El mago y la marmita

Los procesos naturales pueden tardar miles de millones de años en dar lugar a la vida desde la creación del universo. La vida inteligente depende de una serie de circunstancias que pueden alargar otros tantos miles de millones de años su aparición. Pero el tiempo es relativo y está únicamente adscrito a este universo. Desde una dimensión diferente, miles de millones de años pueden transcurrir en un instante, de ahí que, para crear vida, solo haya que agregar los componentes básicos, es decir, crear un marco de leyes universales y esperar. En realidad, no hay nada más parecido que la marmita de un mago. Metes los ingredientes y esperas: antes o después los componentes elaborados por el azar empiezan a hacer copias de sí mismos, surge la vida y ésta, en un entorno cambiante, desarrolla millones de especies diferentes. Con tiempo suficiente, aparecen seres conscientes, pueden pensar, pero sus objetivos son muy limitados hasta que aparece la conciencia, y empiezan a hacerse preguntas que no pueden responder, pero sí pueden escarbar en la naturaleza de la materia, hasta llegar a los límites de la realidad.

En otra dimensión, que no atiende a los mismos parámetros ni se encuentra en el mismo marco de la realidad que la nuestra, están nuestros orígenes, se hallan quienes han creado las condiciones que definen el marco de nuestra realidad, las leyes fundamentales del universo, la velocidad límite de los fotones y el espacio tiempo que es nuestro océano, en el que nadamos todos modificándonos constantemente, porque el tiempo nos define y define a la materia. Solo llevando la temperatura al cero absoluto, o la velocidad a los límites de la luz podemos detener el paso del tiempo, pero no podemos escapar del marco de las leyes fundamentales que se crearon para dar vida a este universo, porque nuestra sustancia forma parte y solo puede existir dentro de ese marco. Si escapamos a las leyes fundamentales que lo definen, la realidad se desvanece hacia un lugar que desconocemos, en el que podrían estar nuestros creadores.

Pero si pensamos que alguien nos creó, este solo puede existir más allá de las leyes fundamentales. El mago que echa los ingredientes en la marmita no pertenece a marco alguno, no posee de la misma forma «nuestra» materia, pero sí controla sus componentes fundamentales, que es hasta donde hemos llegado en el marco teórico de la física de partículas. Más allá, solo podemos imaginar una divinidad en un universo intemporal, que, en un momento dado, crea el espacio y el tiempo, y una serie de fuerzas fundamentales, entre las que se halla la gravedad, que dan origen a la materia. En realidad, solo tenía que crear las condiciones idóneas para que aparecieran las primeras partículas y que estas se unieran para dar lugar a los átomos de hidrógeno, los cuales, en el seno de las estrellas, darían lugar a todos los demás componentes de los planetas y de la vida, en una cascada imparable de acontecimientos inevitables.

No hay manera de saber si fue primero el tiempo o el espacio, que son como el huevo y la gallina. El tiempo, puesto el contador a cero, permite la expansión del universo, pero a la vez, la expansión del universo hace que discurra el tiempo, de forma constante pero no igual en todas partes. El tiempo es la autopista por la que avanza todo lo existente, incluidos nuestros pensamientos, y su velocidad depende de la luz, y esta de la gravedad que mantiene unido el cuadro. Con la muerte, el vehículo en el que viajamos se descompone, los pensamientos se disgregan y solo quedan, en nuestra imaginación, los sueños. El nuevo amanecer es un día en la materia oscura del universo, donde el tiempo no existe, porque este depende de la interacción de las partículas y una evolución circular en la que primero se formarán estrellas y planetas, y más tarde vida y seres conscientes, para finalmente descomponerse de nuevo en esa vuelta atrás que denominamos entropía y que llena el universo de oscuridad.

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