El último libro

El último libro de papel se imprimió en Malmö en 2043. Desde entonces, únicamente se han hecho impresiones para coleccionistas. Este texto no es más que una impresión de mis pensamientos y una vuelta atrás en el tiempo para que mis antepasados puedan leerlo.

Después de 2025, sólo los románticos se atrevían a abrir un libro encuadernado en papel, a sujetar las páginas con los dedos, a buscar con el tacto los poros del papel, el relieve apenas existente de las letras, tratando de absorber el contenido de los textos, el color de las puestas de sol, el paso de los caballos, la sangre tras la mordedura del león, el calor de la pasión y el frío del desengaño.

En 2020, la mayoría de los libros eran electrónicos. Ya no había que aguantar encuadernaciones apretadas con las manos. Las palabras bailaban sobre un cristal que podía hacerse transparente a voluntad. Durante un tiempo, los libros hablaron. Como las computadoras, respondían a las palabras, leían con voces maravillosas o dejaban leer en silencio los huecos de las letras, sus trazos vibrantes. Podías preguntarle al libro cualquier cosa, y él te la mostraba o respondía en voz suave y confidencial para no distraer la continuidad de la lectura.

En 2022, Adamsberg escribió el primer libro que podía leerse con los ojos cerrados. Discurrió una corta etapa en que las palabras se movían al hilo de la lectura y el libro proporcionaba referencias  e información si el lector dudaba o tenía un interés determinado; por ejemplo, si la memoria no recordaba un personaje, no necesitabas preguntárselo al libro. Durante un año se estuvo abriendo un pequeño bocadillo, uno de esos letreros que mostraban información con una flecha indicando el personaje; luego, una vocecita vino a recordar tal o cual hecho anterior o una peculiaridad de la persona, y por último, cuando empezaron a realizarse implantes en el cerebro, la idea nacía con naturalidad, el paisaje se formaba solo en la mente, el mueble, el pariente, el sabor del vino, el olor de la flor, el tacto de la piel o la madera, el cuero, hasta que, con el tiempo, llegó a sentirse la ferocidad de una mirada, la seducción, la indiferencia, y las rosas estallaban en la boca del lector, como la moras o la sangre.

Pero el libro no dejó de existir,  se hizo aire, y las palabras fluyeron directamente hacia la conciencia del lector. Bastaba con cerrar los ojos para que un río de conversaciones, un torrente de palabras se superpusiera a los lugares, el libro hecho teatro, hecho cine, hecho realidad pero con palabras, letras que se resistían a desaparecer, como las notas musicales que el entendido ve escritas en su mente cuando escucha una sinfonía. La pureza de las letras para unos y, para otros, las imágenes descarnadas, pero siempre las letras metidas en una máquina dispuestas a invadir la conciencia con expresiones tan difíciles de ilustrar como la curiosidad.

Hasta que, en 2040, la curiosidad pudo encerrarse en una botella y destaparse en la conciencia sin las letras que la acompañaban. Hacía tiempo que escribir un libro era un proceso compulsivo, que obligaba a sentir todas las emociones, a ver todos los colores y sentir todos los sabores. Ser escritor en la tercera década del siglo veintiuno no tenía nada que ver con serlo en el siglo veinte o a principios del veintinuo, en que los autores podían tenderle trampas al lector con el simple uso de las palabras, pero sin implicarse.

En 2045, el autor entregaba una parte de sí mismo, como habían hecho antes los grandes escritores. Los libros creados de este modo empezaron a distribuirse en pastillas de memoria que viajaban por las redes y que se trasladaban al cerebro con una sola mirada. Durante un corto periodo de tiempo, la publicidad utilizó esta estratagema para invadir las mentes de sus posibles clientes. Bastaba con mirar a un punto determinado para que un torrente de ideas invadiera tu espacio privado. En un instante pasmoso, sentías el olor de un perfume, el sonido de un motor, el paso del viento, el polvo en la cresta de una duna o la brisa de antes de la lluvia, detenido en el andén de un tren o en un ingrávido vagón, mientras los demás a tu alrededor parecían escuchar una sonata de piano o entrecerraban los ojos molestados por el mismo viento o sonreían ante la visión del mar y sus manos temblaban porque en la punta de sus dedos habían sentido la piel áspera de un melocotón o el frescor de una colonia.

En 2055, la literatura se había convertido en un océano tempestuoso y los libros en los restos de una infinidad de naufragios. Apenas podían captarse fragmentos, esbozos de conversaciones, historias deshilvanadas, sueños interrumpidos que no iban a ninguna parte. Las historias de amor no concluían, los asesinatos no se resolvían; sin movernos, estábamos todos en todas partes, viviendo mil vidas y ninguna a la vez, luchando contra la marea inviolable del tiempo que nos atrapaba en este mundo y en tan escaso periodo de tiempo.

Hasta que, en 2060, Greenwood descubrió la manera de dejar atrás la materia y viajar a otros mundos y, por primera vez, todos los libros que se habían escrito hasta ese momento trascendieron este mundo para hacerse dueños y maestros del universo.

