La empresa de mi padre se quedó en stand by. Las sapiencias más avanzadas pidieron no construir nada hasta conocer la tendencia, el trend weather, como lo llamaban en inglés, aunque los veteranos preferían tornado jacket desde que Yellowstone popularizó las cervezas Coors como yellow jackets. En realidad, no tenían suficientes datos, así que el misterio estaba servido, solo sabían que cada vez había más tornados en la gran llanura y cada vez eran más destructivos, pero no podían predecir su formación hasta pocas horas antes ni su recorrido, como tampoco si un año desaparecerían, hasta que todas las nubes convectivas se unieron en un diluvio universal que habría de desbordar el río Misisipi y llevarse el delta y Nueva Orleans por delante. De momento, sugerían construcciones provisionales en zonas altas, y en llano sobre palafitos. Habría que esperar a ver si los grandes planes de reducción del CO2 de la atmósfera, como su conversión en fibras de celulosa mediante un proceso enzimático que mimetiza el trabajo de la vegetación sin tener que plantar grandes extensiones de árboles, funciona. Las nuevas construcciones utilizarán esta celulosa, pero nosotros no estamos todavía en esa onda. La mayor parte de nuestro país está en zonas altas, y las emigraciones desde la costa empezaron hace tiempo.
Los israelitas tuvieron el valor de prever la velocidad del viento en sus montañas hasta 2070, verdadera ciencia ficción, antes de que el mundo se viera abocado a la última gran guerra. De la que no quiero hablar aquí. A mí me tocó seguir ejerciendo de abogado del diablo en la comisaría, en un momento en que la sociedad se estaba desquiciando, porque, por muy avanzada que sea una sociedad, los primeros días impera la solidaridad, pero luego la mera supervivencia, y había demasiada gente a la que los demás no importaban. En realidad, el abogado del diablo buscaba fallos en la canonización de los santos, más comúnmente, llevar la contraria a la opinión generalizada, demostrar que los milagros no eran tales, y en mi caso, era al revés, demostrar que había dudas razonables, apoyando a los verdaderos abogados defensores, cuando se acusaba a alguien sin suficientes pruebas de sus crímenes.
Hasta cierto punto, sembrar la duda razonable era relativamente fácil cuando no había testigos directos, y aun cuando estos tenían motivos para hacer daño o habían sido contratados, como cuando en los juicios sobre accidentes de tráfico aparecían testigos que nunca estuvieron en el lugar, al menos antes de la instalación de cámaras y de poder conocer la localización de cada individuo. Hacía años que las sapiencias podían identificar a la mayor parte de la población por los rasgos faciales, incluso por la manera de moverse.
Zoran debió notar mi desasosiego, porque ya no sonreía cuando ponía los dedos sobre su rostro como si estuviera tocando el piano con cada uno de sus músculos, tal vez porque lo hacía con más desgana que de costumbre. Y ya no tenía ganas de llevar mis conciertos de piano más lejos, es decir, más abajo, en un glissando descendente.




