Los días de Molly

Tenía la cara triste de un hada que ha perdido sus poderes y adoptaba con facilidad esa pose de dejadez no estudiada que nunca se encontrará en las estatuas, los cabellos ondulados y a la vez algo crespos, como si acabara de salir de una secadora industrial, un cigarrillo encendido colgando de los labios, la luz del día molestando su mirada, un abrigo de piel de leopardo gastado, abierto encima de un vestido ligero de seda que transparentaba sus pezones amarronados y grandes como castañas, muy besados y manoseados. Todo hacía presagiar una voz rasposa, de noches deglutiendo güisquis en un ambiente cargado de humo. Ni una sola mancha en el rostro y presumiblemente tampoco en un cuerpo en apariencia de porcelana, ajeno al sol, ejercitado en bailes alocados, pero también en bailes suaves con esos hombres silenciosos que le gustaban. Molly no besaba en la boca, le bastaba con la penetración anal, nada de coño, le sentaban mal los anticonceptivos y, además, decía que un día tendría novio y prefería mantener cierta integridad. Tampoco quería que habláramos, no tenía nada que contar y no quería saber nada de los demás. Con su culo podías hacer lo que quisieras, pero su mente era coto cerrado.

Era adicta al éxtasis. Cada día se fumaba dos paquetes de cigarrillos y se bebía una botella de güisqui malo desde hacía más de una década. Parecía haber nacido para eso, porque no tenía ojeras ni el menor rastro de decadencia, solo la aflicción propia de quien ha nacido en el mundo equivocado y quiere salir pitando.

Las pocas veces que hablaba, en los bailes lentos, me susurraba al oído un sueño recurrente. En él se veía atropellada por un tren y despedazada, pero después cada uno de los pedazos seguía con vida, intentando volver a unirse. Le hubiera gustado comprobar si eso podía suceder, si después de muerto seguías intentando moverte, te separabas de un cuerpo que había dejado de obedecerte, y no podías llevártelo, como uno de esos chicles pisoteados que no pueden despegarse del suelo o, peor aún, como uno de esos que hay bajo el asiento de un cine de barrio donde el conejo húmedo de una choni se revuelve con los manoseos de su novio, mientras en la banda sonora una estúpida canción hace saber que Emilia Clarke está dejándose comer los labios.

Encontraron sus restos en London Bridge, en el entramado de vías que salía de la estación, donde había ido una noche de borrachera decidida a conocer la verdad. Había despojos de Molly a lo largo de cincuenta metros. Los operarios que la encontraron al amanecer hallaron una extraña conjunción, como si todos aquellos pedazos hubieran intentado reunirse. Las manos se buscaban, los pies estaban alineados con los demás órganos en una geometría perfecta, como si un espíritu perverso se hubiera entregado a ello.

Entonces yo era policía en ese barrio y frecuentaba el local de Molly. Ella tenía un chulo y se acostaba por dinero solo con los tíos que no le gustaban. Me gustaba verla cuando llegaba, aún sobria, porque la melancolía que mostraba su preciosa cara era un reflejo de aquel mundo de pirados a los que no gustaba la luz de las mañanas. Cuando empezaba a beber, en la tristeza de sus ojos anidaba una profundidad que nadie podía comprender, pero su sonrisa te atrapaba como una telaraña, un paso adelante y caías en la red. El chulo la marcaba, le decía “aquel canoso con el reloj de quinientas libras, luego tienes la noche libre”. A los demás nos daba igual que ya estuviera manoseada, el cansancio la hacía aún más bonita, y cuando a mí me gustaba era cuando el alcohol volvía tiernos sus labios, y olías el tabaco de su aliento y el sudor de su cuerpo, con la noche avanzada, cuando tenía los pezones irritados y apenas tenías que tocarlos para que se estremeciera de placer. En la cama, era como si se muriera cada vez, y no era raro que quedara inconsciente después de retorcerse como si estuviera poseída y gritar en silencio con la boca muy abierta, mostrando aquel paladar rosa en el que desearías resbalar camino de su vientre.

Por aquella boca que abría cada vez que se corría debieron de ascender los demonios que quisieron unir sus pedazos, aquellos demonios que compartían los orgasmos y que perdieron con ella una forma de disfrutar de la vida que no iba a repetirse.

Intenté volver al local de Molly, pero sin ella era como estar en una celda atestada de borrachos sin alma, zombis de la noche a los que nada importaba. Dos años después, los mismos demonios me acompañan por todos los antros de la ciudad; lo sé porque me hablan, oigo sus voces dentro de la cabeza, buscamos lo mismo, unos ojos tristes en una cara que condense todo el universo, una telaraña donde caer y dejarse enredar, y la esperanza de unas noches interminables que se han convertido en el vano deseo de recuperar un tiempo que no volverá.

Publicado en La charca literaria | Deja un comentario

Piedras en los ojos

Estoy harto de carteles de «solo se admiten bicentenarios», como yo. Busco un local donde esté bien indicado en la entrada: «Bebidas gratis para menores de cien años». Paso de fósiles.

Diez años después de vacunar masivamente a la población mundial contra la COVID, la gente dejó de morir. Por la misma razón, solo podían quedar embarazadas las mujeres con un raro tipo sanguíneo que apenas poseían una de cada diez mil. Han pasado ciento cincuenta años, muchos tenemos más de doscientos, y muy pocos menos de un siglo. No nos hemos arrugado hasta convertirnos en cigarras, como el griego Titono, pero tampoco nos mantenemos jóvenes como Dorian Grey.

Creíamos que la conciencia se ampliaría con la edad, no pensamos que seríamos como esas tortugas que viven hasta los novecientos años. La vida se convierte en rutina, evitas cualquier peligro, dejas pasar el tiempo, las horas, los días, los años, no quieres hartarte de nada y no haces nada, pero por poco que hagas, con todas las necesidades cubiertas por la robótica, cuando ya has dado diez vueltas al mundo, en avión primero, en barco después, en vehículo propio e incluso a pie, no queda nada. Todo el mundo ha hecho lo mismo, ya solo te cruzas con viajeros que no trabajan, hasta los camareros en los bares son androides de plástico.

Lo peor no es la falta de expresividad de una cara cada vez más arrugada, es la mirada de estatua, como si los ojos se hubieran convertido en piedras, pequeños óculos rellenos de mármol veteado, fríos y asesinos como los de un cocodrilo. En la calle aún hay movimiento, pero en cualquier lugar cerrado te sientes pieza de museo. Nadie expresa nada, los movimientos en la barra o en las mesas son los propios de un perezoso amazónico. Ahora sabemos que, si te atragantas con litros de una bebida fuerte, por la mañana te encontrarás en la cama de un hospital y luego tendrás unos cuantos millones de neuronas menos, pero no las suficientes para no sentirte cada vez más desgraciado. Aun así, algunos beben hasta caerse, aunque muy pocos mueren por intoxicación etílica. No morir de viejo no quiere decir no hacerlo por alguna estupidez o no perder calidad de vida por destruir las propias neuronas, el hígado o el páncreas, que seguirán ahí, como guiñapos, ejerciendo su función dentro de un fantasma que ha sobrevivido a la COVID para encontrarse como un tiburón que no puede morir, pero que tampoco puede comer porque habita en un mar sin animales.

Cuando en un bar entra alguien con menos de cien años, los demás lo rodeamos, queremos vernos a nosotros mismos cuando nuestros ojos todavía estaban vivos, apretamos nuestras dentaduras postizas y queremos llorar, pero no podemos segregar lágrimas, ni sorprendernos de nada desde que comprendimos todos los secretos del universo, que solo somos polvo y en polvo bíblico nos convertiremos, que vivimos por vivir y que el resto del universo está demasiado lejos como para anhelar una nueva era de descubrimientos.

¿No puedo entrar?

—Este es solo para menores de cien años. ¿Se ha visto los ojos? Parece un dinosaurio congelado, espantaría a la clientela. Aquí dentro se baila, se ríe y se llora, pero no de tristeza, sino de alegría. Váyase a casa, viejo, con sus libros antiguos de filosofía y busque una razón para seguir adelante con su vida en otro lugar.

(Foto de Dario Venturini en Flickr)

Publicado en La charca literaria | Deja un comentario

Morir de comerse el mundo

Los efectos de la vacuna tardaron en salir a la luz un año largo. Los primeros vacunados empezaron a sentir una euforia descontrolada, seguida de periodos cortos de depresión injustificada. Todo parecía indicar que el cerebro segregaba determinadas hormonas sin causa física ni emocional que pudiera demostrarse.

Mirra, psicóloga, empezó a sospechar que algo pasaba cuando se detectó que esos estados alterados de la conciencia se producían al unísono por grupos de vecinos, no solo del mismo bloque de edificios, sino por barrios e incluso en la totalidad de poblaciones pequeñas.

Un día, se despertaba al amanecer eufórica, con ganas de comerse el mundo, y observaba que sus vecinos estaban en danza a la misma hora, cantaban, salían a correr, y por la noche no se acostaban nunca, incluso los ancianos gritaban en los balcones su alegría. Otro día, apenas podía levantarse, la embargaba una tristeza insuperable, abría el balcón con aprensión, tratando de no pensar en lanzarse al vacío. Esos días, la consulta del hospital donde trabajaba se llenaba de gente que quería antidepresivos a toda costa. Hicieron averiguaciones y descubrieron que el fenómeno se repetía en otros hospitales. Enseguida se estableció una pauta obsesivo-compulsiva que pasó de diaria a semanal.

Muy pronto, se redujo el ámbito de los efectos. Cuando en su bloque imperaba la depresión, en la escalera vecina la gente salía a los balcones a corear su felicidad, como si estuvieran en un campo de fútbol. Incluso personas que conocía por su adustez parecían haber enloquecido, como si hubieran rejuvenecido treinta años y dejado de lado cualquier atisbo de timidez.

Habló con sus compañeros del hospital. Había que abrir una investigación. Tardaron semanas en descubrir que las vacunas contra el coronavirus llevaban un componente extremadamente pequeño que se había implantado en cada uno de los noventa mil millones de neuronas del cerebro, y que respondía a determinados campos electromagnéticos.

Se mantuvo el silencio porque los episodios de euforia y depresión grupal cesaron como habían empezado. Para los investigadores fue como quedar varados en el espacio. Nadie sabía por qué y para qué.

Hasta que, sin razones aparentes, la gente empezó a suicidarse, como cuando las primeras gotas anuncian un diluvio inminente.

Publicado en Todos los futuros | Deja un comentario

El sabor de los otros en los labios

Un alma puede manifestarse en cuantos cuerpos le apetezca, pero es imprescindible que ninguno sepa de la existencia del otro; sin embargo, en aquella ocasión, los tres cuerpos nacieron en la misma ciudad y en el mismo instante. Resultó imposible evitar que, con el tiempo, sus conciencias empezaran a solaparse, como aquellas ondas que se cruzan en el agua y se descabalgan para ser primero montaña de suaves contornos y luego nada.

Anita era como la brisa. Trabajaba en la sección comercial de una editorial, donde respondía en las redes sociales a los admiradores de autores que no había leído, e incluso se hacía pasar por ellos. Martín, alias Tiburón Lobo, era como uno de esos incendios que arrasan la selva amazónica. Con veinticinco años se había convertido en el dueño de una discoteca donde trapicheaba la plana mayor de los mafiosos, tenía el volumen de un campeón de los pesos pesados y llevaba anillas de buen tamaño en los pezones. Anita empezó a soñar que tiraban de los suyos, diminutos, mucho menos manoseados y chupados, y de una sensibilidad electrificante. El tercer poseedor de tan singular alma se llamaba Rosendo, alias Rosalía, un transexual que hacía la calle en los aledaños de la avenida Diagonal. Con su metro noventa, tenía que esforzarse para meter unos enormes implantes mamarios de silicona en los coches y beberse las pequeñas eyecciones de aquellos ejecutivos que llegaban tarde a casa, con los tacones pisando la grava, fuera de la chapa metalizada.

Más tarde, Anita empezó a soñar que se la chupaba a todos los tíos con los que se encontraba. Se despertaba en medio de la noche y corría al inodoro. Tenía la sensación de que escupía el semen que no había probado nunca y que tenía unos pechos grandiosos, ella que apenas se los encontraba. Su madre, con la que vivía, creía que estaba embarazada. La pobre mujer inválida hubiera querido correr tras ella, consolarla. No sabía que Anita sentía una atracción irresistible hacia las paredes de la calle Robadors y la discoteca que todo el mundo conocía como «del Tiburón Lobo», acondicionada en un depósito subterráneo de aguas pluviales por el que pasaba una de las cloacas más caudalosas de Barcelona. Martín vivía prácticamente en aquel antro donde se fomentaban la droga y la prostitución, y siempre se encontraba en lo más hondo, cerca de aquel bacteriano río que destilaba aromas insondables. Imaginaba que aquel arroyo que se perdía en la oscuridad era el camino del infierno que salvaría su alma. Un alma que, por alguna razón, presentía que no era del todo suya.

Rosendo, alias Rosalía, soñaba que era virgen, que tenía el culo prieto como una campeona de natación y que nunca había conocido otras nalgas. Cuando empezó a soñar que le atravesaban el escroto con clavos y tenía erecciones cuando le frotaban el rostro con deposiciones sanguinolentas, quiso conocer a aquel Tiburón Lobo del que sus compañeras decían que estaba loco. Así que un día trasladó sus dos kilos de silicona mamaria a aquel sótano incendiado de rumores oceánicos, con proyecciones de tiburones nadando entre arrecifes de coral en las paredes y una música adecuada para viajeros interplanetarios en estado de congelación.

El mismo día en que Rosalía descendía a aquel fondo marino simulado, Anita se quedó sola en las instalaciones museísticas del Refugio 307, muy cerca de la discoteca, y tuvo una visión: había miles de peces de colores a su alrededor, aunque, en aquel fondo marino ilusorio, dominaba un fuerte olor a fosa séptica abandonada. De pronto un tiburón se abrió paso entre los peces payaso, abrió la boca y de su interior emergió nadando un lobo mojado. Despertó de la ensoñación antes de morir entre los dientes de la bestia con la expresión «tiburón lobo» en la garganta. Salió del museo sin poder casi respirar y se dirigió sin pensar a la cercana discoteca.

Enseguida, tuvo la sensación de que así sería el día del fin del mundo. Un ruido atronador, con todos enloquecidos. Puesto que era inútil escapar de aquel apocalipsis, imaginó que solo quedaba entregarse al placer de la danza antes de renacer entre calderos de lava. Buscó desde las escaleras y descubrió a las dos únicas personas ajenas al estroboscópico arrecife coralino por el que ahora aparecía desfilando un conjunto idealizado de modelos en bañador, cuyas nalgas llenaban por completo el hormigón de las paredes.