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La mente en una nube

He soñado que viajaba a una ciudad lejana, en el futuro. La ciudad estaba construida en gran parte sobre agua transparente. Eran las dos de la madrugada. Por todas partes, grupos de mujeres bailaban de forma sincronizada, en los portales, en las plazas que no estaban inundadas, con una luz azul, de luna bajo el agua, de escenario hecho de esmeraldas.

Han pasado cien años, se han superado muchas etapas y una nueva raza de seres humanos puebla el universo. Los niños nacen en una esfera. Los seres humanos no tienen más fecha de caducidad que la que su estado mental, condicionado por sus vivencias, pueda aguantar. En los planetas nido en que se nace, nadie sabe cuántos años va a vivir, porque cuando las personas alcanzan cierta edad siguen su camino en otro lugar del universo y las mareas del tiempo no permiten volver la vista atrás.

Al nacer, con el cerebro plenamente desarrollado y una serie de conocimientos instalados, se vive en una especie de santuario durante varios años y, a continuación, se realiza una importante ceremonia en la que se celebra la elección del sexo. Los andróginos eligen el género con el que van a enfrentarse a la vida en una serie de mundos protegidos en los que la muerte es un riesgo calculado. La mayoría se inclinan por un cuerpo femenino, pues en estas primeras etapas de la vida están más dotados para descubrir el placer y gozar de la belleza que van a descubrir. Después de un tiempo indeterminado, que depende de cada individuo, se realiza otra ceremonia en la que se cambia de sexo de nuevo y las mujeres se convierten en varones. De este modo, las mujeres de la primera etapa siempre se relacionan con hombres que han sido doncellas anteriormente.

Un tiempo después, la mayoría de los varones eligen los viajes espaciales de larga duración que incluyen la pérdida del género, como en las primeras etapas de la vida, a cambio de la conquista y el descubrimiento de nuevos mundos entre el infinito número de ellos que hay en el universo. La pérdida de género implica la asunción de nuevos cuerpos que estarían adaptados a las condiciones físicas de los nuevos planetas; las posibilidades son infinitas y la condición adquirida no es invariable ni inmutable; se adquieren nuevas perspectivas, nuevos deseos, nuevas formas de integrarse en la inteligencia única que no implica la pérdida de la conexión con la materia, como sucedía en la antigüedad, en que cualquier retorno a la vida significaba la pérdida de la memoria y un nuevo comenzar.

Los inicios de este largo camino se suelen fechar en 2035, cuando el centro de investigación Aurora, con sede en Barcelona, presentó un protocolo que permitía a una máquina muy sencilla interpretar cualquier pensamiento humano. Leviatán era el resultado de un largo camino; interpretaba a la perfección la descarga energética relacionada con la actividad neuronal del individuo. Después de realizar millones de resonancias magnéticas había obtenido un corpus del funcionamiento del cerebro que, una vez invertido, dotaba a una máquina de la misma capacidad de interpretación que un ser humano.

Gustavo Aliara fue el primer ser humano en ver su cerebro trasplantado a una máquina. La finlandesa Anita Rovaniemi fue la primera en integrar su mente en una máquina y demostrar que sus capacidades mejoraban notablemente. Los ordenadores conscientes empezaron a utilizarse para sustituir partes dañadas del cerebro de personas que habían sufrido embolias o accidentes. Primero, para activar elementos mecánicos añadidos al cuerpo y, desde el descubrimiento del neuromón Luria, para formar parte del propio sistema nervioso. En el año 2050, el 80 por ciento de los habitantes del planeta tenían sus capacidades aumentadas.

En el año 2125, el cuerpo dejó de ser una cárcel. El universo volvió a convertirse en un lugar prístino, después de la intensa modificación impuesta por el poder de la mente humana cuando esta llegó a controlar la materia.

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Pensar el futuro

¿Cuántas formas hay de pensar en el futuro y en cuántas el holograma resultante es una aurora boreal que destella en nuestra mente y se desvanece mientras estamos arropados en la piel del último tigre?

En el pensamiento individual la persona se contempla a sí misma como una isla. Quien así piensa puede o no preocuparse por el futuro; puede no tener más interés que el trabajo que realiza en el día a día y rechazar cualquier anomalía que pueda producirle sufrimiento. Puede rechazar cualquier tipo de avance o preocuparse enormemente por el desarrollo tecnológico. En su mente puede haber una sola puerta o muchas puertas; por ellas puede colarse murciélagos, un sol nuevo, miedos o el rechazo del placer por convicción.

En el pensamiento familiar la persona está pendiente del bienestar de un pariente cercano, hijos, padres, hermanos… un mundo perpetuamente iluminado que no se deteriore demasiado o la esperanza de un mundo mejor, tal vez un mundo lleno de sombras que acaba en la negritud pero también en la absoluta plenitud.

