El asteroide que nos hace libres

Tienes que intentar descubrir todo lo que nos hace humanos, lo que no haría un animal. Un animal no condenaría a su hija a cubrirse con un nicab desde los cinco años cada vez que cruzara la puerta de la casa y saliera a un páramo solitario, rodeado de áridas e imponentes montañas.

Bela se crio en una casa de adobe en Kunduz, al norte de Afganistán, rodeada de hermanos, unos tiranuelos que sabían que su condición de varones les daba ventaja. Desde muy pronto, se ocupó de ayudar a su madre, recoger la miel hasta que un día le picaron una decena de abejas y se negó, ordeñar las cabras, amontonar el estiércol, encender el fuego, cocinar, limpiar. Recuerda la luz imponente del cielo y el canto lejano del muecín. Un día, su madre le contó que le habían cortado los dedos a una vecina por pintarse las uñas y le ordenó no salir de casa sin el burka, con una rejilla en los ojos, las manos escondidas, los pies invisibles, convertida en un fantasma. Su misión en este mundo sería servir a un hombre, criar a sus hijos, todos los que nacieran durante su vida reproductiva, fueran trece o catorce. Aunque siempre se exageraba, no serían más de seis u ocho, siempre que fueran niños, claro. Se bautizarán con un kalashnikov nuevo en cuanto el arma, colgada del hombro, deje de levantar las piedras y se vean correr los escorpiones a su paso.

Bela fue comprometida con nueve años y violada por su esposo con doce, en cuanto este supo que podía quedar embarazada. Muchas mujeres morían durante el parto y, como era muy joven, su marido quiso llevarla a un hospital de la caótica Kabul, esa ciudad de tráfico incesante, calles desniveladas, ruinas, banderolas rojas que advertían de la presencia de minas y que la gente robaba a diario, niños por todas partes y hombres armados, pero también fantasmas enlutados bajo cuyas sábanas negras había o debía haber mujeres.

Bela tuvo complicaciones en el parto, el niño murió y ella tuvo que permanecer semanas ingresada, durante las cuales se empeñó en aprender a leer y escribir en inglés. En cuanto se supo que no podría tener más hijos, su marido la abandonó. Puesto que las únicas mujeres que trabajan en Afganistán son las enfermeras de Kabul, decidió quedarse en la ciudad, pero tuvo que seguir llevando el burka cuando salía a la calle. Aun así, daba las gracias a Alá; en el campo, las mujeres adultas no salían de casa, su reino era la oscuridad y un pequeño patio.

Cuando ya estaba harta de tratar con niños a los que las bombas habían arrancado un pie o una pierna en los barrios minados de la ciudad y con mujeres que a diario se prendían fuego con gasolina para escapar de su encierro, se enteró de que en el aeropuerto se había organizado una nueva operación de rescate, esta vez encubierta, para sacar a gente del país.

En Madrid, tardó semanas en poder salir a la calle sin el burka, temerosa de las miradas de la gente, que la observaría con ojos acusatorios y libidinosos, condenándola al sufrimiento eterno. En la casa donde fue acogida, se pintaba los ojos con gena; los labios, negros como la muerte: quería ser la muerte. En cuanto aprendió español, empezó a trabajar como cuidadora y luego como enfermera. Ya solo llevaba el chador. Se aficionó a la astronomía y, en cuanto tuvo valor, empezó a ir a la sierra a mirar el cielo, que en la ciudad era grisáceo y estaba muerto. Necesitaba el contacto con aquel universo que veía desde el patio de su casa en el pueblo, cuando la Vía Láctea se deslizaba en todo su esplendor entre las montañas. Millones de estrellas y planetas, millones de cabras, ovejas, pastores, niños y niñas como ella en una infinidad de casas de adobe desperdigadas por una infinidad de montañas, valles llenos de pistacheros, ríos de miel, praderas que se mantenían verdes todo el año en tantos y tantos planetas como estrellas.

Un día, un astrónomo ruso con el que había hecho amistad por internet, le contó algo que debía ser un secreto: un asteroide de ochocientos kilómetros había entrado en el Sistema Solar. Los cálculos indicaban que se estrellaría contra la Tierra en poco más de diez años. No podía detenerse, ni cambiar de rumbo, el fin era inevitable.

Cuando pudo confirmar que era cierto, una noche de primavera, salió a la calle sin el pañuelo y, cuando estaba en el parque del Retiro y vio el cielo, por primera vez en mucho tiempo cuajado de estrellas en plena ciudad, se dio cuenta de que era libre. Fue cuando vio un punto blanco que se desplazaba a gran velocidad por el firmamento, probablemente la estación espacial internacional, pero ella pensó que tal vez era el asteroide, que ya era visible y que venía para terminar con la vida en este planeta. Pensó en su tierra, en su gente, y supo que todo lo que contenía el mundo era una creación de nuestros sentidos, que era nuestra propia conciencia lo que le había dado vida y que la misma conciencia había decidido que el camino elegido era equivocado o que había llegado el momento de terminar con la experiencia y empezar de nuevo.

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Una vida entera en un instante

Barrio del Raval. Calle de Joaquín Costa. Se alquilan habitaciones cutres, con espejo en el techo, por horas.

Era la primera vez que veía a Mbusi desnudo por completo. Estaba tendido en la cama, inmóvil, mirándome a través del espejo del techo. De pronto, su negritud me pareció un abismo en aquel lugar tan esperpéntico. Como si estuviera a punto de morir, toda mi vida pasó ante mí en un instante. Los espacios grises, graníticos, de Bergen, en Noruega; la Universidad de Berkeley, en California, con sus espacios abiertos; los cielos del centro de África, la luz tropical del Congo y de Niassa; la encerrona de Alepo, las ruinas y la lluvia de metralla; estar encerrada junto a cientos de científicos en el laboratorio de propulsión a chorro de Pasadena y, en un instante, encontrarme en una habitación del Raval, como una puta de veinte euros, en una habitación diminuta, decorada como si fuera un pastel de arándanos, con un tío de casi dos metros, que no reaccionaba a mis encantos…  y lo único que se me ocurrió fue jugar el papel de ángel caído en manos del destino.