Los peces huían, deslizándose por los muros hacia el cavernoso interior, desde donde Martín y Rosalía la estaban mirando con cara de asombro. Sin duda, extrañaban su falta de maquillaje, sus pantalones anchos y gastados, el jersey amplio, el pecho inexistente, el cabello negro mal cortado, la expresión de acero de sus finos labios.

Pronto se dio cuenta de que eso no les importaba. Solo la esperaban, cogidos de la mano como dos amantes a las puertas del crematorio. Anita supo lo que tenía que hacer. Cuando llegó a su lado, cogió las manos de ambos y cerró el triángulo, perdida en sus turbios ojos.

De pronto, sintió en el ano todas las penetraciones, en los pezones todas las torturas, en un escroto inexistente, el taladro, en la mente el vértigo de haberse colocado miles de veces, de haber masturbado a cientos de desconocidos en un descampado, de haber vomitado una semana de ayahuasca y haber probado todos los psicofármacos, de haberse metido en orgías que no quería y en otras que sí quería, de horas de maquillaje que no conocía, de manos metidas en culos blandos, de horas de gimnasio, cuerpos hormonados; tres conciencias enredadas en un alma, la experiencia que no tenía y la maldad que no quería, y fue como si el mundo se hubiera acabado y al mismo tiempo empezado de la nada.

Tal como se habían encontrado, se separaron. El alma acumulaba las experiencias de todas las conciencias por las que había transitado. Y aquella conexión había trascendido la realidad de los tres y sumado la de otros muchos. Anita sentía como si hubiera vivido mil vidas, podía recordar el dolor lacerante de unos colmillos atravesándole la garganta, la dureza del granito en la frente, la dolorosa quemazón de ataduras de cuerdas en las muñecas y el pellizco lacerante del látigo en la espalda, la saliva compartida de otras bocas, el olor de bebés que no había tenido, el sabor de la sangre de enemigos que no había conocido. Era como si hubiera parido miles de veces, se le hubieran muerto cientos de hijos, la hubieran violado y hubiera abusado de otras tantas pobres mujeres, como si hubiera sido el guerrero y el esclavo, la víctima y el verdugo, la madre y el padre, el tirano y el sumiso servidor, el visionario que conoce su lugar en el mundo y sabe seducir y el idiota que apenas es consciente de que debe trabajar, comer, dormir y procrear para cumplir una misión que no tiene más sentido que la de contribuir a la supervivencia de la especie.

Después de aquello, Anita ya no necesitaba vivir más, pero tampoco quería morir. Centraría sus objetivos en buscar un lugar tranquilo desde el que contemplar un lejano horizonte y rememorar todas sus vidas, porque le había sido desvelada la verdadera naturaleza de su alma y ahora sabía que la conciencia no es más que la ilusión de un instante, que, aunque una vida no sea nada, es la única razón de nuestra existencia y hay que vivirla una y mil veces, porque más allá de la ilusoria realidad, las estrellas acabarán por desaparecer en una oscura e incomprensible eternidad que no nos pertenece.

Publicado en La charca literaria | Etiquetado | Deja un comentario

Hierro lésbico, barro y carbón

Me llamaban Lambda Rosa. Era boxeadora y estaba atravesando un mal momento. Acababa de perder cinco combates y mi autoestima estaba por los suelos. Tenía las cejas cosidas con alambres, los labios irregularmente hinchados, la nariz como si un camión le hubiera pasado por encima. Mis compañeras de piso y peleas, mis amantes, me ignoraban, como ese mueble que has decidido tirar y tratas de olvidar. Necesitaba escapar, y no se me ocurrió otra cosa que apuntarme como voluntaria para luchar con las tropas internacionales en la recién empezada guerra de Ucrania. Me equivoqué. No sabía que la primavera ucraniana fuera tan terrible. Me pasé dos meses hundida en el barro de una planicie negruzca e interminable, avanzando y retrocediendo sin ganar ni perder terreno. Un día, en plena retirada, una explosión me hirió en una pierna. El resto del batallón, que luchaba por sacar los pies del lodo a cada paso, me abandonó cubierta de barro entre unos saucos floridos. Me dijeron que me ocultara en el pozo ciego que había bajo los arbustos, hasta que volvieran. Pasé dos días enterrada en la mierda, mientras los soldados rusos cruzaban en silencio por encima de aquel inodoro campestre y descargaban sus miserias sobre mis hombros. Lloré sin parar y bebí mis propias lágrimas. Decían que los rusos violaban a todas las mujeres para asegurarse de que su ADN impregnara aquel territorio. Calculaba cuántos tíos podría soportar en mi interior y si valía la pena romperse los nudillos para morir aplastada en el barro y florecer en cualquier árbol.

Cuando los rusos retrocedieron y los míos me rescataron, decidí que había tenido bastante purgatorio y que volvía a Barcelona, porque siempre vale más vivir en soledad en un entorno seguro y conocido que en esa guerra, que tenía visos de convertirse en un tira y afloja interminable.

Sin embargo, haber estado en aquel infierno me convirtió en un icono, y eso me hizo sexualmente más atractiva. Durante varios días, mis compañeras me miraron como si fuera el personaje de un cuadro que ellas mismas acabaran de pintar, buscando y retocando todas las imperfecciones, desde las puntas de los dedos de los pies hasta los rizos que me recogían con cariño para relamerme las orejas. Furia me daba un beso en los labios y me decía te quiero, tesoro, y las demás la seguían; yo ya estaba temblando de placer cuando Lamia se apretaba contra mi pecho y me acariciaba las nalgas, mientras me ofrecía la lengua en cualquier lugar y yo veía a todos los tíos a nuestro alrededor enderezarse ante aquella santa compaña a la que más les valía no acercarse so pena de verse arrastrados a un lugar donde podían arrancarles los ojos.

Barcelona era mi ciudad, pero mantenía con ella una relación de amor y odio. Sería un maravilloso escenario postapocalíptico si se cubrieran todos los edificios modernistas de hiedra y se hiciera desaparecer a todos los turistas. Una tenía la sensación de que el paso del tiempo se debía a su evolución en las cámaras de los móviles, mientras los duendes del bosque se escondían tras las fachadas para no salir en las imágenes. Lo que más me atraía era la infinidad de secretos escondidos detrás de los callejones de la ciudad vieja, las plazas y sus terrazas, los edificios grises llenos de pisos pequeños con los suelos desnivelados, los retretes improvisados en galerías estrechas, las sábanas espermáticas, arrebujadas sobre colchones hundidos, las tuberías de plomo supurantes de moho, las prostitutas del todo a cien con los labios troquelados por el carmín, los adictos que florecían y fenecían el mismo día como flores de cactus en los pasillos de los narcopisos, los estudiantes emporrados que resbalaban como sombras por las paredes, los colmados saturados de verduras exóticas en cuya trastienda vivían familias enteras, los alcohólicos atrapados en su mundo de quebradizo cristal y los que pasábamos por allí buscando un restaurante donde un travestido se presentase por las noches a ofrecer su doble y transgresora personalidad a quienes creyeran que la vida hay que bebérsela como el agua fresca por muy amarga que sea.

Un par de semanas después, durante una noche de cervezas en el tejado de nuestro edificio, contemplando el enladrillado luminoso de la ciudad, sobre el que emergía la Catedral del Mar, mientras las cuatro leonas del ring nos preparábamos para una noche de amor, cuando ya estábamos intoxicadas por el intenso aroma de los cuerpos, las lenguas entrelazaban poemas de amor y el fuego valyrio ardía entre nuestras piernas dispuesto a devorar ciudades enteras, el cielo se iluminó súbitamente sobre el mar. Una luz cegadora nos hizo agacharnos y taparnos la cara. Recordé en aquel momento cómo se genera una estrella, y pensé que allí mismo una nube de gas muy denso había surgido del universo profundo y se había contraído, el hidrógeno había colapsado y empezaba a transformarse en el corazón de un nuevo sol, pero luego me vino a la mente lo que nos habían explicado en Ucrania y me di cuenta de que aquello era el uranio descomponiéndose en luz y calor. Antes de que pudiera avisar a nadie, nos alcanzó el aire caliente que barría violentamente la ciudad, cargado de partículas radiactivas. La explosión había tenido lugar a unos diez kilómetros, el sonido nos alcanzó cuando descendíamos por las escaleras, con la sensación de que el mundo se derretía a nuestro alrededor.

Cuando estaba en las estepas ucranianas, con el cielo atravesado por las estelas de los cohetes, junto a aquellos hombres temerosos y valientes a la vez que se acomodaban al barro y la nieve como si fueran lobos invernales, me acordaba de esos pisos del Raval donde las litronas se pasan de bloque en bloque simulando las pelotas arrancadas de sus desabridos habitantes. Soñaba con esos lugares donde, cuando se hace de noche y se encienden las luces de aquellos pisos altos y estrechos, pueden verse, a través de las rendijas de las persianas, los testículos asomando por debajo de los calzoncillos, las bragas de diez tallas, los vientres hinchados y, en lo alto, cerebros con las circunvoluciones necesarias para soñar con un poco, solo un poco, de felicidad.

Soy la única superviviente de aquel grupo. Ya nadie vive en ciudades, nos hemos dispersado por un área muy grande y nos hemos asentado en poblaciones pequeñas. Yo vivo cerca del mar, donde no hay peces, solo restos de la civilización por todas partes. Los dedos sonrosados de los amaneceres homéricos se han apoderado de forma perpetua de un cielo que nunca volverá a ser como antes. No sé cuánto tardaremos en cometer los mismos errores, pero ya arde en la fragua el carbón de las identidades que convertirá la marea humana en un nido de serpientes.

Publicado en La charca literaria | Deja un comentario

Cabalgando junto a los ciervos

De pronto, todos los ciervos giran al unísono. Los niños se ponen en pie sobre los caballos y parece que vuelen por encima de la hierba. Es como si, después de la epidemia que diezmó a la población aquellos diez años terribles, solo hubiéramos sobrevivido quienes veíamos en el amanecer, no el sol, sino los dedos sonrosados de la aurora, y los niños nacidos desde entonces fueran todos capaces de erguirse sobre sus monturas al galope.

En aquellos diez años de mutaciones víricas, los científicos descubrieron la forma de implantar los recuerdos de otras personas en la mente de los supervivientes, así que la mayoría de nosotros lleva un polizón en el cerebro. Yo era un escritor mediocre al que implantaron los conocimientos de un diseñador de sistemas, una bomba en la cabeza que no deja de tener ideas imposibles, porque en el nuevo mundo no hay electricidad, no hay vehículos a motor, ningún robot ha pasado la prueba de un mundo que se ha hecho más amplio y se ha vaciado de humanidad. Conservamos las semillas de alto rendimiento capaces de reproducirse que dejaron para nosotros, usamos caballos para desplazarnos, hay muy pocas vacas o cerdos, los animales salvajes han recuperado el planeta; después de veinte años, corzos y ciervos vienen a las puertas de nuestras casas. Nuestros hijos, que ya no comen carne, hablan con ellos, solo piensan en protegerlos.

El virus acabó por meterse en nuestras mentes. Como ese parásito que hace que los ratones pierdan el miedo, nosotros lo perdimos también, entendimos que la vida era solo una pequeña parte de un largo recorrido que continuaba tras la muerte, y la mayoría de la humanidad decidió seguirlo para liberar a este mundo de una situación insostenible. Unos pocos decidimos quedarnos para ser los últimos y seguir disfrutando durante un tiempo de los amaneceres endiabladamente sonrosados y del sonido de la lluvia entre los árboles. Quisimos empezar de nuevo. Tuvimos hijos, pero esos niños, que llevaban el virus en los genes, resultaron formar parte de un mundo que no era el nuestro. Su mayor placer es alimentarse de frutos silvestres y congraciarse con las bestias salvajes.

Nosotros y todos los recuerdos que nos han implantado moriremos sin haber hecho más que retroceder en un mundo decidido a encontrar de nuevo sus orígenes. No volveremos a reproducirnos hasta el agotamiento de todos los recursos, aceptamos la muerte como el ascenso por un arco iris que se desvanece, dejando atrás un planeta que solo fue nuestro durante un tiempo.

Sé que más allá hay maravillas que no puedo apreciar en este mundo, pero haber visto cómo el miedo de todas las especies se transformaba de nuevo en curiosidad y sentir a mi polizón llorar por tantos conocimientos inútiles no tiene parangón. Sé que me observan desde otra dimensión y que muchos lamentan no haberse quedado un poco más; pero los pocos seres humanos que quedamos somos como los rescoldos de un gran incendio que arrasó el mundo y se ha trasladado a otra parte. Después de nosotros, solo quedarán esos niños, cuya única misión es restaurar una naturaleza que a punto estuvo de ser destruida. Una vez cumplida su misión, el propio virus acabará con ellos, para que no quede rastro de ningún ser humano, como ya ocurrió con los dinosaurios.

Publicado en Todos los futuros | Deja un comentario

Una gota de sudor cuántico

Un punto de luz en el tejido del universo, una gota de sudor cuántico a punto de secarse, una conciencia sin corazón, azul, sobre gamuza empapada de llanto y noche.

Cuando subimos a la balsa, venía con nosotros una virgen, no en el sentido estricto de la palabra, pero sí tan inmaculada como la esposa de José de Nazaret en el año cero de la cristiandad. Nidala no era la esposa de un carpintero, se había pasado dos años en Libia, entre los traficantes de seres humanos. La habían violado tantas veces que, los mismos médicos que certificaron que era estéril, dijeron que podía haber albergado un nido de ratas, pero no un bebé en sus entrañas. Tenía tantas enfermedades venéreas que nadie se acercaba a ella desde hacía mitológicos eones. Hasta los degenerados que no distinguían el culo de una gallina de los labios de una mujer la dejaban en paz. La conocí trabajando en los campos de adormidera del norte de Libia, esperando una oportunidad para embarcar. El único momento en que pudo quedar embarazada en los últimos ocho meses fue aquella noche en la que nos asaltó una tropa de sombras que no tenían nada de celestiales, y nos violaron a todas.

Cuando faltaban dos semanas para el nacimiento, nos metieron en una balsa grande junto a otras cincuenta personas y nos lanzaron a un mar encrespado. Solo quienes teníamos acceso a la guirnalda que la bordeaba podíamos sujetarnos. Me había sentado a popa, y cuando la balsa levantaba vertiginosamente la proa hacia el cielo, Nidala me aplastaba, mientras que tenía que sujetarla entre las piernas cuando iniciábamos el descenso de una ola y encarábamos la negra profundidad del mar. En el peor momento, cuando apenas podía sostener, no ya su peso, sino el de las personas que se echaban sobre nosotras, se puso de parto.

