemos consciencia y apenas algo de conciencia, pero no percibimos la gran conciencia que se halla por todas partes y que es, indudablemente, lo que andamos buscando y que abarca todo el universo.
Tal vez como seres humanos no podamos extinguirnos, ya que el universo no va a desperdiciar un elemento tan valioso como la inteligencia, ahora que ha encontrado la fórmula para interpretarse y descubrirse a sí mismo; en definitiva, ser consciente. No obstante, al universo le queda un largo camino, porque no hemos sido diseñados para ser conscientes más que de nosotros mismos y vamos a necesitar ampliar nuestra percepción muy pronto si queremos formar parte de ese organismo infinito que nos envuelve.
Divina había sido una niña soldado. Con diez años, unos hombres entraron en su aldea y mataron a todos los adultos, prendieron fuego a las chozas y se llevaron a los niños. Divina era una niña escuálida con una mata de pelo rizado en la coronilla, la cara delgada y unos dientes muy grandes que destacaban cuando sonreía, pero también cuando los apretaba y separaba los labios y te apuntaba con una metralleta, y veías las gotas de sudor perlándose en su frente y los ojos grandes, en cuyo iris negro como el carbón desembocaban ríos de sangre que teñían de rojo la esclerótica, que nunca más volvería a ser blanca.
¿Qué había en la cabeza de aquella niña? Un mes después, la miraba en el centro de recuperación de niños soldado, con el pelo rapado al cero, aún resistiéndose, pero cada vez menos, a ir a clase, acodarse sobre un pupitre verde descascarillado y escuchar la lección de francés, que era además la de volverse un ser humano, recuperar las emociones, la empatía, el respeto a los demás y el amor a uno mismo. La pequeña kadogo, que es como llamaban en suajili a los niños soldado, se había convertido en Divina porque su profesor-adiestrador español lo había querido así.
Un día, me encontré frente al cañón de su fusil, mirando la boca por la que tenían que salir las balas, apoyado en el tronco de un ocumé del Congo, dejando que la lluvia se deslizase por mi rostro; enseguida, sujetando el arma, vi las manos pequeñas de Divina, que tenían la piel del dorso negra como la espalda de un chimpancé, y el interior blanco como la pulpa de un coco. Vi sus piernas delgadas de niña de poco más de diez años, una falda corta arrugada, de colores brillantes, encima de unas mallas negras y sucias, un pecho sin pecho, unos hombros pequeños, una cabeza desproporcionadamente grande, los dientes apretados, muy blancos, como los de esos dibujos animados, y me apiadé de ella, como si no fuera ella la que debía apiadarse de mí para no volarme la cabeza.
Su profesor-adiestrador era yo. Cuando estaba a punto de matarme le pregunté cuántas veces la habían violado y le dije que podía ayudarla. Me dijo que todos los días, de todas las edades, hasta sus primos y hermanos secuestrados de la aldea, cuando estaban fumados y no conocían a nadie, solo hacían lo que hacían los demás en la oscuridad, la negra oscuridad de la selva donde las únicas luces eran las fogatas de los pigmeos en las entrañas de aquella inmensidad. Cuando la violaban veía los fuegos fatuos en el entorno de los párpados y dejaba que las luces formaran estrellas que chocaban con las paredes de su pequeño mundo. El dolor la embotaba y, en el vaivén contra las raíces de la noche, se dormía y viajaba a un mundo donde sus padres y hermanos dormían todos juntos después de haber comido unas cuantas raíces de ñame que acababan convirtiéndose, en el sueño, en las entrañas de un elefante. Se despertaba entre ronquidos y el olor apestoso de aquella tropa formada por niños, niñas y hombres sucios que un evangelista que se me coló un día en clase quiso equiparar con el infierno de los cristianos, mientras les contaba a mis niños que un señor llamado Jesucristo había venido a salvarlos. Pero cuando te han roto el alma y el cuerpo por dentro dejando un animal herido para siempre, no hay creencia que valga, y menos una que derrama el dinero y viste a sus hijos con ropas de marca.
Divina me confesó más de una vez que en su cabeza no había nada, que ningún sueño había sobrevivido a dos años de matanzas y violaciones, que su memoria no podía generar esperanza ni proyectar futuro alguno. ¿Cómo ibas a decirle que la esperanza siempre acaba por emerger por muy negras que sean las aguas del alma, y que la fragua del tiempo convierte el dolor y la experiencia en un poder?
Yo les enseñaba mitología. La vida de los dioses y los padecimientos de quienes entraban en contacto con ellos, que era el precio que tenían que pagar por adquirir ese poder. Por ejemplo, Tiresias fue cegado por Atenea cuando reconoció que las mujeres son más sensibles que los hombres, contradiciéndola, y luego, para compensarle, le permitió entender el lenguaje de los pájaros, que le dieron el don de la profecía, haciendo que su dolor se transformara en el más famoso de los videntes.