Intenté quitarme el vestido y la culotte, pero me atrabanqué y me dejé caer en una esquina, como si estuviera borracha y desorientada. Le miré a través del espejo. Ese era el hombre que estaba a punto de cambiar mi vida, una masa de músculos que merecía un sacrificio, pero no estaba dispuesta a chupársela como si estuviera buscando un polvo fácil. Cuando se levantó, me entró miedo y eso me produjo cierta excitación. Mbusi podía haberse ido en ese momento, pero por la forma en que se había desnudado y yo me había abandonado, no se iría sin probar la presa. Un león no abandona la carne fresca. Me pasó una uña gruesa y poderosa por el muslo, y sentí un escalofrío que me arqueó la espalda. En ese instante, estuve a punto de perder la concentración, se oían voces en la calle, una tubería de descarga, la puerta del ascensor, el movimiento acompasado de una cama en una habitación cercana, gemidos apagados. Estaba ardiendo, me sentía como si tuviera fiebre, no quería moverme, necesitaba que Mbusi me amara y en la oscuridad de mi mente afloró la idea de que para conseguirlo tenía que convertirme en su esclava

― ¿Qué quieres que haga? —le pregunté.

Me miraba con dulzura, pero en un instante su rostro se endureció. Me metió dos dedos en la boca, hasta la garganta. Tuve una arcada y generé una gran cantidad de saliva. Me frotó el rostro con ella y lo repitió una y otra vez haciendo que el rímel emborronara mi cara. Lo hacía con tanta destreza que empecé a oler mi propia excitación. Apagó la luz, esperó un par de minutos en los que creí volverme loca, me alzó como si fuera una gacela y me soltó en la cama como si ya estuviera muerta. Mientras esperaba la penetración, oí un portazo y me encontré sola en la habitación, apestando a desinfectante y a mi propio sexo. Sus pasos se alejaron por el rellano y sentí cerrarse la puerta de emergencia como si me hubiera caído encima la hoja de una guillotina.

En el espejo oscuro, tenía la cara emborronada como una muñeca a la que han tirado disolvente para deformarla. Los chorretones negros del rímel me bajaban por las mejillas y se mezclaban con el colorete y el color de los labios. ¿Y si no volvía a verle? Cerré los ojos y me metí los dedos en la boca imaginando que era él, pero los míos eran demasiado pequeños. Me cabía la mano entera y sabía a rosas donde yo esperaba el sudor de un mozambiqueño. Me chorreó la saliva por la muñeca, intenté masturbarme, pero a medida que lo intentaba, el olor del desinfectante se imponía al de las rosas, los lirios y el jazmín de mi propio perfume.

De pronto, se abrió la puerta y entró de nuevo.

—¿Por qué has elegido este lugar? —me preguntó a bocajarro.

Me sorprendió que estuviera vestido.

—La magia.

—¿Qué?

—¿No te gusto?

En aquellos momentos no pude saber si durante los segundos de inmovilidad que siguieron estaba meditando decirme que le gustaba mucho o simplemente que no le importaba. Creo que estaba más cerca de lo segundo, porque me miraba como si yo no estuviera presente y me sentí como si fuera una simple imagen en una pantalla en tres dimensiones. Estaba desnuda, tenía la cara como un mapa, apoyada sobre las rodillas en medio de la cama con las piernas abiertas, demasiado flacas, mostrando el sexo como si tuviera tres años y le estuviera pidiendo a mi papá que me llevara a orinar a las cuatro de la mañana. Sentía en los codos el contacto de los pezones asustados de aquel hombre. No sabía qué hacer, todo mi cuerpo estaba en suspenso. Debía de parecer un monstruo horrible, con el pelo revuelto como el de una muñeca en un vertedero y un cuerpo que se empequeñecía por momentos.

De pronto, Mbusi me dio una bofetada e instantáneamente empecé a llorar, me saltaron las lágrimas como si me hubiera caído encima un mar de emociones, como si se hubiera roto una presa cuya existencia desconocía hasta ese momento, y empecé a gimotear sin contención. Deseaba con todas mis fuerzas salir de la habitación y dejar a aquel hombre con un par de narices. Sentía la cuenta atrás, solo esperaba el momento en que mis músculos dejaran de contraerse, pero las contracciones descendieron por mi cuerpo, como si estuviera llorando con todos los músculos, y no podía moverme. Un minuto después, Mbusi me cogió por las mejillas y besó las lágrimas calientes que se habían mezclado con la saliva. Sentí su cuerpo desnudo contra el mío y el animal que me apresaba se desvaneció en el aire. Le clavé las uñas en la espalda con todas mis fuerzas. Quería chuparme los dedos llenos de su sangre. Quería desgarrar por entero a Mbusi, arrancar la piel de aquel negro a tiras, y lo habría hecho esa noche de no haber descendido al infierno y subido a los cielos una docena de veces.


							
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El infierno de los inocentes

En Nueva Delhi, la pequeña ventana de mi habitación en el burdel daba a un estrecho callejón usado como vertedero. Solo me asomaba para vomitar, procurando no hacerlo sobre la vaca que ramoneaba entre la basura. Hacerlo dentro de la casa hubiera representado que me dieran otra paliza, y ya tenía el cuerpo lleno de los cardenales y las quemaduras que fascinaban a ciertos clientes, que querían ver cómo se retorcía de dolor una niña bangladesí maltratada y la expresión entre ida e inexpresiva de un rostro oscuro como el tizón, del que emergían unos ojos perlados que parecían de cabra y unos dientes muy blancos de roedor.

Había un ventanuco enfrente, algo más arriba, desde donde me saludaba uno de los talladores de diamantes del edificio contiguo. Me hubiera gustado contarle mi vida, de cómo me enamoré en uno de los barrios más pobres de Daca, en Bangladés, de aquel muchacho guapo como los ángeles, como solo puede haberlos en la India. Para una chica daguestaní de trece años de los suburbios cuesta mucho aprender que el amor es una sucia artimaña de la naturaleza para aprovecharse de las mujeres. El chico guapo dice te amo y en cinco minutos tienes su polla en la boca, deseas que sienta tanto placer como puedas proporcionarle, y cuando te das cuenta del engaño ya es demasiado tarde. 

