—No te dejes morir, princesa —murmuró Leila, y me cogió de la mano. Hasta ese momento, ni siquiera era consciente de que la tenía al lado, pero de pronto me invadió la sensación de que yo era la culpable de que estuviéramos en peligro. Me agarraba con fuerza la mano, como si quisiera rompérmela. Se lamentaba por mí y, no sé por qué, su voz y la presión de sus dedos calientes me parecieron excitantes. Me estaba humedeciendo, y pensé en esos condenados a la horca que tienen una erección cuando se abre la trampilla y se quedan sin aire y toda la sangre acude a sus genitales. No sabía si a las mujeres nos pasaba algo parecido. Para evitar la excitación, me visualicé junto a ella en el largo camino descendente hacia el infierno, donde reza aquella frase de Petrarca: «Abandonad toda esperanza».
Leila intentó que me levantara, pero yo era una pobre muñeca rota que no podía evitar las arcadas. Con los ojos vacíos, boqueaba como un pez. Me agarró de los cabellos, hizo que la mirara, me dio una bofetada con todas sus fuerzas y cuando la miré con los ojos muy abiertos, me dio un beso y me escupió dentro de la boca mientras me estrangulaba.
—¡¡Vosotras!! ¿Qué hacéis?
Alguien que apenas pude discernir con una brillante luz en los dedos se acercó a nosotras para separarnos.
—No es el momento —nos dijo con voz pausada.
Entonces miré a mi alrededor y descubrí que, en lugar del temido infierno, estábamos ante las puertas del cielo.
Una muchedumbre interminable ocupaba todo el espacio visible. Joder, hace unos minutos volábamos hacia el sol como alcatraces y, de pronto, apenas tuve tiempo de visualizarme en el abismo antes de encontrarme aquí, junto a millones de personas agolpándose a las puertas de…, aunque esto no tenía sentido, estábamos todos, buenos y malos, padres de familia y gente como nosotras que no habíamos dado en la vida un palo al agua y que teníamos ese maldito error en los genes que hacía que sintiéramos placer ante el dolor de los demás, que vivíamos en pecado del disfrute de los bienes ajenos y teníamos el poder de hacerlo.
—¡Orden! —gritó un hombre desde la puerta. Vestía con un manto marrón y tenía unas llaves en la mano —¡Hay que separar a la gente, pero, de momento, acercaos!
Se abrieron las puertas, y la multitud, desbocada, se precipitó sobre ellas. El griterío era enloquecedor. Intenté correr en la misma dirección, pero Leila tiraba en dirección contraria con todas sus fuerzas.
Los guardianes de la luz, con sus espadas flamígeras, nos azuzaban, como si el cielo fuera una nave a punto de partir. De pronto, cuando ya estaba cerca de la entrada lo vi, al otro lado, alzado en las alturas, mirándonos enfurruñado. Tuve la impresión de que me señalaba y de que acto seguido señalaba a otras personas. Al mirarlas, empecé a reconocer a la gente. Entonces comprendí que estaba señalando a los que teníamos que ir al infierno y me aterroricé, pero apenas tuve tiempo de desmayarme, pues uno de los ángeles hizo bajar su espada sobre mi cabeza y con su luz hizo que aquel maravilloso escenario se desvaneciera convertido en paredes encaladas y cámaras fotográficas.
—¡Vámonos, vámonos!
—¡No, no! ¡Quiero saber qué hay detrás!
Corrí con los demás e hice que ella corriera detrás de mí. Niños, jóvenes, adultos, ancianos, todos desnudos, nos empujamos camino de las puertas. El espectáculo era dantesco, todas las razas mezcladas en una sinfonía de religiones e identidades con un único objetivo: medrar toda la eternidad a costa de Dios.
—Señora presidenta. ¿Se encuentra bien?
—¿Qué ha pasado?
—Se ha caído del estrado cuando le han dicho lo del vídeo y las comisiones. Creo que se ha roto una pierna.
De pronto, todo cobró sentido, la cara blanca de mi secretario de prensa, con sus ojos de pez, las cámaras formando un círculo ante mí, disparando sus flashes, las puertas del cielo, los murmullos, las preguntas.
—Ya ha llegado la ambulancia. No se preocupe. ¿Cómo está?
No sentía las piernas y se me estaba encogiendo el corazón, como si estuviera en una cámara de gas a punto de expirar, pero ante todo tenía que mostrar oficio.
—Bien, estoy bien. —Busqué a mi alrededor—. ¿Dónde está…?
—Estoy aquí, princesa.
—Leila…
Su rostro descendió sobre el mío, como una nube de esperanza. Entonces supe que había algo por lo que merecía la pena vivir. Supe quién me estaba apretando los dedos hasta casi rompérmelos desde el principio.
—Leila, te quiero.
—Yo también —sentí el impacto de una lágrima que se mezclaba con las mías, y me dejé llevar. Me visualice en una isla paradisíaca con ella, lejos de toda aquella mierda. —¿Sabes que he estado a las puertas del cielo?
—Te he visto, pero aún no es tu hora, princesa, tenemos que sacarle todavía mucho partido a este mundo.
—Antes de entrar en el infierno, mi dulce amor.