¿Cuál era el poder de Divina? Para mí, era su fuerza. Con quince años, me la llevé a Nueva York. Quería hacer la prueba de salir de una ciudad pequeña de África, donde la miseria se aglomera a diario en las calles de polvo o de barro, y llevarla a un lugar donde las masas adineradas recorren las tiendas en busca de la última moda en ropa y en tecnología. Quería verla nadar entre rascacielos y que fuera en invierno.
Por supuesto, nevaba. Le compré un anorak blanco para que su rostro negro como el betún resaltara aún más entre las plumas de perdiz nival que le rodeaban la cara. Divina ya no era la niña que tenía miedo de su propia sombra, era tan alta como yo, había desarrollado unos hombros poderosos, su rostro había adoptado un aire encantador. Caminamos los dos con aire desafiante, abriéndonos camino entre la multitud aterida por la nevisca hasta las escaleras que ascendían al Museo Metropolitano de Arte, donde nos paramos y le pedí que mirara bien la enorme fachada. En una de las tres puertas frontales colgaba el póster gigantesco de una niña que miraba de forma desafiante a través de la mirilla de un fusil kalashnikov, con los ojos grandes como las ventanas de un hotel, los dientes como icebergs apretados en una mueca de dolor y odio que llevaban a la única invención de la foto, una gran lágrima en la que podíamos habernos ahogado, pero que nunca existió mientras ella era niña soldado.
Aquel era el momento esperado. Antes de entrar, una multitud apareció por la gran puerta central del museo, que tendría más de cuatro metros de altura y separaba el póster de Divina de otro, a la derecha, en el que figuraba la Virgen de las Rocas de Leonardo da Vinci. La barahúnda nos rodeó con la mirada puesta en mi niña, que estuvo a punto de desmayarse y caerse en la nieve sobre los largos escalones cuando empezaron a aplaudir, cerrando el círculo, regalándonos, regalándole a ella toda la fuerza del mundo, pidiéndole, con lágrimas en los ojos, que continuara adelante, que la vida siempre merece la pena vivirse, que no es ese pozo de alquitrán que a veces puede parecer. La exposición dedicada a los niños soldado llenaba un ala del edificio, pero no la dejé entrar. Nos fuimos a ver la exposición sobre las vírgenes de Leonardo, que ocupaba otra ala del edificio.
Dejé que se extasiara ante lo que el ser humano era capaz de hacer en favor de la belleza, y nos quedamos al menos media hora mirando la Virgen de las Flores. Yo miraba la composición, pero Divina observaba con atención de experta al niño regordete que miraba y estiraba los brazos hacia el clavel rojo que la virgen sostenía en la mano izquierda.
Creo que, en aquel momento, Divina entendió que su periodo de abstinencia y rechazo hacia los demás había terminado. Desde ese día, volvería a ser una persona asequible a la que una simple caricia no provocaría nunca más el escalofrío de la muerte.
Aquel niño desnudo tenía que ser suyo. Y yo entendí, en su mirada, que al amor había emergido de aquel pozo.
Me llamaban Lambda Rosa. Era boxeadora y estaba atravesando un mal momento. Acababa de perder cinco combates y mi autoestima estaba por los suelos. Tenía las cejas cosidas con alambres, los labios hinchados, la nariz como si un camión le hubiera pasado por encima. Mis compañeras de piso y peleas, mis amantes, me ignoraban, como ese mueble que has decidido tirar y tratas de olvidar. Necesitaba escapar, y no se me ocurrió otra cosa que apuntarme como voluntaria para luchar con las tropas internacionales en la recién empezada guerra de Ucrania. Me equivoqué. No sabía que la primavera ucraniana fuera tan terrible. Me pasé dos meses hundida en el barro de una planicie negruzca e interminable, avanzando y retrocediendo sin ganar ni perder terreno. Un día, en plena retirada, una explosión me hirió en una pierna. El resto del batallón, que luchaba por sacar los pies del lodo a cada paso, me abandonó cubierta de barro entre unos saúcos floridos. Me dijeron que me ocultara en el pozo ciego que había bajo los arbustos, hasta que volvieran. Pasé dos días enterrada en la mierda, mientras los soldados rusos cruzaban en silencio por encima de aquel inodoro campestre y descargaban sus miserias sobre mis hombros. Lloré sin parar y bebí mis propias lágrimas. Decían que los rusos violaban a todas las mujeres para asegurarse de que su ADN impregnara aquel territorio. Calculaba cuántos tíos podría soportar en mi interior y si valía la pena romperse los nudillos para morir aplastada en el barro y florecer en cualquier árbol.