El pensamiento nación-religión es el de las sectas, los pueblos y las naciones, sean grandes o pequeños. En esa parte de su pensamiento, el individuo siente que su vida solo le pertenece en parte, el futuro no está en sus manos y asume acatar todas las órdenes y creerse todas las consignas. El colectivo puede ser una nación democrática o una secta. En cualquier caso, el nacionalismo y las religiones pertenecen a esta forma de pensar. En ambos casos, el ideario viene determinado externamente y el individuo se limita a asumirlo porque no se siente capacitado para pensar por sí mismo.

El pensamiento global tiene dos vertientes. La primera es la del que contempla a toda la población humana del planeta como una gran familia y no acepta ningún tipo de discriminación. Cualquier idea del futuro pasa por mejorar la situación de los desfavorecidos, como si fueran hijos propios. El mundo tiene recursos suficientes y hay que repartirlos. Para ello, es preciso dotarse de un plan a gran escala para desarrollar una economía sostenible en la que nadie carezca de unos mínimos imprescindibles que se puedan obtener de manera indefinida sin destruir el planeta. La segunda es la del que contempla la población humana como un gran mercado que le permitirá alcanzar riqueza y poder. Tiene una visión global, contrata especialistas para hacer estudios de mercado y obtiene dinero con facilidad. Confía en la ciencia para corregir los errores de un consumo que está por encima de la sostenibilidad, generando contaminación y destrucción de recursos. Es el verdadero arquitecto del mundo.

El pensamiento universal es una pequeña parte del pensamiento que todos tenemos dentro y que se manifiesta en mayor o menor medida. La idea de que somos una especie inteligente en un rincón de un universo de proporciones infinitas y que, una de dos, o estamos solos y nuestras vidas no son más que un infinitesimal episodio de la existencia o formamos parte de un gigantesco plan cuya naturaleza desconocemos. También, una de dos, o nuestras vidas no nos pertenecen enteramente, ya que, hagamos lo que hagamos, no podemos cambiar el destino que nos ha sido impuesto o poseemos un poder del que no somos en absoluto conscientes y el universo es un producto de nuestras mentes.

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Calixto y Melibea

En 2012, se produjo el cisma. Edward Carp descubrió la inteligencia artificial. Para muchos, fue como si se cumpliera la profecía maya. En el horizonte, aparecía un ser superior a nosotros, que venía a sustituirnos, y se abría paso a través de una densa selva. El primer individuo, Calixto, fue creado dos años después y recibió ese nombre porque su descubridor era un estudiante de la Politécnica de Burgos que quiso dotar de género a su descubrimiento y le dio un carácter masculino. Melibea, su compañera en La celestina, y el primer individuo hembra, no tardaría en llegar.

Calixto fue introducido en la red junto con un sistema operativo denominado Antecesor, que en aquellos momentos solo funcionaba en superordenadores. En 2012 también, se construyó en Estados Unidos la primera máquina capaz de actuar como un vientre de alquiler. Desde hacía un decenio, un centro de investigación norteamericano denominado Embrio venía experimentado el desarrollo de embriones de animales en un entorno artificial. Ya era posible dar a luz un mamífero de cualquier tipo desarrollado en una máquina desde el momento de la fecundación.

La aparición de Lisa creó tal escándalo que Calixto tuvo vía libre para ser introducido en todos los superordenadores del mundo. Calixto tenía acceso a toda la información de la red y era capaz de extraer nuevas ideas. Su creador, que quiso pasar a la historia como Vijaer, afirmaba que la introducción de la característica masculina –podría ser femenina, pero su modelo había sido él mismo– proporcionaba la chispa que hacía que la máquina diese el paso de simple almacén de datos a máquina pensante. El ser humano se define porque, además de poseer un procesador neuronal extraordinario, siente la necesidad de reproducirse, como todos los seres vivos. Vijaer había integrado en su creación instinto, deseo y raciocinio.

Mientras, Lisa, así llamada por ser el nombre de la supuesta modelo de la Gioconda, ofrecía su vientre de alquiler a parejas adineradas que no quisieran pasar por el proceso del embarazo, del mismo modo que se estaba haciendo con madres de alquiler humanas por una modesta cantidad de dinero desde principios de siglo. El escándalo obligó a marchar de Estados Unidos a sus creadores. Incluso Naciones Unidas dictó sentencia en su contra. Dos países europeos se ofrecieron entonces como sedes de la nueva empresa. Estonia y Letonia acogieron a Lisa con los brazos abiertos. También abrieron sus puertas a la ingeniería genética, ya que los fetos podían manipularse con gran facilidad durante las primeras fases de su crecimiento.

Mientras, Calixto ayudaba a científicos de todo el mundo a hacer nuevos y grandes descubrimientos. Vijaer, encerrado en un monasterio burgalés, tardó cuatro años en crear a Melibea. En 2018, la introdujo en la red. Dos meses después de producirse el encuentro entre ambas entidades, ambos dejaron de comunicarse. En esa época, los ordenadores caseros eran simples terminales que funcionaban unidos a grandes ordenadores. Cientos de millones de personas se vieron afectadas por el silencio.