Mientras estaba dando a luz, en medio del rugido del mar y los gritos del aterrorizado pasaje, el flanco de proa cedió. Quienes estaban delante cayeron al agua y, con ellos, una veintena de hombres, mujeres y niños que se estaban jugando la vida para escapar de la esclavitud a la que se habían abocado cuando decidieron iniciar aquel viaje. El espacio desocupado en la balsa, lejos de ayudar, hizo que los supervivientes se deslizaran de un lado a otro sobre la superficie inundada. Con cada golpe de mar, me acometía un grupo de náufragos atrapados en aquel miserable palmo de agua. Ninguno tenía fuerzas para agarrarse a mí o a la cuerda que liberaban los que habían ido cayendo al mar. Supe que la niña había nacido porque un relámpago me permitió ver su cuerpo flotando milagrosamente dentro de la balsa. No podía soltarme, así que tuve que esperar a otro vaivén para sacarle a la madre la cabeza del agua, coger a la niña con la mano libre y cortar el cordón umbilical con los dientes.

Lo que sucedió a continuación apenas lo recuerdo, la niña hizo una cabriola y se evadió contoneando su resbaladizo cuerpo. No tuve tiempo de buscarla, pues una ola excepcionalmente grande le dio la vuelta a la balsa. Solo tres personas conseguimos mantenernos unidas a ella. Nidala había desaparecido. Fuimos rescatados al día siguiente por la Armada italiana, que se había hecho eco de las llamadas de socorro unas doce horas después del naufragio. Cuando subimos al guardacostas, nos dijeron que, el día anterior, una niña, que había sido encontrada por unos pescadores que aseguraban haberla visto andando sobre las aguas, refirió nuestra situación. Y que no preguntó por su madre Nidala, sino por mí, la princesa que la había visto nacer entre los campos de adormidera. Nunca le había contado a nadie mis orígenes, porque mi tribu estaba siendo perseguida y exterminada en mi país de origen, Somalia. Aquella niña, que tenía unos tres años y hablaba perfectamente italiano, pidió ver al prefecto, dijo que no quería ir a un centro de acogida, ni que la relacionaran con ninguna iglesia, que sabía cosas que solo podía comunicar a una autoridad y que quería que yo la acompañara.

Por eso estoy aquí ahora, porque si ha nacido un nuevo Cristo en el cuerpo de una mujer, como representante de un pueblo que vive entre las estrellas, es porque ha venido a poner fecha a nuestra extinción, y no habrá belleza ni amor que detenga el fin de este proyecto.

Pies pequeños de color caramelo sobre el azul del mar, de una niña dulce que camina sobre las aguas mientras el sol relame desde el horizonte el útero terrestre y, con su avance, el tiempo se detiene.

Publicado en La charca literaria | Deja un comentario

Ni el dolor de los clavos ni los cuervos

Cuando descubráis que nada puede dañaros, ni el dolor de los clavos, ni los cuervos que os arrancan los ojos, sentiréis que nada puede derrotaros, que después de haber perdido todo cuanto os ata a este mundo estaréis más cerca de comprenderlo todo. El segundo día, os arrancaré la piel, que el mundo entre en vosotras a través de la carne viva. El tercer día, os descarnaré el rostro, puesto que nada será necesario en vuestra nueva vida y en cada etapa del dolor alcanzaréis un umbral de placer mayor. El cuarto día, os arrancaré la mandíbula y la entregaré a las hienas; sentiréis sus risas mientras merodean y los crujidos mientras devoran vuestros dientes. El quinto día nada volverá a ser relevante, os arrancaré los músculos de los brazos, las piernas, el abdomen, lo que quede del rostro, con delicadeza, para evitar el colapso, respetando los pulmones y el corazón, pues la sangre y el aire tienen que seguir bombeando para que sigáis vivas y conscientes. Os acercaréis al límite del placer. El sexto día, eliminaré los apéndices menos vitales, los dedos de manos y pies, y vuestros intestinos quedarán al descubierto, vacíos y del revés, pues ya no habrá nada que esconder, aunque se habrá perdido el placer de extraer las tripas por el ano en los primeros momentos, una de las debilidades de Apollinaire. El séptimo día, alcanzaréis el éxtasis de los santos, será como cruzar las puertas del paraíso, os convertiréis en seres de luz sin ninguna preocupación, con la felicidad como única opción, otorgada por el propio Dios y para toda la eternidad.

El octavo día se habrá invertido la creación, volveréis a estar enteras, os tocaréis el cuerpo buscando todo aquello que creíais haber perdido; podréis ver el permanente cielo lluvioso de vuestro desencanto, tendréis piel sobre la cara,  mandíbula, dientes y dedos, el abdomen, plano, contendrá vuestros intestinos; el sexo arderá un instante y quedará humeante, pero estará prohibido apagar el fuego porque después de viajar más allá del sol, de Tannhäuser y de la realidad, y haber vuelto sanas y salvas del corazón de alguna estrella en erupción, os quiero enteras y ardiendo de deseo. Habréis perdido unos siete kilos cada una, estaréis demacradas porque solo os habré alimentado con suero fisiológico. Tardaréis un día entero en recuperar la movilidad.

Así es como preparo yo a mis modelos. En una semana, estaréis bordando pasarela en la Semana de la Moda de Nueva York. Estaréis perfectas, los huesos de la cara dispuestos a romper una piel tan fina como el primer minuto del rocío, los ojos tristes y hundidos, escondiendo la llama de una inminente ignición, las piernas menos musculadas, más delgadas y más femeninas que nunca, como si os acabaran de diseñar para reventar almas de cipote, los huesos de las caderas prominentes como si a través de ellas se pudiera tocar en vuestro yo interior. Os quiero esqueletos recubiertos por la ceniza más fina y lejana de un volcán en erupción.

Iréis descalzas, quiero que las miradas se centren en vuestras piernas de cigüeña y en la tela ajustada a los labios vaginales. Os voy a drogar, y drogaré a todos los asistentes con los cócteles.  Ampliaré la potencia de los focos, quiero que la transpiración cubra vuestros cuerpos, que los vestidos se peguen a la piel, que las gotas de sudor emerjan a través de las telas. Quiero el aire lleno de feromonas, os quiero apestando a sobaco y a coño.

Después de una hora de desfile, cuando hayáis cruzado la pasarela cuarenta veces, con el público extasiado y embotado por los olores sexuales, cuando resulte imposible entrar en la sala desde el exterior sin desmayarse, pareceréis princesas de una obra de fantasía. Las caderas, los hombros, los brazos y las piernas desnudas y ardientes como si os hubieran metido un hierro al rojo vivo por el ano, las nalgas frías como el hielo, apenas cubiertas por sedas de coral marino. Llevaréis diademas en la frente, diamantes, ópalos y rubíes que harán que las mujeres no puedan apartar la mirada. Quiero que cada vez vayáis más deprisa, que se cree una sensación de vértigo en el escenario. La música que simulaba un bosque de brujas psicodélico se amansará, y, entonces, cuando estéis empezando a  tropezar, mis tiradores os dispararán en puntos claves. No tendréis que simular un desmayo, el estampido se proyectará en vuestros estómagos con una explosión de sangre. En Diana y Norma les reventará la cara, será el punto de partida para su nuevo rostro, borrar esas narices aguileñas, reducir esas mandíbulas de mandril, apenas sentiréis dolor y os despertaréis en un lugar precioso con un rostro nuevo, tal vez un riñón menos, una pequeña cicatriz con un implante que os servirá para elevar vuestra inexistente conciencia de heroinómanas.

La droga hará que nadie se inmute entre el público, parecerá una jugada, parte del desfile, las modelos que no estaban fuera saldrán a ayudar con las caídas, con los vestidos que yo quiero que todas esas señoras me compren. Vestidos de piel que se rasgaran al agacharse mostrando piernas y sombras en una coreografía diseñada para que cualquiera de ellas quiera que le pasase lo mismo en una de esas fiestas de postín para orgullosos y caritativos donantes. Una tormenta de pétalos blancos pondrá fin al desfile, y con ella una lluvia del antídoto, quiero que todos se despierten mientras las chicas gritan tendidas en el suelo y sus grandes caderas huesudas parecen frágiles pétalos de las mismas orquídeas que lloverán desde el techo acompañadas del mejor vino de Francia.

Publicado en La charca literaria | Deja un comentario

Ser o no tener en Sloane Square

La primera vez que Lorina vio una bata de seda de Olivia von Halle quedó deslumbrada. La bata blanca, con rayas doradas verticales deslizándose por todo su cuerpo, costaba setecientos euros. Todavía se sorprendió más cuando Bárbara la llamó para que se uniera a ella en la ducha, tan grande como su habitación en Brixton, y se quitó la bata. Debajo llevaba un pijama de ochocientos euros de seda azul metálico, repleto de flores en cuyos pétalos de brillante color fucsia estallaban fogonazos mágicos.

Lorina se encogió en su desnudez de ébano, pero en cuanto pasaron ante el espejo de cuerpo entero del cuarto de baño se dio cuenta de que ella no lo necesitaba frente a la delgadez de Bárbara, que aún con el pijama parecía una estatua de alabastro extremadamente estilizada, mientras ella parecía una fuerza de la naturaleza, una leona frente a aquella blanca paloma de pechos desmochados y nalgas fortalecidas por el gimnasio, pero, sin duda, cuarentonas. Acababa de pasar la noche con ella después de bailar hasta el éxtasis, hasta que sus labios se encontraron en una discoteca de moda en Londres, donde las negras altas, si vestían de escarlata, entraban gratis.

Así que, en lugar de volver a su piso compartido en Brixton, acabó la noche en Sloane Square.

¿Pero qué había visto en Bárbara? ¿La mirada penetrante de un leopardo enfurecido, realzada por las luces estroboscópicas? ¿La lengua, electrizante y larga como la de una serpiente, siguiendo el ritmo de aquella canción de la película de Alita? ¿Pero qué podía haber en ella de la magia de aquel personaje de ojos grandes, si hasta las esmeraldas de sus ojos se escondían tras unos párpados caídos, estrechos y orientales?

No importaba. Estaba rodeada de mármoles y la ducha prometía una lluvia cálida que, si cerraba los ojos e ignoraba la nube de vapor, iba a recordarle inmediatamente que era una ikwere, nacida en Nigeria, en una zona pobre del delta del Níger, donde los chaparrones nocturnos, como podía ser el que estaba sintiendo en aquellos momentos procedente de la ducha, mientras Bárbara le acariciaba los pechos y le besaba el cuello, eran parte de su vida.

Lorina se había escapado de su miserable casa de los pantanos cuando tenía trece años y había sido atrapada por una familia hausa que la utilizó como criada durante dos años. Vivió en una choza con dos habitaciones, rodeada de otras chozas de la misma familia en una zona pantanosa. Su nueva familia cultivaba arroz, mijo y maíz, pescaba en medio de los plásticos y los hidrocarburos y criaba búfalos en las charcas. Muy cerca, demasiado cerca, se desarrollaban los conflictos que minaban el delta. Las tribus estaban enfrentadas por una riqueza que no les correspondía, el petróleo. Este santo grial, que pertenecía a una empresa angloholandesa en connivencia con el gobierno, era reclamado por innumerables grupos de rebeldes, puesto que quienes habían vivido siempre encima de los hidrocarburos enterrados en aquel inmenso delta apenas se beneficiaban y en cambio padecían los vertidos y la presencia omnipresente de las canalizaciones. Desgraciadamente, los señores de la guerra que lo reclamaban no habían construido las enormes tuberías que serpenteaban camino de los pantanales desde los pozos de extracción y las gigantescas refinerías. No les daban nada, y la única manera que conocían de apoderarse de aquella riqueza que fluía entre la pobreza era reventar las tuberías, y muchas de ellas ardían. Por la noche, los incendios iluminaban el horizonte. De vez en cuando, entre las sombras, aparecían unos hombres con las ropas teñidas de negro, un negro más intenso que el de sus propios rostros; procedían del albañal en que se había convertido la mayor parte de aquella selva que antaño estuvo repleta de manglares y animales salvajes.

El padre hausa de Lorina, el uba que capitaneaba su familia de acogida, era un hombre fuerte que había sido capaz de proteger su pequeño territorio y tenía las tierras limpias y un lago tranquilo en el que todavía se podía pescar y por el que se paseaban los búfalos tranquilamente. En el extremo de la finca, había una tubería en la que habían abierto un grifo gestionado por una especie de consejo de mayores de las casas vecinas. Lo protegían entre todos y se repartían el combustible a un precio muy razonable. Con el dinero recaudado, ayudaban a pagar las medicinas y otros asuntos menores.

Durante un par de años, los días transcurrieron bíblicamente, como si nada fuera a cambiar, incluso recibían las visitas semanales de un párroco evangelista que se ocupaba de recordarles la existencia de un solo dios por encima de todos los espíritus de la tierra. En la oscuridad de la cabaña, una cruz y la imagen de un Cristo con un gran corazón compartían una esquina con las figuras de los antepasados que, cuando venía el pastor, reposaban en el fondo de un arcón. Hasta que un día, los Vengadores del Delta del Níger, un grupo terrorista que se hizo famoso atacando las instalaciones de Chevron, decidió invadir su territorio. Varios hombres armados aparecieron en su patio, precedidos por el aroma del petróleo derramado. Llevaban fusiles anticuados y lanzagranadas. El jefe llevaba la cara tapada, pero sus ojos brillaban en la oscuridad anunciando un hombre que no bromeaba. Fue una rendición. Aquella noche, se incendió la tubería. Desde la casa, podían verse las llamas; el humo, negro como la pez, se confundía con el cielo, ocultando las estrellas. Las mariposas volaban por millones alrededor del brillante espectáculo. Era grandioso, porque se les quemaban las alas y caían sobre la gente como si fueran espíritus que morían por miríadas. Solo los búfalos se mostraban indiferentes y seguían ramoneando con sus grandes cuernos iluminados a orillas del pantano. Para Lorina, fue el fin de las moliendas de mijo y maíz, las interminables sesiones de cocina con la mamá y las hermanas, la uwa y las yanuwas. La policía detuvo al uba, las cosechas se perdieron y el lago quedó infectado.

La familia, disuelta, se unió a un grupo de desheredados camino de la capital de la región, Benín City, donde una tía lejana los acogió en su casa.