Cuando los rusos retrocedieron y los míos me rescataron, decidí que había tenido bastante purgatorio y que volvía a Barcelona, porque siempre vale más vivir en soledad en un entorno seguro y conocido que en esa guerra, que tenía visos de convertirse en un tira y afloja interminable.
Sin embargo, haber estado en aquel infierno me convirtió en un icono, y eso me hizo sexualmente más atractiva. Durante varios días, mis compañeras me miraron como si fuera el personaje de un cuadro que ellas mismas acabaran de pintar, buscando y retocando todas las imperfecciones, desde las puntas de los dedos de los pies hasta los rizos que me recogían con cariño para relamerme las orejas. Furia me daba un beso en los labios y me decía te quiero, tesoro, y las demás la seguían; yo ya estaba temblando de placer cuando Lamia se apretaba contra mi pecho y me acariciaba las nalgas, mientras me ofrecía la lengua en cualquier lugar y yo veía a todos los tíos a nuestro alrededor enderezarse ante aquella santa compaña a la que más les valía no acercarse so pena de verse arrastrados a un lugar donde podían arrancarles los ojos.
Barcelona era mi ciudad, pero mantenía con ella una relación de amor y odio. Sería un maravilloso escenario postapocalíptico si se cubrieran todos los edificios modernistas de hiedra y se hiciera desaparecer a todos los turistas. Una tenía la sensación de que el paso del tiempo se debía a su evolución en las cámaras de los móviles, mientras los duendes del bosque se escondían tras las fachadas para no salir en las imágenes. Lo que más me atraía era la infinidad de secretos escondidos detrás de los callejones de la ciudad vieja, las plazas y sus terrazas, los edificios grises llenos de pisos pequeños con los suelos desnivelados, los retretes improvisados en galerías estrechas, las sábanas espermáticas, arrebujadas sobre colchones hundidos, las tuberías de plomo supurantes de moho, las prostitutas del todo a cien con los labios troquelados por el carmín, los adictos que florecían y fenecían el mismo día como flores de cactus en los pasillos de los narcopisos, los estudiantes emporrados que resbalaban como sombras por las paredes, los colmados saturados de verduras exóticas en cuya trastienda vivían familias enteras, los alcohólicos atrapados en su mundo de quebradizo cristal y los que pasábamos por allí buscando un restaurante donde un travestido se presentase por las noches a ofrecer su doble y transgresora personalidad a quienes creyeran que la vida hay que bebérsela como el agua fresca por muy amarga que sea.
Cuando estaba en las estepas ucranianas, con el cielo atravesado por las estelas de los cohetes, junto a aquellos hombres temerosos y valientes a la vez que se acomodaban al barro y la nieve como si fueran lobos invernales, me acordaba de esos pisos del Raval donde las litronas se pasan de bloque en bloque simulando las pelotas arrancadas de sus desabridos habitantes. Soñaba con esos lugares donde, cuando se hace de noche y se encienden las luces de aquellos pisos altos y estrechos, pueden verse, a través de las rendijas de las persianas, los testículos asomando por debajo de los calzoncillos, las bragas de diez tallas, los vientres hinchados y, en lo alto, cerebros con las circunvoluciones necesarias para soñar con un poco, solo un poco, de felicidad.
Un par de semanas después, durante una noche de cervezas en el tejado de nuestro edificio, contemplando el enladrillado luminoso de la ciudad, sobre el que emergía la Catedral del Mar, mientras las cuatro leonas del ring nos preparábamos para una noche de amor, cuando ya estábamos intoxicadas por el intenso aroma de los cuerpos, las lenguas entrelazaban poemas de amor y el fuego valyrio ardía entre nuestras piernas dispuesto a devorar ciudades enteras, el cielo se iluminó súbitamente sobre el mar. Una luz cegadora nos hizo agacharnos y taparnos la cara. Recordé en aquel momento cómo se genera una estrella, y pensé que allí mismo una nube de gas muy denso había surgido del universo profundo y se había contraído, el hidrógeno había colapsado y empezaba a transformarse en el corazón de un nuevo sol, pero luego me vino a la mente lo que nos habían explicado en Ucrania y me di cuenta de que aquello era el uranio descomponiéndose en luz y calor. Antes de que pudiera avisar a nadie, nos alcanzó el aire caliente que barría violentamente la ciudad, cargado de partículas radiactivas. La explosión había tenido lugar a unos diez kilómetros, el sonido nos alcanzó cuando descendíamos por las escaleras, con la sensación de que el mundo se derretía a nuestro alrededor.
Soy la única superviviente de aquel grupo. Ya nadie vive en ciudades, nos hemos dispersado por un área muy grande y nos hemos asentado en poblaciones pequeñas. Los dedos sonrosados de los amaneceres homéricos se han apoderado de forma perpetua de un cielo que nunca volverá a ser como antes. No sé cuánto tardaremos en cometer los mismos errores, pero ya arde en la fragua el carbón de las identidades que convertirá la marea humana en un nido de serpientes.