Cruzamos la frontera navegando a escondidas entre manglares, esos árboles que parecen crecer sobre serpientes acuáticas. Me prometió amor y que íbamos a casarnos en su país hasta que tuvo la certeza de que ya estábamos en la India, un lugar extraño para un musulmán, lleno de dioses maléficos y violentos, como esa diosa oscura llena de brazos que anima a la estrangulación. 

Me dejó en una casa sin ventanas cerca de Haldia, desde la que no vería nunca más las mañanas. Hubo un intercambio de dinero. ¿Cuánto podía valer una niña negruzca y delgada de trece años para la diosa Kali? Unas veinte mil rupias, unos doscientos euros para un europeo. El comprador, que se hacía llamar Rávana, como el rey de los demonios, ni siquiera necesitó decirme que me amaba para que yo también creyera que lo amaba, y me violó en cuanto se quedó a solas conmigo. Luego, me hizo beber un alcohol infame que me quemó las entrañas. Me dijo que, si no hacía todo lo que me pedía, me reventaría por dentro con una tubería. Me instaló en una habitación con almohadas de colores brillantes y me dijo que tenía la piel demasiado oscura, que nadie pagaría más de doscientas rupias, y que tenía que ganar unas cuatro mil cada día para cubrir el alquiler del cuarto, la comida y el alcohol que haría que no me importara nada.

Pasaron dos años que no quiero recordar, hasta que, tras un desalojo nocturno que acabó con la detención de Rávana, uno de los policías me vendió a un primo suyo que se hacía llamar Ráksa, que es el nombre genérico de los demonios. Entonces, me trajeron a Delhi, a un burdel más grande, donde se podía bailar. Tenía quince años, uno menos que ahora, me pusieron a dieta, me curaron las heridas y me asignaron a clientes de más rango, pero no pude dejar de beber, a todos les gustaba ese aire de animal desvalido que apenas puede tenerse en pie y se abraza con fuerza, como las crías de mono que aun se amamantan, cuando lo que busco es evadir el dolor y no ver sus rostros, mientras ellos creen en una fogosidad inexistente que me quema el alma veinte veces al día.

Me asignaron una pequeña paga que podía gastar en vestidos, cuando la vieja Markala iba al burdel con su tenderete a cuestas, o en el pequeño restaurante de enfrente, donde íbamos a cenar acompañadas por uno de los jefes. Pero la mayor parte me lo gastaba en ese licor casero que fabricaba un vecino que me visitaba cada semana. Me provocaba unas intoxicaciones que me hacían rabiar, pero era la única forma que conocía de ignorar las pieles arrugadas y el rancio olor de anciano que no se lava. Solo tenía que aguantar el vómito hasta que me quedaba sola y podía asomarme a la ventana. A la vaca gibosa, blanca como la luna, no le importaba, pero Shali, el chico que talla diamantes, decía que una chica tan guapa no debería estar en este antro. Un día vino a verme. Le cobraron doscientas cincuenta rupias, como a los demás. Una vez solos, me dijo en voz muy baja que tengo la mirada de Kamakshi, que es uno de los nombres de Kali y hace referencia a sus ojos lujuriosos. Me dijo que me fuera con él, que me llevaría a Kolkata, donde las chicas pueden trabajar por libre en el barrio rojo; además, tenía un tío allí que me protegería. Para demostrar su buena fe, me regaló una botella de raki turco que le había dado un cliente y me la bebí entera, porque no podía pensar, ni sabía en qué pensar. 

Por la mañana, tenía un dolor muy fuerte en el abdomen y tuvieron que traerme a este hospital, en Gurgaon, donde llevo quince días. Me han dicho que no saldré de aquí, que mi pobre hígado ha dejado de funcionar y que moriré en pocos días. En esta habitación, que es muy grande, con las ventanas muy altas, estamos juntas una decena de muchachas enfermas que no podemos dejar de mirar una imagen de Kali que hay encima de la entrada. Sé que la diosa de la muerte me espera detrás de la puerta. Hace ya mucho tiempo que olvidé mis creencias islámicas. No hay paraíso para las mujeres en el islam, y tampoco voy a ir a ese grupo de mundos celestiales que espera a los buenos hindúes en la cima del monte Meru. Solo espero que en el Patala hindú no me atormenten demasiado, aunque no tengo miedo, no imagino qué más me puede pasar; en mis mejores momentos, siempre estoy cayendo en un pozo ciego. 

He pedido una barrita de incienso junto a la cama, pero me han dicho que podría molestar a las otras chicas. En el burdel era omnipresente, como la continua limpieza de las esteras y almohadones. En este hospital, sé que la última imagen que me voy a llevar es la de un cielo gris por el que corren las cucarachas. Una se ha subido al ventilador y con la rotación se ha caído en mi cama. Como ya no puedo moverme, puede que sea mi último contacto con este mundo. Sus patas delicadas bailando al compás sobre mi cara, uno, dos, tres, cuatro, cinco… creo que me voy contigo, cucarachita. Vosotros, ráksas, hacedme un hueco en una de vuestras calderas hirvientes, y, por favor, señor Yama, espíritu guardián del inframundo, háblale bien de mí a tus demonios, que no hace falta cocerme demasiado, que soy muy blandita y necesito muy poco hervor para contentarlos a todos.

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Los días de Molly

Tenía la cara triste de un hada que ha perdido sus poderes y adoptaba con facilidad esa pose de dejadez no estudiada que nunca se encontrará en las estatuas, los cabellos ondulados y a la vez algo crespos, como si acabara de salir de una secadora industrial, un cigarrillo encendido colgando de los labios, la luz del día molestando su mirada, un abrigo de piel de leopardo gastado, abierto encima de un vestido ligero de seda que transparentaba sus pezones amarronados y grandes como castañas, muy besados y manoseados. Todo hacía presagiar una voz rasposa, de noches deglutiendo güisquis en un ambiente cargado de humo. Ni una sola mancha en el rostro y presumiblemente tampoco en un cuerpo en apariencia de porcelana, ajeno al sol, ejercitado en bailes alocados, pero también en bailes suaves con esos hombres silenciosos que le gustaban. Molly no besaba en la boca, le bastaba con la penetración anal, nada de coño, le sentaban mal los anticonceptivos y, además, decía que un día tendría novio y prefería mantener cierta integridad. Tampoco quería que habláramos, no tenía nada que contar y no quería saber nada de los demás. Con su culo podías hacer lo que quisieras, pero su mente era coto cerrado.

