Una bomba nuclear en el corazón 

Vivo en una ciudad donde abunda la gente guapa. El otro día, uno de esos cineastas que reflejan la realidad cotidiana filmaba una escena clave en una calle estrecha, con muchos figurantes. La cámara retrocedía, mostrando de frente a los transeúntes. Todas las chicas eran preciosas, y de todos los colores, rubias, pelirrojas, morenas. Una africana despampanante abría la marcha. Era una de las protagonistas, las demás éramos comparsas, gente de fondo que nadie tenía que mirar, como el trasfondo de un cuadro de la Virgen con un árbol lejano que solo descubres cuando vuelves a mirarlo, como una película que en el cuarto visionado te fijas en la gente de paso, o un libro que, a la tercera lectura, como decía Nabokov, acabas por comprender. 

Lo único que teníamos que hacer era no mirar a la cámara, así que yo miraba al suelo. Pensaba en esas películas tan horrendas que no puedes evitar visualizar detrás de los actores al equipo técnico, mientras el director grita, afónico: «No miréis a la cámara», «Vocalizad, que parecéis patos», «Lo repetiréis una y otra vez, hasta que parezca espontáneo». Stanley Kubrick les hacía repetir hasta cuarenta veces. 

Y todos volvemos a nuestros puestos en la calle, veinte metros más atrás, y pienso en La noche americana, de Truffaut, «que salga el hombre de los helados, ahora el que lleva una escalera, y luego los demás transeúntes», y me pongo a caminar, con los pies hacia dentro, como me enseñó mi mamá, y noto que las tetas me rebotan y me obligo a andar como si llevara un libro sobre la cabeza, como Audrey Hepburn en My Fair Lady, mientras el cámara retrocede sobre un armatoste cuya grúa se eleva para filmar a toda la concurrencia, incluidos los perros y la ambulancia de los bomberos que hay en la otra manzana. «No mires, no mires al pájaro o nos harán volver atrás una vez más.» 

Me llaman dos días después. Que el director se ha puesto con el montaje, y en la escena en que todo el mundo tenía que mirar a la protagonista, guapa de los cojones, y querérsela comer, por no decir algo peor, ¿qué ha pasado? Que todo el mundo me mira a mí, como si la Virgen María apareciera en un encuadre detrás de Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo cuando golpea la mesa y grita «No vuelvas nunca a insultarme de esa forma». Y ya nadie piensa en ese idiota machista que va a recibir el Oscar por hacer de gilipollas mejor que nadie. 

Entonces me acuerdo de mi vida, de que me llamaban la más fea en el colegio, de que nunca me dejaban participar en los juegos de los demás, y yo me quedaba en un rincón pensado que estaba gorda, que era demasiado alta, que tenía las piernas demasiado largas, resistiendo la tentación de fumar, aunque nunca lo había hecho y la verdad es que nadie hubiera compartido un cigarrillo conmigo.  

Tenía una hermana, guapa, que con trece años ya salía con chicos. Me lo explicaba todo. Así empecé a conocer a los hombres. Pero nunca nadie se acercaba a mí, ni me pidieron salir, ni querían que los tocara.  

El director estaba rabioso, la escena había costado una fortuna, yo misma había cobrado doscientos euros por dos horas de trabajo, y había un centenar de extras. Se preguntaba cómo darle la vuelta a la escena y que pasara a formar parte del argumento. Pero arruinaría la película, todo el mundo estaría pendiente de mi aparición, joder, a mi lado la protagonista parecería el perrito que se cuela en una escena, como ese que aparece en Las meninas de Velázquez y que solo miran los que tienen uno igual en casa. 

Un día, cuando tenía dieciséis, mi padre, borracho, me dio una hostia y me puso un ojo morado. Me recriminaba no tener amigos, y que, por mi culpa, mi hermana se tiraba a medio barrio. Todos los tíos iban detrás de ella, ¿y por qué? Porque no podían tenerme a mí. Yo no entendía nada. Me puse un antifaz para ocultar el ojo y fue la primera vez que unos chicos se me acercaron en una fiesta, en la macro discoteca del barrio. Me colocaron drogas en la bebida y me llevaron a los plumieres para que les hiciera una paja. No sé si a eso puede llamarse contacto con la realidad. Entonces descubrí que había dos mundos: uno falso, en el que vivía yo, donde la realidad es como deslizarse por una pista de hielo que lleva irremisiblemente a la muerte sin que nada se interponga, y uno verdadero, en el que adquieren sentido las emociones. Yo las tenía menguadas, acostumbrada a los tortazos de mi padre y a que nadie me hiciera caso, y de pronto saltaban allí, con el esperma de los muchachos, como si un asteroide se hubiera estrellado contra la nave en la que viajaba congelada. De pronto, me despierto y me veo obligada a aterrizar en un planeta desconocido.  

Entonces, el miedo me hace recuperar la razón, un cosquilleo en la columna vertebral que llega hasta el cerebro, me arranco los trozos de metralla que me mantenían atrapada en el coma y renazco como lo que parecía ser, ¿una puta tal vez? Hasta que me quito el antifaz y todos se apartan de nuevo. Cuando, con dieciocho, participo en la película, nadie se ha atrevido todavía con mi cuerpo, pero en los foros soy un fenómeno haciendo arte con las manos. 

El director, que tiene novio, me mira de arriba abajo, pone cara de asco, no sabe qué ven en mí, aparte de que soy despampanantemente guapa, y me invita a irme a vivir a su gran casa, ahora que soy mayor de edad, una casa por la que desfilan personas que viven vidas falsas pero que son más auténticas que las de los demás, bestias que crecen, se reproducen y mueren como animales, poco más que chimpancés. 

Sus amigos han decidido no reproducirse, pero sí cambiar de sexo o unirse al mismo sexo. Dicen que el mundo es un lugar lleno de dinosaurios cuyo único objetivo es poner huevos y seguir poblando el planeta con su descendencia. Si yo entraba a formar parte de su mundo, tenía que deshacerme de los ovarios.  

Tomé la decisión con diecinueve años. Se lo dije a mi padre. Me dio otra de esas hostias que me obligan a llevar una máscara, pero esta vez no fui a la discoteca, sino a una de esas fiestas que organiza el director de cine con sus amigos. El objetivo: cortar el aire con las neuronas reventadas, los poros de la piel abiertos como agujeros negros, las emociones estallando como supernovas que crean estrellas y planetas y vida inteligente en su interior, los sentimientos como fosas oceánicas que se abren y traspasan el manto terrestre, llegan al núcleo y salen por el otro extremo levantando el Himalaya, el odio como una nube ardiente entre la nuca y el paladar, el amor como la creación del universo dentro del cerebro, la compasión como una nube de sueños que inunda el mundo entero, la rabia como la hoja de papel que corta el ojo y el cuerpo como el pétalo de una flor que sale volando cuando sopla el viento en un lugar donde no cabemos todos. 

No hace falta vivir muchos años para trascender a esa otra dimensión donde se esconden los cien mil millones de almas que vivieron en un cuerpo antes que nosotros, una bomba nuclear en el corazón.  

Avatar de Desconocido

About cruzandoloslimites

Es lo que vemos, es lo que somos.
Esta entrada fue publicada en Todos los futuros. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario