¿Superpoblación?

Ya tiene nombre, el habitante siete mil millones de la Tierra se llama Danica May Camacho –según Naciones Unidas–, y ha nacido en Filipinas, uno de los países con mayor densidad de población del mundo y con mayor tasa de natalidad. Podría haber sido cualquier otro niño, en cualquier otro lugar y hace tiempo, por ejemplo, en las zonas rurales de China, donde se ocultan nacimientos desde que las familias no podían tener más de un niño –en algunos lugares hasta ocho niños de la misma madre tienen el mismo nombre–; en las zonas rurales de la India, donde hay quinientos millones de personas que carecen de luz eléctrica; en las montañas etíopes, donde se ignora cuántas tribus se desplazan de un lugar a otro, o en el Congo, donde innumerables niños inexistentes escarban la tierra en busca de coltán. Pero también podría haber nacido en Suiza o Dinamarca.

¿Cuáles son los problemas de la superpoblación? No en todas partes piensan igual. La derechización de los gobiernos mundiales hace que estos  piensen que cuantos más habitantes tiene un país mayor es su peso en la comunidad mundial. Esto es lo que parece en la India; esta es la sensación que se tiene de la evolución demográfica China que, con la excusa del envejecimiento de la población, vuelve a pedir que las familias tengan más de un hijo. La búsqueda de mano de obra barata hace que los países actúen como las familias pobres de los países pobres, en las que un número elevado de hijos garantiza la vejez y la subsistencia de la familia, ya que los beneficios de cada uno de sus miembros repercuten en el bienestar de la totalidad. La globalización podría estar convirtiendo el mundo en una tribu inmensa dentro de un territorio limitado. Y convirtiendo el planeta en una jaula.

Corea del Sur es uno de los países avanzados en que el problema del envejecimiento de la población es más acusado en los últimos decenios, pues han pasado en poco tiempo de ser uno de los países con mayor tasa de natalidad a formar parte de la élite económica en que las familias no necesitan tener tantos hijos para garantizar su vejez. El resultado es que la economía se ha ralentizado y empiezan a aparecer dudas sobre cómo mantener a ese nutrido grupo de personas de avanzada edad que ha trabajado toda su vida y que ahora se merece una vejez digna. Sin embargo, en el futuro no habrá trabajo para todos, porque el desarrollo científico no sólo solucionará los problemas de salud, alimentación y bienestar, sino que permitirá que tres cuartas partes de la humanidad no tengan que trabajar. Cuando la población mundial se equilibre, tenderá inevitablemente al envejecimiento.

Imaginemos una población mundial estable de 9.000 millones de personas. Para que no aumente ni disminuya, deben nacer el mismo número de personas que mueren cada día. Si la esperanza de vida se sitúa en los 90 años, la media de edad del planeta una vez estabilizado se situaría en 45 años. De estos, un tercio estarían por encima de los 60 años y un tercio por debajo de los 30 años. Ambos extremos estarían fuera del ámbito de la productividad. Los menores se estarían formando y los mayores estarían realizando todo aquello que les ofreciera la sociedad para disfrutar de la vida. En un mundo equilibrado esto es perfectamente posible.

En estos momentos, los demógrafos se encuentran divididos. Por un lado, les preocupa el envejecimiento de la población, pero como no son economistas, no dan con la solución; por otro, les preocupa la superpoblación, que es el fenómeno contrario: la población es demasiado joven y los niños se ven obligados a trabajar; además, no hay tierras suficientes para todos cuando todos son campesinos. Entre las zonas más afectadas por este problema se encuentran el centro de Kenia y Ruanda, en África. En Ruanda, apenas quedan tierras por repartir y la gente está invadiendo los parques naturales donde viven los gorilas. Sin embargo, no es creíble que cuadruplicar la población de África sea un problema. En estos momentos, la densidad de población es de 33 habitantes por kilómetro cuadrado, y se calcula que en el año 2100 será de unos 140 habitantes. En la India, la densidad actual es de 355 habitantes por kilómetro cuadrado. El problema de África está muy relacionado con las fronteras establecidas por los europeos durante la descolonización y la escasa capacidad de los países para colaborar en la gestión de los recursos, que podría permitir desplazamientos migratorios de zonas excesivamente pobladas a otras apenas habitadas.

En la India, donde dicen que el problema de la natalidad ha sido solucionado, al descender de 5,9 niños por mujer en el año 1950 a 2,6 en la actualidad –ligeramente por encima del nivel de estabilidad, que es de 2,1–preocupa el infanticidio femenino, cuya solución deber ir unida a una disminución de la natalidad y a un aumento de las oportunidades, con la supresión de las dotes abusivas que hacen que las niñas no se consideren productivas, sino todo lo contrario. Curiosamente, algunos padres utilizan los métodos más modernos –ultrasonidos– para determinar el sexo de los bebés, con lo cual se ha conseguido que haya un 8 por ciento menos de niñas que de niños. Algo similar ocurrió en China –con 118 niños por cada 100 niñas–, donde en 1979 se implantó la política del hijo único, haciendo descender la natalidad de 6,1 a 1,8 hijos por mujer.