Pasado y futuro de la Sagrada Familia, durante la construcción y después de la destrucción. Imagen de César Comas Llabería / Arxiu Comas
Tienes que intentar descubrir todo lo que nos hace humanos, lo que no haría un animal. Un animal no condenaría a su hija a cubrirse con un nicab desde los cinco años cada vez que cruzara la puerta de la casa y saliera a un páramo solitario, rodeado de áridas e imponentes montañas.
Bela se crio en una casa de adobe en Kunduz, al norte de Afganistán, rodeada de hermanos, unos tiranuelos que sabían que su condición de varones les daba ventaja. Desde muy pronto, se ocupó de ayudar a su madre, recoger la miel hasta que un día le picaron una decena de abejas y se negó, ordeñar las cabras, amontonar el estiércol, encender el fuego, cocinar, limpiar. Recuerda la luz imponente del cielo y el canto lejano del muecín. Un día, su madre le contó que le habían cortado los dedos a una vecina por pintarse las uñas y le ordenó no salir de casa sin el burka, con una rejilla en los ojos, las manos escondidas, los pies invisibles, convertida en un fantasma. Su misión en este mundo sería servir a un hombre, criar a sus hijos, todos los que nacieran durante su vida reproductiva, fueran trece o catorce. Aunque siempre se exageraba, no serían más de seis u ocho, siempre que fueran niños, claro. Se bautizarán con un kalashnikov nuevo en cuanto el arma, colgada del hombro, deje de levantar las piedras y se vean correr los escorpiones a su paso.
Bela fue comprometida con nueve años y violada por su esposo con doce, en cuanto este supo que podía quedar embarazada. Muchas mujeres morían durante el parto y, como era muy joven, su marido quiso llevarla a un hospital de la caótica Kabul, esa ciudad de tráfico incesante, calles desniveladas, ruinas, banderolas rojas que advertían de la presencia de minas y que la gente robaba a diario, niños por todas partes y hombres armados, pero también fantasmas enlutados bajo cuyas sábanas negras había o debía haber mujeres.
Bela tuvo complicaciones en el parto, el niño murió y ella tuvo que permanecer semanas ingresada, durante las cuales se empeñó en aprender a leer y escribir en inglés. En cuanto se supo que no podría tener más hijos, su marido la abandonó. Puesto que las únicas mujeres que trabajan en Afganistán son las enfermeras de Kabul, decidió quedarse en la ciudad, pero tuvo que seguir llevando el burka cuando salía a la calle. Aun así, daba las gracias a Alá; en el campo, las mujeres adultas no salían de casa, su reino era la oscuridad y un pequeño patio.
Cuando ya estaba harta de tratar con niños a los que las bombas habían arrancado un pie o una pierna en los barrios minados de la ciudad y con mujeres que a diario se prendían fuego con gasolina para escapar de su encierro, se enteró de que en el aeropuerto se había organizado una nueva operación de rescate, esta vez encubierta, para sacar a gente del país.
En Madrid, tardó semanas en poder salir a la calle sin el burka, temerosa de las miradas de la gente, que la observaría con ojos acusatorios y libidinosos, condenándola al sufrimiento eterno. En la casa donde fue acogida, se pintaba los ojos con gena; los labios, negros como la muerte: quería ser la muerte. En cuanto aprendió español, empezó a trabajar como cuidadora y luego como enfermera. Ya solo llevaba el chador. Se aficionó a la astronomía y, en cuanto tuvo valor, empezó a ir a la sierra a mirar el cielo, que en la ciudad era grisáceo y estaba muerto. Necesitaba el contacto con aquel universo que veía desde el patio de su casa en el pueblo, cuando la Vía Láctea se deslizaba en todo su esplendor entre las montañas. Millones de estrellas y planetas, millones de cabras, ovejas, pastores, niños y niñas como ella en una infinidad de casas de adobe desperdigadas por una infinidad de montañas, valles llenos de pistacheros, ríos de miel, praderas que se mantenían verdes todo el año en tantos y tantos planetas como estrellas.
Un día, un astrónomo ruso con el que había hecho amistad por internet, le contó algo que debía ser un secreto: un asteroide de ochocientos kilómetros había entrado en el Sistema Solar. Los cálculos indicaban que se estrellaría contra la Tierra en poco más de diez años. No podía detenerse, ni cambiar de rumbo, el fin era inevitable.