Era adicta al éxtasis. Cada día se fumaba dos paquetes de cigarrillos y se bebía una botella de güisqui malo desde hacía más de una década. Parecía haber nacido para eso, porque no tenía ojeras ni el menor rastro de decadencia, solo la aflicción propia de quien ha nacido en el mundo equivocado y quiere salir pitando.

Las pocas veces que hablaba, en los bailes lentos, me susurraba al oído un sueño recurrente. En él se veía atropellada por un tren y despedazada, pero después cada uno de los pedazos seguía con vida, intentando volver a unirse. Le hubiera gustado comprobar si eso podía suceder, si después de muerto seguías intentando moverte, te separabas de un cuerpo que había dejado de obedecerte, y no podías llevártelo, como uno de esos chicles pisoteados que no pueden despegarse del suelo o, peor aún, como uno de esos que hay bajo el asiento de un cine de barrio donde el conejo húmedo de una choni se revuelve con los manoseos de su novio, mientras en la banda sonora una estúpida canción hace saber que Emilia Clarke está dejándose comer los labios.

Encontraron sus restos en London Bridge, en el entramado de vías que salía de la estación, donde había ido una noche de borrachera decidida a conocer la verdad. Había despojos de Molly a lo largo de cincuenta metros. Los operarios que la encontraron al amanecer hallaron una extraña conjunción, como si todos aquellos pedazos hubieran intentado reunirse. Las manos se buscaban, los pies estaban alineados con los demás órganos en una geometría perfecta, como si un espíritu perverso se hubiera entregado a ello.

Entonces yo era policía en ese barrio y frecuentaba el local de Molly. Ella tenía un chulo y se acostaba por dinero solo con los tíos que no le gustaban. Me gustaba verla cuando llegaba, aún sobria, porque la melancolía que mostraba su preciosa cara era un reflejo de aquel mundo de pirados a los que no gustaba la luz de las mañanas. Cuando empezaba a beber, en la tristeza de sus ojos anidaba una profundidad que nadie podía comprender, pero su sonrisa te atrapaba como una telaraña, un paso adelante y caías en la red. El chulo la marcaba, le decía “aquel canoso con el reloj de quinientas libras, luego tienes la noche libre”. A los demás nos daba igual que ya estuviera manoseada, el cansancio la hacía aún más bonita, y cuando a mí me gustaba era cuando el alcohol volvía tiernos sus labios, y olías el tabaco de su aliento y el sudor de su cuerpo, con la noche avanzada, cuando tenía los pezones irritados y apenas tenías que tocarlos para que se estremeciera de placer. En la cama, era como si se muriera cada vez, y no era raro que quedara inconsciente después de retorcerse como si estuviera poseída y gritar en silencio con la boca muy abierta, mostrando aquel paladar rosa en el que desearías resbalar camino de su vientre.

Por aquella boca que abría cada vez que se corría debieron de ascender los demonios que quisieron unir sus pedazos, aquellos demonios que compartían los orgasmos y que perdieron con ella una forma de disfrutar de la vida que no iba a repetirse.

Intenté volver al local de Molly, pero sin ella era como estar en una celda atestada de borrachos sin alma, zombis de la noche a los que nada importaba. Dos años después, los mismos demonios me acompañan por todos los antros de la ciudad; lo sé porque me hablan, oigo sus voces dentro de la cabeza, buscamos lo mismo, unos ojos tristes en una cara que condense todo el universo, una telaraña donde caer y dejarse enredar, y la esperanza de unas noches interminables que se han convertido en el vano deseo de recuperar un tiempo que no volverá.

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Piedras en los ojos

Estoy harto de carteles de «solo se admiten bicentenarios», como yo. Busco un local donde esté bien indicado en la entrada: «Bebidas gratis para menores de cien años». Paso de fósiles.

Diez años después de vacunar masivamente a la población mundial contra la COVID, la gente dejó de morir. Por la misma razón, solo podían quedar embarazadas las mujeres con un raro tipo sanguíneo que apenas poseían una de cada diez mil. Han pasado ciento cincuenta años, muchos tenemos más de doscientos, y muy pocos menos de un siglo. No nos hemos arrugado hasta convertirnos en cigarras, como el griego Titono, pero tampoco nos mantenemos jóvenes como Dorian Grey.

Creíamos que la conciencia se ampliaría con la edad, no pensamos que seríamos como esas tortugas que viven hasta los novecientos años. La vida se convierte en rutina, evitas cualquier peligro, dejas pasar el tiempo, las horas, los días, los años, no quieres hartarte de nada y no haces nada, pero por poco que hagas, con todas las necesidades cubiertas por la robótica, cuando ya has dado diez vueltas al mundo, en avión primero, en barco después, en vehículo propio e incluso a pie, no queda nada. Todo el mundo ha hecho lo mismo, ya solo te cruzas con viajeros que no trabajan, hasta los camareros en los bares son androides de plástico.

Lo peor no es la falta de expresividad de una cara cada vez más arrugada, es la mirada de estatua, como si los ojos se hubieran convertido en piedras, pequeños óculos rellenos de mármol veteado, fríos y asesinos como los de un cocodrilo. En la calle aún hay movimiento, pero en cualquier lugar cerrado te sientes pieza de museo. Nadie expresa nada, los movimientos en la barra o en las mesas son los propios de un perezoso amazónico. Ahora sabemos que, si te atragantas con litros de una bebida fuerte, por la mañana te encontrarás en la cama de un hospital y luego tendrás unos cuantos millones de neuronas menos, pero no las suficientes para no sentirte cada vez más desgraciado. Aun así, algunos beben hasta caerse, aunque muy pocos mueren por intoxicación etílica. No morir de viejo no quiere decir no hacerlo por alguna estupidez o no perder calidad de vida por destruir las propias neuronas, el hígado o el páncreas, que seguirán ahí, como guiñapos, ejerciendo su función dentro de un fantasma que ha sobrevivido a la COVID para encontrarse como un tiburón que no puede morir, pero que tampoco puede comer porque habita en un mar sin animales.