Aquel fue uno de los malos momentos de su vida, y ha habido muchos, recuerda mientras se abraza a Bárbara con los ojos cerrados, sorbe el agua de sus hombros y saborea el aroma de su piel blanca, que no es ni de lejos el de una mujer negra; una mujer blanca es como el café aguado, pero es café, al fin y al cabo, aunque algunos dejen un regusto a demonios.

En Benín City, se encerraron en una habitación desde la que se oía el ruido de un local con muchos gritos, risas y a veces peleas, pero al menos era un lugar en el que escapar de unas calles atestadas a las que las cuatro hermanas no estaban acostumbradas. Estuvieron una semana viendo la televisión, series americanas y documentales en los que podía verse el modo de vida occidental. Luego, les dijeron que podían llevarlas a Europa, porque en Nigeria no había nada para ellas. En Europa les proporcionarían un trabajo y una casa, podrían pasear por París o Londres, visitar las tiendas de moda y relacionarse con la gente importante. Para eso necesitaban un dinero que ellos estaban dispuestos a prestarles, pero la única forma de hacerlo era celebrar un ritual vudú yuyu que las encadenaría a los espíritus de sus antepasados hasta que devolvieran el préstamo.

Lorina si siquiera había oído hablar de Europa, pero cuando vio aquellas películas y aquellos documentales, con aquellos desfiles de moda parisinos en los que se tiraban cohetes y todo el mundo se abrazaba y bebía champán, no tuvo ninguna duda. El dinero podía devolverse en poco tiempo, le dijeron. La emborracharon, como a sus hermanas, la desnudaron, le afeitaron el vello público y guardaron una parte en un frasco de vidrio. Las hicieron beber y danzar hasta que el agotamiento y el alcohol transformaron su visión de la realidad. Entonces, trajeron un bebé, juraría que estaba vivo, pero nunca se atrevió a comentarlo con sus tres hermanas; ninguna protestó cuando el brujo le tapó la boca al niño; no recuerda si era de carne y hueso o un muñeco, si dejó de moverse o nunca se movió, el caso es que lo puso dentro de una olla cuarteada y negra sobre el fuego. Les hicieron a todas las chicas un corte en el brazo y dejaron que su sangre cayera sobre el niño cuando ya estaba medio carbonizado, luego las hicieron seguir bailando, mientras el mago certificaba la conversión en cenizas del bebé, aplastando los supuestos huesos con un mazo. Por último, metió las cenizas en una botella de vidrio de boca ancha y les hizo decir una serie de palabras mágicas cuyo significado ignoraban. Estaba claro que aquellas cenizas las unían para siempre a su poseedor, que podía causarles un gran mal si no cumplían lo que les ordenaba.

Al día siguiente, las subieron a la caja trasera de un camión para llevarlas a Níger y luego a Libia, país que tenían que atravesar antes de cruzar el Mediterráneo rumbo a Italia. Viajaron rodeadas de bártulos, mientras el paisaje se volvía cada vez más árido. Cruzaron la frontera y entraron en Níger sin problemas cuando caía la noche. Se durmieron y, cuando despertaron, el lienzo polvoriento del cielo parecía haber caído sobre ellas. Se hallaban en medio de una planicie sembrada de piedras. Conscientes de la belleza del entorno y de que por fin estaban haciendo el viaje de su vida, Lorina y sus hermanas rompieron a reír, puesto que estaban tan rebozadas de tierra que parecían figuras de barro con ojos y dientes relucientes, como aquellos dibujos animados de las películas, atravesando a toda velocidad un escenario que bien podía ser irreal e interminable, de aquellos en que cuando llegas al final vuelves a empezar. Creían que lo peor que podía pasarles era quedar convertidas en vasijas de cerámica, que era como si se detuviese el tiempo. Solo faltaba que alguien las llenara de agua fresca en lugar de la que llevaban en las botellas y que apenas les sirvió para emborronar sus rostros mientras intentaban lavarse y el fango se mezclaba con el ébano de su piel.

La entrada en Libia estuvo presidida por grandes discusiones con soldados y guerrilleros que las hicieron encogerse y temblar de miedo durante un rato interminable. Diez horas de marcha continuada más tarde, el tiempo que tardan las estrellas en recorrer todo el cielo londinense, llegaron a la ciudad de Sabha. El desierto quedó interrumpido bruscamente por el asfalto y una sucesión de edificios amarillentos que iban juntándose y convirtiendo la ciudad en algo cada vez más estrecho y apretado. Había carteles con la imagen de Gadafi por el suelo, rotos y pisoteados. Recuerda que su hermana mayor, de veintitrés años, hablaba sin parar. Llevaba así ocho horas. En aquel momento la odiaba, pero ahora daría cualquier cosa por volverla a ver. Lorina tenía la impresión de que su vida ya no le pertenecía. Eran como verse envuelta en el fin del mundo y arrastrada por unas circunstancias que la superaban; lo único que podía hacer era dejarse llevar por la corriente. Si lo que la esperaba era la muerte, pronto dejaría de preocuparse; si era dolor, hacía tiempo que había aprendido a vivir muy lejos de este mundo, desde que sus padres estuvieron a punto de venderla a un comerciante viejo y negro como los pantanos en la noche cuando tenía doce años. No se imaginaba haberse quedado allí, en aquella choza, en las ciénagas del bosque de Ulasi. De su infancia solo recuerda que el hombre que quería casarse con ella tenía un mono pequeño, con una cola muy larga, un colobo rojo que la miraba con odio, celoso y malévolo. También por eso escapó.

Vieron un gran castillo o fortaleza sobre una loma pelada; les dijeron que allí había una ciudad romana en ruinas que atraía a muchos turistas, lo cual era mentira, pero no le dijeron que en Sabha había un mercado de esclavos como en aquella antigüedad romana de la que sí quedaban unos restos que nadie podía visitar. De pronto, la ciudad por donde hormigueaban miles de personas, dificultando el paso del camión, se abrió a una plaza muy grande donde había cientos de hombres negros sentados en el suelo. Desde lo alto del camión, vio que las mujeres estaban contra la pared. Alrededor, había hombres blancos, árabes con turbantes que discutían y señalaban a los que estaban sentados. Era como un gran bazar donde la mercancía eran aquellos hombres inmóviles, que miraban al suelo sin atreverse a levantar la cabeza. Nunca hubiera creído que tantos hombres pudieran mostrarse sumisos ante tan pocos, pero cuando bajaron del camión vio las armas que sobresalían de las túnicas y se dejó conducir sin apenas levantar los ojos. Aquellos guardianes de rostros embozados gritaban en árabe y gesticulaban amenazadoramente cuando alguien se atrevía a mirarlos a los ojos. No quería aceptar la realidad, pero el miedo se empeñaba en mantenerla muy despierta.

Lorina era guapa y joven; no tardaron en acercarse a ella unos hombres que la señalaban sin recato alguno. No entendía el árabe. No sabía todavía que la estaban vendiendo como esclava sexual, como vendían como esclavos a todos aquellos hombres.

En los próximos días, se sentiría transportada a otro mundo, donde las costumbres y el idioma eran diferentes, como los olores, el paisaje y las personas. La separaron de sus hermanastras a empujones y la llevaron a otro camión, donde la ataron con una cadena en la parte posterior, y la condujeron a través del desierto varias horas, hasta un pueblo en que los edificios, bajos, cuadrados, se confundían con un paisaje en el que la belleza de las dunas se prolongaba en un oasis que apenas despuntaba tras las casas.

Necesitaba hacer el amor con Bárbara y no le costó mucho convencerla. Le dio un beso apasionado, le retorció los pezones, le puso la mano en el sexo con fuerza mientras la atravesaba con la mirada, y cuando Bárbara la cogió de la mano y la llevó de nuevo a la cama, todavía mojadas, se acordó de cuando la bajaron de nuevo del camión y la entregaron a las mujeres. La hicieron entrar en una habitación oscura a la que llamaban hammam, donde había una gran bañera en el suelo con agua caliente, la desnudaron y la lavaron en silencio, la untaron de aceite y la dejaron dormir. Necesitaba dormir, y cuando se despertó, dos de aquellas mujeres, tan jóvenes como ella, empezaron a besarla y la masturbaron tan deliciosamente que su descubrimiento del amor fue como el vuelo y la caricia de una paloma. Y siguieron haciéndolo durante varios días, hasta convertirlo en un vicio y su necesidad.

Un día, aquella preparación se dio por concluida. Había venido uno al que llamaban príncipe, en realidad, el señor de aquella milicia. Pero fue como si hubiera venido un verdadero adalid, pues todo eran prisas para mejorar el aspecto de la casa. Se mataron dos corderos y se celebró un gran banquete. Lo vio a lo lejos, dueño de la situación, mientras levantaba la cabeza del animal, le sacaba los ojos y los devoraba con gran satisfacción. La barba bien recortada, el turbante blanco, los gestos delataban la presencia imponente de un líder. Por la noche, la condujeron a la habitación del príncipe y entonces vio sus ojos, los ojos del color azul metálico de la maldad que tenían que robarle la virginidad.

Se dejó masturbar por Bárbara. Aquella mujer era incansable. Le permitía tener los ojos cerrados, le bastaba con sus gañidos de perro pequeño y sus ligeras contracciones para saborear su propio placer. El príncipe, aquel señor de la guerra, las quería vírgenes cuando volvía de una campaña por los pozos de petróleo. Lorina lo era en aquellos momentos, en todos los sentidos. Nunca se había atrevido a tocarse, a pesar de ser consciente de que aquello podía pasar, viviendo en una casa pequeña, cerca de sus padres adoptivos, con sus hermanas mayores, pero había sido educada en el cristianismo y ahora vivía rodeada de musulmanes.

La dejaron subir a la terraza por primera vez después de perder la virginidad. Las demás mujeres la esperaban para celebrarlo. Tomaron el té, le anunciaron el cese del placer con ellas, pues desde aquel momento solo podía tenerlo con el príncipe, y también le anunciaron su conversión al islam. La mujer y el hombre tienen los mismos derechos en el islam, y el primero es la educación. Solo los extremistas consideran que la mujer no debe ser educada, pero aquel señor de la guerra moderno, el de los ojos metálicos, la obligó a ir a la escuela donde una veintena de muchachas como ella, cubiertas con el imprescindible velo islámico, aprendían a leer y a escribir en árabe y estudiaban el Corán.

Pasaron meses, estudiaba, colaboraba en la cocina con las demás mujeres, hacía lo que le ordenaban sin cuestionarse nada, incluso aprendió a bailar la danza del vientre, que ejecutaba para el príncipe y sus amigos. Algunas mañanas salían a recoger dátiles y se acercaban al lago que había detrás de las dunas, una inmensa piedra de aguamarina rodeada de un mar tempestuoso cuyas olas congeladas parecían de oro. Por las tardes, subían a la terraza a tomar el té hasta que se ponía el sol, cuando el viento levantaba el polvo dorado de las dunas y el cielo se llenaba de tantas estrellas que casi parecía un mar de diamantes. En aquellos momentos, ignoraba si en cada una de las estrellas vivía el espíritu de uno de sus antepasados, si era la bóveda del paraíso que el único dios existente había creado para nosotros, separando el cielo y la tierra, o si era el vasto vacío que parecía ser, poblado de soles como el nuestro. Mientras miraba aquel vació generoso, esperaba ansiosamente la llamada de su amo, el tiempo del amor, con toda la fuerza y la inocencia de sus dieciséis años.

Hasta que un día, el príncipe se convirtió en otro hombre. El azul metálico de la maldad se había transformado en el verde brillante de un hombre mucho más joven, con el pelo de color del fuego, que hablaba una variante retorcida del inglés que ella había aprendido cuando era muy pequeña con sus desaparecidos padres. La música del príncipe árabe se convirtió en el tableteo inglés de un soldado venido de Occidente que dormía con el fusil a los pies de la cama. Le dijo que era un guerrero del islam y que había venido de Irlanda, la esmeralda de Europa. Se resistió dos minutos, esperando que apareciera alguien para defenderla, pero aquel hombre tenía las manos de hierro y la violó sin que pudiera defenderse.

Volvió al harén, lo contó a las demás y la entendieron, le dijeron que ellas también habían pasado por eso, que se había acabado el periodo del amor, pues el príncipe había marchado y pronto vendría otra, y que había dejado de ser el único que podía darle placer. Si lo deseaba, en el harén estaban ellas, la música suave y callada del eunuco y otras formas de alcanzar el éxtasis. Lloró durante la noche entera, luego la dejaron sola durante varios días, y finalmente volvió las labores de cocina. El desierto nunca volvería a ser el mismo desde la terraza.

Al cabo de una semana, la llamaron de nuevo. Esperaba encontrar al príncipe, exponerle sus quejas, pero se encontró con un hausa como ella que hablaba un dialecto del norte de Nigeria. Dijo que venía de las tierras pantanosas del río Yobe, inundadas por las lluvias estacionales. Dejó caer que formaba parte de las milicias de Boko Haram. Cuando Lorina vio sus cicatrices y le preguntó por ellas, dijo haber hecho cosas muy malas. En ese momento, ella calló, hasta se compadeció de él, pero cuando estaban haciendo el amor, el hombre empezó a lanzar soflamas contra los cristianos, como si lo necesitara para justificar las raíces del mal que habían hecho presa en su corazón, y ella, que vio sus lágrimas y sintió la fuerza de la adrenalina que tensaba sus músculos, se le ocurrió decir, como para domesticarlo, que había sido educada en la fe de Cristo por sus padres ikwere, que su padre hausa era animista, que había conocido el islam en esta casa, y que todas las religiones le parecían válidas. Fue algo instantáneo, el hombre, que dijo llamarse Alí Nuhu, como un conocido actor hausa nigeriano, demudó el rostro; en sus ojos negros, vio emerger el petróleo. Lorina siempre miraba a los ojos, en ellos podía leerlo todo, y vio lo que iba a pasar.

Alí se apartó y empezó a golpearla mientras vociferaba palabras que no entendía. Primero calló, porque era fuerte y de algún modo quería castigarse a sí misma por ser tan irreflexiva y tener tan mala suerte; uno siempre cree que se merece las desgracias que le suceden, porque ha hecho algo mal, como podría ser abandonar a sus padres o dejarse engañar por las promesas de un viaje fácil a Europa. Soportó el dolor en los brazos, ya se le pasaría, pero cuando uno de los golpes le dio en el ojo izquierdo y perdió momentáneamente la visión se asustó y empezó a gritar. Enseguida entraron en la habitación dos hombres que sujetaron al nigeriano. Los llevaron a ambos ante el lugarteniente del príncipe. Alí no se arredró, cambió de discurso, dijo que quería llevársela a los pantanales del Nguru, en Nigeria, y educarla como a las demás mujeres. No entendía por qué a aquella mujer cristiana de dieciséis años no la habían vendido a los pastores fulani, que hubieran sabido qué hacer con ella, por el profeta que, si se la vendían como esclava, la reeducaría y la vendería a los árabes para que hicieran lo que quisieran con ella.