Cuando pudo confirmar que era cierto, una noche de primavera, salió a la calle sin el pañuelo y, cuando estaba en el parque del Retiro y vio el cielo, por primera vez en mucho tiempo cuajado de estrellas en plena ciudad, se dio cuenta de que era libre. Fue cuando vio un punto blanco que se desplazaba a gran velocidad por el firmamento, probablemente la estación espacial internacional, pero ella pensó que tal vez era el asteroide, que ya era visible y que venía para terminar con la vida en este planeta. Pensó en su tierra, en su gente, y supo que todo lo que contenía el mundo era una creación de nuestros sentidos, que era nuestra propia conciencia lo que le había dado vida y que la misma conciencia había decidido que el camino elegido era equivocado o que había llegado el momento de terminar con la experiencia y empezar de nuevo.
Barrio del Raval. Calle de Joaquín Costa. Se alquilan habitaciones cutres, con espejo en el techo, por horas.
Era la primera vez que veía a Mbusi desnudo por completo. Estaba tendido en la cama, inmóvil, mirándome a través del espejo del techo. De pronto, su negritud me pareció un abismo en aquel lugar tan esperpéntico. Como si estuviera a punto de morir, toda mi vida pasó ante mí en un instante. Los espacios grises, graníticos, de Bergen, en Noruega; la Universidad de Berkeley, en California, con sus espacios abiertos; los cielos del centro de África, la luz tropical del Congo y de Niassa; la encerrona de Alepo, las ruinas y la lluvia de metralla; estar encerrada junto a cientos de científicos en el laboratorio de propulsión a chorro de Pasadena y, en un instante, encontrarme en una habitación del Raval, como una puta de veinte euros, en una habitación diminuta, decorada como si fuera un pastel de arándanos, con un tío de casi dos metros, que no reaccionaba a mis encantos… y lo único que se me ocurrió fue jugar el papel de ángel caído en manos del destino.
Intenté quitarme el vestido y la culotte, pero me atrabanqué y me dejé caer en una esquina, como si estuviera borracha y desorientada. Le miré a través del espejo. Ese era el hombre que estaba a punto de cambiar mi vida, una masa de músculos que merecía un sacrificio, pero no estaba dispuesta a chupársela como si estuviera buscando un polvo fácil. Cuando se levantó, me entró miedo y eso me produjo cierta excitación. Mbusi podía haberse ido en ese momento, pero por la forma en que se había desnudado y yo me había abandonado, no se iría sin probar la presa. Un león no abandona la carne fresca. Me pasó una uña gruesa y poderosa por el muslo, y sentí un escalofrío que me arqueó la espalda. En ese instante, estuve a punto de perder la concentración, se oían voces en la calle, una tubería de descarga, la puerta del ascensor, el movimiento acompasado de una cama en una habitación cercana, gemidos apagados. Estaba ardiendo, me sentía como si tuviera fiebre, no quería moverme, necesitaba que Mbusi me amara y en la oscuridad de mi mente afloró la idea de que para conseguirlo tenía que convertirme en su esclava
― ¿Qué quieres que haga? —le pregunté.
Me miraba con dulzura, pero en un instante su rostro se endureció. Me metió dos dedos en la boca, hasta la garganta. Tuve una arcada y generé una gran cantidad de saliva. Me frotó el rostro con ella y lo repitió una y otra vez haciendo que el rímel emborronara mi cara. Lo hacía con tanta destreza que empecé a oler mi propia excitación. Apagó la luz, esperó un par de minutos en los que creí volverme loca, me alzó como si fuera una gacela y me soltó en la cama como si ya estuviera muerta. Mientras esperaba la penetración, oí un portazo y me encontré sola en la habitación, apestando a desinfectante y a mi propio sexo. Sus pasos se alejaron por el rellano y sentí cerrarse la puerta de emergencia como si me hubiera caído encima la hoja de una guillotina.
En el espejo oscuro, tenía la cara emborronada como una muñeca a la que han tirado disolvente para deformarla. Los chorretones negros del rímel me bajaban por las mejillas y se mezclaban con el colorete y el color de los labios. ¿Y si no volvía a verle? Cerré los ojos y me metí los dedos en la boca imaginando que era él, pero los míos eran demasiado pequeños. Me cabía la mano entera y sabía a rosas donde yo esperaba el sudor de un mozambiqueño. Me chorreó la saliva por la muñeca, intenté masturbarme, pero a medida que lo intentaba, el olor del desinfectante se imponía al de las rosas, los lirios y el jazmín de mi propio perfume.
De pronto, se abrió la puerta y entró de nuevo.
—¿Por qué has elegido este lugar? —me preguntó a bocajarro.
Me sorprendió que estuviera vestido.
—La magia.
—¿Qué?
—¿No te gusto?