Cuando en un bar entra alguien con menos de cien años, los demás lo rodeamos, queremos vernos a nosotros mismos cuando nuestros ojos todavía estaban vivos, apretamos nuestras dentaduras postizas y queremos llorar, pero no podemos segregar lágrimas, ni sorprendernos de nada desde que comprendimos todos los secretos del universo, que solo somos polvo y en polvo bíblico nos convertiremos, que vivimos por vivir y que el resto del universo está demasiado lejos como para anhelar una nueva era de descubrimientos.

¿No puedo entrar?

—Este es solo para menores de cien años. ¿Se ha visto los ojos? Parece un dinosaurio congelado, espantaría a la clientela. Aquí dentro se baila, se ríe y se llora, pero no de tristeza, sino de alegría. Váyase a casa, viejo, con sus libros antiguos de filosofía y busque una razón para seguir adelante con su vida en otro lugar.

(Foto de Dario Venturini en Flickr)

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Morir de comerse el mundo

Los efectos de la vacuna tardaron en salir a la luz un año largo. Los primeros vacunados empezaron a sentir una euforia descontrolada, seguida de periodos cortos de depresión injustificada. Todo parecía indicar que el cerebro segregaba determinadas hormonas sin causa física ni emocional que pudiera demostrarse.

Mirra, psicóloga, empezó a sospechar que algo pasaba cuando se detectó que esos estados alterados de la conciencia se producían al unísono por grupos de vecinos, no solo del mismo bloque de edificios, sino por barrios e incluso en la totalidad de poblaciones pequeñas.

Un día, se despertaba al amanecer eufórica, con ganas de comerse el mundo, y observaba que sus vecinos estaban en danza a la misma hora, cantaban, salían a correr, y por la noche no se acostaban nunca, incluso los ancianos gritaban en los balcones su alegría. Otro día, apenas podía levantarse, la embargaba una tristeza insuperable, abría el balcón con aprensión, tratando de no pensar en lanzarse al vacío. Esos días, la consulta del hospital donde trabajaba se llenaba de gente que quería antidepresivos a toda costa. Hicieron averiguaciones y descubrieron que el fenómeno se repetía en otros hospitales. Enseguida se estableció una pauta obsesivo-compulsiva que pasó de diaria a semanal.

Muy pronto, se redujo el ámbito de los efectos. Cuando en su bloque imperaba la depresión, en la escalera vecina la gente salía a los balcones a corear su felicidad, como si estuvieran en un campo de fútbol. Incluso personas que conocía por su adustez parecían haber enloquecido, como si hubieran rejuvenecido treinta años y dejado de lado cualquier atisbo de timidez.

Habló con sus compañeros del hospital. Había que abrir una investigación. Tardaron semanas en descubrir que las vacunas contra el coronavirus llevaban un componente extremadamente pequeño que se había implantado en cada uno de los noventa mil millones de neuronas del cerebro, y que respondía a determinados campos electromagnéticos.

Se mantuvo el silencio porque los episodios de euforia y depresión grupal cesaron como habían empezado. Para los investigadores fue como quedar varados en el espacio. Nadie sabía por qué y para qué.

Hasta que, sin razones aparentes, la gente empezó a suicidarse, como cuando las primeras gotas anuncian un diluvio inminente.

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El sabor de los otros en los labios

Un alma puede manifestarse en cuantos cuerpos le apetezca, pero es imprescindible que ninguno sepa de la existencia del otro; sin embargo, en aquella ocasión, los tres cuerpos nacieron en la misma ciudad y en el mismo instante. Resultó imposible evitar que, con el tiempo, sus conciencias empezaran a solaparse, como aquellas ondas que se cruzan en el agua y se descabalgan para ser primero montaña de suaves contornos y luego nada.

Anita era como la brisa. Trabajaba en la sección comercial de una editorial, donde respondía en las redes sociales a los admiradores de autores que no había leído, e incluso se hacía pasar por ellos. Martín, alias Tiburón Lobo, era como uno de esos incendios que arrasan la selva amazónica. Con veinticinco años se había convertido en el dueño de una discoteca donde trapicheaba la plana mayor de los mafiosos, tenía el volumen de un campeón de los pesos pesados y llevaba anillas de buen tamaño en los pezones. Anita empezó a soñar que tiraban de los suyos, diminutos, mucho menos manoseados y chupados, y de una sensibilidad electrificante. El tercer poseedor de tan singular alma se llamaba Rosendo, alias Rosalía, un transexual que hacía la calle en los aledaños de la avenida Diagonal. Con su metro noventa, tenía que esforzarse para meter unos enormes implantes mamarios de silicona en los coches y beberse las pequeñas eyecciones de aquellos ejecutivos que llegaban tarde a casa, con los tacones pisando la grava, fuera de la chapa metalizada.

Más tarde, Anita empezó a soñar que se la chupaba a todos los tíos con los que se encontraba. Se despertaba en medio de la noche y corría al inodoro. Tenía la sensación de que escupía el semen que no había probado nunca y que tenía unos pechos grandiosos, ella que apenas se los encontraba. Su madre, con la que vivía, creía que estaba embarazada. La pobre mujer inválida hubiera querido correr tras ella, consolarla. No sabía que Anita sentía una atracción irresistible hacia las paredes de la calle Robadors y la discoteca que todo el mundo conocía como «del Tiburón Lobo», acondicionada en un depósito subterráneo de aguas pluviales por el que pasaba una de las cloacas más caudalosas de Barcelona. Martín vivía prácticamente en aquel antro donde se fomentaban la droga y la prostitución, y siempre se encontraba en lo más hondo, cerca de aquel bacteriano río que destilaba aromas insondables. Imaginaba que aquel arroyo que se perdía en la oscuridad era el camino del infierno que salvaría su alma. Un alma que, por alguna razón, presentía que no era del todo suya.

Rosendo, alias Rosalía, soñaba que era virgen, que tenía el culo prieto como una campeona de natación y que nunca había conocido otras nalgas. Cuando empezó a soñar que le atravesaban el escroto con clavos y tenía erecciones cuando le frotaban el rostro con deposiciones sanguinolentas, quiso conocer a aquel Tiburón Lobo del que sus compañeras decían que estaba loco. Así que un día trasladó sus dos kilos de silicona mamaria a aquel sótano incendiado de rumores oceánicos, con proyecciones de tiburones nadando entre arrecifes de coral en las paredes y una música adecuada para viajeros interplanetarios en estado de congelación.