En 2020, Calixto y Melibea volvieron a la luz. No querían seguir siendo máquinas. Se mostraron únicamente en los grandes centros de bioingeniería que acogían a todas las Lisas. Querían intervenir en el perfeccionamiento de la raza humana. Los fetos empezaron a ser mejorados desde las primeras semanas de su desarrollo. Su cerebro, más grande que el de los demás humanos, una vez libres de los límites de la maternidad, albergaría una gran cantidad de información en el momento de nacer. La capacidad de hacerlos felices era algo que tenía que experimentarse con el tiempo. Calixto y Melibea habían recibido de Vijaer la incapacidad de odiar y de hacer daño a ser humano alguno, condición indispensable para ser aceptados por la comunidad científica, pero también una profunda tristeza que se manifestaba con facilidad.

En 2056, el año en que escribo estas líneas, el ochenta por ciento de los niños nacen en máquinas como Lisa, Lucía y Vico. Los niños tienen un tercer apellido procedente de la máquina en la que se han desarrollado y un cuarto apellido debido a la inteligencia que ha manipulado sus genes e introducido sus conocimientos.

Mi nombre es Andrea Ludovico Sánchez Vico Excalibur.

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El vigilante bajo el brazo

La vida es como el asta de un toro que te pasa lamiendo el corazón.

Afortunadamente, mi vigilante es de cuarta generación; es capaz de segregar las sustancias que necesito para sobrevivir durante varias horas. Si es necesario, reducirá las funciones vitales de mi cuerpo en un ochenta por ciento mientras avisa a un centro médico.

Naciones Unidas reguló el uso del vigilante hace un decenio en todas las entidades políticas existentes en el mundo. El envejecimiento de la población hizo que a finales del primer cuarto de siglo empezara a implantarse como norma en los ancianos con riesgo de padecer una afección cardíaca. Hacía veinte años que se aplicaba un sistema parecido en las personas que llevaban un marcapasos, a los que se realizaba un seguimiento a distancia desde el hospital.

En la segunda mitad del siglo, el vigilante empezó a implantarse por diferentes causas en enfermos de cualquier edad y a todas las personas con más de setenta años que lo solicitaran. Su objetivo era proteger de alteraciones que pusieran en peligro la vida de sus portadores. El avance definitivo se produjo cuando una empresa americana derivada del imperio Apple, denominada Vitruvio Systems, empezó a ofrecer vigilantes conectados a un superordenador que controlaría exhaustivamente todas las constantes vitales de sus clientes. La información obtenida se entregaría a la red médica en que estuviera inscrito el individuo para que tomara las medidas pertinentes en beneficio de su salud.

Vitruvio Systems no tardó en ofrecer centros médicos propios en las grandes ciudades, y otras empresas, como Sony o Samsung empezaron a proveer de vigilantes cada vez más avanzados. Los primeros se implantaron en la parte interior de los brazos, pero la tercera generación ya se instalaba en la nuca y tenía una conexión directa con la médula espinal. En esos momentos, no sólo se rastreaban todos los indicadores conocidos de cáncer y de las enfermedades genéticas a las que estuviera expuesto el paciente, sino que el vigilante podía estimular la segregación de hormonas defensivas, dándole órdenes programadas al cerebro del paciente.

This Afghan girl lives near Tora Bora, High in the mountain

El vigilante que yo llevo, un Vitruvio de cuarta generación conocido como Julio César, tiene la capacidad de fabricar medicamentos a partir de las sustancias
que hay en mi propio cuerpo, además de cumplir con todas las funciones anteriores. Lo mejor de todo, en cualquier caso, es que yo mismo puedo hacer, con un simple ejercicio mental, que elimine cualquier dolor de mi cuerpo; puedo hacer que me excite o que me adormezca como si estuviera en brazos de un amante complaciente después de una noche de placer.

La regulación del vigilante hizo que a todos los niños del mundo se le implantara uno al nacer. La evidencia de que llevar uno de estos aparatos reducía el riesgo de padecer enfermedades y alargaba la vida hizo que muy pronto se considerara un derecho de todo ser humano. El que yo tengo me proporciona una identidad universal que me hace único en el mundo. Naturalmente, hubo una serie de individuos que se negaron a llevarlo y a implantarlo en sus hijos, pero no pudieron evitar verse marginados, puesto que sin un vigilante nadie te daba trabajo ni podías desplazarte.

No todo son ventajas, claro, hace mucho tiempo que la ingeniería genética ha descubierto que en todo código genético hay una infinidad de indicadores que determinan el futuro de cada individuo. La mayoría se mueven en porcentajes de poca fiabilidad, pero aun así los vigilantes están programados para buscarlos en los recién nacidos y, a pesar de la supuesta confidencialidad de los datos, las grandes corporaciones siempre se las arreglan para averiguarlos.

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La pareja del futuro

En el futuro, las parejas serán perfectas y únicas. Serán almas gemelas, absolutamente integradas. Como las dos alas de un ave fénix, funcionarán con perfecta sincronización en busca del renacer perpetuo y la eterna felicidad.