En aquellos momentos no pude saber si durante los segundos de inmovilidad que siguieron estaba meditando decirme que le gustaba mucho o simplemente que no le importaba. Creo que estaba más cerca de lo segundo, porque me miraba como si yo no estuviera presente y me sentí como si fuera una simple imagen en una pantalla en tres dimensiones. Estaba desnuda, tenía la cara como un mapa, apoyada sobre las rodillas en medio de la cama con las piernas abiertas, demasiado flacas, mostrando el sexo como si tuviera tres años y le estuviera pidiendo a mi papá que me llevara a orinar a las cuatro de la mañana. Sentía en los codos el contacto de los pezones asustados de aquel hombre. No sabía qué hacer, todo mi cuerpo estaba en suspenso. Debía de parecer un monstruo horrible, con el pelo revuelto como el de una muñeca en un vertedero y un cuerpo que se empequeñecía por momentos.
De pronto, Mbusi me dio una bofetada e instantáneamente empecé a llorar, me saltaron las lágrimas como si me hubiera caído encima un mar de emociones, como si se hubiera roto una presa cuya existencia desconocía hasta ese momento, y empecé a gimotear sin contención. Deseaba con todas mis fuerzas salir de la habitación y dejar a aquel hombre con un par de narices. Sentía la cuenta atrás, solo esperaba el momento en que mis músculos dejaran de contraerse, pero las contracciones descendieron por mi cuerpo, como si estuviera llorando con todos los músculos, y no podía moverme. Un minuto después, Mbusi me cogió por las mejillas y besó las lágrimas calientes que se habían mezclado con la saliva. Sentí su cuerpo desnudo contra el mío y el animal que me apresaba se desvaneció en el aire. Le clavé las uñas en la espalda con todas mis fuerzas. Quería chuparme los dedos llenos de su sangre. Quería desgarrar por entero a Mbusi, arrancar la piel de aquel negro a tiras, y lo habría hecho esa noche de no haber descendido al infierno y subido a los cielos una docena de veces.
En Nueva Delhi, la pequeña ventana de mi habitación en el burdel daba a un estrecho callejón usado como vertedero. Solo me asomaba para vomitar, procurando no hacerlo sobre la vaca que ramoneaba entre la basura. Hacerlo dentro de la casa hubiera representado que me dieran otra paliza, y ya tenía el cuerpo lleno de los cardenales y las quemaduras que fascinaban a ciertos clientes, que querían ver cómo se retorcía de dolor una niña bangladesí maltratada y la expresión entre ida e inexpresiva de un rostro oscuro como el tizón, del que emergían unos ojos perlados que parecían de cabra y unos dientes muy blancos de roedor.
Había un ventanuco enfrente, algo más arriba, desde donde me saludaba uno de los talladores de diamantes del edificio contiguo. Me hubiera gustado contarle mi vida, de cómo me enamoré en uno de los barrios más pobres de Daca, en Bangladés, de aquel muchacho guapo como los ángeles, como solo puede haberlos en la India. Para una chica daguestaní de trece años de los suburbios cuesta mucho aprender que el amor es una sucia artimaña de la naturaleza para aprovecharse de las mujeres. El chico guapo dice te amo y en cinco minutos tienes su polla en la boca, deseas que sienta tanto placer como puedas proporcionarle, y cuando te das cuenta del engaño ya es demasiado tarde.
Cruzamos la frontera navegando a escondidas entre manglares, esos árboles que parecen crecer sobre serpientes acuáticas. Me prometió amor y que íbamos a casarnos en su país hasta que tuvo la certeza de que ya estábamos en la India, un lugar extraño para un musulmán, lleno de dioses maléficos y violentos, como esa diosa oscura llena de brazos que anima a la estrangulación.
Me dejó en una casa sin ventanas cerca de Haldia, desde la que no vería nunca más las mañanas. Hubo un intercambio de dinero. ¿Cuánto podía valer una niña negruzca y delgada de trece años para la diosa Kali? Unas veinte mil rupias, unos doscientos euros para un europeo. El comprador, que se hacía llamar Rávana, como el rey de los demonios, ni siquiera necesitó decirme que me amaba para que yo también creyera que lo amaba, y me violó en cuanto se quedó a solas conmigo. Luego, me hizo beber un alcohol infame que me quemó las entrañas. Me dijo que, si no hacía todo lo que me pedía, me reventaría por dentro con una tubería. Me instaló en una habitación con almohadas de colores brillantes y me dijo que tenía la piel demasiado oscura, que nadie pagaría más de doscientas rupias, y que tenía que ganar unas cuatro mil cada día para cubrir el alquiler del cuarto, la comida y el alcohol que haría que no me importara nada.