El mismo día en que Rosalía descendía a aquel fondo marino simulado, Anita se quedó sola en las instalaciones museísticas del Refugio 307, muy cerca de la discoteca, y tuvo una visión: había miles de peces de colores a su alrededor, aunque, en aquel fondo marino ilusorio, dominaba un fuerte olor a fosa séptica abandonada. De pronto un tiburón se abrió paso entre los peces payaso, abrió la boca y de su interior emergió nadando un lobo mojado. Despertó de la ensoñación antes de morir entre los dientes de la bestia con la expresión «tiburón lobo» en la garganta. Salió del museo sin poder casi respirar y se dirigió sin pensar a la cercana discoteca.

Enseguida, tuvo la sensación de que así sería el día del fin del mundo. Un ruido atronador, con todos enloquecidos. Puesto que era inútil escapar de aquel apocalipsis, imaginó que solo quedaba entregarse al placer de la danza antes de renacer entre calderos de lava. Buscó desde las escaleras y descubrió a las dos únicas personas ajenas al estroboscópico arrecife coralino por el que ahora aparecía desfilando un conjunto idealizado de modelos en bañador, cuyas nalgas llenaban por completo el hormigón de las paredes.

Los peces huían, deslizándose por los muros hacia el cavernoso interior, desde donde Martín y Rosalía la estaban mirando con cara de asombro. Sin duda, extrañaban su falta de maquillaje, sus pantalones anchos y gastados, el jersey amplio, el pecho inexistente, el cabello negro mal cortado, la expresión de acero de sus finos labios.

Pronto se dio cuenta de que eso no les importaba. Solo la esperaban, cogidos de la mano como dos amantes a las puertas del crematorio. Anita supo lo que tenía que hacer. Cuando llegó a su lado, cogió las manos de ambos y cerró el triángulo, perdida en sus turbios ojos.

De pronto, sintió en el ano todas las penetraciones, en los pezones todas las torturas, en un escroto inexistente, el taladro, en la mente el vértigo de haberse colocado miles de veces, de haber masturbado a cientos de desconocidos en un descampado, de haber vomitado una semana de ayahuasca y haber probado todos los psicofármacos, de haberse metido en orgías que no quería y en otras que sí quería, de horas de maquillaje que no conocía, de manos metidas en culos blandos, de horas de gimnasio, cuerpos hormonados; tres conciencias enredadas en un alma, la experiencia que no tenía y la maldad que no quería, y fue como si el mundo se hubiera acabado y al mismo tiempo empezado de la nada.

Tal como se habían encontrado, se separaron. El alma acumulaba las experiencias de todas las conciencias por las que había transitado. Y aquella conexión había trascendido la realidad de los tres y sumado la de otros muchos. Anita sentía como si hubiera vivido mil vidas, podía recordar el dolor lacerante de unos colmillos atravesándole la garganta, la dureza del granito en la frente, la dolorosa quemazón de ataduras de cuerdas en las muñecas y el pellizco lacerante del látigo en la espalda, la saliva compartida de otras bocas, el olor de bebés que no había tenido, el sabor de la sangre de enemigos que no había conocido. Era como si hubiera parido miles de veces, se le hubieran muerto cientos de hijos, la hubieran violado y hubiera abusado de otras tantas pobres mujeres, como si hubiera sido el guerrero y el esclavo, la víctima y el verdugo, la madre y el padre, el tirano y el sumiso servidor, el visionario que conoce su lugar en el mundo y sabe seducir y el idiota que apenas es consciente de que debe trabajar, comer, dormir y procrear para cumplir una misión que no tiene más sentido que la de contribuir a la supervivencia de la especie.

Después de aquello, Anita ya no necesitaba vivir más, pero tampoco quería morir. Centraría sus objetivos en buscar un lugar tranquilo desde el que contemplar un lejano horizonte y rememorar todas sus vidas, porque le había sido desvelada la verdadera naturaleza de su alma y ahora sabía que la conciencia no es más que la ilusión de un instante, que, aunque una vida no sea nada, es la única razón de nuestra existencia y hay que vivirla una y mil veces, porque más allá de la ilusoria realidad, las estrellas acabarán por desaparecer en una oscura e incomprensible eternidad que no nos pertenece.

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Hierro lésbico, barro y carbón

Me llamaban Lambda Rosa. Era boxeadora y estaba atravesando un mal momento. Acababa de perder cinco combates y mi autoestima estaba por los suelos. Tenía las cejas cosidas con alambres, los labios irregularmente hinchados, la nariz como si un camión le hubiera pasado por encima. Mis compañeras de piso y peleas, mis amantes, me ignoraban, como ese mueble que has decidido tirar y tratas de olvidar. Necesitaba escapar, y no se me ocurrió otra cosa que apuntarme como voluntaria para luchar con las tropas internacionales en la recién empezada guerra de Ucrania. Me equivoqué. No sabía que la primavera ucraniana fuera tan terrible. Me pasé dos meses hundida en el barro de una planicie negruzca e interminable, avanzando y retrocediendo sin ganar ni perder terreno. Un día, en plena retirada, una explosión me hirió en una pierna. El resto del batallón, que luchaba por sacar los pies del lodo a cada paso, me abandonó cubierta de barro entre unos saucos floridos. Me dijeron que me ocultara en el pozo ciego que había bajo los arbustos, hasta que volvieran. Pasé dos días enterrada en la mierda, mientras los soldados rusos cruzaban en silencio por encima de aquel inodoro campestre y descargaban sus miserias sobre mis hombros. Lloré sin parar y bebí mis propias lágrimas. Decían que los rusos violaban a todas las mujeres para asegurarse de que su ADN impregnara aquel territorio. Calculaba cuántos tíos podría soportar en mi interior y si valía la pena romperse los nudillos para morir aplastada en el barro y florecer en cualquier árbol.

Cuando los rusos retrocedieron y los míos me rescataron, decidí que había tenido bastante purgatorio y que volvía a Barcelona, porque siempre vale más vivir en soledad en un entorno seguro y conocido que en esa guerra, que tenía visos de convertirse en un tira y afloja interminable.