Lorina no podía ser reeducada, era uno de esos espíritus libres inmunes a cualquier creencia, pero que al mismo tiempo pueden adoptarlas todas, porque cuando no se puede demostrar que algo es mentira, siempre cabe la posibilidad de que sea verdad. Puede que haya dios y puede que no, puede que todos nuestros antepasados estén mirándonos o puede que se hayan convertido en polvo.

Aquel hombre fue expulsado, pero para Lorina nada volvió a ser igual. Las mujeres la respetaron y mimaron durante los pocos días que siguió allí, tal vez porque de alguna manera sabían lo que iba a pasar, y finalmente fue entregada a un grupo guerrillero como esclava. Le dijeron que su viaje a Europa continuaba, pero que sería largo y doloroso, y aun así no debía preocuparse, pues llegaría joven y hermosa, con apenas veinte años y un futuro por delante. Lo único que tenía que hacer era pagar la deuda contraída en Benín City, la deuda contraída con el príncipe, la deuda contraída con los soldados que la llevarían a la costa y la deuda contraída con aquellos que la ayudarían a cruzar el mar. Después, en un futuro no muy lejano, aún siendo una mujer joven, sería libre.

Salió de aquel oasis en una caravana de vehículos armados. Recuerda atravesar el desierto a gran velocidad en medio de una extraordinaria nube de polvo, con el rostro completamente oculto por un velo. En otro tiempo, la única manera de orientarse en aquella planicie interminable eran las estrellas, pero ahora eran los satélites que indicaban el camino en las luminosas pantallas de los móviles. Se durmió y, cuando la despertaron, había oscurecido. No tardaron en llegar a un campamento, donde la introdujeron en una tienda con otras chicas jóvenes procedentes de Nigeria, Mali, Níger y Chad. Les explicaron, en un árabe sencillo para que lo entendieran, que desde ese momento y hasta su embarque se habían convertido en esclavas sexuales, que era una manera de empezar a pagar la deuda, aunque solo cuando llegaran a Europa podrían acabar de devolver los miles de euros que costaba aquel viaje. Mientras tanto, su espíritu seguía en manos del brujo que les había robado una parte de sí mismas con el vello púbico. Lorina sabía que, en cuanto fuera libre, la magia no podría nada contra ella.

Bárbara la llamó desde la cocina, quería compartir con ella un champán que guardaba en la nevera que costaba doscientos euros la botella, un Krug muy generoso. Mientras acudía a la llamada, saboreando los aromas frutales, el mazapán, las almendras, los cítricos, se acordaba de su primera noche en aquel campamento. No la llamaron desde una cocina brillantemente iluminada, con limpias mesas de cuarcita en las que el vidrio de las copas Stölze resonaba como si con cada impacto acabara de amanecer. Al salir de la tienda en pleno desierto del Sahara, emergió a la noche. Había tantas estrellas como siempre, pero esta vez sintió vértigo. Era como si el suelo estuviera en el cielo y se pudiera caminar por aquella Vía Láctea que había empezado a conocer tan bien en casa del príncipe. Había un grupo de hombres en torno a una hoguera. Le pidieron que sirviera el té que habían preparado. Eran árabes, algunos vestían el tagelmust tuareg que protege el rostro de los djins del desierto. Se dio cuenta enseguida de que seguían su mirada, porque ella también seguía la suya, escrutadora e intuyó que lasciva. Pensó en el fuego y en el agua mirando aquellas pupilas, que no eran otra cosa que la esencia de la vida. La exploraban como un grupo de perros salvajes que está decidiendo por donde empezar a devorar aquella presa que ya no puede escapar. Después de servir el té, le pidieron que entrara a otra de las tiendas.

Lorina levantó la copa de champán, bebió, se besaron los labios con suavidad, para no estropear aquel gusto místico del buen champán. Se fue hacia la puerta de la terraza y salió. Estaban en Londres, el cielo era inexistente, una lámina negra a la que no se podía acceder ni con el cuerpo ni con la mente. Una vez los vio, vio a los perros salvajes atacar a una gacela. El uba no la dejó acercarse. La gacela se escapó, pero tenía las tripas colgando, era como uno de esos cuadros de la Tate Gallery en que los colores proceden del interior de los objetos y emborronan el aire. Lorina tenía muy buena vista con catorce años, pero en su memoria, el sol rojo de los intestinos era como un borrón, como aquella noche en que todos los hombres entraron en la tienda, uno detrás de otro. Solo el primero la hizo sentir un mínimo de placer.

Le perdonaron la vida porque, aunque era una transacción, también era un préstamo, tenía que devolver a sus amos el dinero que costaba aquel viaje, y a ellos lo que habían pagado por ella, y tenían que traspasarla todavía a otras milicias, de entre el millar largo que campaban por aquel infame desierto. Estuvo dos meses sin salir de aquellas profundidades áridas, desplazándose continuamente. Un día, llegaron a los restos de una ciudad donde los suyos, fueran quienes fueran los que la encerraban en aquella tienda y entraban por turnos para divertirse con ella, se enzarzaron en una batalla que acabó mal. Aunque ella solo podía oír las explosiones y el tableteo de las ametralladoras, porque las chicas se ocultaban en uno de los vehículos, supo que quienes se acercaban no eran quienes la habían poseído como si fuera la muñeca de trapo de una jaula de leones. Había sufrido mucho, pero en su fuero interno sentía que era joven y le quedaba mucha vida por delante, y era imposible que aquel caos durara para siempre.

Lo primero que hicieron los nuevos amos cuando abrieron la lona del camión y vieron a las chicas fue pelearse; demasiada belleza a la vez, un grupo de niñas-mujeres con la piel de ébano, brillante por el sudor, como muñecas con los ojos muy abiertos, esperando la salvación, mientras aquellos salvajes gritaban presas de la excitación por alguna sustancia que les robaba el miedo. Por último, decidieron que allí mismo. Entraron en el camión como una horda de hienas, se hubieran matado, desgarrado entre ellos, si hubieran tenido uñas, pero lo único que tenían eran pollas y una excitación por la que no alcanzaban siquiera la categoría de primates, sino seres acabados de salir de las profundidades marinas con el único objetivo de reproducirse antes de morir.

Al día siguiente estaban todas exhaustas, deshidratadas. Les tiraron unas cuantas botellas de agua en cuyo violento reparto gastaron las pocas fuerzas que les quedaban.

El camión llevaba varias horas de viaje cuando detectó un cambio en el pavimento y se produjeron parones, acompañados de las voces típicas de los controles, Lorina se levantó y se atrevió a mirar por el borde de la lona: una calle ancha rodeada de edificios bajos, del mismo color arena del desierto, hombres armados por todas partes, un pick up con media docena de dromedarios que le recordó las veces que lo había comido mezclado con verduras y cuscús. Tenía hambre.

Cuando descorrieron la lona, les llegó una bocanada de aire cálido y marino que hizo que rompieran a sudar el escaso liquido que les quedaba en el cuerpo. Las hicieron saltar y las llevaron a través de una serie de callejones estrechos por los que se cruzaron con mujeres y niños vestidos a la manera árabe, casas abandonadas, paredes de chapa que se habían derrumbado ante el peso de la basura acumulada. Se oían los chillidos de las ratas. Las escoltaban dos soldados armados con cara de pocos amigos, ropas amplias, de color caqui, cinturón de balas, barbas pobladas, pelo rapado, miradas hostiles, hasta lo que parecía un almacén, pero donde en lugar de mercancías había muchos hombres y mujeres sentados en la semioscuridad. Fue como volver al mercado de esclavos de Sabha, como si el tiempo se hubiera escindido y haciendo una aliteración volviera a explicar la misma historia. Tenían un lugar asignado, de nuevo, en el rincón de las mujeres. Esperaron, ocultas en sus ropajes, acuclilladas. Muy pronto se hizo de noche, se oían disparos a lo lejos. Aun así, durmieron, presas del cansancio. De pronto, alguien repartió agua y, como por arte magia, los niños más pequeños empezaron a llorar, despertados por sus madres. ¿Estaban esperando que se abriera un agujero en el suelo para poder descender al infierno?

Cuando se despertó al día siguiente, creyó que la escisión temporal se había completado, pues, el mismo brujo que había metido las cenizas del bebé y su vello púbico en un frasco, estaba en el galpón, hablando con las chicas procedentes de Nigeria. Tuvo que pellizcarse para saber que estaba viva. Hacía más de un año que no oía hablar en hausa, y lo último que deseaba era que le recordaran otra vez que tenía una deuda en Nigeria y que tenía que pagarla. Los gritos de una de las chicas que había cerca de ella la hicieron reaccionar. Otro brujo estaba con ella. Los llantos y gritos se extendieron, pero muy pronto fueron vencidos por el miedo, se convirtieron en sollozos y por fin en sumisión. Irían a Europa, sí, pero tenían una deuda por pagar.

El viaje no se produciría inmediatamente. Tal como habían llegado, fueron separadas. Ni siquiera se miraron a los ojos cuando Lorina fue metida con otras chicas en un jeep y sus amigas en la caja de una camioneta artillada. Al llegar a la calle principal, cada vehículo se fue en una dirección diferente. El suyo recorrió una larga avenida donde había hoteles tomados por soldados, y vio por primera vez el mar, una extensión azul con pequeños rizos blancos que aparecían y desaparecían, cada vez más pequeños a medida que se alejaban en el horizonte. Sonrió en su interior, pero no se atrevió a mover los labios, aunque sopesó en su interior que había cubierto una etapa, la más larga. Estaban siguiendo una especie de malecón lleno de hombres negros sentados sobre pilones de hormigón, que debían esperar algún milagro que nunca llegaría a producirse, cuando el vehículo giró hacia el interior y le robó la imagen de la esperanza que sentía tan cercana, atravesaron la puerta de un muro fuertemente custodiado y entraron en un palacete que había pertenecido al líder de aquel desastrado país.

Pasó a formar parte de otro harén, aunque este no pertenecía a ningún príncipe, sino a una de las milicias gubernamentales. Enseguida, les explicaron que allí vivían una serie de héroes de guerra, restos humanos que no podían esperar a llegar al cielo para disfrutar de las huríes y que tampoco podían servirse de vírgenes, pero sí de buenas chicas venidas del interior del continente. Otra parte del pago por el viaje que no era más que un peaje.

Aquel mismo día conoció a Fashei, el hombre sin párpados. Atrapado por una milicia rival, le habían cortado los párpados y no podía cerrar los ojos, de manera que llevaba una máscara que apenas dejaba una ranura para que entrara la luz. Hicieron el amor y Fashei le dijo que la máscara, perfectamente adaptada a su rostro, estaba hecha con la piel del verdugo que le había cortado los párpados. ¿Quería ver cómo era su rostro bajo la piel? La segunda vez que yacieron vio sus ojos grandes, tristes, que no dejaban de llorar. Supo que sí, que estaba en aquel infierno del que había creído escapar. ¿Podría hacerle un favor? Como si ella pudiera negarse, le envió a un amigo suyo al que un disparo había atravesado la cara. Le faltaba una parte de la mejilla y la mitad izquierda de la cara carecía de labios. Los dientes parecían verse en su totalidad desde la raíz; era difícil dirigir la mirada hacia sus ojos infernales, que parecían querer atravesar la mirada del oponente como si pudiera ver el funcionamiento de sus redes neuronales.

En aquel palacio, en el que, según contaban, el dictador tenía un ejército de concubinas, vivió experiencias que podían llenar varias vidas. Conoció a un hombre a quien habían arrancado la piel a tiras y que, al sobrevivir, le había crecido la piel de una serpiente, rugosa y fría, para quien las sensaciones más fuertes estaban en los pies y en sus interioridades, en la tibieza de amapola de sus intestinos. Se bañó e hizo el amor en una piscina con paredes de vidrio con muchachas traídas de otros mundos, seleccionadas por su perfección solo para que un artista de la fotografía japonés hiciera las fotos de sus prístinos rostros y sus pieles maravillosas entrelazadas con aquellos hombres mutilados y deformes. Fue seleccionada junto a una pelirroja de larguísimos cabellos que tenía el cuerpo como la nieve para posar en su negritud de ébano, con la cabeza rapada y brillante, junto a un hombre que había perdido los brazos y las piernas, y les pidieron que hicieran con él cuanto quisieran, pues todavía podía defenderse como hombre y aquellas imágenes estaban destinadas a un público elitista que no tenía más contemplaciones que pagar para que lo innombrable tuviera nombre en este planeta del que antes o después tendrían que marcharse.

Pero todo llega a su fin. Una noche vinieron a buscarla porque salía una lancha neumática hacia Europa. Durante el viaje hacia el lugar de salida su mente se negó a reconocer los hechos, el atropellado viaje a un puerto a decenas de kilómetros, los empujones, los gritos, el hacinamiento en una lancha neumática con unas cincuenta personas a bordo, hombres desesperados, mujeres con bebés en los brazos, niños aplastados. La colocaron en uno de los extremos, junto al piloto, y se aferró a la cuerda que recorría el contorno. Nunca había imaginado que el miedo tuviera olor, y en su vida había pasado mucho miedo, pero aquella gente que iba con ella, a ninguno de los cuales reconocía, olía a miedo. Hablaban, hablaban sin parar en múltiples dialectos y lenguas de Nigeria, de Chad, probablemente de Senegal, pero dejaron de hablar en cuanto la lancha salió a mar abierto y se encontró con las primeras olas de un mar embravecido. En cuando ascendieron la primera ola y cayeron violentamente del otro lado, alzándose de sus asientos, todos gritaron al unísono y enmudecieron. Aquel mar incansable volvería a intentar una y otra vez darles la vuelta y, en cuanto lo consiguiera, todos acabarían en el agua. Esa sola idea les impedía destinar la menor energía a vocalizar cualquier palabra, pero al mismo tiempo estaban tan cargados de adrenalina ante lo imposible de sus circunstancias y una necesidad de sobrevivir tan intensa, que se sentían inundados de valor. Lorina pensaba que era afortunada por tener la cuerda a la que agarrarse, como los demás que estaban en el borde de la lancha, pero para los que se elevaban en el centro de la lancha con cada golpe de mar y solo podían sujetarse a sus compañeros, sobrevivir era una cuestión de suerte.