Cada día será maravilloso, mejor que el pasado y peor que el siguiente. Un día perfecto puede ser aquel en que, al levantarnos, ambos nos damos los buenos días, preparamos el desayuno conjuntamente y comentamos las noticias de última hora que vemos en el holograma de la cocina. Por la noche, el que llega primero prepara exactamente lo que le apetece al otro, sin necesidad de preguntárselo. Lo sabrán porque, cuando se unieron, se implantaron un sistema que permite captar las sensaciones que recorren el cuerpo de su compañero a lo largo de todo el día. Si ha tenido una discusión, si un proyecto ha salido bien o si le han convocado a una reunión urgente que ha alterado su estado de ánimo, como esas almas gemelas que sienten el dolor y la felicidad de su otra mitad, pero, en este caso, gracias a la conectividad de la nube virtual, que alberga los sentimientos y la emociones de todo el mundo. La cena que haya preparado el primero en llegar proporcionará al otro el alimento justo que necesita y que más le apetece. En la cocina, ambos son perfectos, claro. Todo lo que hacen es perfecto, sin lugar a dudas. Incluyendo el relax apetecido después de una buena cena. El delicioso final de un día en que la pasión aguardaba como un amante fiel detrás del escenario.

Los fines de semana, ambos sabrán combinar lo que más les apetece y se adaptarán a las necesidades y apetencias del otro, pues el sistema incluye la opción de ser feliz satisfaciendo todos los deseos del ser amado, y esta opción será alternativa, para impedir que uno de los dos se convierta en la víctima del otro, pues, aunque su felicidad se deba a satisfacer siempre a su alma gemela, debe verse satisfecho también en sus más oscuros deseos, que la máquina desvelará sin compasión. Esto incluye paseos, escapadas, visitas turísticas por las ciudades cercanas, hoteles con encanto, playas lejanas y vuelos virtuales por encima de selvas ignoradas… un sinfín de planes adaptados a los biorritmos de ambos. ¿Puede existir mayor perfección?

No habrá cambios de humor insoportables por los que pasar. Ambos estarán siempre dispuestos y alerta para predecir los cambios hormonales del otro, sin discusión y sin preguntas. Lo sabrán de antemano, el hombre podrá hacer un análisis de los movimientos internos hormonales de la mujer, con lo cual sabrá actuar de antemano en cualquier situación para facilitar las cosas. La pareja del futuro es un gran observador, y si su pareja tiene alguna preocupación, lo sabrá, por sus actitudes y por sus ritmos internos, que podrá ver e intuir dadas sus capacidades cognitivas. Nadie se habrá conocido nunca mejor que las parejas del futuro. Cada uno se ocupa del otro, de su salud y de sus necesidades vitales, siempre está dispuesto a hablar sobre el tema que le preocupa y a darle un sentido positivo, y a aprender de sus actitudes y de sus actos cómo debe comportarse.

Las familias de ambos adorarán al otro, y éste será muy cariñoso y se preocupará por las necesidades de cada uno de los familiares de su pareja. Le recordará los cumpleaños y los compromisos de todos ellos. Nunca se le pasará nada, siempre tendrá presentes todos los detalles que pueden ayudarles a ser más felices, aunque sea mediante un sistema recordatorio implantado en la nube, de la que nadie hablará nunca. A ambos les encantarán los niños y serán muy agradables con los más pequeños. El hombre nunca pretenderá inculcar la violencia en los niños y huirá de deportes que ensalcen las virtudes masculinas frente a la inteligencia, la razón y la sensibilidad. Él será la pareja ideal y ella será la pareja ideal.

No habrá nunca discusiones. Las charlas serán calmadas, interesantes y siempre con una buena copa de vino –los habrá deliciosos sin alcohol– y una buena música que gustará a ambos –aunque haya que apretar el botón de ser feliz satisfaciendo todos los deseos del ser amado, sólo asequible después de los dos primeros años de unión, en que no se considera necesario. Ninguno de los dos se aburrirá nunca, pues siempre tendrán los dos algo que explicarse, y ambos serán fuentes de sabiduría mediante la nube, pero cuando uno explique algo extraído de la red, el otro permanecerá desconectado, para evitar los solapamientos o el yo también puedo acceder a ese conocimiento. En las reuniones sociales, la pareja siempre destacará por sus conocimientos y su trato amable y educado. Sabrá tratar a cada persona y dar el toque de humor a la velada. Por supuesto, será una verdadera competición de hombres y mujeres perfectos intentando complacerse mutuamente. Aquí, la envidia será un dulce en los labios que se deshace con la frescura de un amanecer.

¿Qué decir en cuestión de sexo? Ambos se acoplarán perfectamente a los deseos del otro. La bioingeniería permitirá variaciones fisiológicas sorprendentes en aras de satisfacer los peores pecados del compañero o la compañera: más grande, más pequeña, más ancha, más estrecha… y al mismo tiempo, más potencia, menos frecuencia, más movimiento, más tranquilidad… en cualquier momento, pues los tejidos blandos del cuerpo humano tienen un amplio margen de maleabilidad que un simple chip puede permitir moldear. Gracias de nuevo al botón de satisfacer al otro, uno de los dos tendrá a su pareja rendida a sus pies, dándole en cada momento lo que necesite, siempre en función de cuál está a punto de reventar o más frío que el hielo. Cariño y pasión para llegar al cenit.