Sin embargo, haber estado en aquel infierno me convirtió en un icono, y eso me hizo sexualmente más atractiva. Durante varios días, mis compañeras me miraron como si fuera el personaje de un cuadro que ellas mismas acabaran de pintar, buscando y retocando todas las imperfecciones, desde las puntas de los dedos de los pies hasta los rizos que me recogían con cariño para relamerme las orejas. Furia me daba un beso en los labios y me decía te quiero, tesoro, y las demás la seguían; yo ya estaba temblando de placer cuando Lamia se apretaba contra mi pecho y me acariciaba las nalgas, mientras me ofrecía la lengua en cualquier lugar y yo veía a todos los tíos a nuestro alrededor enderezarse ante aquella santa compaña a la que más les valía no acercarse so pena de verse arrastrados a un lugar donde podían arrancarles los ojos.

Barcelona era mi ciudad, pero mantenía con ella una relación de amor y odio. Sería un maravilloso escenario postapocalíptico si se cubrieran todos los edificios modernistas de hiedra y se hiciera desaparecer a todos los turistas. Una tenía la sensación de que el paso del tiempo se debía a su evolución en las cámaras de los móviles, mientras los duendes del bosque se escondían tras las fachadas para no salir en las imágenes. Lo que más me atraía era la infinidad de secretos escondidos detrás de los callejones de la ciudad vieja, las plazas y sus terrazas, los edificios grises llenos de pisos pequeños con los suelos desnivelados, los retretes improvisados en galerías estrechas, las sábanas espermáticas, arrebujadas sobre colchones hundidos, las tuberías de plomo supurantes de moho, las prostitutas del todo a cien con los labios troquelados por el carmín, los adictos que florecían y fenecían el mismo día como flores de cactus en los pasillos de los narcopisos, los estudiantes emporrados que resbalaban como sombras por las paredes, los colmados saturados de verduras exóticas en cuya trastienda vivían familias enteras, los alcohólicos atrapados en su mundo de quebradizo cristal y los que pasábamos por allí buscando un restaurante donde un travestido se presentase por las noches a ofrecer su doble y transgresora personalidad a quienes creyeran que la vida hay que bebérsela como el agua fresca por muy amarga que sea.

Un par de semanas después, durante una noche de cervezas en el tejado de nuestro edificio, contemplando el enladrillado luminoso de la ciudad, sobre el que emergía la Catedral del Mar, mientras las cuatro leonas del ring nos preparábamos para una noche de amor, cuando ya estábamos intoxicadas por el intenso aroma de los cuerpos, las lenguas entrelazaban poemas de amor y el fuego valyrio ardía entre nuestras piernas dispuesto a devorar ciudades enteras, el cielo se iluminó súbitamente sobre el mar. Una luz cegadora nos hizo agacharnos y taparnos la cara. Recordé en aquel momento cómo se genera una estrella, y pensé que allí mismo una nube de gas muy denso había surgido del universo profundo y se había contraído, el hidrógeno había colapsado y empezaba a transformarse en el corazón de un nuevo sol, pero luego me vino a la mente lo que nos habían explicado en Ucrania y me di cuenta de que aquello era el uranio descomponiéndose en luz y calor. Antes de que pudiera avisar a nadie, nos alcanzó el aire caliente que barría violentamente la ciudad, cargado de partículas radiactivas. La explosión había tenido lugar a unos diez kilómetros, el sonido nos alcanzó cuando descendíamos por las escaleras, con la sensación de que el mundo se derretía a nuestro alrededor.

Cuando estaba en las estepas ucranianas, con el cielo atravesado por las estelas de los cohetes, junto a aquellos hombres temerosos y valientes a la vez que se acomodaban al barro y la nieve como si fueran lobos invernales, me acordaba de esos pisos del Raval donde las litronas se pasan de bloque en bloque simulando las pelotas arrancadas de sus desabridos habitantes. Soñaba con esos lugares donde, cuando se hace de noche y se encienden las luces de aquellos pisos altos y estrechos, pueden verse, a través de las rendijas de las persianas, los testículos asomando por debajo de los calzoncillos, las bragas de diez tallas, los vientres hinchados y, en lo alto, cerebros con las circunvoluciones necesarias para soñar con un poco, solo un poco, de felicidad.

Soy la única superviviente de aquel grupo. Ya nadie vive en ciudades, nos hemos dispersado por un área muy grande y nos hemos asentado en poblaciones pequeñas. Yo vivo cerca del mar, donde no hay peces, solo restos de la civilización por todas partes. Los dedos sonrosados de los amaneceres homéricos se han apoderado de forma perpetua de un cielo que nunca volverá a ser como antes. No sé cuánto tardaremos en cometer los mismos errores, pero ya arde en la fragua el carbón de las identidades que convertirá la marea humana en un nido de serpientes.

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Cabalgando junto a los ciervos

De pronto, todos los ciervos giran al unísono. Los niños se ponen en pie sobre los caballos y parece que vuelen por encima de la hierba. Es como si, después de la epidemia que diezmó a la población aquellos diez años terribles, solo hubiéramos sobrevivido quienes veíamos en el amanecer, no el sol, sino los dedos sonrosados de la aurora, y los niños nacidos desde entonces fueran todos capaces de erguirse sobre sus monturas al galope.

En aquellos diez años de mutaciones víricas, los científicos descubrieron la forma de implantar los recuerdos de otras personas en la mente de los supervivientes, así que la mayoría de nosotros lleva un polizón en el cerebro. Yo era un escritor mediocre al que implantaron los conocimientos de un diseñador de sistemas, una bomba en la cabeza que no deja de tener ideas imposibles, porque en el nuevo mundo no hay electricidad, no hay vehículos a motor, ningún robot ha pasado la prueba de un mundo que se ha hecho más amplio y se ha vaciado de humanidad. Conservamos las semillas de alto rendimiento capaces de reproducirse que dejaron para nosotros, usamos caballos para desplazarnos, hay muy pocas vacas o cerdos, los animales salvajes han recuperado el planeta; después de veinte años, corzos y ciervos vienen a las puertas de nuestras casas. Nuestros hijos, que ya no comen carne, hablan con ellos, solo piensan en protegerlos.