Y tuvieron suerte hasta que el amanecer se empeñó en mostrarles un horizonte que subía y bajaba constantemente. Ya no pensaban en morir ahogados si no venía nadie a rescatarlos, porque el miedo impedía cualquier pensamiento que no fuera la necesidad de mantenerse a salvo. Era como si estuvieran viviendo en otra dimensión, una en la que el sufrimiento absorbe todo el tiempo del mundo y las horas se convierten en ese instante que nunca acaba de suceder. No hay mañana, solo hay presente cuando cualquier distracción puede acarrear la muerte.

Entonces, el piloto hizo una llamada de socorro con un móvil de grandes dimensiones. Lo que nunca esperaba Lorina es que detrás de las olas surgiera una lancha semirrígida ―una sea rider―, se amorrara al espejo de popa, levantara el motor y antes de que nadie en la balsa pudiera reaccionar, el motor y el piloto desaparecieran. Solo tuvo tiempo de ver a otro individuo, alto y delgado, que tiraba de él; inmediatamente, otro golpe de mar los ocultó tras las olas.

Se habían quedado solos. El mar no tuvo contemplaciones. Las masas de agua se desplazaban de un lado a otro impulsadas por alguna fuerza de la naturaleza cuya comprensión estaba más allá de su alcance; al fin y al cabo, nadie les había llamado a vivir en su superficie. Lorina vio como caían al agua hombres y mujeres, uno detrás de otro, a medida que la lancha se alzaba hacia el cielo, como si fuera a volar, y caía en picado dispuesta a llevarlos directamente al infierno. Una docena aguantaron, como ella, desangrándose las manos mientras se aferraban al cabo sujeto a los agarraderos que rodeaban la balsa. A su lado, una chica joven, como ella, se sujetaba con una sola mano a la cuerda mientras con la otra aguantaba a un bebé cuya cabecita se retorcía de forma inhumana. No había manera de saber si lloraban por la propia desesperación o era el agua salada lo que recorría sus caras. En un momento dado, la lancha se ladeó. En lugar de afrontar las olas empezó a recibirlas de costado. La chica del niño desapareció. Era cuestión de tiempo que volcaran. De pronto, sintió que volaba, pero cometió el error de no soltarse y, cuando sucedió, la balsa cayó encima de ella y quedó debajo de la quilla, una plancha de madera semirrígida formada por tableros y una lona que apenas transparentaba la luz del cielo. Estaba en el lado equivocado de la realidad, el aire que necesitaba para respirar se había quedado al otro lado del tablero y no había manera de atravesarlo.

En aquel momento, creyó morir, o tal vez era una criatura marina y no le hacía falta respirar, aunque también podía había muerto y estar en el espacio exterior, a punto de convertirse en una de aquellas estrellas que tapizaban el firmamento. Se dejó abandonar durante un minuto, moviéndose al compás de las olas. Por fin, comprendió que el vacío y la oscuridad estaban bajo sus pies. No estaba orbitando la tierra, sino dentro del agua. Visualizó su situación con una calma asombrosa y se desplazó empujándose con las manos hasta el borde de la lancha. Salió a la superficie sorprendida de su propia tranquilidad. Supo que, por alguna razón, no estaba destinada a morir todavía. Cogió aire, encontró una de las anillas que rodeaban la balsa y se agarró con las pocas fuerzas que le quedaban. Se dejó acompasar en aquella danza con el agua y el aire hasta que un compañero que había conseguido subirse al suelo de la lancha le tendió una mano, cuando ya el mar se apaciguaba, y la ayudó a subir sin fuerzas siquiera para darle las gracias.

Quedaban seis.  Al cabo de cierto tiempo, una semirrígida de unos diez metros pasó a su lado con dos personas y se alejó a toda velocidad. Otra hora más tarde, apareció un barco gris de mediano tamaño que se puso a su costado y los hizo subir. Estaban tan helados, temblaban tanto que apenas eran conscientes de lo que pasaba, únicamente de que era el fin de algo y un comienzo en el que de momento tenían muy pocas esperanzas. Su corazón apenas tenía fuerzas para celebrarlo, aunque sus mentes querían llenarse de victoria. Habían visto morir a mucha gente, en esas condiciones no te quedan ganas de hablar, has perdido la fe, si es que la tuviste algún día, y ahora ya sabes que no eres más que un animal que sí, puede moverse, pero no hablas ni te relacionas con los demás, sobrevives como puedes y un día mueres, dejas de moverte, el mar entra en tu interior y pasas a formar parte de ese universo al que siempre has pertenecido y que te reclama. Lorina no creía en los espíritus, pero los conocía a todos, y tuvo ocasión de saludarlos cuando fue rescatada. Les dio las gracias uno a uno.

Hubo problemas para desembarcarlos, pero dos días en el suelo de un barco seguro no fue nada. Esperaban adormecidos, como si les hubieran dado algo para sedarlos. Una mañana se encontraron los seis en una especie de almacén de la costa italiana. ¿Solo seis? Les interrogaron, les dieron de comer, les pusieron inyecciones, les entregaron ropa limpia y los metieron en un autobús. Todo sucedió muy deprisa para Lorina, que veinticuatro horas después se encontraba en Francia, recorriendo a toda velocidad una campiña que no podía reconocer. Para ella era como otro mundo: los campos cuadriculados, aquellos pueblos increíbles con los tejados de tejas rojas que poco a poco se convertían en tejados de pizarra, los bosques de pinos y luego de robles, los colores mediterráneos, intensos, que se iban diluyendo, los contornos cada vez más suaves.

Ni siquiera se detuvieron en el campamento que había antes del túnel del canal de la Mancha, que estaba en proceso de desmantelamiento. Lorina sintió entonces que era una privilegiada, ya que serían probablemente los últimos en entrar en una Inglaterra que se separaba de Europa. Fue entonces, recorriendo a toda velocidad el túnel de la Mancha en el TGV, cuando se fijó en sus acompañantes. Tenía que haber algún noble entre ellos para que hubieran atravesado Italia y Francia sin trabas. Encontró rostros serios e imperturbables. Había otra chica que parecía tan sorprendida como ella, ni siquiera se atrevía a parpadear para que al hacerlo no volviera encontrarse en África. Entonces lo vio, un hombre alto, que parecía un rey, al que agasajaban y con el que venían a hablar frecuentemente otros hombres trajeados. Hablaba inglés perfectamente, un inglés demasiado perfecto, el acento espigado y saltarín de los británicos educados en buenos colegios.

Cuando llegaron a Londres entendió por qué siempre habían estado rodeados de cámaras y periodistas. Aquel hombre se llamaba Neil, tuvo que mirarlo dos veces para comprender que era nigeriano y que tenía el color del ébano, porque entonces supo que era un miembro electo de la Cámara de los Comunes del Reino Unido. El hombre que se había prestado a hacer el viaje desde la costa de Libia hasta su país en las mismas condiciones que los demás, según esuchó. Aunque, por más que hacía memoria no recordó haberlo visto en la lancha, entre los supervivientes. Del autobús se bajaron diez africanos y cinco policías, o eso creía, europeos. Supo que le había tocado la lotería y se prometió a sí misma no decir nunca nada de aquello, una decisión que se vio reforzada cuando se acabó el circo y la llevaron a un aparte para preguntarle si le gustaban los niños.

Le ofrecieron vivir en un piso compartido con otras cinco chicas en Brixton y le dieron trabajo en una guardería donde había niños de padres nigerianos y de otros países del golfo de Guinea. Todos los críos habían nacido en Inglaterra, tenían de dos a cuatro años y chapurreaban el inglés. Sus compañeras de piso eran de Ghana, Sierra Leona, Togo y dos yorubas de Nigeria. Todas tenían sus propios templos en algún rincón de la casa, estudiaban inglés y trabajaban cuidando niños o en supermercados. Se vestían bien y se iban a las discotecas de las zonas altas, donde hombres pudientes buscaban compañía de color, con el sexo caliente, los ojos de la noche y esa piel de rango superior que parecía traída del vacío exterior.

Aquella semana, las chicas negras que llevaran un vestido escarlata entraban gratis. Aunque siempre entraban gratis, ella y sus amigas se fueron a Ghost de compras dispuestas a celebrarlo a lo grande. El vestido, ya usado, estaba sobre una butaca a los pies de la cama. Recorrió con la vista la habitación y se encontró a sí misma en un espejo grande en el que no se había fijado, junto a una cómoda de caoba. Estaba desnuda, sentada sobre las sábanas arrugadas, tenía el pelo corto, muy negro, su nariz era chata pero muy pequeña, los labios gruesos, la mirada de una niña, el cuerpo del color del caramelo. Oyó una risa corta, cambió el enfoque y vio a Bárbara detrás de ella, recostada sobre un brazo, mirándola a través del espejo. Muy rubia y blanca de piel, tenía la nariz pronunciada y estrecha, la boca pequeña, aunque de labios carnosos. Entre ambas componían un cuadro perfecto. Podían haberse quedado inmóviles y plasmadas para siempre en ese momento de la eternidad, pero el tiempo es implacable y nada es para siempre.

 

 

 

Publicado en Todos los futuros | Deja un comentario

Rumanía, el patio trasero de Europa

Rumanía, 20 millones de habitantes, con una renta dos veces y media inferior a la española, aunque siempre ha formado parte de Europa y por ello tiene un índice de desarrollo humano muy alto, ha permanecido demasiados años bajo el yugo de un dictador que modificó el país a su antojo e impidió su desarrollo.

Bucarest

Nicolae Ceausescu se fue demasiado tarde, y el país, situado en una esquina castigada por la pobreza, no ha podido beneficiarse apenas de su integración en la comunidad económica europea. En su patio trasero se acumulan los trastos góticos, barrocos, rococós y neoclásicos del continente, junto con el particular estilo moldavo de los monasterios, como si la enorme caja de resonancia de los Cárpatos se hubiera roto y esparcido su contenido parisino por detrás, donde se vierte el contenido del instrumento de música más grande del mundo, transformado en el arrullo del agua y el canto de los pájaros en el delta del Danubio, con sus innumerables canales y lagunas donde descansan cisnes, pelícanos y cormoranes.

En este viaje atravesaremos las regiones históricas más importantes del país, los viejos principados: la amplia y meridional Muntenia; la meseta de Transilvania y los Cárpatos; Moldavia, abierta a los aires de Ucrania, y Dobrudja, encerrada entre el Danubio y el mar Negro, el último reducto otomano, con capital en Constanza.

Bucarest

Bucarest, lugar de inicio de nuestro viaje, se halla en Valaquia, donde se encuentran las ciudades más grandes y la agricultura más avanzada. Este histórico principado, que ocupa una pequeña parte de los Cárpatos, estuvo gobernado, en el siglo XV, por Vlad el Empalador, que inspiró el personaje de Drácula. Más tarde, Miguel el Valiente, en el siglo XVI, unificó los tres principados, Valaquia, Transilvania y Moldavia. Los dos primeros tuvieron que enfrentarse a los turcos y finalmente acabaron siendo dominados por ellos, hasta que, alcanzado el siglo XVIII, los turcos permitieron la existencia de príncipes, aunque los nombraban ellos, preferentemente entre los griegos ortodoxos, Esto provocó una rebelión en el siglo XIX que acabó con la creación del nuevo estado de Rumanía.

Monasterio de Sinaia

Nuestro recorrido empieza llevándonos hacia el norte, a Sinaia, donde el primer rey de Rumanía, Carlos I, mandó construir su palacio de veraneo. Llegó al poder después de un golpe militar que expulso al anterior gobernante, Alejandro Juan Cuza, moldavo y primer príncipe de Rumanía, que le había hecho el favor de expropiar los dos tercios de las tierras a los monasterios y promover una reforma agraria que favorecía a los campesinos pobres. Los nobles prefirieron a Carlos I, de origen alemán, como el nuevo príncipe, apoyado por el monarca francés Napoleón III en contra de la opinión de los otomanos. Su apoyo consiguiente a los rusos en la guerra contra los turcos de 1877, que fueron derrotados, le permitió declarar ese mismo año la independencia de Rumanía y convertirse en el primer rey del país. El país fue reconocido internacionalmente y adoptó entonces el modelo parlamentario británico, aunque siguió gobernando una nobleza ya establecida muy alejada de las clases campesinas.

Castillo de Peleç, en Sinaia

Castillo de Peleç

Carlos I de Rumanía

Rusia había aprovechado la guerra con los turcos para apoderarse de una parte del país, Besarabia. En represalia, Carlos, de origen germánico, se alió con los imperios centrales europeos, Alemania y el Imperio austro-húngaro. Sin embargo, cuando estalla la primera guerra mundial, el parlamento rumano se declara neutral, negándole el placer de la guerra. El rey, decepcionado, se retira al palacio de Peles, donde fallece poco después, sin descendencia. Carlos se había hecho construir este palacio-castillo en el que residía la mitad del año en un lugar tranquilo, en una aldea de las montañas, rodeado de extensos bosques. Aquí se celebraron importantes reuniones, como la que decidió mantener neutral a Rumania en 1914. El castillo había sido reformado. En el siglo XIX ya tenía ascensor, calefacción y electricidad, y el techo de cristal del salón de honor podía abrirse con un pequeño motor para que el rey mirara las estrellas.

Carlos II de Rumanía y su amante

Está repleto de pasadizos secretos y salones de estilo oriental o neo renacentistas, y posee siete terrazas decoradas con estatuas y una fuente de mármol de Carrara. El rey ya no lo abandonaría hasta su muerte ese mismo año. Le sucedió su sobrino, Fernando I, que siguió utilizando el castillo durante los veranos. Su hijo, Carlos II de Rumanía, nació en Peles. Sería el primer rey de Rumania en nacer en el país y el primero en ser bautizado en la religión ortodoxa.  Fue un rey corrupto que gobernó entre dos reinados de Miguel I de Rumanía, su hijo. Carlos había huido del país con su amante y su padre Fernando le había obligado a abdicar, hasta que se apoderó del trono en 1930, pero sus métodos le obligaron a abdicar de nuevo en 1940. Su hijo Miguel, de nuevo en el trono y con solo 19 años, cedió el gobierno a Ion Antonescu, que se alió con Hitler y Mussolini, mientras la Guardia de Hierro eliminaba a todos los rivales políticos. Ante la previsible caída de Alemania, Rumanía cambió de bando, pero finalmente fue ocupada por los rusos, que impusieron el régimen comunista.