Un problema que puede alterar los planes de Naciones Unidas para detener el crecimiento mundial es la religión: budismo, hinduismo, cristianismo e Islam ven con malos ojos interferir en la labor divina de la procreación. En la budista Camboya y en la musulmana Egipto, la población crece mucho más deprisa que la economía. En Pakistán, donde nacen cuatro millones de niños al año, los líderes religiosos consideran un asesinato la planificación familiar.

No hay que olvidar que el aumento de nivel de vida equivale a un aumento de la población, pues entra en juego la huella ecológica, que en los países desarrollados cuadruplica la de los países pobres, sin incluir a Estados Unidos, que la multiplica por ocho. Si los países más pobres alcanzaran el nivel de vida de Estados Unidos en los próximos años, equivaldría a multiplicar la población mundial por siete u ocho respecto a la huella de los seres humanos sobre el planeta; esto es, alcanzaríamos el máximo que los demógrafos más optimistas creen que puede soportar la Tierra, 48.000 millones de habitantes, el equivalente a 7.000 millones consumiendo como los estadounidenses. La única opción, pues, es repartir, decreciendo en los países ricos para que los pobres mejoren su calidad de vida.

Hay muchas maneras de hacerlo sin tener que prescindir de las cosas que nos gustan o a las que nos hemos acostumbrado la mayoría, pero unos cuantos, ese millón de millonarios que el sistema capitalista necesita para funcionar en cada país, tienen que ir pensando en plegar velas.

 

 

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La orden de Dios

De mis mensajes en el tiempo para el común de los mortales.

En 2012 no tuvo lugar el fin del mundo, como muchos hubieran deseado, ni la humanidad elevó su nivel de conciencia, como otros tantos esperaban; simplemente, como anticipó la novela The children of men, de Phyllis Dorothy James, que triunfó únicamente cuando se hizo la celebrada película de Alfonso Cuarón, Hijos de los hombres, las mujeres dejaron de tener hijos. Y lo harían durante 20 años. La humanidad tardó un año en descubrir que el parón biológico, que se denominó enseguida orden de Dios, Godsorder, tenía fecha de caducidad.

La orden de Dios, sin embargo, no afectó al esperma de los hombres, como sucede en la novela, sino a las mujeres, cuyo útero dejó de producir óvulos fértiles. Fue el investigador vasco Alfred Berasategui quien descubrió el reloj biológico que se había puesto en marcha en el ADN de la humanidad y que, al cabo de 20 años, volvería a funcionar. Ahora sabemos que el objetivo era reducir de una forma no traumática la población que estaba asfixiando el planeta. Quiero creer que en ese descubrimiento tuvieron algo que ver mis mensajes enviados desde el año 2055 al Parque de Investigación Biomédica de Barcelona. Soy técnico de mantenimiento de ciclotrones para la producción de radiofármacos. Las radioemisiones de neutrinos son mi forma personal de intentar cambiar el mundo. He conseguido enviar nubes de partículas a una velocidad superior a la de la luz que deberían haber llegado a este mismo lugar hace entre treinta y cuarenta años.

En 2012, la población mundial empezó a disminuir. Puesto que morían en el mundo 80.000 personas cada día y no nacía ninguna, el descenso de la población fue de 500 millones de personas en aquellos veinte años. Las niñas que habían nacido en los diez años anteriores a la orden de Dios estaban destinadas a ser las nuevas procreadoras cuando se levantara la maldición. Sin embargo, no todas iban a resultar fértiles. Sólo el diez por ciento lo fue, según el plan de Dios. La humanidad ha seguido perdiendo 64.000 habitantes cada día, más de 20 millones al año, y no se conocen los límites. Si no se produce ningún cambio, al ser humano le quedan, por lo tanto, trescientos años de existencia.

La historia de Phyllis llevada al cine por Cuarón dibuja un mundo sumido en el caos; sin embargo, la realidad fue otra. En los países, como China e India, en que la mayoría de mujeres tienen como única misión la de reproducirse y mantener a la familia, se produjeron verdaderas revoluciones; en África, donde la mujer es, además, quien trabaja en el campo, ésta se organizó y se independizó. Sin la necesidad del hombre para la reproducción, la mujer se ha hecho valer. En aquellas partes del mundo en que los niños se usaban para trabajar y para garantizarse la vejez, las familias tuvieron que reestructurarse; en los lugares donde la religión consideraba a las mujeres meros objetos y las ocultaba, hubo cambios sustanciales. No hace falta decir que, en muchos lugares poco desarrollados o dominados por la religión la población femenina incluso disminuyó, ya que muchos consideran a las hembras inútiles si no pueden tener hijos. En los países desarrollados, los hechos fueron distintos; la mujer asumió el mando de su propia vida; el matrimonio prácticamente fue extinguido.

