Repoblando Terra 22, extracto de Sobek

Su madre pensaba en la Biblia, que ya no se enseñaba en las escuelas hacía decenios. Le parecía un libro que mezclaba las profecías con historias inventadas, pero que de alguna manera contenía una sabiduría que no había acabado de desvelarse. Cuando Dios, supuestamente, puso a Adán y Eva sobre la tierra, es decir, al ser humano, su intención era que cuidáramos el ecosistema, es decir, al resto de los seres vivos, y que compartiéramos con ellos las maravillas de la creación, pero al caer en el pecado original por culpa de nuestras ansias de conocimiento, decidimos que la naturaleza se había puesto a nuestro servicio, y desde entonces ese error se convierte en nuestra premisa y pasa a ser ley: el resto de las especies tendrán que reducirse a un mínimo para que nosotros crezcamos y nos multipliquemos sin trabas; al fin y al cabo, en el fondo, seguimos creyendo que el alma humana forma parte de Dios, y todos los demás seres vivos son objetos que se pueden recrear en cualquier momento y en cualquier lugar apropiado del universo a partir de sus códigos genéticos. Lo que perdimos en el pecado original fue la conciencia de que formamos parte de la divinidad: de pronto, estábamos solos y quisimos creer que nuestra conciencia podía ser eterna si cumplíamos los preceptos de un Dios que se había alejado de nosotros y nos había dejado en la ignorancia.

Cuando se hizo la selección de los primeros pobladores para Terra 22, se había procurado evitar las ideas religiosas. De algún modo, había que evitar conflictos internos relacionados con las creencias falsas, que enfrentarían a unos grupos contra otros, y que harían que, para quienes creyeran poseer la verdad, los demás vivieran presas de la mentira, con las consecuencias pertinentes. Césele, el nuevo computador cuántico molecular que gobierna Terra, no intentaría reprimir el libre albedrío de quienes llevaban implantes, ni habría comprendido por qué tenía que hacerlo, así que el ser humano era libre de inventarse nuevas creencias o desarrollar las que había traído consigo de la Tierra, empezando por las que trataban de mantener o crear una identidad tomando posesión de una tierra que tenían que cuidar, pero que también tenía que alimentarlos.

«Por eso son tan jóvenes», pensó Virginia de sus compañeros. Son como aquellos chavales que llegaron a Israel huyendo de los Cárpatos, solo que esta vez no habría otros seres humanos que pudieran esgrimir la propiedad del suelo. En aquellos tiempos tuvieron que librarse de sus creencias, pero ahora no traen ninguna consigo. Solo conocen la ciencia y, de la historia, los hechos. Sin concesiones.

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