Poiana Brasov

Impresionados por la historia, atravesamos los Cárpatos meridionales, donde se halla el castillo-palacio, rodeado de grandes bosques de hayas y abetos, y tras pasar noche en el complejo turístico de esquí de Poiana Brasov, rodeado de montañas que superan los 2.000 m, con las pistas todavía nevadas en abril, nos dirigimos a la cerca ciudad de Brasov.

Brasov, plaza Stafului

La ciudad histórica de Brasov se encuentra al pie de los Cárpatos, ya en Transilvania. Nos detenemos en la Turnul Alb, la Torre Blanca, en la ladera de la montaña, a contemplar su armonía dieciochesca. Esta vieja ciudad rebelde, que ya se había enfrentado a los Habsburgo, se quemó por completo en 1689 y en el siglo XVIII se reconstruyó prohibiendo las casas de madera. En 1989 recibió el nombre de ciudad mártir por rebelarse, por última vez, contra el régimen de Ceaucescu. No en vano es una ciudad culta, llena de librerías, centrada en la extensa plaza Stafului. Su monumento más conocido es la Iglesia Negra, del siglo XV, de estilo gótico y consagrada a la Virgen María.

Johannes Hunterus, en Brasov

En la zona más antigua nació Johannes Hunterus, humanista y teólogo renacentista, más conocido por su actividad geográfica y cartográfica, y por implementar la reforma luterana en Transilvania. En Brasov, instaló una imprenta en 1533 donde se imprimieron numerosos libros y un manual de cosmografía que se reeditó no menos de 39 veces. Aquí imprimió Coresi el primer libro en lengua rumana, un catecismo de 1561. En la parte nueva de Brasov, que se extiende hacia la depresión de su mismo nombre, se instaló una fábrica de aeroplanos que fueron usados contra los soviéticos durante la guerra mundial. El comunismo construyó una fábrica de camiones y aún hoy se puede encontrar en las cercanías una fábrica de helicópteros.

Escuela de la ciudad fortificada de Prejmer

Desde Brasov, nos desplazamos a Prejmer, una de las siete ciudades fortificadas construidas los siglos XII y XIII, cuando los reyes de Hungría dominaban la región. La de Prejmer fue construida por los caballeros Teutónicos en el siglo XIII, inicialmente católica y enseguida reformista. Consiste en una muralla circular con viviendas adosadas en cuyo interior hay una iglesia. Todo el conjunto está encalado y es de uso turístico únicamente, la escuela recuerda de forma entrañable algunas escuelas rurales de la meseta castellana, con sus pupitres marrones, pero el entorno es de encierro y al mismo tiempo ofrece seguridad frente a los elementos. Esta planicie del sur de Transilvania fue una región amenazada por las invasiones tártaras y otomanas.

Castillo de Bran

Vista desde el castillo de Bran

En dirección contraria se halla el castillo de Bran, un enclave turístico de gran belleza al borde de la depresión de Brasov, entre las fronteras de Valaquia y Transilvania. Se ha vinculado a Drácula, aunque Vlad el Empalador nunca vivió aquí, sino en el castillo de Poenari, en una zona mucho más abrupta.

Castillo de Bran

El de Bran lo mandó construir Luis I de Hungría en 1377 para defenderse de Valaquia y como enclave comercial. Tras la primera guerra mundial, en 1920, Transilvania, que se había unido a Hungría en 1848,  es castillo fue cedido a Rumanía y este país decidió convertirlo en residencia de la princesa María de Rumanía, hija de Fernando I y hermana de Carlos II. Se reformó, dándole aires centroeuropeos para convertirlo en residencia de verano, pero la reina solo lo utilizó tres años. El castillo sigue en manos de los Habsburgo, aunque Dominico de Habsburgo intentó venderlo al millonario ruso Abramovich, debido a su potencial turístico, pero la venta no se llevó a cabo y se prohibió su uso como castillo de Drácula. Desde sus alturas se domina la planicie, su interior recuerda los verdaderos castillos de la época, llenos de tejados inclinados, pasadizos tortuosos y habitaciones escondidas.

Sighisoara

Sighisoara

Nuestra próxima visita es Sighisoara, en una zona montañosa en el centro de Transilvania. La ciudad sigue el curso del río Tarnava Mare y conserva una importante zona medieval patrimonio de la humanidad y una ciudadela sobre una colina en la que destacan la impresionante Torre del Reloj y la iglesia Monasterio, ambos del siglo XIII. Al otro lado del río, la iglesia ortodoxa de la Trinidad de Sighisoara, es un bello ejemplo de arquitectura del siglo XX.  El conjunto de construcciones medievales de la ciudadela ofrece una de las mejores vistas del país de una ciudad histórica. A esta región, bajo dominio húngaro desde el siglo X, se trajo una colonia de sajones alemanes en el siglo XII, la mayoría artesanos y comerciantes.

Seguimos camino hacia el nordeste, atravesamos las onduladas colinas de la meseta transilvana y cruzamos los Cárpatos Orientales en dirección a Piatra Neamt, en la región nororiental de Moldavia. A lo largo del camino, junto a la carretera, las viviendas de madera, con muchos techos rehabilitados con zinc, recuerdan el país que fue, con todas las tierras cultivables repartidas entre la iglesia y la aristocracia, hasta que se produjo la expropiación en el siglo XIX y les tocó un pedazo de tierra a cada familia. Alineadas junto a los principales caminos del país, las parcelas, que se han ido dividiendo entre la numerosa descendencia y son cada vez más largas y estrechas, pronto resultan insuficientes ante el crecimiento de la población. Muchos han tenido que marchar, otros se han quedado aquí, en sus casas transilvanas de una planta, con el pozo en el patio, el corral para las vacas, un pequeño huerto y los prados ascendiedo las laderas, hasta el bosque. La revolución comunista tenderá a concentrar las industrias y a hacerlas mastodónticas, y luego se volverán obsoletas, pero en los campos de la Transilvania interior se respira todavía el aire húmedo de las casas de madera con las ventanas y los alerones de las casas decorados a la manera barroca de las historias de vampiros. Solo vemos un poblado de gitanos asentado en una hondonada. Son los marginados.

Cruzamos una alta meseta y llegamos a la ciudad de Gheorgheni, parte de Hungría hasta 1968 y poblada casi en un 90 por ciento de húngaros, entramos en los contrafuertes de los Cárpatos Orientales y a mil metros nos detenemos en el lago Rojo o Rosu, formado en un estrecho paso por un derrumbe antes del desfiladero de Bicaz y centro de excursionismo rodeado de bosques y montañas, en la entrada de Moldavia.

Lago Rosu

Estrecho de Bicaz

El pequeño lago se llama Roçu por el óxido de hierro de algunos afluentes y por la eutrofización de los árboles atrapados tras el derrumbe, que aun permanecen fosilizados bajo el agua. Inmediatamente después, tras una zona turística bien acondicionada se encuentra la estrecha garganta de Bicaz, de paredes calcáreas, que se abre paso a través de los Cárpatos camino de la ciudad de Bicaz y Pietra Neamt.

Plaza de Esteban el Grande en Piatra Neamt

Piatra Neamt es una ciudad moderna, cuya baza turística más importante es la plaza de Esteban el Grande, donde se encuentran los museos de Arte y Etnografía, la iglesia de San Juan el Bautista y la torre de San Esteban, del siglo XV, de la época del príncipe de Moldavia, que resistió a los otomanos con el apoyo de Vlad el Empalador, de Valaquia. Estamos en Pascua, y para alegría de los niños se han colocado  algunos payasos y conejitos de cartón piedra en las paredes. Un poco más abajo, en la parroquia de los Tres Jerarcas, vivimos un momento emocionante con la celebración de una misa en la que abundan las clases populares. La iglesia en Rumanía fue permitida durante la dictadura de Ceaucescu, incluso se la acusa de cierta colaboración con el Estado.

Torre de San Esteban en Piatra Neamt

Tras la caída del comunismo se produce un fuerte renacer, empiezan a construirse iglesias, a un ritmo de una cada tres días en 2011, amplían su jurisdicción a Bucovina y a Besarabía, pasan de nueve mil en 1997 a más de dieciocho mil en 2015; en 2016 se permiten prohibir el matrimonio entre un ortodoxo y una persona que no profese la misma religión, su poder crece al mismo ritmo que desciende la confianza de la juventud en la iglesia y en las zonas urbanas disminuye el número de creyentes. En la actualidad, la mitad de la población es practicante, aunque el porcentaje es mayor en las zonas rurales.

Piatra Neamt es conocida como la perla de Moldavia, está en la zona habitada más antigua de Rumanía, hay asentamientos del paleolítico, de hace 100.000 años y las ruinas de una ciudad dacia, Petrodrava, mencionada por Ptolomeo en el siglo II. Su momento de esplendor se dio en el siglo XV, cuando se produjo su refundación.

Piatra Neamt, la ciudad moderna

En la actualidad, es una ciudad industrial moderna desde la que iniciamos la ruta de varios de los monasterios más destacables del país.

Para ello, tenemos que adentrarnos en la cercana región histórica de Bucovina, al norte. Hoy es parte de Moldavia y lo fue desde el siglo XIV, pero entre 1774 y 1918 formó parte del Imperio Austro-Húngaro. Tras la primera guerra mundial pasó a formar parte de Rumanía, y durante la segunda guerra, su mitad norte pasó a formar parte de la Unión Soviética. Hoy, la vieja Bucovina contiene uno de los tesoros de Rumanía, las iglesias pintadas del norte de Moldavia. Y otro no menos apreciable, sus riquezas naturales.

Parque de Vanatori Neamt

Esta región, con un clima propio de la Europa Oriental y muy ondulada, está llena de valles escondidos y otros que sirven de grandes vías de comunicación.  En las montañas que separan unos de otros, la gran riqueza forestal de Rumanía ha propiciado la creación de numerosas áreas protegidas, entre ellas, más de una docena de parques nacionales, todos de reciente creación, además de otros tantos parques naturales y reservas naturales.

En el parque de Vanatori Neamt se ha creado una reserva de bisontes europeos. Los animales se crían en un recinto y se dejan a su libre albedrío en una amplia zona protegida de 300 km2. Hacemos un pequeño recorrido por un bosque mixto de coníferas y árboles caducos, que nos conduce a un pequeño zoológico donde podemos ver bisontes, ciervos y corzos, propios de la región. En la recepción, se da una charla sobre el estado de la conservación en Rumanía. En general, el gobierno de Ceaucescu no dejaba explotar indiscriminadamente los bosques, que eran, de hecho, propiedad del Estado. Una vez que las familias y los pueblos recuperan el control de la madera, y sin otra riqueza a la vista, estos la venden. En Rumania se han abierto muchos claros en los bosques que ahora son praderas en las zonas altas y frías donde no es posible el cultivo de cereales.

Monasterio de Neamt

Desde el parque, descendemos a uno de los monasterios cercanos, el de Neamt, del siglo XV, con un precioso batisterio del siglo XIX convertido en librería al otro lado de la carretera, y ya dentro del recinto amurallado, una iglesia del siglo XIV, bellísima, una biblioteca que tiene al menos 600 años y un museo donde se pueden ver maravillosos manuscritos realizados en el propio monasterio  y donde se muestra una de las viejas imprentas que funcionaban aquí desde 1807.

Por todos lados, monjes barbudos vestidos de negro haciendo su vida habitual, un simpático guía  y, en el interior de la iglesia, la magia. En otro tiempo, los laicos solo podían permanecer en el nártex, la sala que conecta el mundo exterior con la iglesia, pero hoy día se penetra en la nave, donde antes solo entraban monjes y monjas, y se accede al frente del iconostasio, la pared que separa la nave del santuario, recubierta de iconos. La puerta del medio, la puerta Hermosa, solo puede ser utilizada por el clero. A los lados, las puertas de los Diáconos o de los Ángeles, sobre las que se representan los arcángeles Miguel o Gabriel. El suelo cubierto de alfombras, las paredes repletas de iconos, el iconostasio dorado, la luz que penetra por los ventanucos, la impresión de estar en otro mundo, el diácono que enciende las velas de los altares. La luz y el incienso juegan un papel muy importante.

Monasterio de Suceava

Pernoctamos en Suceava, antigua capital del principado de Moldavia, integrada en Rumanía después de la primera guerra mundial e industrializada más tarde. Visitamos la iglesia de San Jorge, donde se puede apreciar la espiritualidad de los rumanos. Desde aquí, iniciamos al día siguiente la ruta de los monasterios y las iglesias pintadas, que es también la de los valles montanos de la Bucovina. En 1997, había en Rumanía unos 300 monasterios, 123 de ellos femeninos. Todos contienen iglesias; de estas, ocho, situadas en el norte de Moldavia, en el distrito de Suceava, construidas entre 1487 y 1583, son patrimonio de la Humanidad.

Monasterio de Voronet

Visitamos tres de ellas dispuestos a realizar un viaje en el tiempo por esta región montañosa, cubierta de bosques y prados alpinos. El monasterio de Voronet fue construido por Esteban el Grande en 1488 en 3 meses y 2 semanas para conmemorar su victoria en la batalla de Vaslui contra los otomanos.

Monasterio de Voronet, el gran fresco del Juicio Final.

Su iglesia principal o katholikón, dedicada a san Jorge, se conoce como la capilla Sixtina del este, sus frescos tienen un color azul intenso, su forma es alargada, tiene tres ábsides (triconte), seguidos del santuario (o presbiterio), la naos o nave, con una torre encima conocida como linterna, con 16 hornacinas y cuatro ventanas coronadas por una aguja, y por último, en la parte delantera, una pronaos o nártex, con un exonártex abierto en el que hay un fresco prodigioso sobre el Juicio Final. El monasterio se pintó por fuera en 1547, se hizo famoso como escuela de caligrafía, se abandonó en 1775, cuando los Habsburgo se apoderaron de esta parte de Rumanía y se recuperó en 1991, construyendo viviendas para las monjas y restaurando las pinturas de la fachada sur, las mejor conservadas.

Monasterio de Humor

El monasterio de Humor fue construido en 1530 por Petru Rares. Fue restaurado y reabierto en 1990 después de permanecer más de un siglo cerrado. Es un monasterio femenino y, con Voronet, tiene los frescos mejor conservados del país. Como los demás de esta región, se caracteriza por el tejado en forma de caperuza alargada que protege las paredes del estrecho edificio de la lluvia. Las paredes, que se redondean en el ábside, están completamente pintadas con frescos que relatan historias de la Biblia y de la iglesia.

