Un suspiro en la eternidad

Estoy poniendo un pie en la base cuando me doy cuenta de que el tiempo se distorsiona. Hay que descartar un derrame cerebral, un nervio óptico que se rompe o un error en el implante y me da la sensación de que la realidad se desdobla cuando no es más que una pérdida de coordinación. Le pregunto al reisel y me dice que todo va bien, pero nada va bien, y ya tenemos aquí otra vez a Schrödinger en el peor momento: todo va bien y al mismo tiempo nada va bien. Soy un soldado operador de bases, especializado en cañones de microondas para androides no operativos en misiones de recuperación de asteroides.

Luchamos contra una invasión extraterrestre, que procede de un universo cuyo origen se dio un nanosegundo detrás del nuestro.  Normalmente somos invisibles e indetectables el uno para el otro, pero cada tantos eones se producen encontronazos, como si nos empujáramos en una autopista, y se producen intercambios. Suelen ser alteraciones genéticas, fenómenos atmosféricos, terremotos, volcanes… pero esta vez se ha presentado la avanzadilla de una civilización que quiere conquistarnos. No son propiamente humanos, son seres conscientes que pueden vivir en cualquier medio y quieren apoderarse de los asteroides más ricos en metales y tierras raras con el fin de replicarse.

Los llamamos alfa-omega. Dicen que su misión es transformar toda la materia inerte del universo en materia viva. Nos han estudiado. Les gusta la idea de Prometeo, que transformó el barro en humanos, o de Ptah, que se masturbó y de su semen nacimos nosotros, pero aún más la de los dioses únicos, porque ellos poseen una mente única que nunca muere, y nosotros somos un suspiro en la eternidad que transmite lo aprendido. La vida para ellos es una conciencia compartida, como en tantos mitos. Quieren detener el tiempo y que la luz deje de arder, que el pensamiento se detenga como un tren que queda sin corriente, pero no porque se corte la electricidad, sino porque se detenga todo movimiento. El cero absoluto. Dios antes del mundo.

Estamos en nuestro asteroide estrella, que acaba de ser atacado. Pero algo no va bien, cada vez que avanzo me veo a mí mismo un paso por delante y no puedo evitar tomar decisiones que todavía no me he planteado. Normalmente, esto sucede en milésimas de segundo; por alguna razón, el cerebro sabe lo que va a pasar antes de que suceda y pone los músculos en movimiento, pero es imperceptible.

Y ahí está el niño.

Hemos intentado luchar con ellos a distancia, con probos —nuestras mentes en un cuerpo mecánico— y androides autónomos, pero desactivan sus campos electromagnéticos y no nos queda otro remedio que acudir en carne y hueso con un equipamiento de supervivencia. Creo que juegan con nosotros. Ahora mismo, en la nave hay un niño que ni siquiera intenta dispararme, solo quiere entrar en mi cabeza.

Hasta los mares de metano de Titán, yo era un individuo con pensamientos propios, pero después me integraron en una ménsula donde compartíamos reisel. Me costó casi un año asimilar que cada uno de nosotros sabe lo que está haciendo y visualizando el otro. Era como tener seis cuerpos en uno, con pequeños rincones personales. A mi número tres le gustan los amaneceres detrás de Júpiter, yo prefiero las pequeñas lunas de Saturno.

El niño se ha metido en mi cabeza y me ha llevado a cuando yo era un hijo de padres programadores incapaz de aprobar el ingreso en la facultad de Bioingeniería y se pasaba el día deambulando por el campus. Ni siquiera en Marte, bajo enormes cúpulas transparentes, podía concentrarme. Entonces vinieron los soldados operadores de bases que mantenían la arquitectura de todas nuestras operaciones en el sistema solar y me enamoré de la propuesta. Luego, cazando virus alados en Titán, quise entrar en las fuerzas especiales, y vinieron la ménsula y el combate.

Los alfa-omegas empezaron a construir bases en los mismos satélites y asteroides que nosotros, y empezaron a robarnos las tierras raras. Lo único que querían era hacer copias de sí mismos, transformar toda la materia a su alcance en seres conscientes como ellos capaces de adoptar cualquier forma. Para vivir, solo necesitan la luz de un sol lejano o esas redes de energía y materia oscuras que constituyen el armazón invisible de la matriz del universo. Para ellos, el tiempo solo es un camino hacia la disolución.

El niño ni siquiera quiere matarme, solo quiere que vea el futuro, y me veo a mí mismo como espectador de un teatro gigantesco, del tamaño del sistema solar, en el que una nube de demonios devora los asteroides como si fueran las olas de un mar caliente estrellándose contra un castillo de naipes. Veo a los seres humanos dejándose extraer la mente para entrar a formar parte de la misma legión de seres extraños cuyos cuerpos son simples herramientas de distracción y, por último, me veo a mí mismo, flotando en un sueño en el que me desprendo del cuerpo para sumergirme en un océano de pensamientos compartidos. Y empiezo a sentir que cuando me muevo, nos movemos todos, y sé dónde están, no solo mis seis compañeros de la ménsula, sino la plaga bíblica entera que muy pronto abarcará todo el universo.

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