El virus acabó por meterse en nuestras mentes. Como ese parásito que hace que los ratones pierdan el miedo, nosotros lo perdimos también, entendimos que la vida era solo una pequeña parte de un largo recorrido que continuaba tras la muerte, y la mayoría de la humanidad decidió seguirlo para liberar a este mundo de una situación insostenible. Unos pocos decidimos quedarnos para ser los últimos y seguir disfrutando durante un tiempo de los amaneceres endiabladamente sonrosados y del sonido de la lluvia entre los árboles. Quisimos empezar de nuevo. Tuvimos hijos, pero esos niños, que llevaban el virus en los genes, resultaron formar parte de un mundo que no era el nuestro. Su mayor placer es alimentarse de frutos silvestres y congraciarse con las bestias salvajes.

Nosotros y todos los recuerdos que nos han implantado moriremos sin haber hecho más que retroceder en un mundo decidido a encontrar de nuevo sus orígenes. No volveremos a reproducirnos hasta el agotamiento de todos los recursos, aceptamos la muerte como el ascenso por un arco iris que se desvanece, dejando atrás un planeta que solo fue nuestro durante un tiempo.

Sé que más allá hay maravillas que no puedo apreciar en este mundo, pero haber visto cómo el miedo de todas las especies se transformaba de nuevo en curiosidad y sentir a mi polizón llorar por tantos conocimientos inútiles no tiene parangón. Sé que me observan desde otra dimensión y que muchos lamentan no haberse quedado un poco más; pero los pocos seres humanos que quedamos somos como los rescoldos de un gran incendio que arrasó el mundo y se ha trasladado a otra parte. Después de nosotros, solo quedarán esos niños, cuya única misión es restaurar una naturaleza que a punto estuvo de ser destruida. Una vez cumplida su misión, el propio virus acabará con ellos, para que no quede rastro de ningún ser humano, como ya ocurrió con los dinosaurios.

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Una gota de sudor cuántico

Un punto de luz en el tejido del universo, una gota de sudor cuántico a punto de secarse, una conciencia sin corazón, azul, sobre gamuza empapada de llanto y noche.

Cuando subimos a la balsa, venía con nosotros una virgen, no en el sentido estricto de la palabra, pero sí tan inmaculada como la esposa de José de Nazaret en el año cero de la cristiandad. Nidala no era la esposa de un carpintero, se había pasado dos años en Libia, entre los traficantes de seres humanos. La habían violado tantas veces que, los mismos médicos que certificaron que era estéril, dijeron que podía haber albergado un nido de ratas, pero no un bebé en sus entrañas. Tenía tantas enfermedades venéreas que nadie se acercaba a ella desde hacía mitológicos eones. Hasta los degenerados que no distinguían el culo de una gallina de los labios de una mujer la dejaban en paz. La conocí trabajando en los campos de adormidera del norte de Libia, esperando una oportunidad para embarcar. El único momento en que pudo quedar embarazada en los últimos ocho meses fue aquella noche en la que nos asaltó una tropa de sombras que no tenían nada de celestiales, y nos violaron a todas.

Cuando faltaban dos semanas para el nacimiento, nos metieron en una balsa grande junto a otras cincuenta personas y nos lanzaron a un mar encrespado. Solo quienes teníamos acceso a la guirnalda que la bordeaba podíamos sujetarnos. Me había sentado a popa, y cuando la balsa levantaba vertiginosamente la proa hacia el cielo, Nidala me aplastaba, mientras que tenía que sujetarla entre las piernas cuando iniciábamos el descenso de una ola y encarábamos la negra profundidad del mar. En el peor momento, cuando apenas podía sostener, no ya su peso, sino el de las personas que se echaban sobre nosotras, se puso de parto.

Mientras estaba dando a luz, en medio del rugido del mar y los gritos del aterrorizado pasaje, el flanco de proa cedió. Quienes estaban delante cayeron al agua y, con ellos, una veintena de hombres, mujeres y niños que se estaban jugando la vida para escapar de la esclavitud a la que se habían abocado cuando decidieron iniciar aquel viaje. El espacio desocupado en la balsa, lejos de ayudar, hizo que los supervivientes se deslizaran de un lado a otro sobre la superficie inundada. Con cada golpe de mar, me acometía un grupo de náufragos atrapados en aquel miserable palmo de agua. Ninguno tenía fuerzas para agarrarse a mí o a la cuerda que liberaban los que habían ido cayendo al mar. Supe que la niña había nacido porque un relámpago me permitió ver su cuerpo flotando milagrosamente dentro de la balsa. No podía soltarme, así que tuve que esperar a otro vaivén para sacarle a la madre la cabeza del agua, coger a la niña con la mano libre y cortar el cordón umbilical con los dientes.

Lo que sucedió a continuación apenas lo recuerdo, la niña hizo una cabriola y se evadió contoneando su resbaladizo cuerpo. No tuve tiempo de buscarla, pues una ola excepcionalmente grande le dio la vuelta a la balsa. Solo tres personas conseguimos mantenernos unidas a ella. Nidala había desaparecido. Fuimos rescatados al día siguiente por la Armada italiana, que se había hecho eco de las llamadas de socorro unas doce horas después del naufragio. Cuando subimos al guardacostas, nos dijeron que, el día anterior, una niña, que había sido encontrada por unos pescadores que aseguraban haberla visto andando sobre las aguas, refirió nuestra situación. Y que no preguntó por su madre Nidala, sino por mí, la princesa que la había visto nacer entre los campos de adormidera. Nunca le había contado a nadie mis orígenes, porque mi tribu estaba siendo perseguida y exterminada en mi país de origen, Somalia. Aquella niña, que tenía unos tres años y hablaba perfectamente italiano, pidió ver al prefecto, dijo que no quería ir a un centro de acogida, ni que la relacionaran con ninguna iglesia, que sabía cosas que solo podía comunicar a una autoridad y que quería que yo la acompañara.

Por eso estoy aquí ahora, porque si ha nacido un nuevo Cristo en el cuerpo de una mujer, como representante de un pueblo que vive entre las estrellas, es porque ha venido a poner fecha a nuestra extinción, y no habrá belleza ni amor que detenga el fin de este proyecto.

Pies pequeños de color caramelo sobre el azul del mar, de una niña dulce que camina sobre las aguas mientras el sol relame desde el horizonte el útero terrestre y, con su avance, el tiempo se detiene.

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