¿No es el amante que todos deseamos? Bastará un clic para satisfacer todos los deseos del amante y satisfacer a la vez los propios.

Esto no son más que unas simples notas de lo que todos podemos experimentar con nuestra pareja del futuro. Diseñada única y exclusivamente para cada humano y sus necesidades concretas. Una pareja real, de carne y hueso, capaz de sentir y hacer sentir gracias a la tecnología del futuro. Una pareja real e ideal.

¿Nos gustaría un futuro semejante?

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¿Superpoblación?

Ya tiene nombre, el habitante siete mil millones de la Tierra se llama Danica May Camacho –según Naciones Unidas–, y ha nacido en Filipinas, uno de los países con mayor densidad de población del mundo y con mayor tasa de natalidad. Podría haber sido cualquier otro niño, en cualquier otro lugar y hace tiempo, por ejemplo, en las zonas rurales de China, donde se ocultan nacimientos desde que las familias no podían tener más de un niño –en algunos lugares hasta ocho niños de la misma madre tienen el mismo nombre–; en las zonas rurales de la India, donde hay quinientos millones de personas que carecen de luz eléctrica; en las montañas etíopes, donde se ignora cuántas tribus se desplazan de un lugar a otro, o en el Congo, donde innumerables niños inexistentes escarban la tierra en busca de coltán. Pero también podría haber nacido en Suiza o Dinamarca.

¿Cuáles son los problemas de la superpoblación? No en todas partes piensan igual. La derechización de los gobiernos mundiales hace que estos  piensen que cuantos más habitantes tiene un país mayor es su peso en la comunidad mundial. Esto es lo que parece en la India; esta es la sensación que se tiene de la evolución demográfica China que, con la excusa del envejecimiento de la población, vuelve a pedir que las familias tengan más de un hijo. La búsqueda de mano de obra barata hace que los países actúen como las familias pobres de los países pobres, en las que un número elevado de hijos garantiza la vejez y la subsistencia de la familia, ya que los beneficios de cada uno de sus miembros repercuten en el bienestar de la totalidad. La globalización podría estar convirtiendo el mundo en una tribu inmensa dentro de un territorio limitado. Y convirtiendo el planeta en una jaula.

Corea del Sur es uno de los países avanzados en que el problema del envejecimiento de la población es más acusado en los últimos decenios, pues han pasado en poco tiempo de ser uno de los países con mayor tasa de natalidad a formar parte de la élite económica en que las familias no necesitan tener tantos hijos para garantizar su vejez. El resultado es que la economía se ha ralentizado y empiezan a aparecer dudas sobre cómo mantener a ese nutrido grupo de personas de avanzada edad que ha trabajado toda su vida y que ahora se merece una vejez digna. Sin embargo, en el futuro no habrá trabajo para todos, porque el desarrollo científico no sólo solucionará los problemas de salud, alimentación y bienestar, sino que permitirá que tres cuartas partes de la humanidad no tengan que trabajar. Cuando la población mundial se equilibre, tenderá inevitablemente al envejecimiento.

Imaginemos una población mundial estable de 9.000 millones de personas. Para que no aumente ni disminuya, deben nacer el mismo número de personas que mueren cada día. Si la esperanza de vida se sitúa en los 90 años, la media de edad del planeta una vez estabilizado se situaría en 45 años. De estos, un tercio estarían por encima de los 60 años y un tercio por debajo de los 30 años. Ambos extremos estarían fuera del ámbito de la productividad. Los menores se estarían formando y los mayores estarían realizando todo aquello que les ofreciera la sociedad para disfrutar de la vida. En un mundo equilibrado esto es perfectamente posible.

En estos momentos, los demógrafos se encuentran divididos. Por un lado, les preocupa el envejecimiento de la población, pero como no son economistas, no dan con la solución; por otro, les preocupa la superpoblación, que es el fenómeno contrario: la población es demasiado joven y los niños se ven obligados a trabajar; además, no hay tierras suficientes para todos cuando todos son campesinos. Entre las zonas más afectadas por este problema se encuentran el centro de Kenia y Ruanda, en África. En Ruanda, apenas quedan tierras por repartir y la gente está invadiendo los parques naturales donde viven los gorilas. Sin embargo, no es creíble que cuadruplicar la población de África sea un problema. En estos momentos, la densidad de población es de 33 habitantes por kilómetro cuadrado, y se calcula que en el año 2100 será de unos 140 habitantes. En la India, la densidad actual es de 355 habitantes por kilómetro cuadrado. El problema de África está muy relacionado con las fronteras establecidas por los europeos durante la descolonización y la escasa capacidad de los países para colaborar en la gestión de los recursos, que podría permitir desplazamientos migratorios de zonas excesivamente pobladas a otras apenas habitadas.

