Algunas personas son como las partículas subatómicas, cuando te acercas e interfieres con el campo de fuerza que las rodea, salen disparadas. No hay manera de situarlas, pero según la dirección del acercamiento, sabes en qué dirección se han ido y con quien van a interferir, aun sin que sea posible echarles mano. Pero sabes lo que va a suceder a continuación. Así funcionan los ordenadores cuánticos. El primer impulso puede llevarlos a estrellarse contra la pared —mensaje de error— y lo harán cientos de veces hasta que en una de ellas encuentren la puerta por la que escapar, como animalillos que reaccionan violentamente al contacto: muerden, arañan, pican, pero siempre acaban huyendo, es la fuerza de repulsión natural que lleva a los seres que acaban de tomar conciencia de su naturaleza a tratar de existir por sí mismos. Algunas creencias creen que cada partícula tiene conciencia y que cada agrupación adquiere la suya y se sobrepone a la anterior. El problema es que cuando una partícula adquiere conciencia, y eso es propio de su propia existencia, al mismo tiempo que quiere ser independiente quiere volver con mamá, donde el tiempo no existe y nada cambia, y esa es la causa de la gravedad, donde todas las partículas tratan de reunirse para formar primero estrellas y luego un agujero negro a través del cual volver a su mundo de quietud, un lugar congelado donde todo permanece igual durante eones, la paz absoluta después de la aventura.

Nosotros no sabemos hasta qué punto es consciente una partícula en el universo porque no tiene vida propia, sino en relación con las demás. Soy uno, soy dos, soy tres, y cuando somos billones empezamos a darnos cuenta de nuestra existencia y el entorno que nos rodea. Y entonces nos rebelamos contra esa vuelta atrás, no queremos fundirnos en la nada, aunque seamos conscientes porque cada una de nuestras partículas sí quiere y trillones de ellas se hayan unido para darnos una vida efímera, lo más que se puede hacer desde arriba antes de que los errores en la reproducción del entramado nos lleven a la muerte y a la ignorancia de las partículas, esos animalillos que se revuelven en busca de su madre —la nada, o el todo— en medio de una existencia que no comprenden.
Marita nació en una estrella, pero no supo que era Marita hasta que no reunió varios billones de partículas a su alrededor y tomó conciencia de sí misma en la Tierra, y eso cuando el planeta ya había dado varias vueltas alrededor de su estrella y su cerebro hubo adquirido a través de los sentidos un mínimo de conocimientos.
Pero entonces se sintió irremediablemente atraída hacia otras agrupaciones de partículas, moléculas, campos de energía que podían no ser conscientes, como las flores o las mariposas, y finalmente hacia aquellos que podían interactuar con ella. Sabía que su vida y su conciencia eran solo un instante en el universo, tan ínfimo que apenas teníamos tiempo de comprenderlo.
Todo esto lo percibió en un momento, cuando, en el campo de batalla, en los pantanos de Botsuana, la púa de un puercoespín africano, grande como la flecha de una ballesta, se le clavó en la rodilla por un despiste al cruzar entre unos matorrales. Fue un instante de percepción, al que siguió el acto de caer y percibir como la ráfaga de una trazadora pasaba sobre su cabeza, un cohete horadaba el humo de las bombas y un dron la sobrevolaba con ánimo de destrozarle el alma.
Algunos filósofos creen que tenemos que someternos a extremos vivenciales para descubrir el verdadero sentido de la vida, que es la muerte. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Marita esperó ese momento, cuando el dron le perforó el cerebro y su conciencia pasó a cero.
Ahora es cuando debería empezar la verdadera existencia. Pero ya no sería consciente de ella porque se había diseminado en miles de millones de animalillos que no saben que existen y que solo saben lo que quieren en función de su propia naturaleza.