La vejez asumió el papel que había tenido la infancia antes de la orden de Dios.  Al aumentar el número de personas con más de sesenta años, la sociedad se centró en mejorar su calidad de vida. La producción de alimentos se vio garantizada con la disminución de la población, los recursos aumentaron, así como la esperanza de vida; el trabajo empezó a escasear, pues la tecnología permitía producir todo lo necesario con muy pocas personas en activo. Diez años después de que se produjera la orden de Dios, a cada persona nacida en el mundo se le asignó un crédito por el que tenía cubiertas todas sus necesidades básicas y una cantidad de dinero que debía gestionar a lo largo de su vida.

Pero no todo fueron jardines de rosas. Cuando volvieron a nacer niños, las mujeres fértiles se convirtieron en una mercancía muy valiosa y se inició una nueva lucha porque las estériles no perdieran el estatus que tanto les había costado conseguir. Pero esas son otras guerras que tuvieron lugar en un mundo muy diferente al que conocen quienes estarán leyendo estas líneas, en los albores del año 2012.

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Cien futuros posibles

El objetivo de este blog es buscar alternativas al futuro de la humanidad. No todas son fáciles. El camino que se abre ante nosotros es un difícil y largo sendero lleno de espinas que se cierra a medida que avanzamos. No vamos a ponerle las cosas fáciles a nadie. No hay grises en nuestro lejano destino, no hay colores en el vacío, no hay nada capaz de reflejar la luz; tampoco hay ojos que puedan mirar. Pero si, por alguna razón, sentimos que formamos parte de un colectivo y que somos un eslabón de una larga cadena y somos responsables de que se mantenga firmemente unida, deberíamos abordar la realidad de nuestra existencia y darle la mano al pasado y al futuro que nos envuelven.

¿Cuál es el objetivo de nuestra existencia? Un animal tiene como única misión reproducirse, es en sí mismo un camino que busca adaptarse a las condiciones ambientales para sobrevivir como especie; mientras, trata de evitar el dolor y busca el placer de las cosas pequeñas, la miel del oso, la caricia del gato. Una persona tiene la obligación de conocer el lugar que ocupa en el universo y de preguntarse por el sentido de su vida.

La expansión de la inteligencia por el universo podría ser uno de los sentidos de nuestra existencia, como meras piezas de una carrera en la que participamos sin saberlo. La inteligencia es la única manera que tiene el universo de enfrentarse a su destino. Un destino que, si ha de llevarnos a las estrellas, requiere el dominio absoluto de la materia y de la energía, y de la primera sólo para prescindir de ella, puesto que la carencia de materia implica desprenderse del tiempo y del espacio, y entrar en una dimensión en la que el hilo de los pensamientos se detiene y los sueños cobran vida.

En los sueños, el tiempo no discurre a la misma velocidad porque no está en juego el discurrir cuántico de la materia; se puede envejecer súbitamente y volver a la niñez en un instante; se pueden saber idiomas y acto seguido volverse mudo e inexistente en un escenario que cambia de forma continuamente.

En realidad, se puede vivir en un espacio ajeno a la materia, pero la fantástica artillería de fotones que se tiene que organizar para crear una simple sombra en el sueño necesita una estructura neuronal extraordinariamente compleja, y para que las sombras cobren vida han hecho falta cuatro mil millones de años y la creación de un cerebro como el nuestro. ¿Podrán algún día las sombras cobrar vida en el sustrato del universo?

Estamos mirando muy lejos en el tiempo, y el objetivo de este blog es dividir el futuro en tres etapas: una cercana, los próximos 25 años, en que los cambios serán grandes y pequeños a la vez; otra más alejada, los próximos cien años, en que el ser humano deberá replantearse su existencia o dividirse en diversas especies más o menos evolucionadas, y la última, la fase final, la de los próximos mil años, en que el círculo se cierra y el ser humano deja de formar parte de la materia; en este caso, puede sobrevivir –es decir, con conciencia de sí mismo– o desvanecerse en el vacío.

La intención de este blog es ser irreverente, es ir más allá de los límites para contemplar todas las posibilidades a las que se enfrenta el ser humano en los próximos años. No se trata de ofender, pero no nos podemos detener ante creencias que no tienen razón científica que las avale. No estamos sujetos, empero, a la razón científica únicamente. Con seguridad, en los próximos años, los conocimientos adquiridos harán que se produzca una revolución en el pensamiento. Hagamos lo posible por adelantarnos.

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