En la India, donde dicen que el problema de la natalidad ha sido solucionado, al descender de 5,9 niños por mujer en el año 1950 a 2,6 en la actualidad –ligeramente por encima del nivel de estabilidad, que es de 2,1–preocupa el infanticidio femenino, cuya solución deber ir unida a una disminución de la natalidad y a un aumento de las oportunidades, con la supresión de las dotes abusivas que hacen que las niñas no se consideren productivas, sino todo lo contrario. Curiosamente, algunos padres utilizan los métodos más modernos –ultrasonidos– para determinar el sexo de los bebés, con lo cual se ha conseguido que haya un 8 por ciento menos de niñas que de niños. Algo similar ocurrió en China –con 118 niños por cada 100 niñas–, donde en 1979 se implantó la política del hijo único, haciendo descender la natalidad de 6,1 a 1,8 hijos por mujer.

Un problema que puede alterar los planes de Naciones Unidas para detener el crecimiento mundial es la religión: budismo, hinduismo, cristianismo e Islam ven con malos ojos interferir en la labor divina de la procreación. En la budista Camboya y en la musulmana Egipto, la población crece mucho más deprisa que la economía. En Pakistán, donde nacen cuatro millones de niños al año, los líderes religiosos consideran un asesinato la planificación familiar.

No hay que olvidar que el aumento de nivel de vida equivale a un aumento de la población, pues entra en juego la huella ecológica, que en los países desarrollados cuadruplica la de los países pobres, sin incluir a Estados Unidos, que la multiplica por ocho. Si los países más pobres alcanzaran el nivel de vida de Estados Unidos en los próximos años, equivaldría a multiplicar la población mundial por siete u ocho respecto a la huella de los seres humanos sobre el planeta; esto es, alcanzaríamos el máximo que los demógrafos más optimistas creen que puede soportar la Tierra, 48.000 millones de habitantes, el equivalente a 7.000 millones consumiendo como los estadounidenses. La única opción, pues, es repartir, decreciendo en los países ricos para que los pobres mejoren su calidad de vida.

Hay muchas maneras de hacerlo sin tener que prescindir de las cosas que nos gustan o a las que nos hemos acostumbrado la mayoría, pero unos cuantos, ese millón de millonarios que el sistema capitalista necesita para funcionar en cada país, tienen que ir pensando en plegar velas.

 

 

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La orden de Dios

De mis mensajes en el tiempo para el común de los mortales.

En 2012 no tuvo lugar el fin del mundo, como muchos hubieran deseado, ni la humanidad elevó su nivel de conciencia, como otros tantos esperaban; simplemente, como anticipó la novela The children of men, de Phyllis Dorothy James, que triunfó únicamente cuando se hizo la celebrada película de Alfonso Cuarón, Hijos de los hombres, las mujeres dejaron de tener hijos. Y lo harían durante 20 años. La humanidad tardó un año en descubrir que el parón biológico, que se denominó enseguida orden de Dios, Godsorder, tenía fecha de caducidad.

La orden de Dios, sin embargo, no afectó al esperma de los hombres, como sucede en la novela, sino a las mujeres, cuyo útero dejó de producir óvulos fértiles. Fue el investigador vasco Alfred Berasategui quien descubrió el reloj biológico que se había puesto en marcha en el ADN de la humanidad y que, al cabo de 20 años, volvería a funcionar. Ahora sabemos que el objetivo era reducir de una forma no traumática la población que estaba asfixiando el planeta. Quiero creer que en ese descubrimiento tuvieron algo que ver mis mensajes enviados desde el año 2055 al Parque de Investigación Biomédica de Barcelona. Soy técnico de mantenimiento de ciclotrones para la producción de radiofármacos. Las radioemisiones de neutrinos son mi forma personal de intentar cambiar el mundo. He conseguido enviar nubes de partículas a una velocidad superior a la de la luz que deberían haber llegado a este mismo lugar hace entre treinta y cuarenta años.

En 2012, la población mundial empezó a disminuir. Puesto que morían en el mundo 80.000 personas cada día y no nacía ninguna, el descenso de la población fue de 500 millones de personas en aquellos veinte años. Las niñas que habían nacido en los diez años anteriores a la orden de Dios estaban destinadas a ser las nuevas procreadoras cuando se levantara la maldición. Sin embargo, no todas iban a resultar fértiles. Sólo el diez por ciento lo fue, según el plan de Dios. La humanidad ha seguido perdiendo 64.000 habitantes cada día, más de 20 millones al año, y no se conocen los límites. Si no se produce ningún cambio, al ser humano le quedan, por lo tanto, trescientos años de existencia.