Destacan, como en todas las iglesias, el Sitio de Constantinopla y el gran fresco del Juicio Final, que aparece en la fachada opuesta al ábside, con todas las personalidades de la iglesia y el mundo evangélico dispuestos a ser tragados por el fuego del infierno o aceptados en el cielo, junto a Jesucristo. El interior, al que se accede por una puerta lateral, es una orgía de viñetas que podrían contemplarse durante horas. El nártex, la nave y el iconostasio tienen las paredes llenas de santos que parecen bendecir el paso de los fieles que vienen aquí a rezar, siempre de pie, o a participar en una de las interminables ceremonias realizadas por los popes.

Aquí también hay una vieja torre medieval y un pequeño mercadillo. El paisaje es cada vez más bucólico, más centroeuropeo, de praderas onduladas y herbazales salpicados de casas de madera separados por cercas. En las gasolineras, un toque de modernidad, máquinas de café donde se ofrece Irish Capuccino, con el sabor del licor de crema irlandesa, un avance que aun no hemos alcanzado en el otro extremo del continente.

Monasterio de Moldovita

El monasterio de Moldovita fue construido por Petru Rares, el hijo ilegítimo de esteban el Grande, en 1532, como barrera contra el islamismo invasor de los otomanos orientales. Como en las demás iglesias, a la forma rectangular del nártex y la nave, que aquí añade una cámara funeraria, se añade por detrás la forma triconque del ábside con tres cilindros, aunque los dos laterales parezcan poco relevantes. Sobre la nave y emergiendo del  tejado en forma de caperuza con un gran saledizo de madera, una torre-linterna de forma octogonal con cuatro ventanas y techo en forma de aguja. Los ciclos religiosos aquí representados son excepcionales.

Bajo los aleros hay 105 nichos, cada uno con un ángel representado; en el pilar occidental, a la izquierda de la entrada, tres santos militares con su caballo y su lanza o una espada: san Jorge, san Demetrio y san Mercurio. En la fachada sur, la mejor conservada, doce estrofas que cuentan todo lo relacionado con el nacimiento de Cristo. No pueden faltar el Juicio Final y, en todo oriente, el sitio de Constantinopla. En el interior, destaca, en la nave, la Crucifixión, pero todas las pinturas son impresionantes y maravillosas. Aquí destaca el color amarillo, como en Honor destacaba el azul. Las celdas de las monjas se hallan a un lado del recinto amurallado en cuyo interior se encierra la iglesia.

La monja Tatiana convierte la visita en excepcional, con su aspecto de ángel negro, una aliada perfecta a la que no resulta difícil someterse.

Paso de montaña de Ciumârna

Desde Moldovita nos dirigimos hacia el norte, cruzamos el paso de montaña de Ciumarna, base de senderismo por los bosques de hayas y abetos que predominan en la región y donde hay un pequeño quiosco que vende bebidas y un curioso monumento con la forma de la palma de una mano. Tras el descenso, orientado al norte y muy cerca de la frontera con Ucrania, entramos en tierras del monasterio de Sucevita, situado en un bucólico entorno, cada vez más alpino. Su arquitectura mezcla, como en los demás, el arte gótico con el bizantino y es uno de los ocho con pinturas murales exteriores sobre el Viejo y el Nuevo Testamento, a los que se añaden escenas de la vida cotidiana en el siglo XVI.

Monasterio de Sucevita

Sucevita, construido en 1585 por tres hermanos, fue uno de los últimos en ser pintado, en 1601. La iglesia es algo más grande y se encuentra en el centro de un patio amurallado, un cuadrado de cien metros de lado con torres en cada esquina que convierte el conjunto en una resistente fortaleza cercana a la frontera. Este monasterio de monjas posee un museo junto a uno de los muros que muestra su importancia en la creación de manuscritos.

Desde aquí, nos acercamos a la República de Moldavia, el paisaje se abre, desaparece el bosque y los campos estrechos y alargados muestran la división de las tierras que hace imposible la modernización de la agricultura en estas regiones donde un tractor apenas puede dar la vuelta para reseguir el mismo campo. Las casas se alinean al lado de la carretera, cada una con su campo detrás y las innumerables subdivisiones como lápices que se adivinan en el horizonte de las colinas desnudas.

Falticeni

Cruzamos las ciudades de Falticeni y de Bacau, abiertas a todas las invasiones, en las que se han producido frecuentes movimientos de población. Hoy, esta llanura es una región industrial que se percibe enseguida cuando se atraviesan las enormes tuberías que cruzan la carretera. Hay industria química y petrolera, metalúrgica, textil, papelera, de alimentación y aeronáutica. La industrialización se produjo en época comunista, con dos refinerías en las cercanías. El río Siret, que cruza la ciudad, nace en los Cárpatos de Bukovina, en la vecina Ucrania y desciende hasta Rumanía camino del Danubio después de recibir al Moldova. Son ríos fuertemente domesticados en los que es mejor no preguntarse por la contaminación.

Paso de Galati, en el Danubio

Seguimos el río Siret hacia el sur a su paso por Adjud y finalmente Galati, donde cruzamos el Danubio. El Danubio es un gran río con 300 afluentes de los que 60 son navegables. Nace en la Selva Negra, bordea los Alpes y los Balcanes por el norte y se cuela por las Puertas de Hierro entre Serbia y Rumanía para entrar en Valaquia, al sur de los Cárpatos, atraviesa la llanura formando la frontera con Bulgaria y en el último momento deriva hacia el norte hasta Galati y luego al este, hasta Tulcea, en la rama meridional del inmenso delta que separa Rumanía de Ucrania. Cruzamos el río en una gran barcaza transbordador en la que viajan grandes camiones para seguir la carretera que lleva a Tulcea, donde nos apostamos.

Río Danubio a su paso por Tulcea, en Rumanía

Desde el hotel de Tulcea, en la boca del delta, vemos pasar los barcos de turismo y de carga que se adentran en los canales de ese enorme conglomerado de marismas, bosques de ribera y lagunas donde se esconden pelícanos, garzas y nutrias. Hay más de cien especies de peces en el delta, entre ellas el esturión. Hay unas dieciocho zonas protegidas que suman unos 2.700 km2. Cañaverales, carrizales, saucedas, robles, olmos, chopos y fresnos. Como todos los deltas, no ha dejado de cambiar con los años, y crece unos 40 m anuales debido a los sedimentos.

Delta del Danubio

Al día siguiente, nos internamos por la rama sur del río, llamada de San Jorge, de la que sale el brazo central del río, Sulina, que tiene más de 60 km de longitud, y luego seguimos una serie de brazos menores que nos muestran la vegetación de ribera, los árboles, los observatorios para espiar a cualquiera de las 320 especies de aves, las vides salvajes que cubren los arbustos, los asentamientos en los islotes arenosos…

Delta del Danubio

Hay unas 15.000 personas viviendo en el delta, muchos de la pesca. Desde Tulcea, el viaje nos lleva hacia el sur, bordeando los montes que impidieron al Danubio desembocar en línea recta en el mar Negro. Este rincón, entre el río y el mar, fue dominio otomano durante más tiempo y, por la misma razón, perteneció más tiempo al Imperio romano, que fijaba sus fronteras en el río. El paisaje es más seco, menos centroeuropeo, y siguiendo la costa llegamos a una gran ciudad, Constanza, casi medio millón de habitantes en su área metropolitana. Es la ciudad habitada más antigua de Rumanía, fundada en el 600 a. C. Perteneció a los escitas hasta que los romanos la conquistaron en el 29 a. C. y la convirtieron en frontera. En el año 8, el gran poeta Ovidio fue desterrado aquí, donde vivió ocho años hasta su muerte. Se había atrevido con Augusto y acabó en los márgenes olvidados del Imperio. Hoy queda una estatua en recuerdo suyo, en la plaza de su nombre delante del Museo de Historia, en la zona que se está reconstruyendo de la ciudad, con su aire entre parisino y berlinés. Más allá, la zona nueva, las largas playas, el mar Negro y su romántico encanto. En las pastelerías, el cozonac, el pastel típico de Pascua.

Casino de Constanza

Plaza de Ovidio en Constanza

Constanza fue recuperada a los otomanos en 1878, junto con el norte de la región de Dobruja. En 1910 se construyó el casino, imponente y desnudo, en desuso y aun así, símbolo de la ciudad. Durante la primera guerra mundial fue tomada por las potencias centrales, los imperios alemán y austro-húngaro, y durante la segunda guerra se alió con las potencias del Eje debido a la fuerte influencia de los alemanes en el país.

Constanza, unida a Bucarest por tren desde 1895 y por una nueva autovía, es el puerto más grande del mar Negro y uno de los más grandes de Europa. El puerto fue muy dañado por los bombardeos aliados durante la última guerra, y tuvo que ser reconstruido en los años 1950. La mezquita de Carlos I es el centro del islam de Rumanía, los 55.000 musulmanes que quedan en la región de Dobruja.

Desde Constanza, en Dobruja, hay poco más de dos horas por autovía casi en línea recta hasta Bucarest, en el centro de Valaquia, una llanura atravesada por ríos encajados y dividida en dos por el río Olt. La capital se halla en Muntenia, al este. El río Danubio marca la entrada en esta región, de gran aprovechamiento agrícola, suficiente para abastecer todo el país y exportar. En el centro es ligeramente montañoso y, por el norte abarca el sur de los Cárpatos, donde empezamos nuestro viaje antes de entrar en Transilvania hace siete días.

Plaza de la Revolución, Bucarest

Hemos vuelto a los inicios, Bucarest, la pequeña París, una ciudad donde un europeo puede sentirse como en casa, sobre todo en sus grandes parques, recorriendo sus amplias avenidas o contemplando los grandes monumentos. Bucarest aparece en la historia como residencia de Vlad el Empalador, en 1459. Se convierte en la sede de la corte de Valaquia en 1698.  En el siglo XVIII, los otomanos nombran a los griegos administradores de la ciudad, como hacen con gran parte del país, hasta que, en 1821, una revuelta libera la ciudad. Temporalmente, está bajo gobierno de los Habsburgo y del Imperio ruso. En 1847, un incendio destruye un tercio de la ciudad.

Palacio del Parlamento Rumano

En 1881 se convierte en centro político del país tras la unión de Valaquia y Moldavia, con Carlos I. La ciudad crece, se instalan el gas, el tranvía, se electrifica y se copia el modelo de crecimiento de París con Calea Victoriei como los Campos Eliseos. Durante las guerras mundiales es ocupada por los nazis. Los aliados la bombardean hasta que, en 1944, un golpe de Estado la pone del lado de los aliados, pero al acabar la guerra cae en manos del comunismo, se demole parte del caso histórico y se construyen bloques de pisos y grandes edificios, como el mastodóntico Parlamento rumano o la nueva catedral ortodoxa, en obras. Tras la caída del tirano y desde 2000, la ciudad se moderniza, aparecen los centros comerciales, complejos residenciales, oficinas, permanecen los grandes parques.

Catedral ortodoxa de Bucarest

De la ciudad, además de las grandes avenidas y estatuas, las iglesias que permanecen en recodos como muestra de que hay una población practicante, aquí pequeña, curiosa para los adolescentes que están a años luz y entran para ver curiosos al sacerdote asistido por el diácono, sus letanías y las aprobaciones. Pueden pasar horas mientras se afirma una y otra vez la presencia de Dios en los eventos. Cristo es la ofrenda y el oferente: Tú eres el que ofrece y el que es ofrecido. El incienso se usa para fumigar iconos, altar, utensilios de culto, se rinde honor y gloria a Dios. El sacerdote recorre la nave con el incensario mientras emite las letanías y los fieles, siempre en pie, se apartan a su paso, a ambos lados del pasillo.

Plaza de la Revolución, Bucarest

Monumento anticomunista Aripi, Bucarest

En mis recuerdos, el parque Herastrau, recorrido por el río Grivita, que serpentea a través de la ciudad, creando hermosos lagos y zonas de ocio, la cena en el Caru’ cu Bere, en el barrio monumental, junto al Palacio CEC, el Museo de Historia nacional, el Banco Nacional, el monumento a Eugeniu Carada, la Cámara de Comercio, siempre en torno a la Calea Victoriei.  La plaza de la Revolución, en la misma avenida, es el lugar más emblemático de la ciudad, con el neoclásico Museo Nacional de Arte, Palacio Real en 1815 y Palacio de la República durante la dictadura, la Biblioteca Central de la Universidad, la estatua ecuestre de Carlos I, el Memorial del Renacimiento, un obelisco que atraviesa una corona, en memoria de las docenas de personas abatidas en ese lugar por los francotiradores durante la navidad de 1989. En la plaza, el edificio del Comité Central del Partido Comunista de Rumania, desde uno de cuyos balcones Cecaucescu dio su último discurso, desde cuyo terrado huyó el dictador con su mujer Elena en un helicóptero, después de 22 años de dictadura.

Detrás de la avenida Victoriae, al norte del río Dambovita se encuentra, rodeado por los grandes edificios neoclásicos del siglo XIX, el barrio antiguo, con sus galerías comerciales y de arte, los clubs nocturnos, las cafeterías y los bares donde se reúnen los turistas.

Monumento a Joan Cuza

Nos desplazamos al centro religioso de la ciudad, a la pequeña colina de Dealul Mitropoliei, sede del Patriarcado rumano y residencia del patriarca. La catedral fue construida en 1658 y elevada rango de patriarcado en 1925. Muy cerca están el palacio patriarcal y el enorme Palacio de la Cámara de Diputados. La foto de rigor en la corta avenida delante del campanario y la estatua de Joan Cuza.

En Bucarest, los tiempos cambian de forma sorprendente, la inmersión en los bosques, los campos y las casas de madera vinculadas al Imperio austro húngaro en el norte, los hoteles románticos con grandes piscinas, los castillos y monasterios, la amplia llanura del Danubio y sus afluentes, el oriente más cercano al imperio otomano, las playas y la luz son como si el cielo se hiciera más mediterráneo, y por último, la parisina Bucarest, sembrada de iglesias ortodoxas, barrocas y esa mezcla de mudada espiritualidad y modernidad que quisiera estar en otra parte.

Junto a la plaza del Renacimiento se encuentra una iglesia del siglo XVIII, la Kretzulescu, de 1722, restaurada tras el terremoto de 1940 y a su lado, la librería Humanitas, en el Carrusel de la Luz, rodeada de cafetería y bares, formando parte de un centro comercial que es lo más moderno de la ciudad, el Carturesti es como un retroceso (intencionado) al París del siglo veintinuo, una muestra de que la nueva arquitectura también ha llegado a Rumanía, un país que siempre pertenecerá a Europa.

Publicado en Viajes | Deja un comentario