Pasaron dos años que no quiero recordar, hasta que, tras un desalojo nocturno que acabó con la detención de Rávana, uno de los policías me vendió a un primo suyo que se hacía llamar Ráksa, que es el nombre genérico de los demonios. Entonces, me trajeron a Delhi, a un burdel más grande, donde se podía bailar. Tenía quince años, uno menos que ahora, me pusieron a dieta, me curaron las heridas y me asignaron a clientes de más rango, pero no pude dejar de beber, a todos les gustaba ese aire de animal desvalido que apenas puede tenerse en pie y se abraza con fuerza, como las crías de mono que aun se amamantan, cuando lo que busco es evadir el dolor y no ver sus rostros, mientras ellos creen en una fogosidad inexistente que me quema el alma veinte veces al día.
Me asignaron una pequeña paga que podía gastar en vestidos, cuando la vieja Markala iba al burdel con su tenderete a cuestas, o en el pequeño restaurante de enfrente, donde íbamos a cenar acompañadas por uno de los jefes. Pero la mayor parte me lo gastaba en ese licor casero que fabricaba un vecino que me visitaba cada semana. Me provocaba unas intoxicaciones que me hacían rabiar, pero era la única forma que conocía de ignorar las pieles arrugadas y el rancio olor de anciano que no se lava. Solo tenía que aguantar el vómito hasta que me quedaba sola y podía asomarme a la ventana. A la vaca gibosa, blanca como la luna, no le importaba, pero Shali, el chico que talla diamantes, decía que una chica tan guapa no debería estar en este antro. Un día vino a verme. Le cobraron doscientas cincuenta rupias, como a los demás. Una vez solos, me dijo en voz muy baja que tengo la mirada de Kamakshi, que es uno de los nombres de Kali y hace referencia a sus ojos lujuriosos. Me dijo que me fuera con él, que me llevaría a Kolkata, donde las chicas pueden trabajar por libre en el barrio rojo; además, tenía un tío allí que me protegería. Para demostrar su buena fe, me regaló una botella de raki turco que le había dado un cliente y me la bebí entera, porque no podía pensar, ni sabía en qué pensar.
Por la mañana, tenía un dolor muy fuerte en el abdomen y tuvieron que traerme a este hospital, en Gurgaon, donde llevo quince días. Me han dicho que no saldré de aquí, que mi pobre hígado ha dejado de funcionar y que moriré en pocos días. En esta habitación, que es muy grande, con las ventanas muy altas, estamos juntas una decena de muchachas enfermas que no podemos dejar de mirar una imagen de Kali que hay encima de la entrada. Sé que la diosa de la muerte me espera detrás de la puerta. Hace ya mucho tiempo que olvidé mis creencias islámicas. No hay paraíso para las mujeres en el islam, y tampoco voy a ir a ese grupo de mundos celestiales que espera a los buenos hindúes en la cima del monte Meru. Solo espero que en el Patala hindú no me atormenten demasiado, aunque no tengo miedo, no imagino qué más me puede pasar; en mis mejores momentos, siempre estoy cayendo en un pozo ciego.
He pedido una barrita de incienso junto a la cama, pero me han dicho que podría molestar a las otras chicas. En el burdel era omnipresente, como la continua limpieza de las esteras y almohadones. En este hospital, sé que la última imagen que me voy a llevar es la de un cielo gris por el que corren las cucarachas. Una se ha subido al ventilador y con la rotación se ha caído en mi cama. Como ya no puedo moverme, puede que sea mi último contacto con este mundo. Sus patas delicadas bailando al compás sobre mi cara, uno, dos, tres, cuatro, cinco… creo que me voy contigo, cucarachita. Vosotros, ráksas, hacedme un hueco en una de vuestras calderas hirvientes, y, por favor, señor Yama, espíritu guardián del inframundo, háblale bien de mí a tus demonios, que no hace falta cocerme demasiado, que soy muy blandita y necesito muy poco hervor para contentarlos a todos.
Tenía la cara triste de un hada que ha perdido sus poderes y adoptaba con facilidad esa pose de dejadez no estudiada que nunca se encontrará en las estatuas, los cabellos ondulados y a la vez algo crespos, como si acabara de salir de una secadora industrial, un cigarrillo encendido colgando de los labios, la luz del día molestando su mirada, un abrigo de piel de leopardo gastado, abierto encima de un vestido ligero de seda que transparentaba sus pezones amarronados y grandes como castañas, muy besados y manoseados. Todo hacía presagiar una voz rasposa, de noches deglutiendo güisquis en un ambiente cargado de humo. Ni una sola mancha en el rostro y presumiblemente tampoco en un cuerpo en apariencia de porcelana, ajeno al sol, ejercitado en bailes alocados, pero también en bailes suaves con esos hombres silenciosos que le gustaban. Molly no besaba en la boca, le bastaba con la penetración anal, nada de coño, le sentaban mal los anticonceptivos y, además, decía que un día tendría novio y prefería mantener cierta integridad. Tampoco quería que habláramos, no tenía nada que contar y no quería saber nada de los demás. Con su culo podías hacer lo que quisieras, pero su mente era coto cerrado.