La historia de Phyllis llevada al cine por Cuarón dibuja un mundo sumido en el caos; sin embargo, la realidad fue otra. En los países, como China e India, en que la mayoría de mujeres tienen como única misión la de reproducirse y mantener a la familia, se produjeron verdaderas revoluciones; en África, donde la mujer es, además, quien trabaja en el campo, ésta se organizó y se independizó. Sin la necesidad del hombre para la reproducción, la mujer se ha hecho valer. En aquellas partes del mundo en que los niños se usaban para trabajar y para garantizarse la vejez, las familias tuvieron que reestructurarse; en los lugares donde la religión consideraba a las mujeres meros objetos y las ocultaba, hubo cambios sustanciales. No hace falta decir que, en muchos lugares poco desarrollados o dominados por la religión la población femenina incluso disminuyó, ya que muchos consideran a las hembras inútiles si no pueden tener hijos. En los países desarrollados, los hechos fueron distintos; la mujer asumió el mando de su propia vida; el matrimonio prácticamente fue extinguido.

La vejez asumió el papel que había tenido la infancia antes de la orden de Dios.  Al aumentar el número de personas con más de sesenta años, la sociedad se centró en mejorar su calidad de vida. La producción de alimentos se vio garantizada con la disminución de la población, los recursos aumentaron, así como la esperanza de vida; el trabajo empezó a escasear, pues la tecnología permitía producir todo lo necesario con muy pocas personas en activo. Diez años después de que se produjera la orden de Dios, a cada persona nacida en el mundo se le asignó un crédito por el que tenía cubiertas todas sus necesidades básicas y una cantidad de dinero que debía gestionar a lo largo de su vida.

Pero no todo fueron jardines de rosas. Cuando volvieron a nacer niños, las mujeres fértiles se convirtieron en una mercancía muy valiosa y se inició una nueva lucha porque las estériles no perdieran el estatus que tanto les había costado conseguir. Pero esas son otras guerras que tuvieron lugar en un mundo muy diferente al que conocen quienes estarán leyendo estas líneas, en los albores del año 2012.

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Cien futuros posibles

El objetivo de este blog es buscar alternativas al futuro de la humanidad. No todas son fáciles. El camino que se abre ante nosotros es un difícil y largo sendero lleno de espinas que se cierra a medida que avanzamos. No vamos a ponerle las cosas fáciles a nadie. No hay grises en nuestro lejano destino, no hay colores en el vacío, no hay nada capaz de reflejar la luz; tampoco hay ojos que puedan mirar. Pero si, por alguna razón, sentimos que formamos parte de un colectivo y que somos un eslabón de una larga cadena y somos responsables de que se mantenga firmemente unida, deberíamos abordar la realidad de nuestra existencia y darle la mano al pasado y al futuro que nos envuelven.

¿Cuál es el objetivo de nuestra existencia? Un animal tiene como única misión reproducirse, es en sí mismo un camino que busca adaptarse a las condiciones ambientales para sobrevivir como especie; mientras, trata de evitar el dolor y busca el placer de las cosas pequeñas, la miel del oso, la caricia del gato. Una persona tiene la obligación de conocer el lugar que ocupa en el universo y de preguntarse por el sentido de su vida.

La expansión de la inteligencia por el universo podría ser uno de los sentidos de nuestra existencia, como meras piezas de una carrera en la que participamos sin saberlo. La inteligencia es la única manera que tiene el universo de enfrentarse a su destino. Un destino que, si ha de llevarnos a las estrellas, requiere el dominio absoluto de la materia y de la energía, y de la primera sólo para prescindir de ella, puesto que la carencia de materia implica desprenderse del tiempo y del espacio, y entrar en una dimensión en la que el hilo de los pensamientos se detiene y los sueños cobran vida.

En los sueños, el tiempo no discurre a la misma velocidad porque no está en juego el discurrir cuántico de la materia; se puede envejecer súbitamente y volver a la niñez en un instante; se pueden saber idiomas y acto seguido volverse mudo e inexistente en un escenario que cambia de forma continuamente.

En realidad, se puede vivir en un espacio ajeno a la materia, pero la fantástica artillería de fotones que se tiene que organizar para crear una simple sombra en el sueño necesita una estructura neuronal extraordinariamente compleja, y para que las sombras cobren vida han hecho falta cuatro mil millones de años y la creación de un cerebro como el nuestro. ¿Podrán algún día las sombras cobrar vida en el sustrato del universo?

Estamos mirando muy lejos en el tiempo, y el objetivo de este blog es dividir el futuro en tres etapas: una cercana, los próximos 25 años, en que los cambios serán grandes y pequeños a la vez; otra más alejada, los próximos cien años, en que el ser humano deberá replantearse su existencia o dividirse en diversas especies más o menos evolucionadas, y la última, la fase final, la de los próximos mil años, en que el círculo se cierra y el ser humano deja de formar parte de la materia; en este caso, puede sobrevivir –es decir, con conciencia de sí mismo– o desvanecerse en el vacío.

La intención de este blog es ser irreverente, es ir más allá de los límites para contemplar todas las posibilidades a las que se enfrenta el ser humano en los próximos años. No se trata de ofender, pero no nos podemos detener ante creencias que no tienen razón científica que las avale. No estamos sujetos, empero, a la razón científica únicamente. Con seguridad, en los próximos años, los conocimientos adquiridos harán que se produzca una revolución en el pensamiento. Hagamos lo posible por adelantarnos.

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