Era adicta al éxtasis. Cada día se fumaba dos paquetes de cigarrillos y se bebía una botella de güisqui malo desde hacía más de una década. Parecía haber nacido para eso, porque no tenía ojeras ni el menor rastro de decadencia, solo la aflicción propia de quien ha nacido en el mundo equivocado y quiere salir pitando.
Las pocas veces que hablaba, en los bailes lentos, me susurraba al oído un sueño recurrente. En él se veía atropellada por un tren y despedazada, pero después cada uno de los pedazos seguía con vida, intentando volver a unirse. Le hubiera gustado comprobar si eso podía suceder, si después de muerto seguías intentando moverte, te separabas de un cuerpo que había dejado de obedecerte, y no podías llevártelo, como uno de esos chicles pisoteados que no pueden despegarse del suelo o, peor aún, como uno de esos que hay bajo el asiento de un cine de barrio donde el conejo húmedo de una choni se revuelve con los manoseos de su novio, mientras en la banda sonora una estúpida canción hace saber que Emilia Clarke está dejándose comer los labios.
Encontraron sus restos en London Bridge, en el entramado de vías que salía de la estación, donde había ido una noche de borrachera decidida a conocer la verdad. Había despojos de Molly a lo largo de cincuenta metros. Los operarios que la encontraron al amanecer hallaron una extraña conjunción, como si todos aquellos pedazos hubieran intentado reunirse. Las manos se buscaban, los pies estaban alineados con los demás órganos en una geometría perfecta, como si un espíritu perverso se hubiera entregado a ello.
Entonces yo era policía en ese barrio y frecuentaba el local de Molly. Ella tenía un chulo y se acostaba por dinero solo con los tíos que no le gustaban. Me gustaba verla cuando llegaba, aún sobria, porque la melancolía que mostraba su preciosa cara era un reflejo de aquel mundo de pirados a los que no gustaba la luz de las mañanas. Cuando empezaba a beber, en la tristeza de sus ojos anidaba una profundidad que nadie podía comprender, pero su sonrisa te atrapaba como una telaraña, un paso adelante y caías en la red. El chulo la marcaba, le decía “aquel canoso con el reloj de quinientas libras, luego tienes la noche libre”. A los demás nos daba igual que ya estuviera manoseada, el cansancio la hacía aún más bonita, y cuando a mí me gustaba era cuando el alcohol volvía tiernos sus labios, y olías el tabaco de su aliento y el sudor de su cuerpo, con la noche avanzada, cuando tenía los pezones irritados y apenas tenías que tocarlos para que se estremeciera de placer. En la cama, era como si se muriera cada vez, y no era raro que quedara inconsciente después de retorcerse como si estuviera poseída y gritar en silencio con la boca muy abierta, mostrando aquel paladar rosa en el que desearías resbalar camino de su vientre.
Por aquella boca que abría cada vez que se corría debieron de ascender los demonios que quisieron unir sus pedazos, aquellos demonios que compartían los orgasmos y que perdieron con ella una forma de disfrutar de la vida que no iba a repetirse.
Intenté volver al local de Molly, pero sin ella era como estar en una celda atestada de borrachos sin alma, zombis de la noche a los que nada importaba. Dos años después, los mismos demonios me acompañan por todos los antros de la ciudad; lo sé porque me hablan, oigo sus voces dentro de la cabeza, buscamos lo mismo, unos ojos tristes en una cara que condense todo el universo, una telaraña donde caer y dejarse enredar, y la esperanza de unas noches interminables que se han convertido en el vano deseo de recuperar un tiempo que no volverá.
Una corriente de aire algo más cálido y húmedo del habitual le habló de la selva junto a las mejillas y sintió cómo se arremolinaba entre sus labios, besándolo suavemente. La tormenta se acercaba, y cada ráfaga de viento lo aproximaba más al fragor del bosque. Finalmente, apretó los párpados y se sumergió en una…
La empresa de mi padre se quedó en stand by. Las sapiencias más avanzadas pidieron no construir nada hasta conocer la tendencia, el trend weather, como lo llamaban en inglés, aunque los veteranos preferían tornado jacket desde que Yellowstone popularizó las cervezas Coors como yellow jackets. En realidad, no tenían suficientes datos, así que el…
Vivo en una ciudad donde abunda la gente guapa. Hace unos meses, un premiado cineasta filmaba en una calle de Barcelona, con muchos figurantes. La cámara retrocedía por la acera, mostrando de frente a los transeúntes. Todas las chicas eran preciosas, y de todos los colores, rubias, pelirrojas, morenas. Una africana despampanante abría la marcha.…